Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)
La mujer del boticario (1886)
[Otro título en español: “La boticaria”]
(“Аптекарша”)
Originalmente publicado en la revista Fragmentos, 25 (21 de junio de 1886);
Obras completas (1899, vol. I), con notables cambios
La pequeña ciudad de B***,
compuesta de dos o tres calles torcidas, duerme con sueño profundo.
El aire, quieto, está lleno de silencio. Sólo a lo lejos, en algún
lugar seguramente fuera de la ciudad, suena el débil y ronco tenor
del ladrido de un perro. El amanecer está próximo.
Hace tiempo que todo duerme. Tan
sólo la joven esposa del boticario Chernomordik, propietario de la
botica del lugar, está despierta. Tres veces se ha echado sobre la
cama; pero, sin saber por qué, el sueño huye tercamente de ella.
Sentada, en camisón, junto a la ventana abierta, mira a la calle.
Tiene una sensación de ahogo, está aburrida y siente tal desazón
que hasta quisiera llorar. ¿Por qué...? No sabría decirlo, pero un
nudo en la garganta la oprime constantemente... Detrás de ella, unos
pasos más allá y vuelto contra la pared, ronca plácidamente el
propio Chernomordik. Una pulga glotona se ha adherido a la ventanilla
de su nariz, pero no la siente y hasta sonríe, porque está soñando
con que toda la ciudad tose y no cesa de comprarle Gotas del rey de
Dinamarca. ¡Ni con pinchazos, ni con cañonazos, ni con caricias,
podría despertárselo!
La botica está situada al extremo
de la ciudad, por lo que la boticaria alcanza a ver el límite del
campo. Así, pues, ve palidecer la parte este del cielo, luego la ve
ponerse roja, como por causa de un gran incendio. Inesperadamente, por
detrás de los lejanos arbustos, asoma tímidamente una luna grande,
de ancha y rojiza faz. En general, la luna, cuando sale de detrás de
los arbustos, no se sabe por qué, está muy azarada. De repente, en
medio del silencio nocturno, resuenan unos pasos y un tintineo de
espuelas. Se oyen voces.
“Son oficiales que vuelven de
casa del policía y van a su campamento”, piensa la mujer del
boticario.
Poco después, en efecto, surgen
dos figuras vestidas de uniforme militar blanco. Una es grande y
gruesa; otra, más pequeña y delgada. Con un andar perezoso y
acompasado, pasan despacio junto a la verja, conversando en voz alta
sobre algo. Al acercarse a la botica, ambas figuras retrasan aún más
el paso y miran a las ventanas.
—Huele a botica —dice el
oficial delgado—. ¡Claro..., como que es una botica...! ¡Ah...! ¡Ahora
que me acuerdo... la semana pasada estuve aquí a comprar aceite de
ricino! Aquí es donde hay un boticario con una cara agria y una
quijada de asno. ¡Vaya quijada...! Con una como ésa, exactamente,
venció Sansón a los filisteos.
—Si... —dice con voz de bajo
el gordo—. Ahora la botica está dormida... La boticaria estará
también dormida... Aquí, Obtesov, hay una boticaria muy guapa.
—La he visto. Me gusta mucho.
Diga, doctor: ¿podrá querer a ese de la quijada? ¿Será posible?
—No. Seguramente no lo quiere
—suspira el doctor con expresión de lástima hacia el boticario—.
¡Ahora, guapita..., estarás dormida detrás de esa ventana...! ¿No
crees, Obtesov? Estará con la boquita entreabierta, tendrá calor y
sacará un piececito. Seguro que el tonto boticario no entiende de
belleza. Para él, probablemente, una mujer y una botella de lejía es
lo mismo.
—Oiga, doctor... —dice el
oficial, parándose— ¿ Y si entráramos en la botica a comprar algo?
Puede que viéramos a la boticaria.
—¡Qué ocurrencia! ¿Por la
noche?
—¿Y qué...? También por la
noche tienen obligación de despachar. Anda, amigo... Vamos.
—Como quieras.
La boticaria, escondida tras los visillos, oye un fuerte campanillazo
y, con una mirada a su marido, que continúa roncando y sonriendo
dulcemente, se echa encima un vestido, mete los pies desnudos en los
zapatos y corre a la botica.
