Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Los amigos sin dinero (1951)
(“Gli amici senza soldi”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (28 de enero de 1951);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Se dicen muchas cosas sobre la amistad, pero, en resumidas cuentas, ¿qué quiere decir ser amigo? ¿Bastará, como hice yo durante cinco años seguidos, con ver en el bar de la Plaza Mastai siempre al mismo grupo, jugar siempre la partida con los mismos jugadores, discutir de fútbol siempre con los mismos hinchas, ir juntos de excursión, al estadio, al río, comer y beber juntos en la misma hostería? ¿O bien hará falta, de ahora en adelante, dormir en la misma cama, comer con la misma cuchara, sonarse la nariz con el mismo pañuelo? Yo, cuanto más pienso en este asunto de la amistad, más me pierdo. Durante años y años creemos que somos íntimos, uña y carne, como se dice, que nos queremos, que somos como hermanos. Y luego, de pronto, descubrimos en cambio, que los demás habían guardado las debidas distancias y que nos criticaban, e incluso no nos podían ver, y, en resumen, que no experimentaban por nosotros no digo amistad, sino ni siquiera simpatía. Pero entonces, digo yo, ¿la amistad sería una costumbre, como tomar café o comprar el periódico; una comodidad, como la butaca y la cama, o un pasatiempo, como el cine o el cuartillo de vino? Pero si es así, ¿por qué la llaman amistad y no la llaman mejor de otra manera?
       Bueno, yo soy un hombre todo corazón, de esos que no creen en el mal.
       Así, aquel invierno, tras haber tenido una pulmonía, entre el médico que me decía que debía de pasar un mes por lo menos junto al mar, y entre que no tenía dinero porque mis pocos ahorros se habían esfumado en medicinas y tratamientos, le dije a mi madre que las treinta mil liras que necesitaba me las prestarían mis amigos del bar de la Plaza Mastai. Mi madre no es como yo: tan entusiasta, crédulo y desprevenido soy yo como ella es escéptica, amarga, prudente. De modo que aquel día me contestó, sin apartarse del hornillo:
       —Pero ¿qué amigos? Si durante tu enfermedad no ha venido a verte ni siquiera un perro...
       La frase me turbó, porque era verdad, pero me recobré en seguida explicando que eran personas muy ocupadas. Ella sacudió la cabeza, pero no dijo nada. Era por la tarde, la hora en que todos se reunían en el bar. Me abrigué muy bien, porque era la primera vez que salía, y me fui. Al acercarme al bar, con las piernas que apenas me sostenían a causa de mi gran debilidad, digo la verdad, sonreía a mi pesar, y sentía que aquella sonrisa me iluminaba como un rayo de sol la cara demacrada y blanquecina de la enfermedad. Sonreía con alegría anticipada porque me imaginaba la escena: yo que aparecía en el umbral, ellos que me miraban un momento y luego se levantaban todos al tiempo y venían a mi encuentro; y uno me palmeaba el hombro, otro me pedía noticias de mi salud, otro me contaba lo sucedido en mi ausencia. Advertía, en suma, gracias a aquella sonrisa, que quería a mis amigos; y ese encuentro me hacía temblar un poco, como cuando se vuelve a ver, después de mucho tiempo, a una mujer amada. Experimentaba el sentimiento de la amistad, y como suele suceder, me parecía que los otros debían de experimentar lo mismo que yo.
       Cuando me asomé al bar vi, en cambio, que estaba desierto. Sólo estaban el mozo, Saverio, atareado limpiando el mostrador y la máquina del café, y Mario, el dueño, leyendo el periódico sentado ante la caja. La radio encendida dejaba oír, en sordina, una música de baile. Mario, un joven grande y flojo, de cabeza pequeña y ojos de mujer, siempre ojerosos y lánguidos, era para mí, se puede decir, como un hermano. Habíamos crecido juntos en la misma calle, habíamos ido a la escuela juntos, habíamos hecho juntos el servicio militar. Feliz, tembloroso, me acerqué a él, que leía, y en un soplo, pues mitad por la debilidad y mitad por la alegría me fallaba la voz, le dije:
       —Mario...
       —Oh, Gigi...—dijo él alzando la vista, con voz normal—. Los que no mueren se vuelven a ver... ¿Qué has tenido?
       —Pulmonía, y he estado muy enfermo..., tuve que ponerme penicilina... No quiero decirte todo lo que pasé.
       —¿De verdad? —dijo doblando el periódico y mirándome—. Sí, ya se ve... Estás pálido... ¿Pero ya estás curado, no?
       —Sí, estoy curado..., por llamarlo así..., pero apenas puedo sostenerme en pie... El médico dice que tendría que ir por lo menos un mes a orillas del mar...
       —Tiene razón... Son enfermedades peligrosas... ¿Tomas un café?
