Felisberto
Hernández
(Uruguay, 1902-1964)
La dos historias
(Originalmente publicado en Sur,
Nº 103, Buenos Aires, 1943)
Nadie encendía las láparas
Buenos Aires: Sudamericana, 1947
El 16 de junio, y cuando era de
noche, un joven se sentó ante una mesita donde había útiles de
escribir. Pretendía atrapar una historia y encerrarla en un cuaderno.
Hacía días que pensaba en la emoción del momento en que escribiera. Se
había prometido escribir la historia muy lentamente, poniendo en ella los
mejores recursos de su espíritu. Esa día iba a empezar: estaba empleado
en una juguetería; había estado mirando una pizarrita que en una de las
caras tenía alambres con cuentas azules y rojas, cuando se le ocurrió
que esa tarde empezaría a escribir la historia. También recordaba que
otra tarde que pensaba en un detalle de su historia, el gerente de la casa
le había echado en cara la distracción con que trabajaba. Pero su
espíritu le borraba esos feos recuerdos, apenas le venían, y él seguía
pensando en lo que le hacía tan feliz y en lo que tan torpe le hizo no
bien salió del empleo y se consideró libre; dejó que una parte muy
pequeña de sí mismo se entendiera con las cosas exteriores y le llevara
a su casa. Mientras se dejaba arrastrar por la pequeña fuerza que había
dispuesto que lo guiara, se entregaba a pensar en su querida historia; a
veces esa misma felicidad le permitía abandonar un poco su pensamiento
dichoso, observar cosas de la calle y querer encontrarlas interesantes; y
enseguida volvía a la historia; y todo esto dejándose arrastrar por la
pequeña fuerza que había dispuesto que lo guiara.
Cuando estuve en su
pieza le pareció que si la acomodaba un poco antes de sentarse a escribir
estaría más tranquilo; pero al mismo tiempo tuvo la impresión de que
sus ojos, su frente y su nariz tropezarían con las cosas y las puertas y
las paredes, y por fin decidió sentarse ante la mesita, que era baja y
estaba pintada con nogalina. Después de sentarse, aun se tuvo que
levantar para buscar una libretita donde tenía apuntada la fecha en que
empezó la historia.
“El 16 de mayo era
sábado, y serían aproximadamente las nueve de la noche cuando la
conocí. Hace un momento recordaba el tipo que yo era aquella noche y
cómo era mi indiferencia. También me imaginaba que si el tipo mío de
ahora le dijera al tipo mío de aquella noche, al salir de casa de ella,
que apuntara esa fecha por ser la de un gran acontecimiento, aquél le
diría a éste que era un decadente y que había caído en un lazo vulgar.
Sin embargo, mi tipo de ahora se ríe de aquél y no se detiene a pensar
si aquél tenía o no razón; aún más: trata de recordar los menores
detalles de aquél para reírse más, y para ver cuándo y cómo fue que
aquél empezó a ser éste; pero aún más: a éste le interesa recordar a
aquél porque así le recuerda también a ella; pero —hombre— aún
más: a éste le interesa escribir esta historia para tener que
preocuparse concretamente de ella, y ha escrito la fecha en que la
conoció como lo podía haber hecho un enamorado vulgar, porque en esto,
menos que en lo demás, no se avergüenza de no ser original. Por fin, la
última advertencia: la fecha de esa noche la deduje con la ayuda de un
gran amigo que me acompañó, esa noche y todas las otras, hasta que los
dos nos convencimos de que ella me quería a mí y no a él.”
Al llegar a este
párrafo se detuvo, se levantó y empezó a pasearse por la pieza. El
sitio donde paseaba era muy estrecho; hubiera podido apartar la mesita
para que fuera más amplio; pero le gustaba llegar hasta la mesita y mirar
el párrafo que había escrito. También hubiera podido continuar su
tarea, pero sentía una secreta angustia: para escribir, al pensar en los
hechos pasados, se daba cuenta de que se le deformaba el recuerdo, y él
quería demasiado los hechos para permitirse deformarlos; pretendía
narrarlos con toda exactitud, pero bien pronto advirtió que era
imposible; y por eso lo empezó a torturar esa indefinida y secreta
angustia.
Si tenía una
secreta angustia porque se le deformaba el recuerdo, mucho más secreto,
más íntimo fue el motivo por el cual al día siguiente ya no tuvo esa
angustia. Ese motivo era el mismo que hacía que escribir la historia
fuese para él una necesidad y un placer más intenso del que hubiera
podido explicarse. Así como su espíritu le borró el feo recuerdo de que
el gerente de la juguetería lo apartó bruscamente de sus más queridos
pensamientos, así también su espíritu le escondió el motivo más hondo
e implacable que entrañaba el deseo de realizar la historia. A pesar de
él, su espíritu le ocultó ese motivo, valiéndose de las razones que
nunca terminaba de exponer en el trozo que escribió. Pero él escribiría
la historia porque ella no le amaba ya.
