Ambrose Bierce
(Meigs County, Ohio, 1842 - Chihuahua, México, 1914)


El pastor Haîta (1891)
[Otro título en español: “Haîta, el pastor”]

(“Haïta the Shepherd”)
Originalmente publicado en Wave [San Francisco] (24 de enero de 1891);
Tales of Soldiers and Civilians
(San Francisco: E. L. G. Steele, 1891, 300 págs.)


      Las ilusiones de su juventud nunca pudieron ser superadas, en el corazón de Haîta, por la experiencia que otorga la edad. Sus pensamientos eran puros, felices; pero su vida era ramplona y su alma se debatía en diversas ambiciones. Se levantaba con el sol e iba de inmediato a rezar a Hastur, el dios de los pastores, que recibía con gran placer sus preces. Después de entregarse al piadoso ritual, Haîta abría la puerta a su rebaño y partía feliz. Comía, mientras pastaba el rebaño, carne y algún pastel de frutas, y bebía el agua de un arroyo que nacía en las colinas y cruzaba el valle donde se apacentaban sus ovejas.
       Durante los largos días del verano, mientras su ganado daba cuenta de la buena hierba que los dioses le procuraban, Haîta se tumbaba tranquilamente con las manos entrelazadas a la altura del pecho, o se echaba a la sombra de un árbol, sin más, o tomaba asiento en una roca y sacaba de su gaita dulces melodías, todo ello sin perder de vista a su rebaño, que vigilaba por el rabillo del ojo, atento a cualquier ruido extraño que pudiera dejarse sentir. También, en ocasiones, le parecía descubrir de pronto la presencia de alguna deidad remota, mas en cuanto fijaba la vista allá donde había creído verla, la visión se desvanecía.
       De ahí —de su pensar que cualquier día iba a convertirse en una más de sus ovejas, tan monótona era su vida— extrajo la consecuencia de que si bien la felicidad en ocasiones llega sin que se la busque, probablemente fuese mejor tratar de ver, de descubrir algo que jamás había visto. Y cuando estos pensamientos le ocupaban, pedía con fervor a Hastur, que nunca le defraudaba, seguir siendo tan apreciado por sus vecinos y gozar por mucho tiempo de la inmortal compañía del arroyo y de los árboles, ya que otra cosa, estaba seguro, no le podía ser dada. Después, al caer la noche, agrupaba a su rebaño y lo conducía de nuevo a su corral, se aseguraba de que la puerta quedase bien trancada e iba a su casa para refrescarse y soñar plácidamente.
       Así era su vida, así transcurrían sus días uno tras otro, a salvo en su morada cuando las tormentas parecían la ira de algún dios ofendido. Si tronaba, Haîta se cubría con la manta hasta el cuello y se tapaba la cara con las manos, y rezaba como si sólo él fuera culpable de los pecados del mundo, pidiendo clemencia y rogando para que ese mundo de cuyos pecados se hacía responsable no fuese destruido por la furia de la tormenta. En ocasiones, cuando llovía sin tregua, cuando el arroyo se desbordaba, cosa que le obligaba a conducir su ganado hasta zonas más altas, rezaba también por la gente que vivía en las ciudades que se extendían entre las dos colinas que se alzaban al extremo del valle.
       —¡Te pido, oh, Hastur —suplicaba—, que mantengas siempre cerca de mí estas montañas que dan amparo a mi casa y a mi cabaña de ovejas, para que así podamos estar a salvo de las riadas… Y te pido también por ese mundo del que nada sé, del que tú, sin embargo, lo sabes todo, pues yo no puedo salvarlo!
       Y Hastur, sabedor de que Haîta era un joven que mantenía su palabra bajo cualquier circunstancia, salvaba las ciudades y hacía desembocar los ríos en el mar.
       Vivía así desde siempre, por lo que no podía recordar y concebir otra manera de existir. La ermita que se alzaba a la entrada del valle, apenas a una hora a pie desde su cabaña, era cuanto tenía por horizonte. Y a veces pensaba con dolor en esas ciudades de las que alguna vez había oído hablar, esas grandes ciudades en las que la gente, ¡pobres almas!, no tenía ganado, y en las que esas pobres almas que las habitaban se veían tan desamparadas como un corderillo recién nacido cuando se desataba la tormenta.
       Pero fue pensando en esos misterios y en esas maravillas, envuelto por el silencio que lo envolvía, mientras cuidaba una mañana de su rebaño, una mañana en la que sólo se oía el canto de los pájaros, cuando Haîta fue consciente de cuán miserable y carente de esperanzas era su existencia.
       “Es preciso —se dijo entonces— que sepa de dónde vengo y cómo llegué aquí, antes de que me atreva a juzgar cosas de las que nada sé… ¿Cómo he de hacer un juicio justo si lo desconozco todo del pasado de mi linaje, tanto como desconozco lo que ocurre más allá del valle? Quizá pueda cambiar de parecer y dedicarme a otras cosas, aunque, entonces, ¿quién cuidará de mis ovejas? ¿Y qué será de mí?”.
