Ambrose Bierce
(Meigs County, Ohio, 1842 - Chihuahua, México, 1914)


El maestro de Moxon (1890)
(“Moxon’s Master”)
Originalmente publicado en el periódico
The San Francisco Examiner (16 de abril de 1899);
The Collected Works of Ambrose Bierce, Vol. III: Can Such Things Be?
(Nueva York: The Neale Publishing Company, 1910, 429 págs.)



      —¿Hablas en serio? ¿Realmente crees que una máquina piensa?
       No obtuve una respuesta inmediata. Moxon parecía estar absorto en las ascuas de la chimenea, dándoles golpes hábiles con el atizador aquí y allá hasta que manifestaron con un fuerte resplandor haber recibido su atención. Llevaba semanas observando en él cierta tendencia a la tardanza a la hora de responder incluso a las preguntas más triviales. Sin embargo, su aspecto parecía más de preocupación que de reflexión: se podría haber dicho que “estaba dándole vueltas a algo”.
       En ese momento dijo:
       —¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida de diversas maneras. La definición de un conocido diccionario dice: “Instrumento u organización por medio del cual se aplica y se hace efectiva la acción de una fuerza o se produce un efecto determinado”. Bien, entonces ¿no es el hombre una máquina? Y admitirás que piensa, o cree que piensa.
       —Si lo que deseas es no contestar a mi pregunta —dije en un tono bastante malhumorado—, ¿por qué no lo reconoces? Todo lo que estás diciendo no son más que evasivas. Sabes de sobra que cuando digo “máquina” no me refiero al hombre, sino a algo que el hombre ha creado y controla.
       —Cuando no es ella la que le controla —repuso poniéndose en pie repentinamente y asomándose a una ventana desde la que no se veía nada en la oscuridad de aquella noche tempestuosa. Al cabo de un rato se volvió y dijo con una sonrisa—: Lo lamento. No tenía intención de mostrarme evasivo. Consideré que el diccionario, testimonio inconsciente del hombre, era sugerente y tenía algún valor en la discusión. Pero puedo dar a tu pregunta una respuesta directa de un modo bastante sencillo: creo que una máquina piensa en el trabajo que realiza.
       Ciertamente, aquello fue bastante directo. No era agradable en absoluto, porque venía a confirmar la triste sospecha de que la dedicación de Moxon al estudio y su trabajo en el taller no habían sido buenos para él. En primer lugar, sabía que sufría de insomnio, que no es desgracia pequeña. ¿Habría eso afectado a su mente? La respuesta a mi pregunta me pareció una prueba de que así había sido. Tal vez ahora lo considerara de otro modo. Pero entonces yo era más joven, y entre los favores no negados a la juventud está la ignorancia. Movido por ese gran estímulo a la controversia, dije:
       —Y, por favor, dime, ¿con qué piensa, si no tiene cerebro?
       La contestación, que se produjo con menos retraso de lo acostumbrado, tomó la forma, preferida para él, de una nueva pregunta:
       —¿Con qué piensa una planta, si no tiene cerebro?
       —¡Así que las plantas también pertenecen a la clase filosófica! Me encantaría conocer algunas de sus conclusiones; puede que omitas las premisas.
       —Tal vez —contestó, sin sentirse al parecer muy afectado por mi ironía simplona—; se pueden inferir sus convicciones a partir de sus actos. Te ahorraré los conocidos ejemplos de la sensible mimosa, de varias flores insectívoras y de aquellas cuyos estambres se inclinan y sacuden el polen sobre la abeja que las penetra para que pueda fertilizar a sus lejanos cónyuges. Pero presta atención a esto. En un espacio abierto de mi jardín planté una parra. Cuando apenas había salido a la superficie, clavé una estaca en el suelo a una distancia de una yarda. Enseguida la parra se dirigió hacia ella, pero unos días después, cuando ya estaba a punto de alcanzarla, retiré la estaca unos cuantos pies. La parra varió rápidamente de rumbo, formando un ángulo pronunciado, y se encaminó de nuevo hacia la estaca. Repetí la maniobra varias veces pero, al final, como si estuviera desanimada, la parra abandonó la persecución, e ignorando mis posteriores intentos por desviarla de su camino, se dirigió hacia un pequeño árbol alejado, al que trepó.
