Felisberto
Hernández
(Uruguay, 1902-1964)
Mur
(Originalmente publicado en
la revista Escritura, abril, 1948)
Diario del sinvergüenza y últimas invenciones
Montevideo: Arca, 1974
Hace muchos años, al principio de
un verano, yo fui a una pequeña ciudad para dar una conferencia. Como la
llevaba escrita y no tenía preocupaciones, me propuse ser feliz. Allí
había una feria ganadera y los hoteles estaban llenos; me tocó dormir
con paisanos que conversaban a oscuras. Hablaban de los campos que
convenían a sus animales, y me dormí cansado de imaginar vacas pastando
en lugares distintos. Al otro día, después de la conferencia, un amigo
me dijo:
—Mañana me voy para
Montevideo, pero ya te conseguí una pieza de hotel donde dormirás con un
muchacho que no habla ni de noche ni de día.
Y señalando a un joven
que fumaba frente a un vidrio biselado —sólo al otro día me di cuenta
de que él echaba el humo sobre el vidrio— mi amigo le gritó:
—Che, Mur...
Mientras el joven venía
hacia nosotros, yo dije:
—¡Qué nombre!...
¡Mur!
—No se llama Mur.
Primero le decíamos “Murciélago”, y después, Mur.
No tuve tiempo de
preguntarle por qué le llamaban así. Mur venía trayendo la cabeza
levantada y una gran nariz violácea que parecía decir: “¿Y?”
Después de las primeras
palabras mi amigo tomó por una punta la pequeña moña de la corbata de
Mur y con un suave tirón se la deshizo. El otro soportó la broma con una
sonrisa simpática y se fue hasta un espejo para hacerse la moña. No
recuerdo si en esa ocasión echó el humo del cigarrillo contra el espejo.
Al poco rato mi amigo se fue para su casa y Mur y yo empezamos a caminar
—más bien lentamente— hacia el hotel. Después de haber andado
algunas cuadras, él me dijo:
—Usted no tiene que
acomodar sus pasos al compás de los míos, soy yo quien debe seguir el
ritmo de los suyos.
—Esta es mi manera de
caminar —le contesté.
Pero él hizo una sonrisa
y nada más. Yo sentí necesidad de complacerlo y empecé a dar pasos
largos y a balancearme hacia los costados. Al llegar al hotel tenía un
poco de malestar en los riñones. El cuarto de él era grande y ya nos
esperaban dos camitas vestidas de celeste. En un gran lavatorio antiguo de
madera negra, había una palangana de porcelana blanca. Veía salir el
agua del labio grueso de la parra y el asa fresca me llenaba toda la mano.
Después de lavarme vi a Mur sentado a una gran mesa redonda y fumando con
los ojos bajos. Primero yo sentí necesidad de romper el silencio con
alguna palabra; pero después pensé en esa costumbre mía como en una
debilidad y decidí callarme la boca. De pronto Mur miró hacia un lado de
la mesa y echó humo al pie de un retrato; en él había una mujer que
miraba el cielo; y cuando el humo subía, los ojos de ella parecían
ventanas de una casa en un principio de incendio. Entonces Mur me dijo:
—Le presento a mi
novia.
Yo hice una cortesía un
poco en broma y al levantar la cabeza vi, colgando en la pared, un fuelle;
estuve luchando con la curiosidad de preguntarle para qué lo utilizaba;
pero en un momento Mur arrastró la silla con violencia y empezó a decir:
—Nos van a dejar sin
cena...
Y los dos salimos de la
habitación casi atropellándonos.
Esa noche en la mesa él
no pidió vino. Comía silenciosamente y de pronto me dijo:
—Estuvo bien su
conferencia...
—¡Ah! Me alegro...
—Espéreme un momento;
no he terminado de hablar. Usted dijo una cosa que no es de mi gusto.
—¿Cuál?
—Lo de un poeta que
citó.
—“¿Es más
interesante el más miserable de los hombres que el más maravilloso de
los árboles?”
—Eso mismo, a mí me
gusta mucho más una plantita que muchos hombres.
—Está bien.
Y al rato me preguntó:
—¿Usted sabe quién
soy?
Puse cara de no saber.
—El portero del banco
—me dijo—. Yo antes era auxiliar; pero un día les pedí el puesto de
portero. Entonces me dijeron que eso era un mal ejemplo; y después me
mandaron a campaña, donde nadie sabe que fui auxiliar. Le estoy dando los
datos porque si usted escribe ese cuento sobre mí...
Yo lo miré estupefacto.
—Cómo, ¿usted no le
dijo a Rafael que iba a escribir...?
Empecé a negar con la
cabeza.
—¡Pero! —dijo él,
riéndose—. ¡Este Rafael!
Y al rato insistió:
—Mire, yo sé por qué
se lo digo; usted podría hacer un cuento conmigo.
Yo no sabía como
esquivarlo.
—No sé si realmente
podría escribirlo. Además usted tiene novia; y generalmente a ellas nos
les gusta todo lo que se dice de su enamorado.