“Aquel tipo que
era yo antes de conocerla, tenía la indiferencia del cansancio. Si yo la
hubiera conocido mucho antes, mucho antes hubiera gastado mis energías en
amarla; pero como no la encontré, esas energías las gasté en pensar:
había pensado tanto que había descubierto lo vano y falso del
pensamiento cuando éste cree que es él, en primer término, quien dirige
nuestro destino. Y a pesar de saber esto, seguía pensando, mis energías
seguían minando el pensamiento, y sentía el más antipático cansancio.
Este tipo que soy yo, ahora descansa en la inquietud de amar a su antojo;
pero desde el 19 de mayo —dos días después de empezar la historia—
hasta el 6 de junio —el día en que yo mismo suspendí la historia
porque al día siguiente salí muy temprano de la ciudad donde ella vivía—,
en esos 22 días de entre esas dos fechas, descansé además en sus
grandes ojos azules: también era grande la distancia que había entre sus
ojos y las cejas; de ese espacio pintado de azul tenue y de esa bóveda
azul, parecía descender eso que había en sus ojos, eso que me hizo
descansar de mis pensamientos y amarla con toda la amplitud de mis ganas.”
Aunque su espíritu
le escondía la causa de por qué escribía la historia, es posible que
él haya sentido como el aliento de una desgracia que lo seguía de cerca.
Precisamente, era su propio espíritu el que no dejaba que la impresión
de que ella no le amaba ya se hiciera pensamiento, y entonces, además de
querer tapar esa impresión con todas las razones con que explicaba la
causa que tenía para escribir la historia, también se prendía de las
fechas, porque sentía que en esa forma, comprometiendo las fechas,
comprometía el tiempo y se aseguraba el amor de ella. Pero esa noche del
6 de junio, después que estuvo con ella, y cuando estaba conmigo en la
pieza del hotel, hubo un momento en que yo vi la escondida y pequeña
carga de duda que tenía en el espíritu: fue fue cuando hablándome de
ella, y de quién sabe hasta cuándo no la volvería a ver, se fijó en el
almanaque, y al ver el número 6 del día que estábamos, dijo: “¡Pero
qué 6!, parece un animal sentado... y con su cola muy enroscada.” Fue
cuando dijo eso que yo vi esa escondida y pequeña carga de duda, y cuando
él debió de haber sentido el aliento de la desgracia que lo seguía de
cerca.
Hace muchos años, y
cuando empezó a torturarle el pensamiento, también había descansando en
unos ojos azules. De lo que escribió en aquella época elegí lo que
mejor me dio la sensación de lo que él sabía de él. Eran tres trozos:
La visita, La calle y El sueño.
La visita
Esta
noche tuve forzosamente que atender a unos pensamientos. En los momentos
que estaba cansado quería dejarlos aunque fuera por unos instantes; pero
bien sabía yo la importancia que tenían, y no podía dejar de
atenderlos. Solamente descansaba cuando alguien me interrumpía para
preguntarme algo; pero si yo pretendía hacer algo para distraerme, yo
mismo me obligaba a no hacerme trampa: estaba bien que los abandonara
cuando espontáneamente ocurriera algo que me obligara a interrumpirme,
pero yo no debía buscar la oportunidad; por el contrario, aunque la
oportunidad se me presentara y yo me quedara contento porque descansaba,
debía lamentar la interrupción. Me ocurría algo parecido cuando era
niño y tenía que dar una lección que no sabía: si me venía tos me
quedaba contento porque daba tregua a la tortura y porque a lo mejor,
mientras tosía, podría ocurrir algo importante que me librara de la
lección; pero si yo tosía a propósito, el maestro se daba cuenta. En
aquel tiempo me hubiera parecido mentira que ahora, al ser grande, yo
mismo me obligara a hacer una cosa como si tuviera al maestro dentro de
mí.
Cuando se hizo muy
tarde, llegó a mi casa, junto con mis hermanas, una muchacha rubia que
tenía una cara grande, alegre y clara. Esa misma noche le confesé que
mirándola descansaba de unos pensamientos que me torturaban, y que no me
di cuenta cuándo fue que esos pensamientos se me fueron. Ella me
preguntó cómo eran esos pensamientos, y yo le dije que eran pensamientos
inútiles, que mi cabeza era como un salón donde los pensamientos hacían
gimnasia, y que cuando ella vino todos los pensamientos saltaron por las
ventanas.