       —Gracias... ¿Y los amigos?
       —Saverio, un café bien cargado para Gigi... ¿Los amigos? Acaban de salir para irse al cine.
       Ahora había abierto otra vez el periódico, como deseoso de continuar la lectura. Le dije:
       —Mario...
       —¿Qué pasa?...
       —Mira, tendrías que hacerme un favor... Para pasar un mes junto al mar hace falta dinero... Yo no lo tengo... ¿Podrías prestarme diez mil liras? Tan pronto como vuelva a trabajar te las devolveré.
       Él me miró un momento con sus ojos negros y lánguidos. Luego dijo:
       —Veamos —y abrió el cajoncito de la registradora—. Mira —me dijo luego enseñándome el cajón casi vacío—, la verdad es que no las tengo... Hace poco que hice un pago... Lo siento.
       —¿Cómo que no las tienes? —dije desamparado—. Diez mil liras no es mucho...
       —Más aún, es poco —dijo él—, pero hay que tenerlas.
       Y como con una repentina inspiración alzó los ojos hacia el mostrador y gritó:
       —Saverio, ¿tendrías diez mil liras para prestárselas a Gigi?
       El mozo, un pobre hombre con familia, contestó, naturalmente:
       —Señor Mario... ¿Diez mil liras, yo?
       Entonces Mario se volvió hacia mí y me dijo:
       —¿Sabes quién podría prestártelas? Egisto..., tiene un negocio que le da dinero... Seguro que te las presta.
       No dije nada, me había quedado helado. Pero, por guardar las formas, bebí el café y luego pretendí pagarlo. Él comprendió y me dijo:
       —Lo siento, sabes...
       —¡Figúrate! —respondí, y salí.
       Egisto era otro de esos queridos amigos a quienes había visto todos los días del año. A la mañana siguiente, temprano, salí de casa y fui a ver a Egisto. Tenía un comercio de muebles usados detrás de la Plaza Navona, en via di Parione. Cuando llegué ante el comercio lo vi en seguida a través de los cristales de la puerta, de pie entre montones de sillas y banquillos, sobre el fondo de una cómoda, con el abrigo puesto, el cuello levantado hasta la nuca y las manos en los bolsillos. Egisto era un tipo muy corriente: ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, con una cara prudente y malhumorada. Siempre tenía uno u otro ojo enrojecido y semicerrado a causa de un orzuelo, y se comía las uñas a fondo, hasta la carne. Aunque yo ya sentía menos entusiasmo, cuando llamé “Egisto” había aún un temblor de alegría en mi voz. Él dijo: “Hola, Gigi”, muy fríamente, pero no hice mucho caso porque sabía que tenía un carácter frío. Entré y le dije francamente:
       —Egisto, he venido para pedirte un favor.
       —De momento, cierra la puerta, que tengo frío —respondió él.
       Cerré la puerta y repetí la frase. Él se fue al fondo del comercio, a un rincón oscuro donde había un viejo escritorio y una silla, y se sentó diciendo:
       —Pero tú has estado enfermo... Cuéntame..., ¿qué tuviste?
       Comprendí por su tono que quería hablar de la enfermedad para evitar la conversación sobre el favor que iba a pedirle. Corté por lo sano respondiendo secamente:
       —He tenido una pulmonía.
       —¿De verdad?... ¿Y lo dices tan tranquilo?... Cuéntame un poco...
       —No quería hablarte de esto precisamente —le dije—; primero, el favor..., necesito urgentemente quince mil liras... Préstamelas; dentro de un mes te las devuelvo.
       Había aumentado la suma porque, al fallar Mario, ya eran dos solamente los que podían prestármelas.
       Él empezó a roerse la uña del índice y luego se dedicó a la del medio. Por último dijo sin mirarme:
       —Quince mil liras no puedo prestártelas... Pero puedo indicarte la manera de ganar quinientas al día, o incluso mil, sin gran trabajo.
       Confieso que lo miré casi con esperanza.
       —¿Y cómo?
       Abrió el cajón del escritorio, sacó un recorte de periódico y me lo tendió, diciendo:
       —Lee eso.
       Lo cogí y leí: “De quinientas a mil liras al día podrán ganar sin mucho trabajo en su domicilio fabricando objeto artístico ocasión Año Santo. Enviar quinientas liras al apartado de Correos, etc.”.
       Durante un momento me quedé con la boca abierta. Hay que saber que yo conocía ya ese anuncio: se trataba de unos listos de la provincia que explotaban la credulidad de la pobre gente. Uno enviaba quinientas liras y recibía a cambio un modelo de papel con agujeros sobre el que había que pasar tinta china, poniéndolo sobre tarjetas postales. Así aparecía la silueta de San Pedro. Luego había que colocar las tarjetas, y ellos decían que, dada la gran afluencia de peregrinos, se podían vender fácilmente unas cincuenta o cien por día, a cincuenta liras cada una. Le devolví el recorte, observando:
       —Creía que eras un amigo.
