Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Las bellas (1888)
[Otro título en español: “Beldades”]

(“Красавицы”)
Originalmente publicado en la revista Новое время [Tiempo nuevo]
(número 4513, 21 de septiembre de 1888);
Между прочим [En el camino] (1894);
Obras completas [ed. de A. F. Marx], vol. 3 (1903)


1

      Recuerdo que cuando era un colegial de quinto o sexto curso acompañé una vez a mi abuelo desde la aldea de Bolshaia Krepkaia, en la región del río Don, hasta Rostov del Don. Era un día de agosto sofocante, depresivamente aburrido. Nuestros párpados permanecían pegados y nuestra boca reseca, a causa del calor y del viento seco que arrastraba las nubes de polvo en nuestra dirección. Ninguno de nosotros era capaz de observar lo que nos rodeaba, iniciar una conversación o pensar, y cuando nuestro adormilado cochero, Kaipo el jojol [corte de pelo de estilo ucraniano; forma poco amable de referirse a un ucraniano] rozó mi gorra con su látigo al increpar al caballo no protesté, no hice sonido alguno, sino que me limité a entreabrir los ojos, a otear desanimado el horizonte: ¿podía verse alguna aldea a través de la polvareda? Nos detuvimos para dar de comer a los caballos en el extenso asentamiento armenio de Bajchi-Salaj, en la casa de un acomodado armenio conocido de mi abuelo. Nunca en toda mi vida he visto nada más grotesco que aquel hombre. Imaginaos una cabeza diminuta y pelada, con unas cejas enormes que colgaban hacia abajo, una nariz de aguilucho, bigotes inacabables y encanecidos, y una boca gruesa de la que sobresalía un chubuk [pipa de tabaco alargada de origen turco] de madera de cerezo. La cabecita había sido colocada con descuido sobre una carcasa extravagante y jorobada, recubierta por extraños atuendos, una chaqueta corta roja y unos vistosos pantalones bombachos azul cielo. La criatura caminaba extendiendo las piernas, arrastrando las zapatillas, mascullando con su chubuk metido en la boca, pero sin dejar de comportarse con la dignidad que caracteriza al auténtico armenio: ni una sola sonrisa, los ojos al acecho, y esforzándose en prestar tan poca atención a sus huéspedes como fuera posible.
       Dentro de la morada del armenio no hacía viento, pero era igual de desagradable, recargada y deprimente que la pradera y el camino. Recuerdo que me senté sobre un cofre de color verde en una esquina de la sala, manchado de polvo y acalorado. Las paredes de madera sin pintar, los muebles y el entarimado recubierto de manchas ocres, apestaban a madera achicharrada por el sol. Donde fuera que mirase solo había moscas y más moscas. Mi abuelo y el armenio hablaban en voz baja sobre las ovejas, los campos y los problemas del pastoreo… Era consciente de que sería necesaria al menos una hora para que el samovar estuviera listo, y de que mi abuelo se pasaría otra hora entera tomando el té, para después echarse la siesta durante dos o tres horas más. Me pasaría un cuarto de mi día esperando, y lo que me aguardaba después era más calor, más polvo, más carreteras llenas de socavones. Escuchando las dos voces susurrantes empezó a parecerme que ya había visto hacía mucho al armenio, aquel armario lleno de cubiertos, las moscas y las ventanas sobre las que golpeaba el sol caliente, y que solo desaparecerían en un futuro muy distante. Sentí un odio inmenso por la estepa, el sol y las moscas…
       Una mujer ucraniana que llevaba un chal puesto entró con una bandeja con los avíos del té, y después con el samovar. El armenio se dirigió con pasos cansinos hacia el vestíbulo y gritó:
       —¡Mashia! ¡Entra y sirve el té! ¿Dónde estás Mashia?
       A continuación se escucharon unos pasos que se apresuraban, y una chica de unos dieciséis años entró en la sala. Llevaba puesto un vestido de algodón sin adornos y un chal blanco. Mientras lavaba los utensilios y servía el té permaneció de espaldas a mí, y todo cuanto observé fue que tenía la cintura estrecha y que iba descalza, y que sus largos pantalones le cubrían hasta los talones.
