Felisberto
Hernández
(Uruguay, 1902-1964)
La Envenenada
La envenenada
Florida, sin pie de imprenta, 1931
En uno de los barrios de los
suburbios de una gran ciudad, uno de los literatos no tenía asunto. Esto
le pasó desde el 24 de agosto por la tarde —en la mañana había
terminado un cuento— hasta el 11 de octubre, también por la tarde. En
la mañana del 11, el día le amenazaba con normalidad: como uno de los
tantos días él estaba encerrado en su casa y no tenía ganas de salir;
se paseaba por toda su pequeña casa, a grandes pasos y a profundos
pensamientos; quería atacar algún asunto, porque ningún asunto venía
hacia él; al mismo tiempo que sus piernas se le cansaban y se le ponían
pesadas, sentía angustia con pesimismo; pero se acostaba un rato y, a
medida que sus piernas descansaban, la angustia con pesimismo se le iba.
El 11 por la tarde,
cuando eran las 14 y 25 y se asomó a la puerta de su casa, se dio cuenta
que el día era lindo, pero igual a muchos días lindos —hacía tiempo
le había pasado lo mismo con unos días feos— entonces, como una de las
tantas veces que en otros días se había asomado a la puerta de su casa,
llegó a la siguiente conclusión: “si quiero asunto tengo que meterme
en la vida”. A las 15 y 12 fue cuando por última vez en esa tarde se
asomó a la puerta de su casa y pensó que tenía que meterse en la vida:
aparecieron tres hombres que desde la calle le hicieron señas para que se
acercara; cuando se acercó le dijeron que a pocas cuadras y al borde de
un arroyo, una mujer se había envenenado. El tenía pensado no ir a esta
clase de espectáculos: le producían una cosa, que sintetizando todo lo
que hubiera podido escribir sobre esa cosa, le hubiera llamado vulgarmente
miedo. Sin embargo, como además de no tener asunto, había leído una
poesía que le había llevado a la conclusión de que un hombre podía
reaccionar y triunfar sobre sí mismo, entonces decidió aprovechar la
invitación que le hicieron los tres hombres y el espectáculo de la
envenenada.
Apenas empezaron a
caminar uno de los tres hombres le demostró una antigua y secreta
admiración: había leído muchas cosas de él; los otros dos estaban
cohibidos y la curiosidad que hacía un rato tenían por la envenenada, se
les había pasado para el literato.
En el cerebro de los
cuatro hombres había una misma idea: en tres, la curiosidad por el gesto
de la cara del literato, y en el literato la preocupación de lo que
haría con su cara. Si se abandonaba a la espontaneidad, tal vez pusiera
una cara inexpresiva e idiota y, además, no podría abandonarse a su
espontaneidad porque sabía que lo observaban; tal vez no podría ser
espontáneo ni consigo mismo, porque aunque no hubiera nadie, él mismo
sería su observador, tendría la tensión de espíritu del analítico y
por más fuerte que fuera el espectáculo, su espíritu oscilaría entre
la impresión que le produciría y la impresión que él quería tomar de
sí mismo. Entonces se encontró con que no podía ni sabía sorprender—se
y entonces tenía que inventar un gesto interesante. Ni aún esto podía
pensar tranquilamente porque sus compañeros le iban dando los datos que
conocían de la envenenada y él tenía que escucharlos y comentarlos.
Para esto inventó un
gesto y un comentario que le sirvió para abandonarse a pensar en todo lo
que se le antojaba, para dejar sus pensamientos libres cual una cosa
libre; puso su cara hacia el frente, pero no para mirar lo que tenía
adelante, sino hacia lo que los literatos habían definido como lo
infinito, lo desconocido, etc.
El comentario fue el
silencio: muchas veces le había servido para muchas cosas, y ahora le
permitía dejar el pensamiento libre cual una cosa libre.
El admirador del literato
le contaba a éste, una vulgar historia de amantes; esa mañana, cuando la
historia tuvo su desenlace, ella había envuelto en un papel un vaso con
cianuro, y había puesto en la cartera un gran revólver; cuando se puso
el gorro de fieltro y salió de su casa la gente habría creído que iba a
un lugar, lejos de aquellos alrededores. Aquí los pensamientos del
literato se prendieron hambrientos de este detalle, y ya le pareció que
hacía un cuento y que decía que ella había ido más lejos de lo que la
imaginación de la gente suponía: había ido donde los literatos habían
definido como lo infinito, lo desconocido, etc. De pronto los pensamientos
se le detuvieron y se fijó que los dos hombres que callaban habían
quedado algunos pasos atrás y ahora conversaban; entonces sus
pensamientos le volvieron a atacar y se imaginó que, al ellos caminar de
dos en dos, llevaban un ataúd. También se dio cuenta, analizando su
propio yo, analizando su propio yo, que este último pensamiento decoraba
muy bien el espectáculo que dentro de poco verían.
