Felisberto
Hernández
(Uruguay, 1902-1964)
Nadie encendía las lámparas
Nadie encendía las
láparas
Buenos Aires: Sudamericana, 1947
Hace mucho tiempo leía yo un
cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas
un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas
personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos.
A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de
fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa;
tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los
moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel;
pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis
ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que
quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara
quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo
pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás
de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de
algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una
de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas
encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer
joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada
estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una
planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me
daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su
significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas
producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los
oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba
recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta;
entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía
leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar
un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería
mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su
cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al
cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que
estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado
los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo
tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había
una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder
suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se
rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la
mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.
La mujer de la pared
también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera
recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista
de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje
que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el
alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y
ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de
mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que
alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más
triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza
recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la
que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi
movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas
y amarillas sobre las que daba un poco de sol.
Al terminar mi
cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y
un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había
suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las
palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y
vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos
qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas
las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no
quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre
persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear
las palomas.
La gente que me
rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con
empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé
improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su
interés"
Entre los que
oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una
franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color —como
el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de
polvos— le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del
pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a
mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos
aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo:
"siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro
bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las
viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de
ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se
puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la
sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los
dedos hacia arriba —como el esqueleto de un paraguas que el viento
hubiera doblado— y dijo:
—Adivino en usted
un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
Yo pensé que se
había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad
de contestarle:
—No crea; a un
árbol, no podría invitarlo a pasear.
Los tres nos
reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
—Es verdad; el
árbol es el amigo que siempre se queda.
Las viudas llamaron
a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la
miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y
violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue
presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía
gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando
era niño, y mi abuela me dijo: “Parece que te hubieran lambido
las vacas.” El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se
puso a hablar.
—¡Ah, Dios mío,
ese señor del cuento, tan recalcitrante!
De buena gana yo le
hubiera dicho: “¿Y usted?, ¿tan femenino?” Pero le pregunté:
—¿Cómo se llama?
—¿Quién?
—El señor...
recalcitrante.
—Ah, no recuerdo.
Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en
los certámenes literarios.
Yo miré al de la
frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le
vamos a hacer!"
Cuando vino la
sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino"
sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y
enseguida dijo:
—No estoy de
acuerdo con ustedes.
—¿Por qué?
—...y me extraña
que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
—¿Cómo?
—Se repite a
largos pasos.
Le elogiamos la idea
y ella se entusiasmó:
—Se repite en una
avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se
asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan
pasar.
Ella dijo todo esto
con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El
pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido
por el femenino:
—Sin embargo,
cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas
partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y
todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las
ramas.
La sobrina de las
viudas no se pudo contener.
—¡Jesús, pareces
Blancanieves!
Y mientras nos
reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la
habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa
hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre
el pelo, me preguntó:
—Dígame la
verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
—¡Oh!, habría
que preguntárselo a ella.
—Y usted, ¿no lo
podría hacer?
—Sería tan
imposible como preguntarle algo a la imagen de una sueño.
Ella sonrió y bajó
los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El
movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no
terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella
distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados;
o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno,
porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la
masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel,
y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y
se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era
una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el
pelo era una manera muy fina de las plumas.
Vino una de las
tías —la que no tenía los ojos ahumados— a traernos copitas de
licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
—Hay que tener
cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
Volví a pensar en
la gallina y le contesté:
—¡Señora! ¡No
estamos en un gallinero!
Cuando nos volvimos
a quedar solos y mientras yo probaba el licor —era demasiado dulce y me
daba náuseas—, ella me preguntó:
—¿Usted nunca
tuvo curiosidad por el porvenir?
Había encogido la
boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
—No, tengo más
curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra
persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
—Dígame, ¿qué
haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
—Casualmente lo
sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.
Me pidieron que
tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba
con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con
insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué
hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó
el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para
adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería
oír música desde la muerte de su esposo —se habían amado hasta llegar
a la inocencia.
Los invitados
empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja
a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.
Yo me iba entre los
últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
—Tengo que hacerle
un encargo.
Pero no me dijo
nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del
saco.
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