La calle
Hoy
me estuve acordando de una cosa que me pasó hace pocas noches. Esa noche
yo había encontrado una mujer, y los dos fuimos por una calle solitaria.
La calle tenía a los lados muros severos y blancos: serían de fábricas
o depósitos. Las veredas parecían haber nacido del pie de los muros, y
eran simpáticas; pero los focos, que también parecían haber nacido de
los muros, tenían sombreritos blancos y eran ridículos. Como era una
noche sin luna, ellos eran los únicos que alumbraban, y parecía que
solamente alumbraban el aire y el silencio.
Caminábamos
despacio. Yo le había pedido a ella que por un rato no me hablara porque
quería pensar en una cosa; pero no podía pensar en eso, porque la cabeza
se me entretenía en comprender que cuando ya iba a terminar la luz de un
foco nos esperaba con solicitud estúpida la luz de otro.
De pronto yo me
detuve y me di vuelta para atrás porque en el fondo de la calle pasaba el
ferrocarril. Ella dio unos pasos más antes de detenerse; y yo no sé qué
pensaría. A mí me había interesado siempre el espectáculo del
ferrocarril al pasar, y tal vez por eso me di vuelta y aproveché para
verlo una vez más; pero esa noche no tenía ganas de verlo, me había
dado vuelta sin querer: parecía que en ese mismo momento hubiera tenido
dentro de mí un personaje que hubiera salido al exterior sin mi
consentimiento, y que había sido despertado por la violencia del
ferrocarril. Pero enseguida sentí que otro personaje, que también se
había desprendido de mí, había quedado mirando en la misma dirección
en que antes caminaba, que quería predominar sobre el anterior y que me
empujaba hacia adelante. Si estos dos personajes no tenían sentido y
quería huir, era porque yo, mi personaje central, tenía el espíritu
complicado y perdido. Cuando me di cuenta de esto quise espantar los
personajes, llegar a la realidad y hacer algo positivo: entonces me miré
las manos. Enseguida se me ocurrió —como un nuevo medio de llegar a lo
normal, a la superficie común— avanzar hasta ella, aprovechar que la
calle era solitaria y besarla: entonces, después que besé su cara tan
rara, me di cuenta que me había pasado lo mismo que con el ferrocarril,
que no tenía ganas de besarla, que la había besado el personaje que
miró para atrás. Y enseguida, cuando reaccioné y quise ser positivo de
nuevo y la tomé a ella del brazo para seguir caminando, sentía que me
volvía a tomar el personaje que huía hacia adelante. Después de caminar
unos pasos, me paré a pensar en lo que me pasaba, saqué un cigarrillo,
me lo puse en los labios, y como el esmerilado de la caja de fósforos
estaba gastado y yo frotaba inútilmente, la dejé a ella en la mitad de
la calle y me fui a frotar el fósforo contra el muro.
Cuando dejamos esa
calle y yo seguía acordándome de lo que me pasó, pensé que la calle no
había quedado como antes; que en uno de los muros había quedado la
cicatriz de un fósforo, y que éste había permanecido sin apagarse en la
vereda que nacía de ese muro. Más tarde pensé, como si despertara de un
sueño y entendiera lo que en él pasó, que los muros severos y blancos
habían cruzado sus miradas a través del aire y el silencio que
alumbraban los focos de sombreritos ridículos. Sin embargo no puedo decir
cómo eran el aire y el silencio en esa noche y en esa calle. A pesar de
todo me parece que cada vez que escribo mejor lo que me pasa: lástima que
cada vez me vaya peor.