II
Los
cuatro hombres iban por una orilla del arroyo; pero la envenenada estaba
del otro lado; entonces el literato pensó: ella está del otro lado del
arroyo, y de la vida. Los compañeros le dijeron que, como el arroyo era
angosto, de este lado verían bien, y que si fueran por el otro, tendrían
que dar una vuelta muy grande; y el literato pensó: para llegar del lado
de la envenenada, habría que dar una vuelta muy grande y esa sería la
vuelta de la vida, porque ella está en la muerte.
El paraje era pintoresco
como otros lugares pintorescos y nada más; a dos cuadras del suceso, los
cuatro hombres vieron entre los árboles un grupo de personas, y el
literato preparó la cara; frunció el entrecejo y nada más: pensaba que
con eso bastaba para ver y pensar tranquilo; y entonces, este último
pensamiento, le dio a su cara un baño fijador. A medida que se acercaba,
su espíritu oscilaba entre conservar su yo y abandonarse a la curiosidad:
parecía un elástico que se estirara y se encogiera; pero el baño
fijador que había dado a su cara le fue eficaz; cuando estuvieron frente
al lugar de la envenenada, él conservaba entera su cara.
Pasado el segundo de
indefinida sensación, se apresuró a decirse a sí mismo: es una mujer
envenenada y nada más; y tuvo el valor de empezar a observarla y a
pensar, sin hacer caso de una especie de pelotón nebuloso y oscuro, que
desde el primer momento se le había formado en donde los otros literatos
llamaban, el espíritu. Pero, a medida que observaba y pensaba, de la
envenenada salía algo que le agrandaba el indefinido pelotón.
El espectáculo era
demasiado fuerte para el literato; en el cuerpo de la envenenada había
cosas extrañas, contradictorias y también irónicas: los pies estaban
cruzados, y había en ellos la tranquilidad de la persona que se ha
acostado a dormir la siesta y el cuerpo disfruta de la frescura del
césped y de la placidez del sueño; pero sin embargo, el cuerpo de la
envenenada estaba arqueado, tenía por puntos de apoyo un talón y los
hombros, y todo el busto demasiado echado hacia adelante; la cabeza estaba
doblada y su posición hacía pensar en lo mismo de los pies, pero la cara
estaba muy descompuesta y los músculos en tensión; un brazo lo tenía
para arriba, rodeaba la cabeza como un marco y la posición era tan
tranquila como la cabeza y los pies; pero el puño estaba muy apretado. Lo
más terrible, la protesta más desesperante que había en la envenenada,
estaba en el otro brazo, en el que no le servía de marco a la cabeza:
estaba muy separado del cuerpo, y desde el codo hasta el puño había
quedado parado como un pararrayo; el puño no estaba cerrado del todo, y
de entre los dedos que estaban crispados y juntos, salía un pañuelito
que flameaba con la brisa.
Cerca del cuerpo estaba
el vaso y el papel; el revólver ya lo había llevado la policía: vino
cerca de las 13 y quedó un guardia cuidando; eran las 16 y todavía no
había venido el juez; el guardia espantaba a la gente que se acercaba o
tocaba y, los que ya se sabían de memoria los detalles del asunto y del
cuerpo de la envenenada, se iban. A pocos pasos del literato había una
muchacha que dijo, que hacía rato había venido el amante de la
envenenada, que después de mirarla le bajó un poco la pollera porque le
había quedado muy subida, y que después se había ido. También dijo que
nadie había tocado el vaso ni el papel: entonces, se pensaba que la
envenenada habría visto aquello así antes de morirse, que su pensamiento
y la realización, con el vaso y el papel, habrían quedado igual que en
el momento en que ella se había envenenado, y esas horas que nosotros
medíamos después, se dislocaban y eran extrañas, porque pertenecían
más a ella que a nosotros.
También se pensaba, que
antes de salir de su casa el vaso, habría estado tranquilo encima de una
mesa, que ella lo habría sacado para llevarlo con ella como un animalizo
doméstico; que todavía estaba cerca de su cuerpo, y miraba fijo, y no
era culpable de nada; que como un animalito doméstico habría estado
lejos del propósito de ella; pero que ahora el vaso y ella eran dos
realidades parecidas.
III
Durante
mucho rato el literato quiso suponerse que estaba acostumbrado a
espectáculos como aquél y quiso empezar a construir su cuento, para no
tener esa cosa que sintetizando todo lo que hubiera podido escribir sobre
ella, le hubiera llamado vulgarmente miedo; tenía muy fruncido el
entrecejo, pero los ojos se le habían quedado muy abiertos y fijos.