A través de la puerta de cristal,
se distinguen dos sombras. La boticaria aviva la luz de la lámpara y
corre hacia la puerta para abrirla. Ya no se siente aburrida ni
desazonada, ya no tiene ganas de llorar, y sólo el corazón le late
con fuerza. El médico, gordiflón, y el delgado Obtesov entran en la
botica. Ahora ya puede verlos bien. El gordo y tripudo médico tiene
la tez tostada y es barbudo y torpe de movimientos. Al más pequeño
de éstos le cruje su uniforme y le brota el sudor en el rostro. El
oficial es de tez rosada y sin bigote, afeminado y flexible como una
fusta inglesa.
—¿Qué desean ustedes? —pregunta
la boticaria, ajustándose el vestido.
—Denos... quince kopeks
de pastillas de menta.
La boticaria, sin apresurarse,
coge del estante un frasco de cristal y empieza a pesar las pastillas.
Los compradores, sin pestañear, miran su espalda. El médico entorna
los ojos como un gato satisfecho, mientras el teniente permanece muy
serio.
—Es la primera vez que veo a una
señora despachando en una botica —dice el médico.
—¡Qué tiene de particular! —contesta
la boticaria mirando de soslayo el rosado rostro de Obtesov—. Mi
marido no tiene ayudantes, por lo que siempre lo ayudo yo.
—¡Claro...! Tiene usted una
botiquita muy bonita... ¡Y qué cantidad de frascos distintos..! ¿No
le da miedo moverse entre venenos...? ¡ Brrr...!
La boticaria pega el paquetito y
se lo entrega al médico. Obtesov saca los quince kopeks.
Trascurre medio minuto en silencio... Los dos hombres se miran, dan un
paso hacia la puerta y se miran otra vez.
—Deme diez kopeks de sosa
—dice el médico.
La boticaria, otra vez con gesto
perezoso y sin vida, extiende la mano hacia el estante.
—¿No tendría usted aquí, en
la botica, algo...? —masculla Obtesov haciendo un movimiento con los
dedos—. Algo... que resultara como un símbolo de algún líquido
vivificante...? Por ejemplo, agua de seltz. ¿Tiene usted agua de
seltz?
—Si, tengo —contesta la
boticaria.
—¡Bravo...! ¡No es usted una
mujer! ¡Es usted un hada...! ¿Podría darnos tres botellas...?
—La boticaria pega apresurada el
paquete de sosa y desaparece en la oscuridad, tras de la puerta.
—¡Un fruto como éste no se
encontraría ni en la isla de Madeira! ¿No le parece? Pero escuche...
¿no oye usted un ronquido? Es el propio señor boticario, que duerme.
Pasa un minuto, la boticaria
vuelve y deposita cinco botellas sobre el mostrador. Como acaba de
bajar a la cueva, está encendida y algo agitada.
—¡Chis! —dice Obtesov cuando
al abrir las botellas deja caer el sacacorchos—. No haga tanto ruido,
que se va a despertar su marido.
—¿Y qué importa que se
despierte?
—Es que estará dormido tan
tranquilamente... soñando con usted... ¡A su salud! ¡Bah...! —dice
con su voz de bajo el médico, después de eructar y de beber agua de
seltz—. ¡Eso de los maridos es una historia tan aburrida...! Lo
mejor que podrían hacer es estar siempre dormidos. ¡Oh, si a esta
agua se le hubiera podido añadir un poco de vino tinto!
—¡Qué cosas tiene! —ríe la
boticaria.
—Sería magnífico. ¡Qué
lástima que en las boticas no se venda nada basado en alcohol!
Deberían, sin embargo, vender el vino como medicamento. Y vinum
gallicum rubrum..., ¿tiene usted?
—Sí, lo tenemos.
—Muy bien; pues tráiganoslo, ¡qué
diablo...! ¡Tráigalo!
—¿Cuánto quieren?
—¡Cuantum satis!
Empecemos por echar una onza de él en el agua, y luego veremos. ¿No
es verdad? Primero con agua, y después, per se.
El médico y Obtesov se sientan al
lado del mostrador, se quitan los gorros y se ponen a beber vino tinto.
—¡Hay que confesar que es
malísimo! ¡Que es un vinum malissimum!
—Pero con una presencia así...
parece un néctar.
—¡Es usted maravillosa, señora!
Le beso la mano con el pensamiento.
