Ambrose Bierce
(Meigs County, Ohio, 1842 - Chihuahua, México, 1914)


Una identidad reanudada (1908)
[Otro título en español: “Consunción de una identidad”]

(“A Resumed Identity”)
Originalmente publicado en la revista The Cosmopolitan (septiembre de 1908);
The Collected Works of Ambrose Bierce, Vol. III: Can Such Things Be?
(Nueva York: The Neale Publishing Company, 1910, 429 págs.)


I
La revista como una manera de la bienvenida


      Una noche de verano se hallaba un hombre en una baja colina desde la que se dominaban el bosque y los campos. Gracias a la luna llena, que pendía baja del cielo, por el oeste, supo que aquella noche no sería como las otras; en realidad lo había intuido desde el comienzo de la puesta de sol.
       La leve luz de la luna se extendía sobre la tierra, velando parcialmente el paisaje que se avistaba desde la colina, pero los árboles podían contemplarse aún incólumes en sus masas de hojas oscuras, ofreciendo un evidente contraste con la todavía perceptible claridad del cielo. También se avistaban desde allí tres o cuatro granjas, aunque en ninguna de ellas hubiera luz. Nada sugería vida, existencia, salvo el ladrido lejano de un perro, el cual, mecánico en sus repeticiones, acentuaba la soledad de aquel escenario.
       El hombre miraba con mucha curiosidad en todas las direcciones, como alguien que, aun hallándose en un escenario que le es suficientemente familiar, no puede determinar su lugar exacto en ese mundo y su papel entre todas las cosas que percibe. Algo parecido, suponemos, a ese instante en que, tocados por la muerte, aguardamos la llamada para rendir cuentas en el juicio.
       A cien yardas había un camino estrecho, iluminado en blanco por la luna. A fin de orientarse, como lo harían un explorador o un navegante, el hombre echó un vistazo hasta donde le era posible ver, y a una distancia aproximada de un cuarto de milla en dirección sur vio que un grupo de hombres a caballo ponía rumbo hacia el norte. Tras ellos iban hombres a pie conformando una columna, con los rifles al hombro. Marchaban despacio y en silencio. Otro grupo de hombres a caballo, poco después, seguido de otra columna de Infantería. Y otra más, a poca distancia. Y otra. Y otra… Y al final, una batería de artilleros con los cañones tirados por muías. Una procesión incesante, al cabo, que del sur se dirigía al norte en medio de una oscuridad cada vez más cerrada, de la que no se dejaba sentir una voz, ni, por curioso que pueda parecer, un casco de caballo, ni un rechinar de ruedas.
       El hombre que observaba aquel desfile se mostró, por ello, asombrado, sin dar crédito a lo que veía. Llegó a creer que se había vuelto sordo, y al preguntarse en voz alta si así era, comprobó que no, que oía perfectamente, como siempre. Su voz tan conocida lo llenó, por ello, de tranquilidad, incluso le confortó especialmente. Ni el timbre ni la resonancia le habían abandonado. No obstante, y precisamente porque no se había quedado sordo, aquel desfile silencioso volvió a concitar su atención alarmada.
       Recordó entonces, sin embargo, haber oído hablar alguna vez de un fenómeno al que llaman “sombra acústica”. Algo así como que, si te encuentras en una cierta dirección de algo, puede que no oigas lo que de allí proviene, por iniciarse precisamente en una zona de “sombra acústica”. En la batalla de Gaines Mili, una de las más duras de la guerra civil americana, una batalla en la que tomaron parte cientos de cañones, gentes que estaban a milla y media de distancia, en el valle de Chickahominy, nada oían de lo que estaban viendo. El bombardeo de Port Royal se dejó sentir en St. Agustine, a ciento cincuenta millas al sur, pero no fue audible hacia el norte, a la misma distancia. Pocos días antes, en las cercanías de Appomattox, se desencadenó una gran tormenta de truenos. Las fuerzas de Sheridan [Philip Henry Sheridan, 1831-1888, general de Caballería, militar del norte, mandaba los ejércitos de la Unión] y las de Pickett [George Edward Pickett, 1825-1875, general de la Confederación de Estados del Sur] apenas estaban a una milla de distancia entre sí, pero las del segundo general no se percataron de aquello.
       El hombre del que hablamos no estaba al cabo de estos pormenores concretos, pero como había oído hablar del fenómeno al que aludimos algo era capaz de colegir, por lo que el silencio de la tropa que veía pasar no podía escapar a sus consideraciones. A pesar de ese leve conocimiento que sobre el fenómeno tema, se sintió inquieto. Aunque habría que señalar que también a causa de algo distinto a un temor a la tropa que marchaba bajo la luz de la luna. Un temor difícil de precisar, una angustia parecida a la derivada de una premonición.
       “¡Dios mío!”, exclamo para sí, pero sintió que sus pensamientos no eran tales, sino una voz que se los decía. “Si esos tipos van tranquilamente en la dirección que siguen, quiere decir que hemos perdido la batalla y se dirigen en triunfo a Nashville”.
       Entonces sintió una aguda aprensión, una consciencia clara del peligro, como si alguien le avisara de lo que podría sucederle. Se refugió al amparo de un árbol. El batallón pasaba ahora muy cerca de donde estaba.
       El silbido de la brisa le heló el cuello y la espalda. Se volvió hacia el este y vio a lo lejos una leve franja de luz, el primer signo que avisaba del retorno de la luz diurna. Aquello aumentó su aprensión.
       “Debo largarme de aquí cuanto antes —pensó—, o seré descubierto y apresado”.
       Se dirigió a una zona aún más oscura apretando el paso, hacia el este. Desde la segura cubierta que le ofrecía una formación de cedros quiso observar de nuevo el paso de aquella columna silenciosa. Pero el camino estrecho y blanco a la luz de la luna parecía desnudo y desolado.
       Estaba atónito. Era imposible que aquella nutrida fuerza hubiera concluido ya su marcha. No podía comprender nada. Los minutos pasaban sin que se percatase de que lo hacían. Había perdido la noción del tiempo. Pensó en varias soluciones para el enigma en que se debatía, pero sin hallarlas. Cuando al fin logró salir de su abstracción el sol comenzaba a brillar sobre las colinas, pero en otro orden de cosas cabe señalar que aquella luz era la única que veía, la del sol; su entendimiento, su capacidad de comprensión seguía en la penumbra, sometiéndolo a tantas dudas como antes de que amaneciera.
       Por doquier, sin embargo, los campos no mostraban rastro alguno de la guerra, no habían sido arrasados ni había en ellos cadáveres, caballos muertos, armas abandonadas… De las chimeneas de las granjas salían pequeñas columnas de humo azulado, lo que daba cuenta de la pacífica disposición a la tarea diaria de las gentes que allí vivían. Después de haber mantenido su diálogo inmemorial con la luna, a base de ladridos, el perro guardián de una de aquellas granjas ladraba de nuevo, pero para saludar ahora a un negro que, tras poner los aperos de labranza a dos muías, se disponía a trabajar el campo.
       El héroe de nuestra historia parecía en éxtasis, estúpidamente en éxtasis, ante aquella escena pastoril, como si nunca hubiese visto algo semejante en toda su vida. Al fin se movió un poco, lo justo para echarse las manos a la cabeza, ahuecarse el cabello con los dedos y luego contemplarse sin más las palmas de las manos, cosa, seguramente, muy interesante.
       Recuperado en apariencia por la escena que contemplaba, comenzó a caminar lentamente hacia el camino.