De pronto se dio cuenta
que los pies se le movieron y le llevaron el cuerpo para otro lado;
también sintió sobre él todas las miradas y la responsabilidad que
otros literatos habían sentido cuando pensaban que en sus manos estaba el
destino de la humanidad. Ya había corrido por allí la noticia de que era
escritor, y la gente pensaría que tal vez él y no el juez, estaría más
cerca del misterio de aquella muerte.
Cuando percibió el
desenfado con que la gente andaba alrededor de la envenenada y recordó
sus momentos de esa cosa—miedo, se encontró con que él había tenido
una gran altura moral, por el respeto y la cosa—miedo que había
sentido, y dio un suspiro de satisfacción. Cuando los compañeros lo
vieron mover, les pareció que era algo así como una gran máquina
moderna del pensamiento, y que al moverse era porque ya tenía la
solución; no sabían qué solución buscaban, o la solución de qué;
pero ellos presentían que en aquel hombre, como gran máquina moderna del
pensamiento se debía haber producido una solución; entonces, uno de
ellos, el antiguo admirador, lo interrogó. El tuvo el inesperado dominio
de sí mismo, la gran serenidad, de responder no contestando con palabras,
sino haciendo una seña con la mano como para que esperasen; al literato
le parecía que alguien recitaba, y mientras tanto y antes de que se
terminara el poema, él tenía que preparar el juicio o el elogio: aquí
el poema terminaría cuando viniese el juez y se llevasen la envenenada.
Pero el literato tuvo pronto el juicio, el elogio o la solución antes que
viniera el juez: seguiría con el silencio: esta nueva solución que era
igual a la de antes de ver a la envenenada, le había surgido al recordar
como otros literatos habían triunfado con el sencillo procedimiento de
insistir: él insistiría en su silencio; tal vez cuando los compañeros
le acompañaran hasta su casa, él no les diría ni buenas tardes, y esa
descortesía en aquel momento, haría crecer en el ánimo de los demás,
el concepto que de él tendrían.
Antes de empezar su
cuento, otro detalle más vino a detener su mente: la muchacha que estaba
muy cerca de ellos y que les había dado los datos del amante, la pollera,
y el vaso de la envenenada, ahora miraba al literato con demasiada
frecuencia; él lo percibió y trató de escudriñar disimuladamente
aquellas miradas; pero después pensó en el papel que estaba
desempeñando: su misión como hombre que algún día tendría en sus
manos el destino de la humanidad, le reclamaba la atención de la
envenenada y, entonces decidió no escudriñar la mirada de la joven; pero
aunque no la miró, se sintió preocupado un buen rato antes de empezar a
construir su cuento.
IV
El
primer detalle interesante que acudió al cerebro del literato, fue el de
la edad de sus compañeros, de la envenenada, y de él: aproximadamente
tendrían los cinco la misma edad. Para él, esto tenía la importancia de
hacerle sugerir que eran cinco jóvenes de una clase dramática, y que en
ese momento representaban un drama. Claro está, que en seguida diría que
lo más impresionante era que no había tal clase, y que aquello era una
espantosa realidad para la protagonista. El segundo detalle interesante le
acudió al recordar que cuando era niño había visto en una escena de
figuras de cera, una mujer muerta; pero ahora él se permitía el
atrevimiento literario de decir, que esta vez la muerte tenía una vida
especial que no había en la muerta de cera; entonces haría resaltar el
valor de las cosas naturales sobre las artificiales.
Cuando el literato tenía
bastante relleno su cuento de cosas tan atrevidas como las que he citado,
se encontró con que no se le ocurría una metáfora interesante para el
brazo que había quedado parado como un pararrayo; pero cuando vino una
brisa que hizo flamear el pañuelito que salía de los dedos crispados y
juntos de la envenenada, se le ocurrió pensar que el brazo era un asta, y
el pañuelito la bandera de la muerte. También le surgió esta pregunta:
¿qué vale más? o ¿qué es más importante? ¿el asta o la banderita?
En este caso le pareció que era más importante el asta que la bandera; y
pensó en todas las astas y las banderas, y vio en todas las astas un
valor que hasta ahora no había visto: las veía apuntar al cielo, y su
rigidez era de tanta fuerza y tenían una protesta tan desesperante como
el brazo de la envenenada. También le pareció ridículo, que a las
astas, que tenían una personalidad tan grande, les arrimaran de cuando en
cuando una bandera.