       El dueño de la casa me ofreció un poco de té. Mientras tomaba asiento dirigí la mirada hacia el rostro de la muchacha que sostenía el vaso en mi dirección, y de pronto me sentí como si una brisa fresca hubiera inundado mi alma, llevándose a su paso todas las impresiones del día, toda su pesadez, todo el polvo de la carretera. Los rasgos más encantadores que puedan ser imaginados componían el rostro más maravilloso que hubiera visto nunca, ya fuera soñando o despierto. Frente a mí se encontraba una joven de veras hermosa, y fue este un hecho que acepté tan de súbito como se aceptan los fogonazos causados por los rayos en las tormentas.
       A pesar de que podía jurar que Masha, o “Mashia”, como la llamaba su padre con su acento armenio, era una auténtica belleza, demostrar el hecho de su hermosura sería otra cuestión. A menudo las nubes se apelotonan sin orden ni concierto en el horizonte, y el sol que se pone las tiñe a ellas y al mismo cielo de todos los tonos posibles, púrpura, naranja, dorado, lila, o rosado sucio; una nube se parece a un monje, otra a un pez, una tercera a un turco con su turbante. Abrazando un tercio del cielo, el sol poniente brilla sobre la cruz de una iglesia y sobre las ventanas de la casa del terrateniente. Se refleja sobre el río y los estanques, se balancea sobre los árboles; lejos, muy lejos, una bandada de patos salvajes vuelta atravesando el crepúsculo a su lugar de reposo nocturno… El muchacho que pastorea las vacas, el agrimensor que se dirige al molino en su carro, las damas y los caballeros que están dando su paseo vespertino, todos ellos miran la puesta de sol, y todos la encuentran increíblemente hermosa. Pero nadie podría explicar dónde reside esa belleza.
       Yo no era el único que encontraba hermosa a la muchacha armenia. Mi abuelo, un anciano de ochenta años, duro, indiferente a las mujeres y a las bellezas de la naturaleza, la observó conmovido durante un minuto entero.
       —¿Es esa tu hija, Avet Nazarich? —preguntó.
       —Mi hija, es mi hija… —respondió nuestro anfitrión.
       —Una joven muy agraciada —admitió mi abuelo.
       Un artista habría llamado a la belleza de la muchacha armenia clásica y severa. Contemplar tales encantos significaba sentirse inundado, el cielo sabrá por qué razón, con la convicción de que los rasgos armoniosos, el cabello, los ojos, la nariz, la boca, el cuello, el pecho, y cada movimiento de su cuerpo juvenil, habían sido combinados por la naturaleza sin cometer el más mínimo error en un todo lleno de armonía, sin una sola nota discordante. En cierta forma se te antojaba que la mujer de la belleza más ideal debía poseer una nariz justo como la suya, recta pero ligeramente aquilina, los mismos enormes ojos oscuros, las mismas pestañas interminables, la misma forma lánguida de mirar; que su cabello negro y rizado y sus cejas constituían la combinación más idónea para la piel blanca y delicada de la frente y las mejillas, igual que los arbustos reverdecidos y los silenciosos arroyos van juntos; su cuello blanco y su pecho juvenil no estaban desarrollados por entero, pero daban la impresión de que solo un genio podría esculpirlos. Cuanto más mirabas más deseabas decir algo que fuera agradable en extremo, sincero y hermoso a la joven, algo que fuera tan bello como ella misma.
       Al principio me sentí ofendido y desconcertado porque Masha no me hiciera caso, limitándose a bajar los ojos. Era como si algún aire especial, de orgullo y dicha, la mantuviera fuera de mi alcance, y con celo la ocultara de mi mirada.
       “Debe de ser porque estoy cubierto de polvo, porque estoy quemado por el sol, porque no soy más que un niño”, pensé.
       Pero entonces me fui olvidando de forma gradual de mí mismo, entregándome por entero a la sensación de belleza. Ya no me acordaba de la monótona estepa ni del polvo, ya no era consciente del zumbido de las moscas, el té ya no tenía sabor para mí; solo era consciente de la hermosa muchacha al otro lado de la mesa.
       Mi apreciación de su belleza no dejaba de ser algo extraña. No era deseo, ni éxtasis, ni placer lo que Masha despertaba en mi persona, sino más bien una melancolía opresiva pero agradable. Esta melancolía era indefinible y vaga como un sueño. De alguna forma me sentía apenado por mí mismo, por mi abuelo, por el armenio, e incluso por la muchacha. Sentí como si los cuatro hubiéramos perdido para siempre algo de una importancia vital y necesario para nuestras vidas, algo que no volveríamos a recuperar nunca. Mi abuelo también parecía apesadumbrado. Ya no hablaba de las ovejas ni del pastoreo; permanecía en silencio, observando pensativo a Masha.