Por esa noche no
insistió. Yo me fui a leer a la cama. Él se sentó en la mesa redonda y
empezó a escribir y a echar humo sobre el papel. Antes de dormirme pensé
en el apodo de Murciélago. Me despertó, al rato, el ruido del fuelle.
Mur había abierto apenas la ventana y con el fuelle corría el humo hacia
la rendija. Entonces me vino a la memoria algo que decía mi abuela: “Fumaba
como un murciélago” y creí comprender el sobrenombre de Mur. Pero
pronto hice otras conjeturas. Vi en los hombros desnudos de él dos
mechones de vello tan abultados que parecían charreteras, la parte de la
espalda que dejaba ver la camisilla de verano la tenía cubierta por una
capa de pelo bastante espesa. Y yo pensé: “Los murciélagos tienen todo
el cuerpo lleno de pelo”. Esto ocurría un viernes de noche. Al otro
día se levantó temprano para ir al banco y al acercarse al espejo para
arreglarse la corbata echó el humo en el vidrio y recién entonces
comprendí que el día anterior había echado humo en la puerta de
cristales biselados. Esa mañana, por decirle algo, le pregunté:
—¿Así que usted
prefirió ser portero?
—¡Ah! —dijo él—.
Si se decide a escribir el cuento, ya sabrá por qué.
Después que se fue
pensé en el gran deseo de Mur; pero todavía yo no estaba decidido. Él
llegó a la una, del banco, y al sentarse en la mesa pidió una botella de
vino. Yo pedí otra, pero no la tomé toda. Él sí. Y mientras tanto yo
pensaba: “A los murciélagos les gusta chupar la sangre”. Cuando
fuimos a la habitación, él encontró sobre su cama un ramo de flores y
una cartita. Tomó el ramo, le echó una bocanada de humo y después
hundió aquella enorme nariz violácea entre las flores y el humo. Cuando
estaba leyendo la cartita vino una criada y le dijo:
—Hoy puede ir a la
pieza 8.
Entonces yo me comedí:
—Si quiere utilizar
esta pieza, yo...
—No, me interrumpió
él, no tiene nada que ver.
Había arrugado las
cejas; no sé si por mi pregunta o por lo que diría la cartita. En el
momento en que yo salía me volvió a repetir que él no necesitaba pieza.
Yo salí para arreglar otra conferencia en otro club. A la hora de cenar
no lo vi; después fui al cine y cuando volví era más de media noche y
él estaba dormido. A las dos de la madrugada me desperté por el ruido de
una corneta de carnaval. Era él, había encendido la luz, se sonaba las
narices con fuerza y me miraba por entre las ondas del pañuelo. Después
empezó a leer, a fumar, y yo me di vuelta para el otro lado. Al rato me
volvió a despertar el ruido del fuelle. Al otro día él fue a un paseo
campestre desde temprano. En la tarde yo recorrí los suburbios de la
ciudad y fui a tomar vino a una taberna que quedaba cerca del cementerio.
Salí de noche. Me sorprendió un auto que cruzó la vereda, de tierra, y
entró en un terreno lleno de arbustos que había al lado del cementerio.
Yo me quedé parado porque había oído gritar: “¡Mur!” El auto se
detuvo a poca distancia, pero sólo bajó una mujer gorda y un hombre que
no era Mur. Esa noche él no vino a cenar. Llegó tarde y yo le dije:
—Hoy creí haber oído
su nombre dentro de un auto que pasó al lado del cementerio.
—No oyó mal —dijo
él—, riéndose.
— Pero sólo bajó...
Él me interrumpió:
—Yo me quedé en el
auto con mi muchacha; pero el otro domingo nosotros bajaremos a conversar
entre los yuyos y la otra pareja quedará en el auto.
—¿Y a las muchachas no
les hace mala impresión ese lugar?
—No; lo malo de la
muerte no alcanza a llegar hasta el cementerio.
Entonces yo me dije
definitivamente: “Ya sé por qué le dicen Murciélago”.
El lunes se reunió la
comisión del club que decidiría mi conferencia; yo estaba nervioso y no
me fijé en Mur. El martes él no vino a cenar; después lo encontré en
la calle:
—Vamos a un café;
tengo que hablarle.
Pidió una bebida cara.
Yo pensé que tendría algo más que el sueldo de portero. Y de pronto me
dijo:
—Se ha sabido lo del
cementerio y acabo de pelearme con mi novia. ¿Sabe lo qué significa eso?
—Caramba, comprendo.
Pero todo pasará...
—No, no, no, eso
significa que usted puede escribir el cuento; ahora, a ella, no se le
importará nada.
Yo me reí, le miré la
cara y se me desvaneció todo el sentido tenebroso que me sugería su
apodo. Entonces le dije:
—Me alegro de que usted
sea una persona tan clara.