—Yo hubiera dado mucho por poder
hacerlo no con el pensamiento —dice Obtesov—. ¡Palabra de honor
que hubiera dado la vida!
—¡Déjese de tonterías! —dice
la señora Chernomordik, sofocándose y poniendo cara seria.
—Pero ¡qué coqueta es usted...!
—ríe despacio el médico, mirándola con picardía—. Sus ojitos
disparan ¡pif!, ¡paf!, y tenemos que felicitarla por su victoria,
porque nosotros somos los conquistados.
La boticaria mira los rostros
sonrosados, escucha su charla y no tarda en animarse a su vez.
¡Oh...! Ya está alegre, ya toma parte en la conversación, ríe y
coquetea, y por fin después de hacerse rogar mucho de los compradores,
bebe dos onzas de vino tinto.
—Ustedes, señores oficiales,
deberían venir más a menudo a la ciudad desde el campamento —dice—,
porque esto, si no, es de un aburrimiento atroz. ¡Yo me muero de
aburrimiento!
—Lo creo —se espanta el
médico—. ¡Una niña tan bonita! ¡Una maravilla así de la
naturaleza, y en un rincón tan recóndito! ¡Qué maravillosamente
bien lo dijo Griboedov! “¡Al rincón recóndito! ¡Al Saratov...!”
Ya es hora, sin embargo, de que nos marchemos. Encantados de haberla
conocido..., encantadísimos... ¿Qué le debemos?
La boticaria alza los ojos al
techo y mueve los labios durante largo rato.
—Doce rublos y cuarenta y ocho kopeks
—dice.
Obtesov saca del bolsillo una
gruesa cartera, revuelve durante largo tiempo un fajo de billetes y
paga.
—Su marido estará durmiendo
tranquilamente... estará soñando... —balbucea al despedirse,
mientras estrecha la mano de la boticaria.
—No me gusta oír tonterías.
—¿Tonterías? Al contrario...
Éstas no son tonterías... Hasta el mismo Shakespeare decía: “Bienaventurado
aquel que de joven fue joven...”
—¡Suelte mi mano!
Por fin, los compradores, tras
larga charla, besan la mano de la boticaria e indecisos, como si se
dejaran algo olvidado, salen de la botica. Ella corre a su dormitorio
y se sienta junto a la ventana. Ve cómo el teniente y el doctor, al
salir de la botica, recorren perezosamente unos veinte pasos. Los ve
pararse y ponerse a hablar de algo en voz baja. ¿De qué? Su corazón
late, le laten las sienes también... ¿Por qué...? Ella misma no lo
sabe. Su corazón palpita fuertemente, como si lo que hablaran
aquellos dos en voz baja fuera a decidir su suerte. Al cabo de unos
minutos el médico se separa de Obtesov y se aleja, mientras que
Obtesov vuelve. Una y otra vez pasa por delante de la botica... Tan
pronto se detiene junto a la puerta como echa a andar otra vez. Por
fin, suena el discreto tintineo de la campanilla.
La boticaria oye de pronto la voz
de su marido, que dice:
—¿Qué...? ¿Quién está ahí?
Están llamando. ¿Es que no oyes...? ¡Qué desorden!
Se levanta, se pone la bata y,
tambaleándose todavía de sueño y con las zapatillas en chancletas,
se dirige a la botica.
—¿Qué es? ¿Qué quiere usted?
—pregunta a Obtesov.
—Deme..., deme quince kopeks
de pastillas de menta.
Respirando ruidosamente,
bostezando, quedándose dormido al andar y dándose con las rodillas
en el mostrador, el boticario se empina hacia el estante y coge el
frasco...
Unos minutos después la boticaria
ve salir a Obtesov de la botica, le ve dar algunos pasos y arrojar al
camino lleno de polvo las pastillas de menta. Desde una esquina, el
doctor le sale al encuentro. Al encontrarse, ambos gesticulan y
desaparecen en la bruma matinal.
—¡Oh, qué desgraciada soy! —dice
la boticaria, mirando con enojo a su marido, que se desviste
rápidamente para volver a echar a dormir—. ¡Que desgraciada soy!
—repite.
Y de repente rompe a llorar con
amargas lágrimas Y nadie... nadie sabe...
—Me he dejado olvidados quince kopeks
en el mostrador —masculla el boticario, arropándose en la manta—.
Haz el favor de guardarlos en la mesa.
Y al punto se queda dormido.
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