Felisberto
Hernández
(Uruguay, 1902-1964)
Menos Julia
(Originalmente publicado en Sur
Nº 143, Buenos Aires, septiembre, 1946)
Nadie encendía las láparas
Buenos Aires: Sudamericana, 1947
En mi último año de escuela veía
yo siempre una gran cabeza negra apoyada sobre una pared verde pintada al
óleo. El pelo crespo de ese niño no era muy largo; pero le había
invadido la cabeza como si fuera una enredadera; le tapaba la frente, muy
blanca, le cubría las sienes, se había echado encima de las orejas y le
bajaba por la nuca hasta metérsele entre el saco de pana azul. Siempre
estaba quieto y casi nunca hacía los deberes ni estudiaba las lecciones.
Una vez la maestra lo mandó a la casa y preguntó quién de nosotros
quería acompañarlo y decirle al padre que viniera a hablar con ella. La
maestra se quedó extrañada cuando yo me paré y me ofrecí, pues la
misión era antipática. A mí me parecía posible hacer algo y salvar a
aquel compañero; pero ella empezó a desconfiar, a prever nuestros
pensamientos y a imponernos condiciones. Sin embargo, al salir de allí,
fuimos al parque y los dos nos juramos no ir nunca más a la escuela.
Una mañana del año
pasado mi hija me pidió que la esperara en una esquina mientras ella
entraba y salía de un bazar. Como tardaba, fui a buscarla y me encontré
con que el dueño era el amigo mío de la infancia. Entonces nos pusimos a
conversar y mi hija se tuvo que ir sin mí.
Por un camino que se
perdía en el fondo del bazar venía una muchacha trayendo algo en las
manos. Mi amigo me decía que él había pasado la mayor parte de su vida
en Francia. Y allá, él también había recordado los procedimientos que
nosotros habíamos inventado para hacer creer a nuestros padres que
íbamos a la escuela. Ahora él vivía solo; pero en el bazar lo rodeaban
cuatro muchachas que se acercaban a él como a un padre. La que venía del
fondo traía un vaso de agua y una píldora para mi amigo. Después él
agregó:
—Ellas son muy
buenas conmigo; y me disculpan mis...
Aquí hizo un
silencio y su mano empezó a revolotear sin saber dónde posarse; pero su
cara había hecho una sonrisa. Yo le dije un poco en broma:
—Si tienes
alguna... rareza que te incomode, yo tengo un médico amigo...
Él no me dejó
terminar. Su mano se había posado en el borde de un jarrón; levantó el
índice y parecía que aquel dedo fuera a cantar. Entonces mi amigo me
dijo:
—Yo quiero a mi...
enfermedad más que a mi vida. A veces pienso que me voy a curar y me
viene una desesperación mortal.
—¿Pero qué...
cosa es ésa?
—Tal vez un día
te lo pueda decir. Si yo descubriera que tú eres de las personas
que pueden agravar mi... mal, te regalaría esa silla nacarada que tanto
le gustó a tu hija.
Yo miré la silla y
no sé por qué pensé que la enfermedad de mi amigo estaba sentada en
ella.
El día que él se
decidió a decirme su mal era sábado y recién había cerrado el bazar.
Fuimos a tomar un ómnibus que salía para afuera y detrás de nosotros
venían las cuatro muchachas y un tipo de patillas que yo había visto en
el fondo del bazar entre libros de escritorio.
—Ahora todos
iremos a mi quinta —me dijo—, y si quieres saber aquello tendrás que
acompañarnos hasta la noche.
Entonces se detuvo
hasta que los demás estuvieron cerca y me presentó a sus empleados. El
hombre de las patillas se llamaba Alejandro y bajaba la vista como un
lacayo.
Cuando el ómnibus
hubo salido de la ciudad y el viaje se volvió monótono, yo le pedí a mi
amigo que me adelantara algo... Él se rió y por fin dijo:
—Todo ocurrirá en
un túnel.
—¿Me avisarás
antes que el ómnibus pase por él?
—No; ese túnel
está en mi quinta y nosotros entraremos en él a pie. Será para cuando
llegue la noche. Las muchachas estarán esperándonos dentro, hincadas en
reclinatorios a lo largo de la pared de la izquierda y tendrán puesto en
la cabeza un paño oscuro. A la derecha habrá objetos sobre un largo y
viejo mostrador. Yo tocaré los objetos y trataré de adivinarlos.