       Él ahora se comía la uña del anular. Contestó sin alzar los ojos:
       —Y lo soy...
       —Adiós, Egisto.
       —Adiós, Gigi.
       Desde la via di Parione fui a coger el autobús en el corso Vittorio y me dirigí hacia la via dei Quattro Santi Coronati. Allí estaba el otro amigo con el que había contado para el préstamo: Attilio. Era el tercero y último, porque los demás del grupo eran pobres y, aunque hubieran querido, no habrían podido prestarme un céntimo. Yo había calculado bien, como pueden ver ustedes: Mario poseía un bar bien encarrilado, Egisto trabajaba mucho con su negocio de muebles usados, y este Attilio, por su parte, se embolsaba buenos cuartos con un garaje, alquilando coches y haciendo reparaciones. También él era, se puede decir, como un hermano; hasta había sido padrino de bautismo de su hija.
       Lo encontré tumbado bajo un coche, en la acera, con la cabeza y el pecho debajo y las piernas fuera. Lo llamé: “Attilio”, pero esta vez mi voz ya no temblaba. Se atareó todavía un momento y luego apareció poco a poco, secándose la cara, completamente sucia de aceite de motor, con la manga del mono. Era un hombre membrudo, con una cara hosca, color de pan crudo, ojos pequeños, frente baja y una vieja cicatriz sobre la ceja izquierda. Dijo de inmediato:
       —Mira, Gigi, que si se trata de un coche no hay nada que hacer..., los tengo todos fuera y la camioneta descubierta está en reparación.
       —No se trata de un coche... —contesté—, he venido para pedirte un favor: préstame veinticinco mil liras.
       Me miró ceñudo y luego dijo:
       —Veinticinco mil liras..., te las doy en seguida... Espera.
       Yo me quedé aturdido, porque ya no me lo esperaba. Fue lentamente hacia la chaqueta, colgada de un clavo dentro del garaje, sacó la cartera y luego volvió hacia mí, preguntándome:
       —¿Las quieres en billetes de mil o en billetes de cinco mil?
       —Como quieras, me es igual.
       Me miraba fijamente, con una cara que parecía henchida de una amenaza que yo no podía comprender. Insistió:
       —¿O quizás quieres una parte en billetes de cien?
       —No, gracias; está bien en billetes de mil.
       —Aunque —dijo como asaltado por una repentina sospecha— quizás necesites treinta mil... Si las necesitas, dímelo sin miedo.
       —Bueno, lo has adivinado, digamos treinta mil... Es exactamente la suma que necesito.
       —Pon la mano.
       Tendí la mano. Entonces él retrocedió un paso y dijo con una voz truculenta:
       —Dime la verdad, ¿es que te has creído, jovencito, que el dinero que tanto me cuesta ganar voy a gastarlo con un haragán como tú?... ¿Te lo has creído, eh? Pues estás muy equivocado.
       —Pero yo...
       —Tú eres tonto..., ni cien liras... Trabaja, haz algo, en vez de pasar el tiempo en el café.
       —Podías habérmelo dicho en seguida —comencé, furioso—, no está bien lo que has hecho...
       —Y ahora, lárgate —dijo él—, lárgate inmediatamente... ¡Andando!
       No pude contenerme y le dije:
       —¡Sinvergüenza!
       —¡Eh! ¿Qué has dicho? —gritó, agarrando un barrote de hierro—. ¡Ea, repítelo!
       En resumidas cuentas, tuve que escapar o de lo contrario me pegaba. Aquella mañana volví a mi casa y me parecía que había envejecido diez años. Mi madre, desde la cocina, me preguntó:
       —Bueno, ¿te han prestado tus amigos el dinero?
       —No los encontré —respondí.
       Pero al sentarnos a la mesa, viéndome acobardado, ella me dijo:
       —Confiesa la verdad: no han querido prestártelo... Por suerte tienes a tu madre... Ahí está el dinero —y se sacó del bolsillo tres billetes de diez mil, enseñándomelos.
       Le pregunté cómo se las había arreglado y me contestó que el amigo del pobre es el Monte de Piedad; queriendo decir con esto que había empeñado algo para procurarme ese dinero. En efecto, había empeñado algunas alhajas de oro, y hasta hoy no ha podido aún desempeñarlas. Bueno, pasé aquel mes en Santa Marinella. Salía en barca, por la mañana, al sol, y algunas veces, inclinándome a mirar bajo el agua a todos los peces grandes y chicos que por allí nadaban, me preguntaba si, por lo menos entre los peces, existiría la amistad. Entre los hombres, no, aunque la palabra la hayan inventado ellos.




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