Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

La amistad (1950)
(“L’amicizia”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (1 de octubre de 1950);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Mariarosa es un nombre doble, y la mujer que llevaba este nombre era doble también, tanto en lo físico como en lo moral. Tenía una carota blanca y roja, ancha como una luna llena, desproporcionada con su cuerpo, que era normal; hacía pensar en esas rosas que se llaman “repollos” precisamente porque son tupidas y gruesas como repollos, y, en suma, al verla se pensaba que con una cara así se podrían hacer fácilmente dos. Esta carota suya, además, estaba siempre plácida, sonriente, seráfica, todo lo contrario de su carácter, que, como advertí a mi costa, era endiablado, en cambio. Y por eso he dicho que era doble también en lo moral.
       Le había hecho la corte de todas las maneras; primero, respetuosa, galante, insinuante; luego, al ver que no me hacía caso, había probado a ser más entrometido y agresivo, esperándola en medio de la escalera, en el rellano más oscuro, intentando besarla a la fuerza; me había ganado algunos empujones y, para acabar, un bofetón. Entonces había pensado en hacerme el desdeñoso, el ofendido, en no saludarla, en volverme hacia otro lado cuando la encontraba; peor, parecía como si yo no existiera para ella. Por último me había puesto implorante, le había suplicado, incluso llegué a rogarle que me quisiera con lágrimas en los ojos: nada. Y si al menos me hubiera desanimado por completo, para siempre; pero, maligna, precisamente cuando iba a mandarla al diablo me volvía a atrapar con una frase, una mirada, un gesto. Posteriormente he comprendido que, para una mujer, los pretendientes son como los collares y los brazaletes: adornos de los que, si puede, prefiere no deshacerse. Pero entonces, ante aquella mirada o aquel gesto, pensaba: —“Sin embargo, bajo todo esto hay algo... Volvamos a intentarlo”. De pronto me enteré de que aquella coqueta se había prometido con mi mejor amigo, Attilio. Me dio rabia por muchos motivos: ante todo, porque me la había jugado ante mis narices, sin decirme nada, y, además, porque a Attilio se lo había presentado yo; y así, sin saberlo, les había tenido la vela.
       Pero soy un buen amigo y, para mí, la amistad es ante todo. Había querido a Mariarosa; pero desde el momento en que se había convertido en la novia de Attilio era sagrada para mí. Ella habría querido, quizás, continuar hostigándome; pero yo se lo hice entender de todas las maneras y, por fin, un día, se lo dije claramente:
       —Tú eres una mujer y no entiendes la amistad... Pero tú, desde que te has puesto con Attilio, para mí es como si no existieras... Ni te veo, ni te oigo... ¿Entendido?
       De momento pareció darme la razón. Pero como continuaba coqueteando decidí no volverla a ver y cumplí mi palabra. Supe después que se habían casado y se habían ido a vivir con la hermana de ella, que era enfermera. Y que Attilio, que solía estar sin trabajo nueve días de cada diez, había encontrado un puesto de cargador en una empresa de transportes. Mariarosa, en cambio, trabajaba como antes, de planchadora, pero a jornal. Estas informaciones me tranquilizaron, en cierto sentido. Sabía, en suma, que no lo pasaban muy bien y que el matrimonio tampoco podía marchar bien. Pero, como buen amigo leal, continué sin dar señales de vida. Un amigo es un amigo y la amistad es sagrada.
       Soy fontanero y, ya se sabe, los fontaneros van de una casa a otra, y, así, llegan incluso a donde no deberían llegar. Uno de esos días, mientras iba a casa de un cliente con la bolsa de las herramientas al hombro y un tubo de plomo enrollado al brazo, sentí que me llamaban por mi nombre al pasar por Ripetta:
       —¡Ernesto!
       Me volví; era ella. Al verla, con aquella carota sólida, plácida y socarrona sobre un cuerpo de cinturita de avispa y caderas y pecho rotundos, me volvió el antiguo sentimiento y casi me quedé sin aliento. Pero pensé: “Eres un amigo..., compórtate como un amigo.” Le dije, muy seco:
       —Los que no mueren se vuelven a ver.
       Ella tenía el fardo de la compra bajo el brazo, lleno de verdura y de paquetes de papel amarillo. Me dijo, sonriendo:
       —¿No me reconoces?
       —Ya te lo he dicho: los que no mueren se vuelven a ver.
       —¿Por qué no me acompañas a casa? —continuó—. Justamente esta mañana me he dado cuenta de que la tubería del fregadero, en la cocina, está atascada... Anda, acompáñame.
       —Si es para una reparación, está bien... —respondí, con lealtad.
       Ella me lanzó una de sus ojeadas, que en otros tiempos hacían que la cabeza me diera vueltas, y añadió:
       —Pero tendrás que llevarme este bulto...
       Y así, cargado como un burro, con la bolsa de las herramientas, el tubo de plomo y el fardo de la compra, marché tras ella, que me precedía.
       No fuimos muy lejos, en una perpendicular a via Ripetta nos metimos en un portalito que parecía la entrada de una gruta, subimos por una escalera asquerosa, húmeda, oscura, maloliente. A la mitad de la escalera ella se volvió y me dijo, sonriendo:
       —¿Te acuerdas cuando te apostabas en el rellano, a oscuras...? Qué miedo me dabas... ¿o ya te has olvidado?