También tocaré los objetos de las muchachas y pensaré que no las
conozco.
Se quedó un
instante en silencio. Había levantado las manos y ellas parecían esperar
que se les acercaran objetos o tal vez caras. Cuando se dio cuenta de que
se había quedado en silencio, recogió las manos; pero lo hizo con el
movimiento de cabezas que se escondieran detrás de una ventana. Quiso
volver a su explicación, pero sólo dijo:
—¿Comprendes?
Yo apenas pude
contestarle:
—Trataré de
comprender.
Él miró el
paisaje. Yo me di vuelta con disimulo y me fijé en las caras de las
muchachas: ellas ignoraban lo que nosotros hablábamos, y parecía fácil
descubrir su inocencia. A los pocos instantes yo toqué a mi amigo en el
codo para decirle:
—Si ellas están
en la oscuridad; ¿por qué se ponen paños en la cabeza?
Él contestó
distraído:
—No sé... pero
prefiero que sea así.
Y volvió a mirar el
paisaje. Yo también puse los ojos en la ventanilla; pero atendía a la
cabeza negra de mi amigo; ella se había quedado como una nube quieta a un
lado del cielo y yo pensaba en los lugares de otros cielos por donde ella
habría cruzado. Ahora, al saber que aquella cabeza tenía la idea del
túnel, yo la comprendía de otra manera. Tal vez en aquellas mañanas de
la escuela, cuando él dejaba la cabeza quieta apoyada en la pared verde,
ya se estuviera formando en ella algún túnel. No me extrañaba que yo no
hubiera comprendido eso cuando paseábamos por el parque; pero así como
en aquel tiempo yo lo seguía sin comprender, ahora debía hacer lo mismo.
De cualquier manera todavía conservábamos la misma simpatía y yo no
había aprendido a conocer las personas.
Los ruidos del
ómnibus y las cosas que veía, me distraían; pero de cuando en cuando no
tenía más remedio que pensar en el túnel.
Cuando mi amigo y yo
llegamos a la quinta, Alejandro y las muchachas estaban empujando un
porrón de hierro. Las hojas de los grandes árboles habían caído encima
de los arbustos y los habían dejado como papeleras repletas. Y sobre el
portón y las hojas, parecía haber descendido una cerrazón de herrumbre.
Mientras buscábamos los senderos entre plantas chicas, yo veía a lo
lejos una casa antigua. Al llegar a ellas las muchachas hicieron
exclamaciones de pesar: al costado de la escalinata había un león hecho
pedazos: se había caído de la terraza. Yo sentía placer en descubrir
los rincones de aquella casa; pero hubiera deseado estar solo y hacer
largas estadías en cada lugar.
Desde el mirador vi
correr un arroyo. Mi amigo me dijo:
—¿Ves aquella
cochera con una puerta grande cerrada? Bueno; dentro de ella está la boca
del túnel; corre en la misma dirección del arroyo. ¿Y ves aquella
glorieta cerca de la escalinata del fondo? Allí está escondida la cola
del túnel.
—¿Y cuánto
tardas en recorrerlo? Me refiero a cuando tocas los objetos y las caras...
—¡Ah! Poco. En
una hora ya el túnel nos ha digerido a todos. Pero después yo me tiro en
un diván y empiezo a evocar lo que he recordado o lo que ha ocurrido
allí. Ahora me cuesta hablar de eso. Esta luz fuerte me daña la idea del
túnel. Es como la luz que entra en las cámaras de los fotógrafos cuando
las imágenes no están fijadas. Y en el momento del túnel me hace mal
hasta el recuerdo de la luz fuerte. Todas las cosas quedan tan
desilusionadas como algunos decorados de teatro al otro día de mañana.
Él me decía esto y
nosotros estábamos parados en un recodo oscuro de la escalera. Y cuando
seguimos descendiendo, vimos desde lo alto la penumbra del comedor; en
medio de ella flotaba un inmenso mantel blanco que parecía un fantasma
muerto y acribillado de objetos.
