Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Memorias de un hombre colérico (1887)
[Otro título en español: “Un hombre irascible”]

(“Из записок вспыльчивого человека”)
Originalmente publicado, con el subtítulo “Un incidente verdadero”,
en El despertador, Núm 26 (15 de julio), 27 (12 de julio) y 31 (9 de agosto de 1887);
Obras completas (vol. I, edición de Adolf Marks, 1889);


      Soy un hombre serio, cuyo cerebro tiene marcada inclinación por la filosofía. Financiero de profesión, estudio derecho fiscal, y en la actualidad estoy escribiendo una monografía, que titularé: Pasado y futuro del impuesto sobre los perros. Como puede usted comprender, no tengo nada que ver con las damiselas, las romanzas, la luna y tantas otras tonterías.
       Son las diez de la mañana. La maman me sirve un vaso de café. Me lo bebo y, acto seguido, salgo al balcón, donde me instalo para empezar mi trabajo. Cojo una hoja de papel, mojo la pluma en el tintero y escribo con letra redondilla el título, o sea: Pasado y futuro del impuesto sobre los perros. Después, tras de meditar brevemente, añado a continuación: “Resumen histórico: Teniendo en cuenta ciertas alusiones que encontramos en las obras de Heródoto y Jenofonte, el impuesto sobre los perros nace…”.
       Pero en este preciso momento oigo unos pasos de lo más sospechoso. Miro hacia, abajo y veo una joven nariguda y de largo talle. Creo que se llama Nádenka o Várenka, lo que, desde luego, carece de importancia. La joven simula buscar algo y hace como si no me viese. Oigo cómo empieza a canturriar:
       ¿Te acuerdas de aquella canción desbordante de amor?
       Me pongo a leer lo que acabo de escribir e intento continuar, pero, justamente entonces, la joven hace como si reparase en mi presencia, y dice con voz triste:
       —Buenos días, Nikolái Andrévich. Imagínese la desgracia que me ha sucedido. Ayer, cuando paseaba por aquí, perdí un dije de mi brazalete.
       Vuelvo a leer lo escrito, corrijo alguna que otra letra con ánimo de proseguir, pero la joven no parece turbarse lo más leve.
       —Nikolái Andrévich, tenga la bondad de acompañarme a casa. Los Karelin tienen un perro tan grande que no me atrevo a ir sola.
       No me queda más remedio que acompañarla; así pues, dejo la pluma y bajo al jardín. Nádenka o Várenka se coge de mi brazo y nos encaminamos hacia la villa. Siempre que he de acompañar a una señora o señorita, no sé por qué pero tengo la impresión de ser una percha donde han colgado una enorme pelliza. Nádenka o Várenka, dicho sea entre nosotros, es de naturaleza apasionada (su abuelo fue armenio) y tiene la manía de colgarse de uno con todo el peso de su cuerpo, pegándose como una sanguijuela. Y de esta manera caminábamos… Al pasar por delante de la villa de los Karelin surgió un enorme perro que me recordó mi trabajo referente al impuesto sobre los perros… Muy disgustado, medito sobre él y suspiro.
       —¿Por qué suspira usted? —me pregunta Nádenka o Várenka, dejando oír a su vez otro suspiro.
       Ahora es el momento de hacer una pequeña advertencia. A Várenka (en este instante recuerdo que se llama Máshenka) se le ha metido en la cabeza que estoy enamorado de ella, y por eso considera su deber mirarme con conmiseración e intentar curar con palabras afectuosas la herida de mi corazón.
       —Escúcheme —dice, parándose de repente—: ¡usted está enamorado! ¿No es verdad? En nombre de nuestra amistad, le suplico crea que la joven a quien ama le tiene gran respeto. Le es imposible corresponder, pero ¿es acaso culpa suya el haber entregado su corazón a otro hombre?
       Observo que la nariz de Máshenka se hincha y sus ojos se llenan de lágrimas; por lo visto espera que le conteste algo, pero, gracias a Dios, ya hemos llegado.
       En la terraza está sentada la maman de Máshenka, una mujer muy bondadosa, pero con prejuicios: al ver la cara trastornada de su hija, fijó en mí una mirada penetrante, como diciendo: “¡Ay muchachos, qué mal sabéis disimular!”. Distingo también unas cuantas jóvenes de trajes multicolores, y con ellas, el vecino de mi villa, un oficial retirado a quien hirieron en la sien izquierda y en el costado derecho durante la última guerra. Este pobre infeliz, lo mismo que yo, se ha propuesto dedicar este verano a la literatura. Escribe un libro que titula Memorias de un militar. Todas las mañanas emprende, como yo, su trabajo, pero apenas si ha tenido tiempo de escribir: “Nací en…”, cuando debajo de su balcón surge alguna Várenka o Máshenka, y ese humilde siervo de Dios ya tiene cortada toda posible retirada.