El sueño
En
un pedazo grande de sueño, yo me encontraba en un dormitorio y era de
noche. La silla en que yo estaba sentado había quedado arrimada a una
gran cama, y en esa cama y entre las cobijas estaba sentada una joven. La
joven era de esa edad insegura, entre niña y señorita; se movía
continuamente y acomodaba y jugaba con unas cosas que a ella le parecía
que a mí me interesaban; a mí me parecía mentira que ella, estando
preocupada en cosas de niña y teniendo ese placer que tienen las niñas
cuando están acomodando cosas y en continuo movimiento, también sintiera
el placer casi puramente espiritual de un amor profundo como el que yo
sabía que ella sentía por mí. A veces parecía que ella se daba cuenta
de lo que yo pensaba y que eso lo hacía a propósito: le gustaba que yo
la mirara mientras hacía eso. Pero de pronto interrumpía su juego y
ponía su cara muy cerca de la mía; en ese momento, en su cara había un
poco de tristeza, de súplica y de dolor precoz; pero de pronto me daba un
beso corto y seguía jugando como antes; eso me hacía pensar que
predominaba en ella el placer de su juego, de ese juego que yo no sabía
bien a qué ni con qué era, y al que atendía y fingía interés como se
atiende y se finge interés a los niños cuando en realidad son ellos,
más que sus juegos, los que nos interesan. Entonces yo la miraba como a
una niña y le perdonaba esas cosas que ella hacía como hacemos con los
niños cuando no saben que molestan: ella se movía mucho, y me molestaba
al inquietar durante tanto rato los rayos de luz y la sombra que salían
de una lámpara portátil de pantalla verde que quedaba del lado contrario
del que estaba yo. Mi manera de perdonarla tenía también cierta malicia,
cierta indulgencia interesada, porque yo sabía que después que yo
hubiera atendido a su juego durante un buen rato, le pediría que me
besara y ella me colmaría de besos y de mimos. Sin embargo, al momento me
encontré besándola, y sentía que no la amaba, que no estaba en una
situación franca conmigo mismo y que hacía por encontrar agradable un
compromiso complicado en que me había metido; entonces la besaba en las
mejillas, donde le corrían abundantes lágrimas, y yo hacía lo posible
por esquivar esas lágrimas, porque al encontrarlas me creía en el deber
de sorberlas, y el líquido era cada vez más salado y abundante.
Tan pronto me
encontraba en la silla y muy arrimado a la cama, como me encontraba a una
distancia imprecisa de la cama y me veía a mí mismo sentado en la silla
y con un traje claro. Cuando yo estaba en la silla y ella se hallaba cerca
de mí, yo sentía la realidad de las cosas sin darme que la sentía, y
además tenía el espíritu angustiado. Tan pronto me sentía
contemplándola a ella, como sentía que hacía cosas que no eran las que
yo quería hacer. Otras veces ella jugaba muy lejos de mí, en todos sus
movimientos no había el más leve ruido, y esos movimientos se parecían
a los de las películas pasadas sin música. Pero entonces tenía
conciencia de ese silencio y de mi mutismo —yo no debía de hablar nada—,
porque en vez de estar yo junto a la cama de ella, debía de estar otro
que era el novio que los padres conocían y con quien le permitían
hablar.
Cuando yo estaba
retirado de la cama y me veía a mí mismo sentado en la silla y con el
traje claro, me sentía menos angustiado, y ella y el “yo” que yo
veía a esa distancia imprecisa eran una cosa más íntimamente
conciliada.
En una de las veces
que yo me hallaba cerca, ella tenía el cuerpecito de un niño de meses y
su cabeza era muy grande; jugaba con un papel y tan pronto se lo ponía
sobre los hombros o se lo ceñía al cuerpecito; el papel crujía
fuertemente; los padres, que estaban en la habitación próxima, se
inclinaron sobre los pies de la cama de ellos, y desde allí nos veían
—porque la puerta que comunicaba las dos habitaciones estaba abierta—.
De pronto, en la habitación de nosotros apareció la madre, en camisa, y
me dijo: “No esperaba este triunfo de usted.” ¡Cuánto sufrí por
eso!... Sentí mi traición, y el dolor de la persona traicionada al
concederme el triunfo... Mi sombrero estaba tan pronto en un sitio como en
otro; yo no lo podía tomar ni salir; pero enseguida dije:
—Escuche, señora
—y se me ocurrió esta mentira—: Estoy muy enamorado de una amiga de
su hija; y al pasar por aquí, pensé que su hija me diría cosas de la
mujer que amo; entonces, como vi luz, me atreví a llamar y ella me hizo
pasar.
Cuando terminé de
decir esto, ella lloraba desconsoladamente y lo que yo había dicho se iba
haciendo verdad...
“Al despertarme me
ocurrió lo de muchas veces: empezaba a darme cuenta de por qué habían
ocurrido algunas cosas, y esas soluciones me caían como fichas: los
padres se habían despertado por el ruido que hacía el papel al crujir;
ella lloraba porque sabía que yo amaba a otra, etc. Pero lo que más me
asombró al despertarme fue comprobar que la madre de ella era mi propia
madre.
“También recordé
lo que me sucedió antes de dormir y al terminar el sueño: pensaba en las
leyes físicas y humanas y veía pasar mis deseos por mí, como nubes por
un cielo cuadriculado. Al ir pasando al sueño, esa red se rompía; pero
yo seguía pensando y sintiendo como si estuviera entera: los pedazos
rotos estaban como enteros; y había un cuadro tan bien escondido debajo
de otro, que la madre de ella era la mía...”