Las cuatro muchachas
se sentaron en una cabecera y los tres hombres en la otra. Entre los dos
bandos había unos metros de mantel en blanco, pues el viejo sirviente
acostumbraba a servir toda la mesa desde la época en que habitaba allí
la gran familia de mi amigo. Únicamente hablábamos él y yo. Alejandro
permanecía con su cara flaca apretada entre las patillas y no sé si
pensaría: “No me tomo la confianza que no me dan” o “No seré yo
quien le dé a éstos”. En la otra cabecera las muchachas hablaban y se
reían sin hacer mucho barullo. Y de este lado mi amigo me decía:
—¿Tú no
necesitas, a veces, estar en una gran soledad?
Yo empecé a tragar
aire para un gran suspiro y después dije:
—Frente a mi
pieza hay dos vecinos con radio; y apenas se despiertan se meten con las
radios en mi cuarto.
—¿Y por qué los
dejas entrar?
—No, quiero decir
que las encienden con tal volumen que es como si entraran en mi pieza.
Yo iba a contar
otras cosas; pero mi amigo me interrumpió:
—Tú sabrás que
cuando yo caminaba por mi quinta y oía chillar una radio, perdía el
concepto de los árboles y de mi vida. Esa vejación me cambiaba la idea
de todo: mi propia quinta no me parecía mía y muchas veces pensé que yo
había nacido en un siglo equivocado.
A mí me costaba
aguantar la risa porque en ese instante Alejandro, siempre con sus
párpados bajos, tuvo una especie de hipo y se le inflaron las mejillas
como a un clarinetista. Pero enseguida le dije a mi amigo:
—¿Y ahora no te
molesta más esa radio?
La conversación era
tonta y me prometí dedicarme a comer. Mi amigo siguió diciendo:
—El tipo que antes
me llenaba la quinta de ruido vino a pedirme que le saliera de garantía
para un crédito...
Alejandro pidió
permiso para levantarse un momento, le hizo señas a una muchacha y
mientras se iban le volvió el hipo que le hacía mover las patillas:
parecían las velas negras de un barco pirata. Mi amigo seguía:
Entonces yo le dije:
“No sólo le salgo de garantía, sino que le pago las cuotas. Pero usted
me apaga esa radio sábados y domingos.” Después, mirando la silla
vacía de Alejandro, me dijo: “Éste es mi hombre; compone el túnel
como una sinfonía. Ahora se levantó para no olvidarse de algo. Antes yo
derrochaba mucho su trabajo, porque cuando no adivinaba una cosa se la
preguntaba; y él se deshacía todo para conseguir otras nuevas. Ahora,
cuando yo no adivino un objeto lo dejo para otra sesión y cuando estoy
aburrido de tocarlo sin saber qué es, le pego una etiqueta que llevo en
el bolsillo y él lo saca de la circulación por algún tiempo.”
Cuando Alejandro
volvió, nosotros ya habíamos adelantado bastante en la comida y los
vinos. Entonces mi amigo palmeó el hombro de Alejandro y me dijo:
—Éste es una gran
romántico; es el Schubert del túnel. Y además tiene más timidez y más
patillas que Schubert. Fíjate que anda en amores con una muchacha a quien
nunca vio ni sabe cómo se llama. Él lleva los libros en una barraca
después de las diez de la noche. Le encanta la soledad y el silencio
entre olores de maderas. Una noche dio un salto sobre los libros porque
sonó el teléfono; la que se equivocó de llamado, siguió equivocándose
todas las noches; y él, apenas la toca con los oídos y las
intenciones.
Las patillas negras
de Alejandro estaban rodeadas de la vergüenza que le había subido a la
cara, yo yo le empecé a tomar simpatía.
Terminada la comida,
Alejandro y las muchachas salieron a pasear; pero mi amigo y yo nos
recostamos en los divanes que había en su cuarto. Después de la siesta,
nosotros también salimos y caminamos todo el resto de la tarde. A medida
que iba oscureciendo mi amigo hablaba menos y hacía movimientos más
lentos. Ahora la luz era débil y los objetos luchaban con ella. La noche
iba a ser muy oscura; mi amigo ya tanteaba los árboles y las plantas y
pronto entraríamos al túnel con el recuerdo de todo lo que la luz había
confundido antes de irse. Él me detuvo en la puerta de la cochera y antes
que me hablara yo oí el arroyo. Después mi amigo me dijo:
—Por ahora tú no
tocarás las caras de las muchachas: ellas te conocen poco. Tocarás nada
más que lo que esté a tu derecha y sobre el mostrador.
