Ambrose Bierce
(Meigs County, Ohio, 1842 - Chihuahua, México, 1914)


Un diagnóstico de muerte (1901)
(“A Diagnosis of Death”)
Originalmente publicado, como “The Diagnosis of Death”,
en el New York Journal (8 de diciembre de 1901);
The Collected Works of Ambrose Bierce, Vol. III: Can Such Things Be?
(Nueva York: The Neale Publishing Company, 1910, 429 págs.



      —Yo no soy tan supersticioso como algunos de sus colegas u hombres de ciencia, como a ustedes les gusta que se les llame —dijo Hawver en respuesta a una acusación que no había sido hecha—. Algunos de ustedes, aunque he de admitir que sólo unos pocos, creen en la inmortalidad del alma y en apariciones a las que no tienen la honradez de llamar fantasmas. Mis convicciones no van más allá de afirmar que a veces se ve a los vivos donde ya no están, aunque han estado; donde han vivido durante tanto tiempo, y tal vez con tanta intensidad que han dejado sus huellas sobre todo lo que les rodeaba. Sé, claro está, que el entorno en que uno vive puede verse tan afectado por la propia personalidad que puede producir una imagen de uno mismo ante los ojos de otro, mucho después. Sin duda la personalidad que produce la impresión ha de ser del tipo apropiado, como los ojos que la perciben han de ser el tipo adecuado de ojos. Los míos, por ejemplo.
       —Sí, el tipo adecuado de ojos, enviando sensaciones a la clase de cerebro inadecuada —dijo el Dr. Frayley sonriendo.
       —Muchas gracias; da gusto ver complacidas las esperanzas que uno tiene. Es más o menos la respuesta que suponía que usted cortésmente daría.
       —Lo siento. Pero usted afirma que sabe. Eso es mucho decir, ¿no cree? Tal vez no tenga inconveniente en revelar cómo lo sabe.
       —Usted dirá que es una alucinación —dijo Hawver—, pero no importa.
       Y entonces contó la historia.
       —Como usted ya sabe, el verano pasado fui a pasar la temporada de calor en la ciudad de Meridian. El pariente en cuya casa tenía intención de residir estaba enfermo, por lo que busqué otro alojamiento. Tras diversas dificultades, conseguí alquilar una vivienda vacía que había sido ocupada por un doctor excéntrico, llamado Mannering, que se había marchado años antes sin que nadie supiera dónde, ni siquiera su agente. Él mismo había construido la casa y había vivido en ella con un viejo criado durante unos diez años. Su práctica, nunca muy amplia, había sido abandonada completamente tras los primeros años. Y no sólo eso, sino que se había recluido y se había apartado casi totalmente de la vida social. El médico del pueblo, única persona con la que había tenido alguna relación, me contó que durante su retiro se había dedicado a un solo campo de estudio y expuso sus resultados en un libro que no contó con la aprobación de sus colegas profesionales quienes, evidentemente, consideraban que no estaba en sus cabales. No he visto el libro y ahora no recuerdo el título, pero me han dicho que exponía una teoría bastante asombrosa. Mantenía que, en más de un caso, era posible predecir con precisión la muerte de una persona con buena salud, meses antes de que se produjera. El límite, creo, era dieciocho meses. Existían leyendas locales sobre el ejercicio de sus poderes de pronóstico, aunque usted tal vez prefiera llamarlo diagnóstico. Y se decía que en todos los casos la persona a cuyos amigos él había avisado, murieron repentinamente, en la fecha establecida, sin causa aparente. Todo esto, sin embargo, no tiene nada que ver con lo que voy a contarle; pensé que podría resultarle divertido a un médico.