       “Las raíces de los eucaliptos se extienden de un modo increíble en busca de humedad. Un famoso horticultor relata que una de ellas se metió por un viejo desagüe y lo siguió hasta un lugar en el que se interrumpía porque una sección del tubo había sido retirada para dejar espacio a un muro de piedra construido en su recorrido. La raíz abandonó entonces la cañería y recorrió el muro hasta encontrar una abertura producida por una piedra que se había desprendido. La atravesó y, después de serpentear por el otro lado de la pared, se dirigió de nuevo hacia la tubería, se introdujo por la parte inexplorada y prosiguió su trayecto.
       —¿Y todo eso, qué?
       —¿Cómo puedes pasar por alto su significado? Demuestra la consciencia de las plantas. Sin duda es una prueba de que piensan.
       —Y aunque así sea, ¿qué? Estábamos hablando de las máquinas, no de las plantas. Puede que estén hechas en parte de madera, madera a la que ya no le queda vitalidad, o completamente de metal. ¿Es que el pensamiento es también un atributo del reino mineral?
       —¿De qué otra manera si no explicas fenómenos, por ejemplo, como el de la cristalización?
       —Yo no los explico.
       —Porque no puedes hacerlo sin afirmar lo que pretendes negar, a saber, la cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los soldados forman filas, o cuadrados, lo llamas razón. Cuando los gansos salvajes vuelan en forma de V, dices que es instinto. Pero cuando los átomos homogéneos de un mineral, al moverse con libertad en una solución, se disponen en estructuras matemáticamente perfectas, o las partículas de humedad congelada se organizan en copos de nieve de bellas y simétricas formas, no sabes qué decir. Ni siquiera has inventado un término para ocultar tu heroica insensatez.
       Moxon hablaba con una animación y seriedad inusuales. Cuando se detuvo, escuché un extraño ruido sordo, procedente de una habitación contigua conocida como el “taller” en la que a nadie más que a él le estaba permitido entrar, que recordaba el sonido de un manotazo sobre una mesa. Moxon, visiblemente agitado, también lo oyó, se puso en pie y, acto seguido, entró en la habitación de la que procedía. Me pareció raro que hubiera alguien allí dentro, por lo que el interés que tenía en mi amigo y, sin duda, una cierta curiosidad injustificable, me impulsaron a escuchar atentamente, aunque, me alegra decirlo, no a través de la cerradura. Se produjeron unos ruidos confusos, como de lucha o de pelea. El suelo tembló. Distinguí claramente el sonido de una respiración penosa y una voz ronca que exclamó: “¡Maldita sea!”. Después todo quedó en silencio. Moxon reapareció y, con una sonrisa bastante triste, dijo:
       —Perdona por haberte abandonado de un modo tan brusco. Tengo una máquina ahí dentro que perdió la paciencia y se enfadó.
       Con la vista fija en su mejilla izquierda, que estaba atravesada por cuatro arañazos paralelos de los que brotaba sangre, pregunté:
       —¿Y qué tal si se cortara las uñas?
       Podría haberme ahorrado el chiste, pues, sin prestarle la menor atención, se sentó de nuevo en la silla que había abandonado y reanudó su interrumpido monólogo como si nada hubiera ocurrido.