II
Cuando hayas perdido la vida, consulta a un médico


      El doctor Stilling Malson, de Murfreesboro, volvía de visitar a un paciente que vivía a unas seis o siete millas de distancia, en el camino que lleva a Nashville, tras pasar la noche entera a su lado. Al amanecer, había salido de vuelta a casa en su coche tirado por un caballo, como era costumbre hacerlo entre los doctores en aquellos lares y en aquel tiempo. Había pasado así entre las aldeas de Stone’s River, pero en una de ellas le salió al paso un hombre agitando los brazos. Detuvo su caballo el médico y aquel hombre se cuadró ante él y lo saludó militarmente. Pero no iba tocado con una gorra militar, ni vestía uniforme militar, ni tenía precisamente un aire marcial.
       El doctor respondió civilmente a su saludo, suponiendo que aquel tipo le saludaba por respeto, porque había oído hablar de la mucha consideración que se le tenía en aquellas aldeas. Como era evidente que el extraño quería hablarle, el médico se inclinó cortésmente hacia él.
       —Señor —le dijo el extraño—, aunque sea usted civil me parece más que probable que sea un enemigo…
       —Sólo soy médico —fue la respuesta lacónica del doctor Stilling Malson.
       —Gracias —dijo el otro—. Soy teniente a las órdenes del general Hazen —hizo una pausa y miró inquisitivamente al médico—. Soy teniente del ejército federal del norte.
       El médico no dio muestras de sorpresa ni de alteración.
       —Dígame, por favor —siguió el extraño—, qué ha pasado aquí, dónde están los ejércitos, quién ha ganado la batalla…
       El médico pareció hacer memoria con los ojos entornados. Tras someter a escrutinio al extraño, más allá incluso de lo correcto, respondió:
       —Perdone —dijo sonriendo—, pero antes de responder a sus preguntas quiero hacerle otra… ¿Está usted bien?
       —Sí, nada importante, me parece.
       El hombre se quitó el sombrero que llevaba, nada militar, por cierto, se llevó una mano a la cabeza, se ahuecó el cabello con los dedos y pasó a contemplarse con mucha atención la palma de la mano.
       —Me rozó una bala y perdí el conocimiento, sólo eso —dijo—. Fue como si viese una luz, algo que flotaba por encima de mí: pero cuando desperté no sentía dolor ni tenía sangre… No le he interrumpido el viaje para pedirle ayuda médica… Le pido, por favor, que me lleve hasta mis compañeros, a cualquier lugar donde haya una fuerza federal… si es que sabe usted dónde hay acampados soldados de los míos.
       Tampoco esta vez respondió el médico de inmediato: estaba aprendiendo mucho más de lo que había leído en los libros propios de su profesión; aprendía algo acerca de la pérdida de la identidad y de los efectos que produce en la persona que la ha perdido una escena familiar pero distinta. Miró al fin directamente a los ojos de aquel hombre, le sonrió y dijo:
       —Teniente, no va usted vestido con el uniforme que por su rango le correspondería.
       Pareció reparar el hombre, entonces, en sus ropas civiles, bajo los ojos y dijo con gran excitación.
       —Es verdad… Yo… yo… ¡No puedo entenderlo!
       Mirándolo de nuevo con mucho interés y con bastante simpatía, el hombre de ciencia le preguntó:
       —¿Qué edad tiene?
       —Treinta y tres años… si es que eso tiene alguna importancia.
       —No los aparenta, me hubiera sido muy difícil suponerle esa edad.
       El extraño parecía impacientarse.
       —No es preciso que discutamos por cosas como ésa —dijo—. Responda, por favor, a las preguntas que le hice antes. Hace apenas dos horas vi una columna de tropas confederadas avanzando hacia el norte por este mismo camino… Seguro que se ha cruzado usted con ellos. Tenga la bondad, por favor se lo pido, de decirme al menos cual era el color de su uniforme, le prometo que no le molestare más.
       —¿Está usted seguro de haber visto lo que dice?
       —¿Que si estoy seguro? ¡Por Dios, señor! ¡Si hasta los he contado!
       —Bien, realmente lo que dice tiene mucho interés… Pero la verdad es que no me he cruzado con ninguna columna de soldados —dijo el médico rememorando el pasaje del barbero de Las mil y una noches.
       El extraño lo miró fríamente, como si viera en el médico al mentado barbero.
       —Está claro —dijo— que no quiere usted atender a mi ruego… Señor, ¡que se lo lleve a usted el diablo!
       Se marchó a buen paso a través de los campos feraces mientras el médico, quien había sido para él mitad penitente, mitad verdugo, lo veía alejarse hasta que desapareció por completo entre los árboles.