       Los presentes se hallan ocupados en la vulgar faena de limpiar unas bayas destinadas a convertirse en mermelada. Yo hago ademán de marcharme, pero las multicolores jovencitas se precipitan sobre mi sombrero dando gritos y exigen mi presencia. No tengo más remedio que quedarme. Me dan un plato con bayas y una horquilla, y como los demás, me pongo a limpiarlas.
       Las jóvenes comienzan a hablar de los hombres. El uno es muy mono; el otro, guapo, pero no es simpático; el tercero, feo y simpático. Hay también otro que, de no ser por su nariz parecida a un dedal, sería guapo. Y etcétera, etcétera.
       —Usted, monsieur Nicolas —me dice la maman de Várenka—, es feo, pero simpático… En su rostro hay algo… Además —añade, suspirando—, en el hombre lo más importante no es la belleza, sino la inteligencia.
       Todas las jóvenes suspiran y bajan los ojos… También opinan que en el hombre lo más importante es la inteligencia y no la belleza. Me miro de reojo en el espejo para saber hasta qué punto puedo ser simpático y veo una tupida cabellera, una barba, no menos tupida, bigote y cejas. Por todas partes no hay más que pelos. Pelos en las mejillas y junto a los ojos, entre cuyo espeso bosque surge una nariz a modo de torre.
       “¡Soy feo, no hay más que hablar!”, pienso para mis adentros.
       —Usted, Nicolas, vencerá por sus cualidades espirituales —continuó, suspirando, la maman de Nádenka, como si estuviera confirmando sus pensamientos íntimos.
       Nádenka sufre por mí, pero, al propio tiempo, saber que enfrente tiene un hombre enamorado de ella le proporciona un goce indecible.
       La conversación gira del tema de los hombres al del amor. Aquí se detiene un buen rato, hasta que una de las jóvenes se levanta y se va. Inmediatamente se ponen a criticarla, llegando a un perfecto acuerdo sobre que es tonta, insoportable, tiene mal tipo y la espalda encorvada. Gracias a Dios vuelve la doncella, a quien mi maman había mandado para que yo fuera a comer, y puedo dejar esta compañía, tan poco grata, e irme a continuar mi monografía. Intento despedirme de la maman de Várenka, pero las multicolores jóvenes y la propia Várenka me rodean, declarando que no tengo derecho a marcharme, porque ayer di palabra de honor de que almorzaría con ellos y después iríamos al bosque por setas.
       No tengo más remedio que someterme. Estoy furioso, se acumula la ira en mi pecho y siento que me falta poco para estallar; no respondo de mí mismo y va a ocurrir un escándalo. Sin embargo, la educación y los buenos modales se imponen al fin, y me someto, Comemos.
       Durante la comida me entretengo en hacer bolitas con las migas de pan y en pensar en el impuesto sobre los perros; procuro guardar silencio por temor a mi carácter en extremo colérico. Nádenka no deja de fijar en mí su mirada compasiva.
       Nos sirven okrochka
[es decir, una sopa fría de verduras picadas], lengua con guisantes, pollo asado y compota. No tengo apetito, pero como por delicadeza.
       Después de comer, al hallarme fumando solo en la terraza, se me acercó la maman de Máshenka, y, cogiéndome de los brazos, me dice, con voz entrecortada por la emoción:
       —No desespere, Nicolas: tiene ella un corazón tan bueno…, tan bondadoso…
       Vamos al bosque a coger setas, y Várenka se cuelga de mi brazo y se pega a mi costado. Sufro lo indecible, pero resisto. Entramos en el bosque.
       —Escúcheme, monsieur Nicolas —me dice Náshenka suspirando—. ¿Por qué está tan triste y callado?
       Qué chica tan extraña. ¿De qué podría hablarle? ¿Qué tenemos en común?
       —Ande, cuénteme algo… —me pide.
       Intento encontrar algo lo suficientemente vulgar para que esté al alcance de su comprensión y, después de pensarlo un buen rato, acabo diciéndole:
       —La tala de los bosques perjudica mucho a Rusia…
       —¡Nicolás! —suspira Várenka, y noto que su nariz enrojece—, usted rehúye una conversación íntima… Parece como si me quisiera castigar con su silencio… No es correspondido en su amor y quiere sufrirlo calladamente… ¡Esto es terrible, Nicolas! —exclama, asiéndome bruscamente de la mano mientras su nariz empieza a hincharse—. ¿Qué pensaría usted si la joven a quien ama le ofreciese
       eterna amistad?