       Seguramente no estás de acuerdo con aquellos (a un hombre tan aficionado a la lectura como tú no hace falta que le diga sus nombres) que han revelado que toda materia es sensible, que cada átomo es un set vivo, consciente y sensible. Yo sí. No existe la materia muerta, inerte: toda está viva. Toda imbuida de energía, real o potencial; toda sensible a las mismas fuerzas de su entorno y propensa al contagio de otras más elevadas y sutiles que residen en organismos superiores con los que puede establecer relaciones, como el del hombre cuando la transforma en un instrumento de su voluntad. La materia absorbe parte de su inteligencia y resolución en proporción a la complejidad de la máquina resultante y a la de la tarea que realice.
       “¿Recuerdas por casualidad la definición que dio Herbert Spencer de ‘Vida’? La leí hace treinta años. Puede que la haya alterado después, eso no importa, pero durante todo este tiempo he sido incapaz de encontrar en ella una sola palabra que pueda ser modificada, añadida o suprimida convenientemente. Para mí no es sólo la mejor definición, sino la única posible.” “La vida —dice— es una combinación determinada de cambios heterogéneos, simultáneos y sucesivos, en correspondencia con secuencias y coexistencias externas”.
       —Eso define el fenómeno, pero no explica su causa.
       —Eso —replicó— es todo lo que puede hacer una definición. Como indica Mili, no sabemos nada de la causa más que como antecedente, nada del efecto más que como consecuente. En determinados fenómenos, uno nunca ocurre sin el otro, lo que es dispar. Al primero en el tiempo lo llamamos causa; al segundo, efecto. Alguien que haya visto muchas veces a un conejo perseguido por un perro y no haya visto nunca a los conejos y a los perros en otras circunstancias, consideraría que el conejo es la causa del perro.
       “Pero me temo —añadió con una risa muy natural— que mi conejo me está alejando mucho de la pista de mi legítima presa. Me estoy entregando al placer de la persecución en sí misma. De lo que quiero que te des cuenta es de que en la definición que Herbert Spencer da de ‘vida’ la actividad de la máquina está incluida. No hay nada en tal definición que no sea aplicable a ella. Según este observador tan ingenioso y este pensador tan profundo, si un hombre está vivo durante el periodo de su actividad, también lo está la máquina cuando funciona. Como inventor y constructor de máquinas considero que eso es cierto.
       Moxon se quedó en silencio durante largo rato, con la mirada perdida en el fuego. Se estaba haciendo tarde y consideré que era hora de marcharme, pero no me gustaba la idea de abandonarle en aquella casa apartada, completamente solo, a no ser por la presencia de alguien de cuya naturaleza únicamente podía conjeturar que era poco amigable, tal vez maligna. Me incliné hacia él y, mirándole a los ojos con seriedad, hice un gesto con la mano hacia la puerta de su taller y pregunté:
       —Moxon, ¿a quién tienes ahí dentro?
       Para sorpresa mía, esbozó una ligera sonrisa y respondió sin vacilar:
       —A nadie. El episodio en el que estás pensando fue causado por mi estupidez al dejar una máquina en funcionamiento sin nada sobre lo que funcionar, mientras yo acometía la interminable tarea de ilustrar tu entendimiento. ¿Acaso no sabes que la Consciencia es la criatura del Ritmo?
       —¡Al diablo con las dos! —exclamé poniéndome en pie y cogiendo mi abrigo—. Te deseo buenas noches y espero que la máquina que dejaste en marcha inadvertidamente tenga los guantes puestos la próxima vez que creas necesario pararla.
       Sin esperar a contemplar el efecto de mi observación, salí de la casa.