       Después del té el abuelo se echó su siesta, y yo salí y me senté en el porche. La casa, como todas las otras en Bajchi-Salaj, recibía el sol en toda su crudeza. No había árboles, ningún toldo, ninguna sombra. Conquistado por el cenizo y la malva, el enorme patio del armenio estaba lleno de vida y de animación a pesar del intenso sofoco. De detrás de una de las pequeñas eras se escuchaba el ruido de un martilleo. Doce caballos, agarrados por el pecho y formando un único radio alargado, trotaban alrededor de un pilar dispuesto en el centro exacto de la zona de trilla. Detrás de ellos marchaba un jojol vestido con una levita que le quedaba grande y unos amplios pantalones, usando su látigo y gritando como si pretendiera burlarse de los animales o exhibir su poder ante ellos:
       —¡Ah! ¡Malditos! ¡Ah! ¡No tenéis vuelta y media! ¿Es que tenéis miedo?
       Los caballos, bayos, grises, rojizos, sin entender por qué eran obligados a dar vuelta tras vuelta en el mismo sitio y aplastar la paja, se movían con dificultad, casi al límite de sus fuerzas y meneando las colas con un aire ofendido. El viento levantaba nubes enteras de polvo dorado de debajo de sus cascos y lo transportaba lejos, más allá de la verja. Mujeres con rastrillos se afanaban cerca de las altas niaras, y los carros marchaban de un lado a otro. En un segundo patio más allá de las niaras, otra docena de caballos iguales a los primeros trotaban alrededor de otro pilar, y un jojol con un látigo idéntico al del primero se burlaba igualmente de ellos.
       Los escalones sobre los que me encontraba sentado estaban calientes. La cola había empezado a desprenderse debido al calor en las junturas de madera de las pegajosas balaustradas y los marcos de las ventanas. En las líneas de sombra formadas por los escalones y las contraventanas se agrupaban diminutos escarabajos rojizos. El sol achicharraba mi cabeza, mi pecho y mi espalda, pero no le prestaba ninguna atención, ya que solo era consciente del ruido de pies descalzos sobre el entarimado del vestíbulo y las habitaciones que quedaban detrás de mí. Tras haber recogido los avíos del té, Masha bajó corriendo las escaleras, alterando el aire a su paso, y voló como un pájaro hacia un cobertizo exterior diminuto y sucio que debía de ser la cocina, de donde provenía el olor a cordero asado y el ruido de enojadas voces armenias. Desapareció más allá del umbral oscurecido, donde ocupó su lugar una vieja encorvada y de rostro enrojecido que llevaba puestos unos bombachos verdes, y regañaba a alguien con enfado. Entonces Mashia volvió a aparecer de repente en la puerta con el rostro ruborizado a causa del calor de la cocina, cargada con una enorme telera de pan negro sobre el hombro. Meneándose con gracia bajo el peso del pan, atravesó el patio a toda prisa hacia la era, saltó sobre un cercado, aterrizó sobre una nube dorada de polvo, y desapareció tras los carros. El jojol a cargo de los caballos bajó su látigo, guardó silencio, y contempló los carros durante un minuto entero. Después, cuando la chica volvió a pasar corriendo rozando los caballos y saltó la cerca, la siguió con la mirada y gritó a los caballos con una voz altisonante y ofendida:
       —¡A ver si os morís, criaturas del infierno!
       Después de aquello continué escuchando sus pies descalzos sin parar, y la contemplé corriendo de un lado a otro con un aire serio y preocupado. Ahora bajaba a toda prisa los escalones, pasándome de largo con una ráfaga de aire; ahora se dirigía hacia la cocina; ahora hacia la era; ahora saltaba por encima del cercado, y yo apenas podía mover mi cabeza lo suficientemente rápido para seguirla.