       Murmuro algo incoherente porque en realidad no sé qué contestar… ¡Virgen Santa! Figúrense; ante todo no estoy enamorado de nadie y, ¿qué falta me hace una eterna amistad? En tercer lugar, advierto que mi carácter es en extremo colérico. Máshenka o Várenka se tapa el rostro con las manos y murmura en voz baja como si hablara consigo misma:
       —No dice nada… Por lo visto espera un sacrificio por mi parte. ¿Cómo puedo quererle si aún estoy enamorada de otro? Bueno…, lo pensaré… Sí, pensaré en ello. Quizá recurriendo a todas las fuerzas de mi alma y sacrificando mi propia dicha pueda salvar a este hombre de la desesperación.
       No comprendo nada de lo que dice. Suena a cábala. Seguimos andando y recogiendo setas. El rostro de Nádenka refleja su lucha interior. De pronto oímos ladrar a un perro; esto me recuerda mi trabajo y suspiro profundamente. Por entre troncos de árbol diviso al oficial herido. El pobrecillo cojea lastimosamente, balanceándose; de su brazo izquierdo cuelga una de las jóvenes multicolores, pero afortunadamente la pierna herida es la derecha. Su cara expresa humilde resignación.
       Regresamos a casa para tomar el té y después jugamos una partida de croquet. Una vez terminada, escuchamos a una de las jóvenes que nos canta una romanza:
       ¡No, tú no me amas! ¡No! ¡No!…
       Al pronunciar la palabra “no”, su boca se tuerce hasta las orejas.
       —Charmant! -aprueban los demás jóvenes—. Charmant!
       Cae la noche y una asquerosa luna aparece por detrás de los árboles. En el aire se percibe el olor desagradable del heno recién cortado, y en torno nuestro reina la tranquilidad. Cojo mi sombrero У me dispongo a marcharme.
       —Debo decirle algo —me murmura Máshenka, mirándome de un modo significativo—. No se vaya.
       Presiento algo malo, pero me quedo por educación. Máshenka me coge del brazo y me conduce a una alameda solitaria. Toda ella revela la lucha interior. Pálida, respira fatigosamente y está casi a punto de arrancar mi mano derecha. ¿Qué sucederá?
       —Escúcheme… —logra por fin murmurar— ¡No! ¡No puedo!… No…
       Quiere decirme algo, pero no se atreve. De repente, su rostro cobra un aire decidido. Con los ojos brillantes y la nariz hinchada, coge de nuevo mi mano y me dice muy de prisa:
       —¡Nicolas, le pertenezco! ¡No puedo amarle, pero juro serle fiel!
       Y en seguida se abraza a mí, aunque al instante da un salto atrás.
       —Viene alguien… Adiós… Mañana, a las once, estaré en el cenador… ¡Adiós!
       Y desaparece. Sin comprender una palabra, y con terribles palpitaciones, vuelvo a mi casa, donde me espera El pasado y el futuro del impuesto sobre los perros. Pero ya no puedo trabajar. Estoy furioso, o mejor dicho, espantado. ¡Qué demonios! ¡No consentiré que se me trate como a un chiquillo! Me encolerizo fácilmente y resulta peligroso bromear conmigo.
       Así, cuando la doncella entra en mi habitación para anunciarme que la cena está servida, no puedo contenerme más y grito:
       —¡Fuera de aquí!
       Este arranque de ira no promete nada bueno.
       A la mañana siguiente no puede negarse que hace un día realmente de campo, es decir, temperatura bajo cero y viento frío que penetra hasta los huesos. A esto hay que añadir la lluvia y el olor a naftalina, pues mi maman se ha entretenido en sacar sus abrigos del baúl. Precisamente aquella mañana, o sea el siete de agosto de mil ochocientos ochenta y siete, tuvo lugar el eclipse de sol. Debo añadir que durante un eclipse cada uno de nosotros puede mostrarse muy útil sin ser un astrónomo, ya que cualquiera de nosotros es capaz de:
       1. º Determinar el diámetro del Sol y de la Luna.
       2. º Dibujar la corona del Sol.
       3. º Medir la temperatura.
       4. º Observar durante el eclipse los animales y las plantas.
       5. º Anotar sus impresiones, etcétera.
       Todo esto es tan importante que decidí abandonar El pasado y el futuro del impuesto sobre los perros y dedicarme a observar el eclipse. Todos nos levantamos muy temprano y nos repartimos el trabajo. Yo determinaré el diámetro del Sol y de la Luna; el oficial herido dibujará la corona y el resto queda a cargo de Máshenka y de las multicolores jovencitas. Y henos aquí todos reunidos esperando.