De pronto el literato se
sintió muy horrorizado; no hubiera podido precisar si tal horror se lo
producía la envenenada o sus pensamientos; entonces decidió irse sin
esperar a que viniera el juez; pero cuando ya iba a marcharse, su cuento
tomó un aspecto mucho más agradable: se encontró con la mirada de la
joven de los datos, y se atrevió a comprobar abiertamente si la joven se
interesaba por él; al mismo tiempo pensaba en la originalidad y el
atrevimiento de su cuento, si resultaba que al ir a ver una joven muerta
se había enamorado de una viva. Pero eso no ocurrió, porque cuando él
menos lo esperaba, ella le sonrió con una sonrisa enigmática, que él no
hubiera podido decir si sencillamente se burlaba de él, o habiendo
comprendido sus equivocadas suposiciones le rechazaba con aquella sonrisa.
Después, él tampoco se
dio cuenta que los pies lo llevaron a su casa, que sus amigos no lo
acompañaron, y que el cuento le quedó truncado.
V
Desde
la cama su mirada cruzó la habitación, el patio, y se dio contra una
vidriera de vidrios opacos; y entonces empezó a pensar en la muerte:
sintió miedo de haber nacido porque tenía que morir: hubiera preferido
no haber nacido. Al principio pensó en esos dos límites —el nacimiento
y la muerte— como si él no perteneciera a la vida; pensó que a él le
había tocado una vida en el reparto misterioso; que su vida era una
casualidad como era una casualidad el día que nació y sería otra
casualidad el día de su muerte. Entonces, no le importaba que en él se
hubiera formado una cosa humana: era una cosa humana más en el montón y
no tenía interés ni en darse cuenta que él era una cosa humana más; le
parecía ridículo que a cada uno le preocupara tanto de qué padres
había nacido y en qué día; le parecía extraño que esa cosa humana
tuviera condiciones especiales para sentir ternura por los padres de que
había nacido: ¿qué importaba eso cuando se tenía el concepto o el
sentido de lo que era el montón? ¿qué se le importaba que le hubiera
tocado un cerebro con ciertas ideas? era tan ridículo o sin sentido como
cuando los niños se preocupan en buscar la diferencia que hay en los
pancitos que les han tocado: él se comería el pancito y se acabó.
Sin darse cuenta la
mirada se le había salido de la vidriera, le había revoloteado un poco,
y se le había detenido en el bulto que los pies hacían debajo de las
cobijas: entonces empezó a filosofar sobre las puntas de los pies. Su
cuerpo estaba en ese relajamiento muscular del descanso; le parecía que
la punta de los pies estaban lejísimo de él; pensaba que solamente su
cabeza trabajaba, y le asombraba su dominio: con solamente a la cabeza
antojársele, se moverían las puntas de los pies que estaban lejísimo, y
sin embargo, él no sentía correr la idea por su cuerpo, más bien le
parecía que la idea saltaba de la cabeza y la barajaban los pies. Todas
las partes de su cuerpo eran barrios de una gran ciudad que ahora dormía;
eran obreros brutos que ahora descansaban después de una gran tarea y que
el continuo trabajar y descansar no les dejaban pensar en nada
inteligente; solamente su cabeza estaba despierta y contemplaba con
sabiduría y con indiferencia todo aquello.
Después, su misma
sabiduría y su indiferencia le hizo sonreír al pensar en las metáforas
que hacía sobre su cuerpo que descansaba; no quería entregarse a ninguna
fantasía, porque ese día sentía la realidad indiferente; a él le
habían tocado aquellas piernas para andar como le podían haber tocado
cualquier otras, y todavía —pensaba sonriendo despectivamente— que
para mejor le habían tocado unas que se le cansaban enseguida.
El se diferenciaba de los
demás literatos, en que ellos ignoraban los misterios y las casualidades
de la vida y la muerte, pero se empecinaban en averiguarlo; en cambio para
él no significaba nada haber sabido el por qué de esos misterios y
casualidades, si con eso no se evitaba la muerte. En total: no se le
importaba la vida, ni su misterio anterior ni el posterior; tampoco le
importaba saber cuando moriría ni de qué; el momento de la muerte sería
para él como el momento de arrojar: no le gustaba arrojar y hacía todo
lo posible para evitarlo, pero cuando el primer vómito le venía ya no
pensaba: estaba pendiente del vómito y nada más. También es cierto que
un pequeñísimo instante antes del primer vómito pensaba en que iba a
vomitar.
Estaba en estas
reflexiones, cuando de pronto se dio cuenta que la punta de sus pies se
movía un poco, que hacía rato que sus ojos la estaban mirando y que él
no había sido consciente de ese hecho; entonces, sintió el mismo
nebuloso y oscuro pelotón indefinido que se le formó cuando miraba a la
envenenada. Después se levantó, y empezó a pasearse por toda su
pequeña casa a grandes pasos y a profundos pensamientos.
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