Yo había oído los
pasos de Alejandro. Mi amigo hablaba en voz baja y me volvió a encargar:
—No debes perder
en ningún momento tu colocación, que será entre Alejandro y yo.
Encendió una
pequeña linterna y me mostró los primeros escalones, que eran de tierra
y tenían pastitos desteñidos. Llegamos a otra puerta y él apagó la
linterna. Todavía me dijo otra vez:
—Ya sabes, el
mostrador está a la derecha y lo encontrarás apenas camines dos pasos.
Aquí está el borde, y, aquí encima, la primera pieza: yo nunca la
adiviné y la dejo a tu disposición.
Yo me inicié
poniendo la manos sobre una pequeña caja cuadrada de la que sobresalía
una superficie curva. No sabía si aquella materia era muy dura; pero no
me atreví a hincarle la uña. Tenía una canaleta suave, una parte un
poco áspera y cerca de uno de los bordes de la caja había lunares... o
granitos. Yo tuve una mala impresión y saqué las manos. Él me
preguntó:
—¿Pensaste en
algo?
—Esto no me
interesa.
—Por tu reacción
veo que has pensado alguna cosa.
—Pensé en los
granitos que cuando era niño veía en el lomo de unos sapos muy grandes.
—¡Ah!, sigue.
—Después me
encontré con un montón de algo como harina. Metí las manos con gusto. Y
él me dijo:
—Al borde del
mostrador hay un paño sujeto con una chinche para que después te limpies
las manos.
Y yo le contesté,
insidiosamente:
—Me gustaría que
hubiera playas de harina...
—Bueno, sigue.
Después encontré
una jaula que tenía forma de pagoda. La sacudí para ver si tenía algún
pájaro. Y en ese instante se produjo un ligero resplandor; yo no sabía
de dónde venía ni de qué se trataba. Oí un paso de mi amigo y le
pregunté:
—¿Qué ocurre?
Y él a su vez me
preguntó:
—¿Qué te pasa?
—¿No viste un
resplandor?
—Ah, no te
preocupes. Como las muchachas son poco para un túnel tan largo, tienen
que estar repartidas a mucha distancia; entonces, con esta linterna cada
una me avisa donde está.
Me di vuelta y vi
encenderse varias veces el resplandor como si fuera un bichito de luz. En
ese instante mi amigo dijo:
—Espérame aquí.
Y al ir hacia la luz
la cubrió con su cuerpo. Entonces yo pensé que él iba sembrando sus
dedos en la oscuridad; después los recogería de nuevo y todos se
reunirían en la cara de la muchacha.
De pronto le oí
decir:
—Ya va la tercera
vez que te pones la primera, Julia.
Pero una voz tenue
le contestó:
—Yo no soy Julia.
En ese momento oí
acercarse los pasos de Alejandro y le pregunté:
—¿Qué tenía
aquella primera caja?
Tardó en decirme:
—Una cáscara de
zapallo.
Me asusté al oír
la voz enojada de mi amigo:
—Sería
conveniente que no le preguntaras nada a Alejandro.
Yo pasé aquellas
palabras con un trago de saliva y puse las manos en el mostrador. El resto
de la sesión lo hicimos en silencio. Los objetos que yo había
reconocido, estaban en esta orden: una cáscara de zapallo, un montón de
harina, una jaula sin pájaro, unos zapatitos de niño, un tomate, unos
impertinentes, una media de mujer, una máquina de escribir, un huevo de
gallina, una horquilla de primus, una vejiga inflada, un libro abierto, un
par de esposas y una caja de botines conteniendo un pollo pelado. Lamenté
que Alejandro hubiera colocado el pollo como último número, pues fue muy
desagradable la sensación al tantear su cuero frío y granulado. Apenas
salimos del túnel Alejandro me alumbró los escalones que daban a la
glorieta. Al llegar a la luz de un corredor mi amigo me puso
cariñosamente la mano en el cuello como para decirme: “perdona mi
brusquedad de hoy”, pero al mismo tiempo dio vuelta la cabeza para otro
lado como diciendo: “sin embargo ahora estoy en otra cosa y tendré que
seguir con ella”.