El joven no quiere
ir describiendo los hechos en el mismo orden que ocurrieron; tampoco
quiere hablar de los personajes que tuvieron que ver con la mujer que
amaba: ni siquiera los de su familia. Pero se le ha antojado describir la
nariz de ella, aunque le resultara ridículo.
“En muchos de los
instantes que viví cerca de ella, concentré toda mi atención y toda mi
adoración en su nariz. También me parecía que muchos extraños
pensamientos que vagaban por el aire se metían por mi cabeza y me salían
por los ojos para ir a detenerse en su nariz. Entonces creía que su
manera de sentarse, erguida; su manera de levantar la cabeza, adelantando
la barbilla, y todo lo físico y espiritualmente bello que había en su
persona, era un ardid de su naturaleza para preparar y llevar al espíritu
a adorar su nariz.
“La nariz de ella
sobresalía de su cara, como un deseo apasionado; pero ese deseo estaba
insinuado disimuladamente, y hasta un poco recogido después de haber sido
insinuado; y este recogimiento parecía hecho con un poco de perfidia.
Cuando la miraba de frente y sus grandes ojos azules estaban entornados,
su nariz parecía haber sido muy sensible a las lágrimas que salieron de
aquellos ojos y que se habían secado en ella; también las lágrimas
parecían haber dejado rastros en dos pequeñísimos bultitos pálidos que
brillaban en la misma punta de su nariz.
“En los momentos
que era yo quien le insinuaba mis deseos apasionados —pero por medio de
palabras, y palabras que salían a ser oídas como saldrían a bailar por
primera vez hombres grotescos y tímidos—, su nariz parecía que oía, y
como sus ojos estaban casi cerrados, también parecía que era la nariz la
que veía; y cuando asomaba la cabeza a la ventana para ver lo que
ocurría en la calle, parecía que la nariz esperaba a que llegaran
lentamente a posarse sobre ellas unos impertinentes.”
“No puedo
dedicarme a pensar por qué necesito explicar cómo anduvo hoy vagando en
mí un terrible pensamiento. Pero lo cierto es que ahora quiero
desparramarlo en esta página.
“Primero me senté
en mi casa y miré la mesita pintada con nogalina; después miré muchas
cosas de mi cuarto... —Me doy cuenta que tengo menos deseos de decir
cómo son todas las cosas que hay en mi cuarto, para tardar en recordar
exactamente cómo llegó hasta mí ese pensamiento; pero no me torturaré
tanto, porque es la primera vez que tengo que recordar eso—.De pronto
sentí en el alma un espacio claro, donde vagaba una especie de avión.
Voy a suponer que mis ojos miraran para adentro en la misma forma
que para afuera; entonces, al ser esféricos y moverse para mirar hacia
dentro, también se movían mirando hacia fuera, y por eso yo miraba los
objetos que había en mi cuarto, sin atención: yo atendía al avión que
andaba adentro y en el espacio claro.
“Después resultó
que la parte de los ojos que miraba para afuera y sin atender, miró —como
hubiera podido mirar un enamorado vulgar— una fotografía de ella que
estaba en la mesita pintada con nogalina; entonces, en vez de atender al
avión de adentro, atendí a la foto de afuera. Después quise volver a
ver el avión, pero éste se había perdido en el espacio claro; Entonces
yo dije para mí: “Ya volverá, y si tarda es porque debe debe de estar
cargando algo.” Cuando volvió, no sólo me pareció que traía carga,
sino que no era el mismo. También sentí que se dirigía a mí, a mi
estúpida persona de aquel momento, y lo único que atiné fue a sacarme
un trapo de otro lugar del alma, y a hacerle señas de que siguiera...
pero lo debo de haber hecho señas de que se detuviera, porque llegó
hasta mí, y me rompió la cabeza y todos los escondidos lugares de mi
estúpida persona.”
Creo que me durará
mucho tiempo el asombro de lo que me pasó hoy: he visto al joven de la
historia y me ha dicho que no tiene más ganas de seguir escribiéndola y
que tal vez nunca más intente seguirla.
Yo lo siento mucho;
porque después de haber conseguido esos datos que me parecen
interesantes, no los podré aprovechar para esta historia. Sin embargo
guardaré muy bien estos apuntes; en ellos encontraré siempre otra
historia: la que se formó en la realidad, cuando un joven intentó
atrapar la suya.
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