—No sé lo que quiere
decir —me contestó—, pero si deseo que escriba algo sobre mi vida es
porque a mí me gusta ver las cosas turbias. ¿Usted tiene tiempo, ahora?
—Sí.
Y me acomodé
recostándome en la pared y disimulando un suspiro. Él se detuvo antes de
empezar; se preparó como para un hecho histórico y se emocionó. Yo
también me conmoví inesperadamente y me dispuse a recibir su confesión.
Viendo que transcurría demasiado tiempo traté de ayudarlo.
—¿En qué sentido le
gustan las cosas turbias?
—Yo le dije ver las
cosas turbias; es en el sentido de la vista. A veces pienso que me
correspondería mejor un pintor.
—No crea —le dije
para animarlo—, a todos los artistas nos gustan las cosas turbias.
—Escuche —dijo él
sin haberme oído—, si yo miro esta botella de cerca con la luz del día
y los ojos bien abiertos, la botella se vuelve demasiado material y
pensaría en cómo la fabricaron y cómo es su contenido de una manera
indiferente y hasta desagradable. Pero si la botella está en la mesa
redonda de mi cuarto y yo la miro con luz escasa y un poco antes de
dormirme, usted comprenderá que se trata de una botella muy distinta.
En ese instante me
pareció que yo había recibido un mensaje inesperado y me empecé a
preparar para hablar; pero él no me dejó y siguió diciendo:
—Bueno, una noche yo
estaba muy aburrido y después de haber tomado una botella de vino vi la
vida con luz difusa y desde la otra distancia; entonces sentí ternura por
las casas, las mesas, los árboles y muchas otras cosas.
—¿Por personas
también? —le interrumpí yo.
—De ninguna manera; esa
noche yo separé para siempre las personas de las cosas.
—¿Y los animales?
—Mejor que las
personas, pero ellos son cosas que se mueven, una casa y un árbol se
quedan en el lugar donde uno los deja y sus sorpresas son más suaves. El
otro día descubrí que siempre había mirado las calles de cerca y a
medida que necesitaba pasar por ellas; pero nunca había visto el fondo de
las calles; ni los pisos intermedios de las casas altas; entonces me
encontré con una ciudad nueva y con ventanas que nadie había mirado. Al
principio tropecé muchas veces con la gente y estuvieron a punto de
pisarme muchos autos; pero después me acostumbré a agarrarme de un
árbol para ver las calles y a detenerme largo rato antes de bajar una
vereda y esperar que yo pudiera poner atención en los vehículos. El
primer día llegué tarde al banco y creyeron que yo estaba enfermo. Y ya
esa misma noche comprendí que el banco me comía la cabeza, que yo me
obstinaba en meterme números en ella, como si se llenara de seres que
debía hacer mover y proliferarse.
Después de un intervalo
bajó los ojos como si estuviera avergonzado y agregó:
—Por eso quise ser
portero.
Esperé un rato y
entonces le dije:
—Yo no creo que usted
se haya separado tanto de las personas; ya ve, está hablando conmigo...
—¡Ah! —me dijo él—,
cuando usted daba la conferencia parecía una higuera que se arrancara,
ella misma, los higos. Y además, usted siempre se queda en el mismo
lugar.
Después se distrajo,
echó una bocanada contra la botella y el humo también me envolvió a
mí.
—Dígame, ¿por qué
echa el humo sobre las cosas? ¿será para verlas turbias?
—No; es costumbre...
Al poco rato fuimos a la
pieza. Allí seguimos charlando y fumando hasta que llenamos la
habitación de humo. Mur se arriesgó a abrir un poco más la ventana;
pero cuando se dirigía hacia la pared donde estaba colgado el fuelle,
entró por la ventana un poco de viento y empezó a llevarse el humo, como
si un fantasma lo manoteara.
En todas las otras noches
él me siguió contando su vida y yo me propuse escribirla. Me quedé en
aquella ciudad hasta el domingo. Pero el sábado a medio día entró en la
pieza la criada y le dijo a Mur:
—Hoy puede ir a la
pieza 14.
Yo volví al hotel al
oscurecer; la dueña estaba hablando con unos recién llegados y me dijo:
—¿Quiere decirle a su
compañero que me deje libre la pieza 14?
—¿Cómo no? Y él,
¿dónde está?
—¡Pero muchacho! ¡En
la pieza 14!
Estaba cerrada y a
oscuras. Apenas abrí la puerta se me vino encima una espesa nube de humo.
Primero vi las colchas blancas, y después a Mur; estaba sentado a una
mesa frente a dos botellas vacías. Lo llevé a su cama con dificultad.
Él se reía tapándose los ojos y yo le decía:
—¡El vino es un
elemento, para ver turbio, de primer orden!
Al otro día nos
despedimos como grandes amigos. Yo vine a Montevideo, busqué a Rafael y
le pregunté por qué le decían “murciélago” a mi compañero de
pieza.
—¡Ah! ¿no sabés? Les
tiene terror a los murciélagos y cree que entrarán por la ventana.
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