       Esas consideraciones, más que decidirle a un cambio de vida, hicieron de Haîta un ser melancólico y moroso. Poco a poco dejó de hablar a su rebaño con la dulzura de antes. Ya no rezaba a Hastur con la devoción de otro tiempo. Ahora oía en la brisa el susurro de deidades malignas. Cada nube era un portento que sugería desastres y la oscuridad se le antojaba llena de terrores. Cuando se llevaba a los labios su gaita, no extraía de ella una dulce melodía, sino silbidos carentes de la menor armonía. Las inteligencias que antes creía hallar en las piedras y en la hierba, en los árboles y en la corriente del arroyo, aquellas inteligencias que siempre había supuesto que lo arropaban, incluso las flores y las hojas de los árboles, se le antojaban ahora estúpidas, siempre en el mismo lugar, sin nada interesante que decirle. Dejó incluso de velar por su ganado, y muchas de sus ovejas se perdieron, sin que hiciera nada por hallarlas. Todo le parecía enfermo, si no muerto; los buenos pastos no eran otra cosa que una condena que día tras día lo llevaba al mismo lugar. Todo le resultaba tan abstracto que comenzó a pensar en la vida y en la muerte, olvidándose de la eternidad en la que siempre había creído, algo que ya ni se tomaba la molestia de considerar como posible porque no lo conocía.
       Un día, sumido en estas reflexiones, se puso de pie súbitamente en la roca en la que se había sentado y proclamó a los cuatro vientos con gesto de tanta determinación como crispado:
       —¡Nunca más pediré a los dioses que me alumbren con su sabiduría! ¡Nunca más permitiré que me lleven a considerar erróneamente el mundo, como lo han hecho hasta ahora! ¡Haré lo que me venga en gana y, si me equivoco, que sea yo y sólo yo quien lo haga!
       De repente, mientras así hablaba, una gran oscuridad cayó sobre él, obligándole a alzar los ojos al cielo por creer que el sol se había ocultado tras las nubes. Pero no había nubes. Y apenas a un brazo de distancia de donde se encontraba observó la presencia de una hermosa Virgen. Tan hermosa era, que las flores que había a sus pies se despojaron de sus pétalos para ofrecérselos e inclinaron sus tallos como quien inclina la cabeza en señal de sumisión. Tan dulce era su presencia que los pájaros hasta fueron capaces de entornar los ojos y hacer aún más melodioso y fino su canto, y las abejas acudieron a los labios de la Virgen para libar su dulzura. Y tan luminosa era que todo a su alrededor parecía en completa penumbra.
       Haîta entró en trance. Cayó de rodillas para adorarla. Ella le puso una mano en la cabeza.
       —Vamos —le dijo la Virgen con una voz que era la música de todas las campanillas de su rebaño—, vamos… No debes adorarme, yo no soy una divinidad, pero si tienes fe y buen corazón estaré siempre contigo.
       Haîta tomó la mano de la Virgen, y ambos se sonrieron mirándose a los ojos. Él la miraba en un rapto reverencioso y le dijo:
       —Te rezaré siempre, dama adorable… Dime cómo te llamas, y de dónde y por qué has venido hasta aquí.
       Ella se puso un dedo en los labios y le pidió silencio. La hermosa presencia comenzó a transformarse entonces, mostró unas alteraciones claramente perceptibles, que no iban sin embargo en detrimento de su belleza. Todo parecía en penumbra, como si una gran sombra se hubiera cernido sobre el valle. En la oscuridad cada vez más acusada la hermosa Virgen sugería estar aquí y allá, ir rápidamente de un lugar a otro, por lo que su voz parecía llegarle desde muy variados y distantes puntos. Y la oyó decir, en tono de reproche dolorido:
       —¡Joven presuntuoso e ingrato! ¿Y si te dejara solo? ¿Por qué te empeñas en romper la armonía eterna?
       Haîta, con la expresión congelada, cayó de nuevo de rodillas y rogó a la aparición que siguiera a su lado, pero fue en vano. No pudo verla por mucho más tiempo, pero en el fondo de su corazón resonaba la voz de la Virgen, que le decía:
       —No, no puedo quedarme ahora a tu lado… Ve a tu labor, pastor sin fe, vuelve a ser el de antes, o nunca más volverás a verme.
       Cayó la noche. Aullaban los lobos en la colina y el rebaño, aterrorizado, rodeó a Haîta. Ante aquello, olvidó sus reproches a los dioses, su acritud de antes, condujo su rebaño hasta el corral donde estaría a salvo de los lobos al acecho, y después oró para dar de nuevo gracias a Has— tur, esta vez por haberle iluminado a tiempo de poner a salvo a sus ovejas. Luego se fue a la cama y se quedó dormido.