       Estaba lloviendo y había una gran oscuridad. En el cielo, más allá de la colina hacia la que avanzaba a tientas por unas aceras inseguras, hechas con tablones en aquellas calles sin pavimentar y llenas de lodo, se percibía el débil resplandor de las luces de la ciudad, pero a mis espaldas no se veía más que una ventana de la casa de Moxon. Aquella luz parecía tener un significado misterioso y fatídico. Yo sabía que había una abertura sin cortinas en el “taller” de mi amigo y no dudaba de que habría reanudado los estudios que habían sido interrumpidos para cumplir sus obligaciones como instructor mío en la consciencia mecánica y la paternidad del Ritmo. Aunque sus convicciones entonces me parecían extrañas y, en cierto modo, divertidas, no podía evitar tener la sensación de que guardaban alguna relación trágica con su vida y su carácter, y tal vez también con su destino, y ya no consideraba que fueran divagaciones de una mente desordenada. Se pensara lo que se pensara de sus opiniones, su exposición resultaba demasiado lógica como para eso. Una y otra vez, sus últimas palabras me venían a la mente: “La Consciencia es la criatura del Ritmo”. Aunque esta afirmación era escueta y concisa, la encontraba entonces infinitamente atractiva. Cada vez que aparecía en mi cabeza, crecía su significado y su fascinación se ahondaba. Bueno, pensé, aquí hay algo sobre lo que establecer una filosofía. Si la consciencia es el producto del ritmo, todas las cosas son conscientes, porque todas se mueven, y todo movimiento es rítmico. Me pregunté si Moxon conocía el significado y amplitud de su pensamiento, la envergadura de esta generalización trascendental; ¿o habría llegado tal vez a su creencia filosófica por el camino tortuoso e incierto de la observación?
       Aquella creencia era entonces nueva para mí, y toda la exposición de Moxon no había conseguido hacerme un converso; pero ahora era como si una gran luz, semejante a la que cayó sobre Pablo de Tarso, resplandeciera a mi alrededor. Allí fuera, entre la tormenta, la oscuridad y la soledad, experimenté lo que Lewes llama “la interminable diversidad y emoción del pensamiento filosófico”. Me regocijaba en una nueva sensación de conocimiento, en un nuevo orgullo de la razón. Parecía que mis pies apenas rozaban el suelo; era como si unas alas invisibles me elevaran y me transportaran por el aire.
       Cediendo al impulso de buscar nueva luz en aquel a quien ahora reconocía como mi maestro y guía, me había dado inconscientemente la vuelta y, antes de que me diera cuenta, me encontré de nuevo ante la casa de Moxon. Estaba empapado, pero no me sentía incómodo. Incapaz en mi entusiasmo de encontrar el timbre, probé instintivamente con el pomo. Giró y, una vez dentro, subí por las escaleras hasta la habitación que había abandonado hacía poco tiempo. Estaba a oscuras y en silencio; Moxon, como había supuesto, se encontraba en la habitación contigua, en el “taller”. Fui tanteando por la pared hasta dar con la puerta de aquel cuarto, a la que llamé con decisión varias veces sin recibir respuesta; lo atribuí al estruendo exterior, pues se había levantado un vendaval y la lluvia se estrellaba con fuerza contra las delgadas paredes. El golpeteo sobre el entablado de la cubierta que protegía aquella habitación sin techo era estrepitoso e incesante.
       Nunca había sido invitado a entrar en aquel taller; más bien se me había negado el acceso, como a todas las demás personas, con una sola excepción, la de un habilidoso metalista de quien sólo se sabía que se llamaba Haley y que su hábito era el silencio. Pero, debido a mi exaltación espiritual, olvidé toda discreción y cortesía y abrí la puerta. Lo que vi hizo que cualquier especulación filosófica desapareciera rápidamente.
       Moxon estaba sentado delante de mí, en el extremo más alejado de una mesa pequeña sobre la que una sencilla vela proyectaba toda la luz que había en la habitación. Frente a él, y con la espalda hacia mí, se sentaba otra persona. Entre los dos, y sobre la mesa, había un tablero de ajedrez: estaban jugando. No sé mucho de ajedrez, pero como sólo había unas cuantas piezas sobre el tablero, era obvio que la partida estaba a punto de terminar. Moxon se mostraba sumamente interesado, aunque me pareció que su interés no se centraba tanto en la partida como en su antagonista, sobre el que mantenía una mirada tan fija que, a pesar de encontrarme en medio de su campo de visión, sentí que pasaba completamente desapercibido. Tenía el rostro terriblemente pálido y sus ojos brillaban como diamantes. A su antagonista sólo lo veía de espaldas, pero era suficiente. No me habría gustado verle la cara.