       —¿A qué son debidos los eclipses? —pregunta Máshenka.
       Y yo le contesto:
       —Los eclipses solares se producen cuando la luna gira alrededor del plano de la elíptica, situado en la línea que une el centro de la Tierra con el del Sol.
       —¿Y qué significa la elíptica?
       Se lo explico. Máshenka escucha atentamente y luego pregunta:
       —¿Es posible ver a través de un cristal ahumado la línea que une el centro del Sol con el de la Tierra?
       Le contesto que no existe en la realidad, sino solo en nuestra imaginación.
       —Si no existe en la realidad —añade Várenka perpleja—. ¿Cómo puede estar en ella la Luna?
       No me siento con fuerzas para responderle. Noto que esta ingenua pregunta está a punto de aumentar el volumen de mi hígado.
       —Todo esto no son más que tonterías —dice la maman de Várenka—. Es completamente imposible saber lo que va a suceder, y, además, usted no ha estado nunca en el cielo, así que ¿cómo va a saber lo que sucederá con la luna y el sol? Son solo fantasías.
       He aquí que la mancha negra avanza sobre el Sol. Por doquier reina la confusión. Las vacas, las ovejas y los caballos corren espantados por el campo. Aúllan los perros. Las chinches, imaginando que otra vez es de noche, salen de las rendijas y acechan a los que aún duermen. Un diácono que entonces regresaba de la huerta trayendo unos pepinos, salta del carro, preso de terror, y se esconde debajo del puente. Mientras tanto su caballo se mete en patio ajeno, donde los cerdos se comen los pepinos. Un funcionario que no duerme en su casa, sino en la de una señora veraneante sale corriendo en paños menores y, atropellando a la muchedumbre grita de un modo salvaje:
       —¡Sálvese quien pueda!
       Esta algarabía despierta a todos los demás, quienes salen a la calle descalzos, incluso las mujeres más jóvenes y hermosas. Y suceden otras muchas cosas que no me atrevo a relatar…
       —¡Ay, qué miedo! —gritan las multicolores jóvenes—. ¡Es espantoso!
       —Mesdames, por favor —exclamo—, observen que el tiempo es corto.
       Y me apresuro a determinar el diámetro. Al mismo tiempo pienso en la corona y busco con la mirada al oficial herido. Veo que está en pie sin hacer nada.
       —¿Qué le pasa? ¿Y la corona? —le grito.
       El oficial alza los hombros, y con una mirada impotente me señala sus brazos. ¡Pobrecillo! Dos jóvenes multicolores cuelgan de cada uno de ellos y presas de terror se aprietan contra él impidiéndole trabajar. Cojo un lápiz y apunto la hora, incluso los segundos. Es muy importante. También tomo nota del lugar geográfico del punto de observación, pues tampoco carece de importancia. Y ya me dispongo a determinar el diámetro, cuando Máshenka me toma de la mano y me dice:
       —No se olvide de la cita…; hoy a las once.
       Hago que me suelte, pues cada minuto es precioso y deseo seguir observando, pero Várenka se agarra a todo mi brazo y, con un gesto nervioso, se pega a mi costado. ¡Adiós lápiz, cristales y apuntes! Todo se cae en la hierba. ¡Qué demonios! Ya es hora que esta joven comprenda que tengo un carácter irascible y me encolerizo fácilmente. Entonces no respondo de mí.
       Quiero continuar, pero el eclipse ya pasó.
       —Míreme —me susurra ella dulcemente.
       ¡Esto ya es el colmo! ¡Esta muchacha se está burlando de mí! Ustedes no pueden negarme que jugar de este modo con la paciencia de un hombre no ha de conducir a nada bueno. Espero que no me culpen si sucede algo espantoso. No permitiré que nadie se burle de mí, y sabe Dios que cuando estoy furioso no aconsejo a nadie que se me acerque. ¡Qué demonios! Estoy dispuesto a todo.
       Una de las jóvenes, al contemplarme, se da cuenta de mi estado,
       V para tranquilizarme me dice:
       —Cumplí con mi obligación, Nikolái Andrévich. Estuve observando a los mamíferos y vi cómo antes del eclipse el perro gris empezó a perseguir al gato y después estuvo durante un buen rato moviendo el rabo.
       Nada salió como yo lo planeé respecto al eclipse.
       Me marcho a mi casa y sé que no podré salir al balcón a trabajar gracias a la lluvia.