       “La casa estaba amueblada tal y como él la había dejado. Resultaba una vivienda bastante lúgubre para alguien que no era ni un recluso ni un estudiante; creo que me transmitía algo de su carácter, del carácter de su anterior ocupante, pues siempre que estaba en ella sentía una cierta melancolía que no se debía ni a mi natural disposición ni, me parece, a la soledad. Yo no tenía criados que durmieran en la casa, sino que, como usted sabe, siempre he disfrutado mucho con mi propia compañía y he sido muy aficionado a la lectura, aunque menos al estudio. Fuera cual fuera la causa, su efecto fue el abatimiento y la sensación de un mal inminente; esto ocurría especialmente en el despacho del doctor Mannering, a pesar de que aquella habitación era la más luminosa y aireada de la casa. El retrato del doctor, un óleo de tamaño natural, colgaba de una de las paredes y parecía dominar el cuarto completamente. No había nada extraño en el cuadro: el individuo era bastante bien parecido, de unos cincuenta años, con el pelo gris, una cara bien rasurada y los ojos serios y oscuros. Sin embargo, había algo en él que atraía mi atención. El aspecto de aquel hombre llegó a resultarme familiar, y me rondaba.
       “Una tarde, cuando me dirigía a la mía, pasé por esa habitación con un candil (en Meridian no hay gas). Como siempre, me detuve ante el cuadro que, a la luz del candil, parecía tener una nueva expresión, difícil de describir, aunque claramente misteriosa. Aquello me interesó, pero no llegó a preocuparme. Moví la luz de un lado a otro y observé los efectos que dicho movimiento producía. Mientras lo hacía, tuve el impulso de volverme. Cuando lo hice, vi que un hombre cruzaba la habitación ¡en dirección a mí! En cuanto estuvo lo suficientemente cerca para que la luz del candil le iluminara la cara vi que se trataba del propio doctor Mannering; ¡era como si el retrato caminara!
       “—Perdón —le dije con cierta frialdad—, pero si ha llamado a la puerta no le he oído.
       “Pasó a mi lado, a muy corta distancia, levantó el dedo índice en señal de advertencia y, sin decir una palabra, salió de la habitación, aunque no vi su salida más de lo que había visto su entrada.
       “Por supuesto, no hace falta que le diga que esto fue lo que usted llamaría una alucinación y yo una aparición. La habitación no tenía más que dos puertas, una de las cuales estaba cerrada con llave; la otra conducía a un dormitorio que no tenía salida. Lo que sentí al darme cuenta de esto no es parte importante del suceso.
       “Indudablemente le parecerá una típica historia de fantasmas, construida con la trama característica establecida por los viejos maestros de este arte. Si así fuera, no debería haberla contado, aunque fuese cierta. Pero aquel hombre no estaba muerto; hoy lo he visto en la calle de la Unión: me lo crucé en medio de una multitud.”
       Hawver había terminado su relato y los dos hombres permanecieron en silencio. El doctor Frayley, abstraído, daba golpecitos sobre la mesa con los dedos.
       —¿Le dijo algo hoy —preguntó—, algo de lo que usted pudiera deducir que no estaba muerto?
       Hawver se le quedó mirando, sin decir nada.
       —Tal vez —prosiguió Frayley— le hizo una indicación, un gesto levantando un dedo en señal de advertencia… Es una manía que él tenía, algo que acostumbraba a hacer cuando decía algo serio, cuando anunciaba el resultado de un diagnóstico, por ejemplo.
       —Sí, eso fue lo que hizo. Lo mismo que había hecho su aparición. Pero ¡Dios santo! ¿Es que usted le conoció?
       Era evidente que Hawver estaba poniéndose nervioso.
       —Sí, le conocí. Y he leído su libro, como tendrán que hacer todos los médicos algún día. Se trata de una de las más sorprendentes e importantes contribuciones de este siglo a la ciencia médica. Sí, le conocí; le atendí cuando estuvo enfermo hace tres años. Murió.
       Hawver, claramente turbado, abandonó su silla de un salto y se puso a recorrer la habitación de un lado a otro; luego se acercó a su amigo y le dijo con un tono poco firme:
       —Doctor, ¿tiene usted algo que decirme como médico?
       —No, Hawver; es usted el hombre más sano que he visto. Como amigo, le aconsejo que se marche a su habitación. Toca usted el violín como un ángel. Tóquelo pues; toque algo alegre y animado. Aparte este maldito asunto de su mente.
       Al día siguiente Hawver fue encontrado muerto en su dormitorio, con el violín en el cuello, el arco sobre las cuerdas y una partitura con la marcha fúnebre de Chopin ante él.



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