       No medía más de cinco pies y sus proporciones recordaban las de un gorila: una tremenda anchura de hombros, un cuello grueso y corto, y una cabeza grande y abultada, sobre la que crecía una maraña de pelo negro cubierta con un fez de color púrpura. Una túnica del mismo color, muy ceñida a la cadera, ocultaba el asiento, un cajón al parecer, sobre el que descansaba; no se le veían los pies ni las piernas. El antebrazo izquierdo se apoyaba sobre el regazo, y con la mano derecha, desproporcionadamente larga, movía las piezas.
       Yo había retrocedido y ahora me encontraba junto a la puerta y en penumbra. Si Moxon hubiera mirado más allá de su oponente no podría haber visto nada, salvo que la puerta estaba abierta. Había algo que me impedía avanzar o retirarme, un sentimiento que, no sé cómo apareció, me hacía presentir una tragedia inminente y me sugería que si me quedaba podría ayudar a mi amigo. Con cierto sentimiento de rebelión consciente por lo indecoroso de mi actitud, me quedé allí.
       La partida fue rápida. Moxon apenas miraba al tablero antes de hacer sus movimientos y, según mi ojo inexperto, daba la impresión de que escogía, con movimientos rápidos, nerviosos y faltos de precisión, las piezas que tenía más a mano. La respuesta de su contrincante, aunque igualmente inmediata al principio, era realizada con un movimiento pausado, uniforme, mecánico y, según mi impresión, algo teatral del brazo, lo que suponía una dura prueba para mi paciencia. Había algo misterioso en todo aquello, y de pronto sentí escalofríos. Estaba mojado y tenía frío.
       Después de haber realizado dos o tres movimientos, el extraño inclinó ligeramente la cabeza y observé que tras cada uno de esos movimientos, Moxon cambiaba su rey de lugar. De repente descubrí que aquel hombre era mudo y, enseguida, que se trataba de una máquina: ¡un autómata que jugaba al ajedrez! Entonces recordé que Moxon me había contado una vez que había inventado una máquina de jugar al ajedrez, aunque entonces yo no entendía que tal cosa fuera realmente posible. ¿No habría sido toda su charla sobre la consciencia y la inteligencia de las máquinas un preludio a una eventual exhibición de su artilugio, un truco para acrecentar el efecto de la acción mecánica de tal aparato sobre mí, que ignoraba su secreto?
       Un buen final, éste, para todo mi éxtasis intelectual, mi “¡interminable diversidad y emoción del pensamiento filosófico!”. Estaba a punto de marcharme avergonzado cuando ocurrió algo que provocó mi curiosidad. Observé que aquella cosa encogía sus grandes hombros como si estuviera enojada. Y su ademán fue tan natural, tan asombrosamente humano que, considerado desde mi nuevo punto de vista, me sobresaltó. Pero no fue eso todo, porque al momento dio un golpe sobre la mesa con el puño apretado. Después de ese gesto, Moxon parecía estar más asustado que yo: alarmado, echó su silla hacia atrás.
       Entonces Moxon, a quien le tocaba jugar, levantó la mano por encima del tablero, se abalanzó sobre una de las piezas como un gavilán y con una exclamación de “¡jaque mate!” se puso en pie y se colocó detrás de la silla. El autómata se quedó inmóvil.