       El oficial herido se atrevió a intentar, e incluso escribió: “Yo nací en…”, pero ahora veo, a través de mi ventana, cómo una de las jóvenes multicolores se lo lleva a su villa. No puedo trabajar porque aún sigo enfurecido y tengo palpitaciones. Tampoco voy al cenador. Sé que esto no es amable por mi parte, pero, como ustedes comprenderán, no puedo ir con la lluvia.
       A las doce recibo una carta de Máshenka llena de reproches en la que me trata de tú y me suplica que vaya… A la una recibo otra carta y a las dos la tercera… Debo ir. Pero antes de hacerlo tengo que pensar en lo que voy a decir. Voy a comportarme como un caballero. Ante todo le diré que aun cuando ella se lo figure no estoy enamorado de ella. Pero no, estas cosas no se dicen a las mujeres. Decir a una mujer que no se la quiere es igual de incorrecto como decir a un escritor que no sabe escribir. Lo mejor será dar a Várenka mi opinión sobre el matrimonio. Así, pues, me pongo un abrigo caliente, cojo el paraguas y me voy al cenador. Conociendo mi carácter inflamable, temo decir algo de más y procuro contenerme. Nádenka está esperándome toda pálida y llorosa. Al verme irrumpe en exclamaciones de alegría y se me arroja al cuello, diciendo:
       —¡Por fin! Has puesto a prueba mi paciencia. Escucha, no he podido dormir en toda la noche… Estuve pensando todo el tiempo. Me parece que cuando te conozca mejor…, te amaré.
       Me siento y empiezo a exponer mis ideas sobre el matrimonio. Al principio, para no tratar ilícitamente el caso en cuestión, me muestro lo más fino posible y hago un resumen histórico. Hablo del matrimonio entre los indios y los egipcios. Doy un paso hacia una época más reciente y cito algunos pensamientos de Schopenhauer, Máshenka me escucha con atención; pero de repente, por una extraña asociación de ideas, considera necesario interrumpirme, diciendo:
       —Nicolas, dame un beso.
       Me azaro y no se me ocurre nada. Ella insiste en su ruego y me levanto, ya que no queda otro remedio que acceder, y rozo con los labios su cara larga, experimentando la misma sensación que cuando, de pequeño, me obligaron a besar a mi difunta abuela en el funeral. Pero Várenka no se contenta con un beso y saltando de su asiento, me abraza apasionadamente.
       En aquel momento aparece la maman de Máshenka, quien al vernos pone cara de susto, hace callar a alguien que viene detrás, y se esfuma como una aparición de Mefistófeles.
       Azarado y furioso regreso a mi casa, donde me encuentro con la maman de Várenka, quien con lágrimas en los ojos abraza a mi maman, que también llora y dice:
       —¡Yo también lo esperaba!
       Y después, para que ustedes vean cómo es la gente, se me acerca la maman de Nádenka y me abraza diciendo:
       —¡Que Dios les bendiga! Debes quererla mucho. Acuérdate de que hizo un sacrificio por ti.
       Y así es como me casan. Mientras escribo estas líneas los testigos de la boda no me dejan tranquilo ni un momento con sus prisas. Esta gente ignora mi carácter por completo. ¿Acaso no saben con cuánta facilidad me encolerizo y qué poco capaz soy de responder de mis actos? ¡Qué demonios!
       ¡Ya verán la que se va a armar! ¡Intentar casar a un hombre colérico es tan estúpido como querer meter la mano en la jaula de un tigre enfurecido! ¡Ya veremos!
       Ya estoy casado. Todo el mundo me felicita y Várenka continúa abrazada a mí, diciéndome:
       —Ahora ya me perteneces. ¿Comprendes? Anda, dime que me quieres. ¡Dímelo!
       Y al decir esto se le hincha la nariz.
       Me acabo de enterar que el oficial herido encontró un procedimiento muy hábil para esquivar el himeneo. Presentó a la joven un certificado médico, según el cual, en razón de la herida de la sien no está bien de la cabeza y, por tanto, de acuerdo con la ley, no puede casarse. ¡Qué buena idea! Yo también hubiera podido presentar otro igual. Un tío mío era borracho perdido, otro muy distraído (un día en vez de coger su sombrero cogió el manguito de una señora y se lo colocó en la cabeza) y, en cuanto a mi tía, se pasaba la vida tocando el piano, y al encontrarse con los hombres les sacaba la lengua.
       También se podía añadir mi carácter irascible y colérico, síntoma de lo más sospechoso. Pero ¿por qué se nos ocurren tan tarde estas buenas ideas? ¿Por qué?



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