Antes de ir a su
habitación me hizo señas con el índice para que lo siguiera; y después
se llevó el mismo dedo a la boca para pedirme silencio. En su pieza
empezó a acomodar los divanes de manera que cada uno mirara en
sentido contrario y nosotros no nos viéramos las caras. Él fue
descargando su cuerpo en un diván y yo en el otro. Me entregué a mis
pensamientos y me juré internarme, todo lo posible, en aquel asunto.
Al rato me
sorprendió la voz más baja de mi amigo, diciéndome:
—Me gustaría que
pasaras todo el día de mañana aquí; pero siento tener que ofrecértelo
con una condición...
Yo esperé
unos segundos y le contesté:
—Si yo aceptara,
tendría que ser, también, con una condición...
Al principio él se
rió, y después dijo:
—Mira, cada uno
apuntará en un papel la condición. ¿Aceptas?
—Muy bien.
Yo saqué una
tarjeta. Después, como nuestras cabeceras estaban cerca, nos alargamos
los papeles sin mirarnos. El de mi amigo decía: “Necesito andar solo,
por la quinta, durante todo el día.” Y el mío: “Quisiera pasarlo
encerrado en una habitación.” Él se volvió a reír. Después se
levantó y salió unos minutos. Al volver, dijo:
—Tu habitación
estará encima de ésta. Y ahora vamos a la mesa.
Allí encontré un
conocido: el pollo del túnel.
Al terminar la cena
me dijo:
—Te invito a oír
el cuarteto de don Claudio.
Me hizo gracia la
familiaridad con Debussy. Nos recostamos en los divanes; y en una de las
veces que fue a dar vuelta un disco, se detuvo con él en la mano para
decirme:
—Cuando estoy
allí, siento que me rozan ideas que van a otra parte.
El disco terminó y
él siguió diciendo:
—Yo he vivido
cerca de otras personas y me he guardado en la memoria recuerdos que no me
pertenecen.
Esa noche él no me
dijo nada más y cuando yo estuve solo en mi pieza, empecé a pasearme por
ella; me sentía en una excitación dichosa y pensaba que el gran objeto
del túnel era mi amigo. Precisamente, en ese momento él subía
apresuradamente la escalera. Abrió la puerta, asomó la cabeza con una
sonrisa y me pidió:
—Tus pasos no me
dejan tranquilo; se oyen demasiado allá bajo...
—¡Oh,
discúlpame!
Apenas se fue yo me
saqué los zapatos y me empecé a pasear en medias. Y él no tardó en
volver a subir:
—Ahora peor,
querido. Tus pasos parecen palpitaciones. Y he sentido otras veces el
corazón como si me anduviera un rengo en el cuerpo.
—¡Ah! Cuánto te
habrás arrepentido de ofrecerme tu casa.
—Al contrario.
Estaba pensando que en adelante me disgustaría saber que está vacía la
habitación donde estuviste tú.
Yo le contesté con
una sonrisa artificial y él se fue enseguida.
Me dormí pronto
pero me desperté al rato. Había relámpagos y truenos lejanos. Me
levanté pisando despacio y fui a abrir la ventana y a mirar la luz
blancuzca de un cielo que quería echarse encima de la casa con sus nubes
carnosas. Y de pronto vi sobre un camino un hombre agachado buscando algo
entre plantas rastreras. Pasados unos instantes dio unos pasos de costado,
sin levantarse y yo decidí ir a avisarle a mi amigo. La escalera crujía
y yo tenía miedo de que él se despertara y creyera que era yo el
ladrón. La puerta de su cuarto estaba abierta y su cama vacía. Cuando
volví arriba no vi al hombre. Me acosté y volví a dormir. Al otro día,
mientras bajé a lavarme, el sirviente me subió el servicio del mate; y
mientras lo tomaba, recordé lo que había soñado: Mi amigo y yo
estábamos parados frente a una tumba; y él me dijo: “¿Sabes quién
yace aquí? El pollo en su caja.” Nosotros no teníamos ningún
sentimiento de muerte. Aquella tumba era como una heladera que imitara
graciosamente a un sepulcro y nosotros sabíamos que allí se alojaban
todos los muertos que después comeríamos.