       Cuando despertó Haîta, el sol estaba en lo más alto y lo llenaba todo con tintes gloriosos. Y allí, a su lado, vio a la dulce y hermosa Virgen. Ella le sonreía de tal manera que su rostro parecía la música más exquisita de su gaita. No habló, temiendo ofenderla y porque nada era capaz de decir ante tan venturosa presencia.
       —Como cuidaste bien de tus ovejas, poniéndolas a salvo de los lobos —dijo la Virgen—, y porque luego diste gracias a Hastur por haberte iluminado para hacerlo, he venido a verte de nuevo… ¿Te agrada mi compañía?
       —¿Quién no querría estar a tu lado para siempre? —dijo al fin Haîta—. ¡Oh, nunca vuelvas a dejarme! Al menos… hasta que… hasta que… deje de hablar y de moverme…
       Haîta no quiso hablar de la muerte.
       —Además quisiera —siguió diciendo el pastor— que tú fueses alguien de mi sexo, de manera que resultáramos idénticos y corriésemos juntos por el campo y nunca nos cansáramos el uno del otro.
       Al oír esas palabras, la Virgen se fue de la habitación de Haîta, que salió tras ella echando a un lado la manta, embelesado por la fragante estela que la bella aparición dejaba a su paso. Salió Haîta a la puerta de su casa y vio atónito que la lluvia caía con fuerza y que las aguas del arroyo comenzaban a desbordarse. En su corral, las ovejas temblaban y gemían aterrorizadas pues el agua comenzaba a llegar hasta allí. Pensó también Haîta en la amenaza que podría suponer el torrente desbordado para las ciudades que había más allá y que no conocía.
       Pasaron varios días hasta que Haîta volvió a ver a la Virgen. Volvía del valle, donde había almorzado leche y un pastel de carne, y se desvió hacia la ermita para procurarse arándanos de los que crecían muy cerca de allí, sabroso alimento que le daba el viejo ermitaño.
       —¡Pobre anciano! —dijo Haîta en voz baja recordando las dificultades que tenía el anciano para llevar a cabo su tarea—. Vendré mañana y lo llevaré sobre mi espalda hasta mi propia casa. Vivirá conmigo y así podré cuidar de él. Seguro que para eso Hastur me ha dado salud y fuerza.
       Y mientras así decía, la Virgen, vestida con unos ropajes preciosos, se le apareció sonriente en el sendero.
       —Aquí me tienes otra vez —le dijo—; he venido para estar contigo, si es que así lo quieres… Has demostrado tanta sabiduría como bondad, pero deberás tomarme tal y como soy, sin hacer más preguntas.
       Haîta cayó rendido a sus pies.
       —¡Belleza indecible! —clamó—. Si te quedas conmigo te daré la mayor devoción nacida de mi alma y de mi corazón, te adoraré por siempre y para siempre, en tanto Hastur me permita hacerlo… Pero temo que seas caprichosa y vuelvas a dejarme solo mañana, cuando amanezca y salga el sol… Dime si es que, acaso en mi ignorancia, te ofendí el otro día… Si así fue, perdóname, nunca volveré a hacerlo… Y quédate a mi lado para siempre.
       Apenas había dicho estas palabras cuando varios osos bajaban de una colina próxima, dirigiéndose hacia él con las bocas fieras y los ojos amenazantes. De nuevo desapareció la Virgen y Haîta temió por su vida. Echó a correr y no paró hasta llegar a la ermita. Entró aprisa, cerró la puerta cuando los osos ya estaban a punto de alcanzarle, y se arrojó de bruces al suelo, echándose a llorar.
       —Hijo mío —oyó entonces la voz del ermitaño, que le ofrecía arándanos a manos llenas—, no creo que llores precisamente por culpa de los osos… Dime qué te aflige y trataré de darte consuelo… A veces la edad es mejor bálsamo que la juventud…
       Haîta se sinceró con él, contándoselo todo: las veces que se le había aparecido la radiante Virgen, las veces que lo había abandonado… También contó minuciosamente al anciano los pormenores de las conversaciones que habían tenido, sin omitir una sola palabra.
       Cuando acabó de hablar, el santo ermitaño guardó silencio unos instantes y después dijo:
       —Hijo mío, ahora entiendo bien qué te ocurre… Conozco a la Virgen. La he visto muchas veces. Debes saber que su nombre, aunque no quiera decirlo, es Felicidad. Es caprichosa, bien es cierto, pues impone condiciones que los hombres muchas veces no pueden cumplir. Por eso se va, cuando se siente contrariada o decepcionada. Aparece cuando le viene en gana y jamás admite una pregunta. Una simple demostración de curiosidad, o una señal de duda, por leve que sea, o una expresión inquisidora, y desaparece… ¿Cuánto tardó en esfumarse, cada vez que lo hizo?
       —Nada, un instante —respondió Haîta con gesto de suma tristeza—. Apenas me dio tiempo de darme cuenta, la perdí en un momento.
       —¡Desventurado joven! —dijo el santo ermitaño—. Por culpa de tu indiscreción la has perdido para nosotros dos.




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