II
El peligro de mirar el agua de una acequia


      Después de abandonar el camino aquel hombre se sintió más en paz, por lo que siguió andando a buen paso, sin experimentar fatiga. No podía explicarse cuál era la razón de aquella locuacidad del doctor, que de nada, sin embargo, le había servido. Ni una respuesta obtuvo a las preguntas que le hiciera.
       Finalmente tomó asiento en una roca, descansó las manos sobre sus rodillas, con las palmas hacia arriba, y como casualmente reparó en ellas… Eran blanquecinas, muy lisas. Se llevó ambas manos a la cara y comenzó a recorrerse el rostro, lentamente, con las puntas de los dedos. ¡Qué extraño era todo! Una bala le había rozado, haciéndole perder el sentido, pero sin dejar una leve señal ni en su cara ni en su cabeza.
       —Puede que haya pasado mucho tiempo en un hospital, que allí me curasen y que no lo recuerde ahora —se dijo en voz alta—. ¿Cómo puedo ser tan imbécil? La batalla fue en diciembre y estamos en verano —y se echó a reír—. Seguro que ese médico me tomó por un lunático… Pero se equivoca… Sólo soy un paciente que quizá se fugó del hospital.
       A poca distancia, una pradera en la que había un monolito de piedra llamó su atención. Con una intención no muy clara, se levantó despacio e igualmente despacio se dirigió hasta allí. En el mismo centro de aquella pradera había una pequeña plaza de piedra, que rodeaba al monolito.
       Se notaba el paso de los años; entre las piedras había musgo y líquenes, crecían la hierba y los matojos. Como respuesta a las ambiciones de los hombres, el tiempo, simplemente, se había dedicado a destruir lentamente la belleza primera del monumento. Había en el monolito una inscripción que captó de inmediato la atención de aquel hombre, más que nada porque lo que vio primero fue un nombre que le resultaba familiar. Y agitado de la cabeza a los pies, se aferró al monolito para no caerse y leyó:


A LA BRIGADA DEL GENERAL HAZEN

En memoria de los soldados
que cayeron en combate
en Stone’s River
el 31 de diciembre de 1862


       El hombre cayó definitivamente, desesperado y enfermo. Un poco más allá de la pequeña plaza de piedra que rodeaba al monolito, el terreno mostraba una leve depresión, como consecuencia de unas fuertes tormentas recientes.
       Por allí rodó desmadejado el extraño, hasta llegar a una pequeña acequia de agua muy clara. Quiso beber, en su afán de recuperar el resuello, y logró ponerse en pie haciendo un gran esfuerzo con brazos y piernas. Entonces se acercó a la acequia y vio su rostro reflejado en el agua, como si de un espejo se tratase. Lanzó un grito espantoso. La fuerza abandonó sus brazos. Cayó al agua y allí perdió la vida que ya había perdido mucho tiempo atrás.




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