Recordaba esto,
miraba la quinta a través de cortinas amarillentas y tomaba mate. De
pronto vi a mi amigo cruzar un sendero y sin querer hice un gesto de
espía. Después me decidí a no mirarlo; y al pensar que él no me oía
empecé a caminar por la habitación. En una de las veces que llegué
hasta la ventana vi que mi amigo iba hacia la cochera; creí que fuera al
túnel y me llené de sospechas; pero después él dobla para un lugar
donde había ropa tendida y puso una mano abierta en medio de una sábana
que yo supuse húmeda.
Nos vimos
únicamente a la hora de la cena. Él me decía:
—Cuando estoy en
el bazar deseo este día; y aquí sufro aburrimientos y tristezas
horribles. Pero necesito de la soledad y de no ver ningún ser humano.
¡Oh, perdóname!...
Entonces yo le dije:
—Anoche deben
haber andado perros por la quinta... esta mañana vi violetas tiradas en
un camino.
Él sonrió:
—Fui yo; me gusta
buscarlas entre las hojas un poco antes del amanecer —entonces me miró
con una nueva sonrisa y me dijo:
—Había dejado la
puerta abierta, y al volver la encontré cerrada.
Yo también me
sonreí:
—Temí que fuera
un ladrón y bajé a avisarte.
Esa noche regresamos
al centro y él se sentía bien.
El sábado siguiente
estábamos en el mirador y de pronto vi venir hacia mí a una de las
muchachas. Creí que me quería decir un secreto y puse la cabeza de
costado; entonces la muchacha me dio un beso en la cara. Aquello parecía
algo previsto y mi amigo dijo:
—¿Qué es eso?
Y la muchacha le
contestó:
—Ahora no estamos
en el túnel.
—Pero estamos en
mí casa —dijo él.
Ya habían llegado
las otras muchachas; nos dijeron que estaban jugando a las prendas y aquel
beso era un castigo. Yo, para disimular, dije:
—¡Otra vez no den
castigos tan graves!
Y una muchacha
pequeña me contestó:
—¡Ese castigo lo
hubiera deseado para mí!
Todo terminó bien;
pero mi amigo quedó contrariado.
A la hora de
costumbre entramos en el túnel. Yo volví a encontrar la cáscara de
zapallo; pero ya mi amigo le había pegado una etiqueta para que la
sacaran del mostrador. Después empecé a tocar una gran masa de material
arenoso. Aquello no me interesó; me distraje pensando que pronto se
encendería la luz de la primera mujer; pero mis manos seguían
distraídas en la masa. Después toqué unos géneros con flecos y de
pronto me di cuenta de que eran guantes. Me quedé pensando en el
significado que eso tenía para las manos y en que se trataba de una
sorpresa para ellas y no para mí. Mientras tocaba un vidrio se me
ocurrió que las manos querían probarse los guantes. Me dispuse a
hacerlo; pero me detuve de nuevo; yo parecía un padre que no quisiera
consentirle a sus hijas todos los caprichos. Y enseguida me empezó a
crecer otra sospecha. Mi amigo estaba demasiado adelantado en aquel mundo
de las manos. Tal vez él les habría hecho desarrollar inclinaciones que
le permitieron vivir una vida demasiado independiente. Pensé en la harina
que con tanto gusto mis manos habían tocado en la sesión anterior y me
dije: “a las manos les gusta la harina cruda”. Entonces hice lo
posible por dejar esa idea y volví al vidrio que había tocado antes;
detrás tenía un soporte. ¿Aquello sería un retrato? ¿Y cómo podía
saberse? También podría ser un espejo... Peor todavía. Me encontraba
con la imaginación engañada y con cierta burla de la oscuridad. Casi
enseguida vi el resplandor de la primera muchacha. Y no sé por qué, en
ese instante, pensé en la masa de material que toqué al principio y
comprendí que era la cabeza del león. Mi amigo le estaba diciendo a una
muchacha:
—¿Qué es esto?
¿Una cabeza de muñeca?... ¿un perro?... ¿una gallina?
—No —le
contestaron—; es una de aquellas flores amarillas que...
Él la interrumpió:
—¿Ya no les he
dicho que no traigan nada?...
La muchacha dijo:
—¡Estúpido!