       Cuanto más contemplaba a esta criatura encantadora, más melancólico me sentía. Sentía pena por mí mismo, por ella, y por el jojol que de modo fúnebre la contemplaba correr sobre las cascarillas en dirección a los carros. Solo Dios sabe si la envidiaba por su belleza, si lamentaba que la chica no fuera mía ni lo sería nunca, que para ella yo no fuese nadie, o acaso intuía que su belleza singular no era más que un accidente y, como todo sobre esta Tierra, algo transitorio; o bien mi tristeza no era otra cosa que esa sensación peculiar que despierta en cualquier ser humano la contemplación de la verdadera belleza.
       Las tres horas de espera se pasaron sin que me diera cuenta. Sentí que no había tenido el tiempo suficiente para que mis ojos se regocijaran en Masha cuando Karpo condujo al caballo hasta el río, lo bañó, y comenzó a engancharlo. El animal mojado resoplaba con placer y pateaba la lanza del carro. Karpo gritó al caballo: “¡Para atrás!”. El abuelo se despertó, Mashia abrió la verja chirriante, y nosotros nos subimos al carruaje y salimos del patio en silencio, como si estuviéramos enfadados los unos con los otros.
       Cuando un par de horas o tres más tarde Rostov y Najichevan aparecieron en la distancia, Karpo, que no había dicho nada durante todo aquel tiempo, se giró de repente y exclamó:
       —¡Una chica espléndida, la hija del viejo armenio!
       Y sin decir nada más aplicó el látigo al caballo.


2

      En otra ocasión, cuando ya era un estudiante, me encontraba viajando en tren hacia el sur. Era el mes de mayo. En una estación, creo que situada entre Bélgorod y Járkov, salí del vagón para estirar las piernas en la plataforma.
       Las sombras del crepúsculo ya habían descendido sobre el jardín de la estación, sobre la plataforma y sobre los campos. El edificio ocultaba la puesta del sol, pero podía verse que aún no se había ocultado del todo por las delicadas nubes rosadas de humo que la locomotora exhalaba hacia el cielo.
       Mientras recorría la plataforma observé que, de los otros pasajeros que tomaban el aire, la mayoría paseaban o estaban de pie cerca de uno de los vagones de segunda clase, dando la impresión de que alguien importante debía de estar sentado en alguno de ellos. Observé que entre aquellas personas inquisitivas se encontraba el oficial de artillería que era mi compañero de viaje, un tipo inteligente, de trato cordial y maneras agradables, como son todas las personas con las que uno entabla una breve amistad durante los largos trayectos en tren.
       —¿Qué está mirando? —le pregunté.
       No contestó nada, limitándose a indicarme con los ojos una figura femenina. Se trataba de una muchacha de unos diecisiete o dieciocho años, que llevaba puesto un traje típico ruso, la cabeza descubierta y un chal de encaje colocado con descuido sobre un hombro. No se trataba de una pasajera, y supongo que era la hija o la hermana del encargado de estación. Estaba de pie cerca de una ventanilla, charlando con una anciana pasajera. Antes de que pudiera darme cuenta de lo que ocurría, me sentí inundado de repente por la misma sensación que había experimentado en aquella ocasión en la aldea armenia.
       Que la muchacha en cuestión poseía una belleza incomparable era algo que ni yo ni nadie más que la observara podía poner en duda.
       Si uno fuera a describir su apariencia rasgo a rasgo, como suele hacerse, entonces el único que realmente destacaba era su cabello rubio, abundante y ondulado, suelto sobre los hombros y anudado sobre su cabeza con un lazo oscuro. Todos los demás eran, o bien irregulares, o extremadamente comunes. Tenía los ojos encogidos, ya fuera por una afectación coqueta o bien debido a la miopía, su nariz estaba ligeramente levantada, su boca era demasiado pequeña, su perfil poco interesante e insípido, sus hombros estrechos para su edad. Y a pesar de todo ello la muchacha causaba la impresión de auténtica hermosura. Al contemplarla me di cuenta de que un rostro ruso no requiere de una estricta regularidad en sus rasgos para parecer agraciado. Es más, si la nariz respingona de aquella joven hubiera sido reemplazada por otra, regular y de forma impecable, como la de la muchacha armenia, se me antoja que su rostro habría perdido todo su encanto.