       El viento había amainado, aunque aún se escuchaba a intervalos reducidos y cada vez con más fuerza, el retumbar de los truenos. En el paréntesis que se producía entre ellos advertí un suave murmullo o zumbido que, como el del trueno, se hacía cada vez más fuerte y rotundo. Parecía provenir del cuerpo del autómata y recordaba de un modo inconfundible al rechinar de engranajes. Me dio la impresión de que aquel mecanismo desordenado había escapado a la acción represiva y reguladora de algún control; un efecto semejante al que se podría esperar si un trinquete saltara de los dientes de una rueda. Pero antes de que tuviera tiempo para hacer conjeturas sobre la naturaleza de ese ruido, mi atención fue atraída por los extraños movimientos que hacía el autómata. Parecía que unas convulsiones ligeras, pero continuadas, se habían apoderado de él. El cuerpo y la cabeza recordaban los de un hombre con parálisis o escalofríos de malaria, y ese movimiento fue aumentando progresivamente hasta que todo su cuerpo fue presa de una agitación violenta. De repente, se puso en pie de un salto y, con una rapidez casi imposible de seguir con la vista, se abalanzó sobre la mesa y la silla, con los brazos completamente extendidos, adoptando la postura de salida de un saltador de trampolín. Moxon se echó hacia atrás, intentando apartarse, pero fue demasiado tarde: las manos de aquella cosa horrible comenzaban a cerrarse sobre su garganta mientras Moxon intentaba liberarse agarrándolas de las muñecas. Entonces la mesa dio la vuelta, la vela fue a parar al suelo y se apagó, y la habitación quedó a oscuras. Pero el ruido de la lucha resultaba manifiesto, y lo más terrible de todo eran los sonidos roncos y estentóreos producidos por el esfuerzo de Moxon al intentar respirar. Dominado por aquella barahúnda infernal, me dispuse a ayudar a mi amigo, pero apenas había dado un paso en aquella oscuridad cuando toda la habitación se inundó de una luz cegadora que inflamó en mi cerebro, en mi corazón y mi memoria la imagen vivida de los combatientes en el suelo: Moxon, debajo, con la garganta todavía rodeada por aquellas manos férreas, tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos desorbitados y la boca completamente abierta con la lengua fuera. Y, ¡qué terrible contraste!, sobre el rostro pintado de su asesino había una expresión de concentración intensa y calmada, ¡como si estuviera resolviendo un problema de ajedrez! Esto fue lo que vi; después todo fue oscuridad y silencio.
       Tres días más tarde recuperé la consciencia en un hospital. Mientras el recuerdo de aquella noche trágica retornaba lentamente a mi afligido cerebro, reconocí en mi acompañante a Haley, el metalista confidente de Moxon. En respuesta a una mirada mía, se acercó sonriendo.
       —Cuénteme lo que ocurrió —conseguí decir, en un tono muy bajo— todo lo que ocurrió.
       —Desde luego —dijo—. Le trajeron inconsciente desde una casa que estaba en llamas, la de Moxon. Nadie sabe qué hacía usted allí. Puede que tenga que dar alguna pequeña explicación. El origen del fuego también es algo misterioso. Mi impresión es que cayó un rayo sobre la casa.
       —¿Y Moxon?
       —Lo enterraron ayer; bueno… lo que quedaba de él.
       Al parecer, aquella persona reservada podía abrirse en ciertas ocasiones. Para comunicar una noticia espantosa a los enfermos era un tipo muy afable. Tras unos instantes del más intenso sufrimiento mental, me aventuré a hacerle otra pregunta.
       —Y a mí, ¿quién me salvó?
       —Bueno, si quiere saberlo… fui yo.
       —Gracias, señor Haley, y que Dios le bendiga por ello. ¿Salvó usted también a aquel encantador objeto producto de su destreza, el jugador de ajedrez autómata que asesinó a su inventor?
       El hombre se quedó callado durante largo rato, con la vista apartada. Entonces se volvió hacia mí y en tono grave dijo:
       —¿Está usted seguro?
       —Sí —contesté—, le vi hacerlo.
       Esto ocurrió hace muchos años. Si me preguntaran hoy, respondería con menos seguridad.



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