—¿Cómo? ¿Quién
eres tú?
—Yo soy Julia —dijo
una voz decidida.
—Nunca más
traigas nada en las manos —contestó débilmente mi amigo.
Cuando él volvió
al mostrador, me dijo:
—Me gusta saber
que entre esta oscuridad hay una flor amarilla.
En ese momento
sentí que me rozaban el saco y mi primer pensamiento fue para los guantes
y como si ellos pudieran andar solos. Pero casi simultáneamente pensé en
alguna persona. Entonces le dije a mi amigo:
—Alguien me ha
rozado el saco.
—Absolutamente
imposible. Es una alucinación tuya. ¡Suele ocurrir eso en el túnel!
Y cuando menos lo
esperábamos oímos un viento tremendo. Mi amigo gritó:
—¿Qué es eso?
Lo curioso era que
oíamos el viento pero no lo sentíamos en las manos ni en la cara.
Entonces Alejandro dijo:
—Es una máquina
para imitar el viento que me prestó el utilero de un teatro.
—Muy bien —dijo
mi amigo—, pero eso no es para las manos...
Se quedó callado
unos instantes y de pronto preguntó:
—¿Quién hizo
andar la máquina?
—La primera
muchacha: fue para allá después que usted la tocó.
—¡Ah! —dije yo—,
¿viste? Fue ella quien me rozó.
Esa misma noche,
mientras cambiaba los discos, me dijo:
—Hoy tuve mucho
placer. Confundía los objetos, pensaba en otros distintos y tenía
recuerdos inesperados. Apenas empecé a mover el cuerpo en la oscuridad me
pareció que iba a tropezar con algo raro, que mi cuerpo empezaría a
vivir de otra manera y que mi cabeza estaba a punto de comprender algo
importante. Y de pronto, cuando había dejado un objeto y mi cuerpo se dio
vuelta para ir a tocar una cara, descubrí quién me había estafado en un
negocio.
Yo fui a mi cuarto y
antes de dormir pensé en unos guantes de gamuza apenas abultados por unas
manos de mujer. Después yo sacaría los guantes como si desnudara las
manos. Pero mientras pasaba al sueño los guantes iban siendo cáscaras de
bananas. Y ya haría mucho rato que estaba dormido cuando sentí que unas
manos me tocaban la cara. Me desperté gritando, estuve unos instantes
flotando en la oscuridad y por fin me di cuenta que había tenido una
pesadilla. Mi amigo subió corriendo la escalera y me preguntó:
—¿Qué te pasa?
Yo le empecé a
decir:
—Tuve un sueño...
Pero me detuve; no
quise contarle el sueño porque temí que pudiera ocurrírsele tocarme la
cara. Él se fue enseguida y yo me quedé despierto; pero al poco rato oí
abrir despacito la puerta y grité con voz descompuesta:
—¿Quién es?
Y en ese mismo
instante oí pezuñas que bajaban la escalera. Cuando mi amigo subió de
nuevo le dije que él había dejado la puerta abierta y que había entrado
un perro. Él empezó a bajar la escalera.
El sábado
siguiente, apenas habíamos entrado al túnel, se sintieron unos quejidos
mimosos y yo pensé en un perrito. Alguna de las muchachas se empezó a
reír y enseguida nos reímos todos. Mi amigo se enojó mucho y dijo
palabras desagradables; todos nos callamos inmediatamente; pero en un
intervalo que se produjo entre las palabras de mi amigo, se oyeron con
más fuerza los quejidos del perrito y todos nos volvimos a reír.
Entonces mi amigo gritó:
—¡Váyanse todos!
¡Afuera! ¡Que salgan todos!
Los que estábamos
cerca le oímos jadear; y enseguida, con voz más débil, y como
escondiendo la cara en la oscuridad, le oímos decir:
—Menos Julia.
A mí se me ocurrió
algo que no pude dejar de hacer: quedarme en el túnel. Mi amigo esperó
que salieran todos. Después, desde lejos, Julia empezó a hacer señales
con su linterna. La luz aparecía a intervalos regulares, como la de un
faro, mi amigo caminaba pisando fuerte y yo trataba de hacer coincidir el
ruido de mis pasos con los de él. Cuando estuve cerca de Julia, ella
decía:
—¿Usted recuerda
otras caras cuando toca la mía?