       De pie junto a la ventana, charlando y temblando en el frío del crepúsculo, la muchacha no cesaba de girar su cuerpo para observar a los curiosos. En un momento descansaba las manos sobre las caderas, después las levantaba para colocarse el cabello. Hablaba, se reía, a un instante expresando sorpresa y al otro horror, y no recuerdo un solo momento en el que su cara y su cuerpo estuvieran quietos. Era en esos movimientos, insignificantes, infinitamente exquisitos, en su sonrisa, en los cambios de expresión, en los rápidos vistazos en nuestra dirección, donde residía todo el misterio y la magia de su belleza, y también en la forma en la cual la sutil gracia de sus movimientos aparecía combinada con la fresca espontaneidad e inocencia que palpitaba en su risa y en su forma de hablar, junto con la indefensión que tanto nos atrae en los niños, en los pájaros, los cervatillos y los árboles jóvenes.
       Era la suya la belleza de una frágil polilla. Se acompaña de valses, correteos por el jardín, risas y buen humor. No la acompañan nunca los pensamientos sombríos, la tristeza, la inactividad. Si una ráfaga de viento hubiera barrido la plataforma, si hubiera empezado a llover, entonces aquel cuerpo frágil y etéreo se habría disuelto de repente, o eso parecía, y aquella hermosura caprichosa habría sido dispersada como el polen de una flor.
       —Ah, bien —murmuró el oficial, suspirando, mientras nos dirigíamos a nuestro vagón tras la segunda campana.
       Pero qué podría significar aquel “Ah, bien” no soy quién para juzgarlo.
       Tal vez se sentía triste y no quería cambiar la chica y el crepúsculo primaveral por el ambiente recargado del vagón. O tal vez, como yo mismo, sentía una irracional melancolía por la encantadora muchacha, por él mismo, por mí, y por todos los demás pasajeros mientras se dirigían con desgana y sin fuerzas de regreso a sus compartimentos. Pasamos por delante de una ventana de la estación, detrás de la cual se encontraba un telegrafista consumido y pálido, con pelo rojizo y desgreñado, de pómulos salientes, sentado frente al telégrafo. El oficial suspiró y dijo:
       —Seguro que el operador de telégrafos está enamorado de la bella señorita. Vivir en medio de la nada bajo el mismo techo que esa criatura celestial y no enamorarse, eso supera el poder de cualquier hombre. ¡Y qué desgracia, mi querido muchacho, qué broma del destino, tener los hombros fornidos, un aire desaliñado, aburrido, respetable e inteligente, y estar enamorado de esa niñita bonita y tontaina que nunca te presta la más mínima atención! O incluso peor: imagina que el telegrafista enfermo de amor está casado, y supón que su esposa es una mujer de hombros fornidos ella misma, tan desaliñada y respetable como él. ¡Qué agonía!
       Sobre la pequeña plataforma abierta entre nuestro vagón y el siguiente había un guarda apostado, descansando los codos sobre la barandilla y mirando en dirección hacia el lugar donde se encontraba la muchacha. Su desagradable rostro de ternero, flácido, exhausto por las noches en vela y el traqueteo del tren, expresaba un éxtasis combinado con la más honda pesadumbre, como si pudiera ver su propia juventud perdida, su propia felicidad, su sobriedad, su pureza, su esposa, sus hijos, reflejados en la joven. Parecía estar arrepintiéndose de todos sus pecados, y ser consciente con cada fibra de su ser de que la chica no le pertenecía, y que para él, prematuramente envejecido, torpe, con la cara hinchada, la felicidad de un ser humano ordinario y de un pasajero de tren era algo tan lejano como el cielo.
       Sonó la tercera campana y el ruido de silbidos, y el tren se puso en marcha. Al lado de nuestra ventana pasó como un rayo otro guarda, el jefe de estación, el jardín, seguidos de la bella muchacha, con su maravillosa, infantil y juguetona sonrisa.
       Saqué mi cabeza por la ventanilla y pude verla un rato más observando al tren alejarse mientras recorría la plataforma y pasaba por delante de la ventana con el operador de telégrafos al otro lado, y la vi arreglarse el cabello con la mano, y salir corriendo hacia el jardín. El edificio de la estación ya no escondía el crepúsculo. Nos encontrábamos en campo abierto, pero el sol ya se había ocultado y un humo negro se depositaba sobre el maíz joven, verde y aterciopelado. El aire primaveral, el cielo oscurecido, el vagón, todo me resultaba triste.
       El encargado de nuestro vagón entró y se dispuso a encender las velas.




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