Él hizo zumbar un
rato la "s" antes de decir "sí". Y enseguida agregó:
—...es decir...
Ahora pienso en una vienesa que estaba en París.
—¿Era amiga suya?
—Yo era amigo del
esposo. Pero una vez a él lo tiró un caballo de madera...
—¿Usted habla en
serio?
—Te explicaré.
Resulta que él era débil y una tía rica que vivía en provincias le
pedía que hiciera gimnasia. Ella lo había criado. Él le enviaba
fotografías vestido en traje de deportes; pero nunca hacía otra cosa que
leer. Al poco tiempo de casado quiso sacarse una fotografía montado a
caballo. Él estaba muy orgulloso con su sombrero de alas anchas; pero el
caballo era de madera carcomida por la polilla; de pronto se le rompió
una pata, y enseguida se cayó el jinete y se rompió un brazo.
Julia se rió un
poco y él siguió:
—Entonces, con ese
motivo, fui a la casa y conocí a la señora... Al principio ella me
hablaba con una sonrisa burlona. El marido estaba con el brazo colgado y
rodeado de visitas. Ella le trajo caldo y él dijo que estando así no
tenía ningún apetito. Todas las visitas dijeron que realmente ocurría
eso cuando se estaba así. Yo pensé que todos los concurrentes habían
tenido fracturas y me los imaginé en la penumbra que había en aquella
pieza con piernas y brazos de blanco y abultados por la vendas.
(Cuando menos lo
esperábamos volvimos a oír los gemidos del perrito y Julia se rió. Yo
temí que mi amigo lo fuera a buscar y tropezara conmigo. Pero a los pocos
instantes siguió el relato.)
—Cuando él pudo
levantarse caminaba despacio y con el brazo en cabestrillo. Visto de
atrás, con una manga del saco puesta y la otra no, parecía que llevara
un organillo y adivinara la suerte. Él me invitó a ir al sótano para
traer una botella del mejor vino. La señora no quiso que fuera solo.
Adelante iba él, llevaba una vela; la llama quemaba las telas y las
arañas huían; detrás iba ella, y después iba yo...
Mi amigo se detuvo y
Julia le preguntó:
—Usted dijo hace
unos instantes que esa señora, al principio, tenía para usted una risa
burlona. ¿Y después?
Mi amigo empezó a
incomodarse:
—No era burlona
solamente conmigo; ¡yo no dije eso!
—Usted dijo que
era así al principio.
—Bueno... y
después siguió como al principio.
El perrito gimió y
Julia dijo:
—No crea que eso
me preocupa; pero... me ha dejado la cara ardiendo.
Oí arrastrar el
reclinatorio y los pasos de ellos al salir y cerrar la puerta. Entonces yo
corrí y me apresuré a golpear la puerta con los puños y con un pie. Mi
amigo abrió y preguntó:
—¿Quién es?
Yo le contesté y
él tartamudeó para decirme:
—No quiero que
vengas nunca más al túnel...
Iba a agregar algo,
pero prefirió irse.
Esa noche yo tomé
el ómnibus con las muchachas y Alejandro; ellos iban adelante y yo
detrás. Ninguno de ellos me miraba y yo viajaba como un traicionero.
A los pocos días mi
amigo vino a mi casa; era de noche y yo ya me había acostado. Él me
pidió disculpas por hacerme levantar y por lo que me había dicho a la
salida del túnel. A pesar de mi alegría, él estaba preocupado. Y de
pronto me dijo:
—Hoy fue al bazar
el padre de Julia: no quiere que le toque más la cara a la hija; pero me
insinuó que él no me diría nada si hubiera compromiso. Yo miré a Julia
y en ese momento ella tenía los ojos bajos y se estaba raspando el barniz
de una uña. Entonces me di cuenta que la quería.
—Mejor —le
contesté yo—. ¿Y no te puedes casar con ella?
—No. Ella no
quiere que toque más caras en el túnel.
Mi amigo estaba
sentado con los codos apoyados en las rodillas y de pronto escondió la
cara; en ese instante me pareció tan pequeña como la de un cordero. Yo
le fui a poner mi mano en un hombro y sin querer toqué su cabeza crespa.
Entonces pensé que había rozado un objeto del túnel.
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