       —Mariarosa, no me acuerdo de nada —respondí, rígido— ...recuerdo sólo que soy amigo de Attilio y que la amistad ante todo.
       —¿Y quién te ha dicho que no tienes que ser su amigo? —respondió ella, desconcertada.
       Entramos en el departamento; tres habitacioncitas del último piso, con ventanas que daban a un patio que parecía un pozo, negro y sin sol. En la cocina no podía uno moverse y la puerta-ventana daba al balconcillo donde estaba el retrete. Mariarosa se sentó en una silla, espatarrada, con el regazo lleno de judías verdes para despuntar, y yo, dejando la bolsa en el pavimento, me arrodillé junto al fregadero para hacer la reparación. Vi en seguida que el tubo estaba pasado y que había que poner otro nuevo, y le advertí:
       —Mira que hace falta poner un tubo nuevo..., ¿puedes pagarlo?
       —¿Y la amistad?
       Me mordí los labios, pensando: —“Amistad de doble filo”, pero no dije nada. Cogí las tenazas, quité la guarnición, que estaba pasada igual que el tubo, saqué de la bolsa el soplete para soldar, le eché gasolina, siempre en silencio. En este momento sentí que me preguntaba:
       —¿Eres realmente amigo de Attilio?
       Me volví a mirarla; estaba con los ojos bajos, sonriente, melíflua, atenta a sus judías. Le dije:
       —Claro que sí...
       —Entonces —continuó, tranquila—, puedo hablar libremente contigo... Quisiera que me digas, tú que lo conoces bien, si ciertas impresiones mías son exactas.
       Le contesté que hablara sin miedo; entre tanto, había encendido la llama y la regulaba. Ella continuó:
       —Por ejemplo, ¿no te parece que ese puesto que ha encontrado no es adecuado para él...? Hacer de porteador...
       —De cargador, querrás decir...
       —Hacer de porteador no es un oficio..., yo insisto para que estudie enfermero... Luego, mi hermana podría hacerlo entrar en el Policlinico...
       Entre tanto yo había colocado el tubo. Cogí el soplete y, casi sin pensarlo, manteniéndolo en el aire, le pregunté:
       —¿Quieres la verdad o que te responda con cumplidos?
       —La verdad.
       —Bueno, yo soy amigo de Attilio, pero eso no me impide ver sus defectos... Ante todo, es perezoso.
       —¿Perezoso?
       Cogí un trozo de estaño, acerqué el soplete y comencé la soldadura. La llama rugía y yo, para dominar el ruido, levanté la voz:
       —Sí, perezoso... Tú, querida, tendrás que habituarte a tener un marido desocupado... Yo sí que soy trabajador..., pero él, no; a él le gusta levantarse tarde, dar una vuelta por ahí, ir al café, leer el periódico con las noticias deportivas, discutirlas... Justo un cargador, si acaso... Pero enfermero es un trabajo de responsabilidad... No, no lo veo muy claro.
       —Pero yo —continuó ella, siempre con su voz tranquila y reflexiva— ni siquiera estoy segura de que tenga ese trabajo... Dice que se va a trabajar... Pero todavía no he visto nada de dinero... Empiezo a pensar que puede haberme dicho una mentira... ¿Qué piensas tú?
       —¿Mentiras? —respondí sin reflexionar—. Es el mentiroso más grande que conozco... Te hace ver lo que no hay... En cuanto a mentiras, puedes estar tranquila...
       —Es precisamente lo que yo pensaba...; pero si no va al trabajo, ¿qué es lo que hará? No creo que no haga más que dar vueltas e ir al café..., debe de haber algo más... Siempre tiene prisa y siempre está muy preocupado —se interrumpió para coger de la mesa una olla en la que poner las judías, ya peladas. La miré por encima del hombro: sonriente, tranquila, serena. Continuó tras un momento—: ¿Sabes lo que pienso? Que hay una mujer... Tú, que lo conoces, me puedes decir si es cierto.
       Una voz en mi interior me advertía: “Ten cuidado, Ernesto, ve despacito..., es una trampa”. Pero ya sea porque el rencor era más fuerte que la prudencia, ya sea porque al verla despotricar de aquella forma contra su marido comenzaba a concebir de nuevo esperanzas, no pude dejar de contestarle:
       —Digo que tienes razón... Para él, las mujeres lo son todo... Guapas o feas, jóvenes o viejas... ¿No lo sabías?
       La soldadura estaba acabada. Apagué el soplete y con el dedo igualé el estaño, todavía blando. Luego comencé a apretar la tuerca con la llave inglesa. Ella, entre tanto, muy tranquila, decía:
       —Sí, algo sabía, pero nada concreto... Ahora, ¿sabes lo que se me ha ocurrido?... Que se entiende con Emilia, esa chica de pelo rojo que trabajaba conmigo en el taller de planchado, ¿no la conoces?... ¿Qué piensas?
       Me puse de pie. Mariarosa, que había puesto las judías en la olla, se levantó también, sacudiéndose el traje para que cayesen las peladuras. Luego fue al fregadero, puso la olla bajo el grifo y dejó correr el agua. Fui tras ella y la cogí con ambas manos por la cintura, tan fina, diciendo:
       —Sí, es verdad, ve a Emilia todos los días; al anochecer la espera a la salida de la planchadora y la acompaña a su casa. Ya lo sabes todo, ¿qué esperas?
       Ella apenas volvió el rostro, sonriendo, y contestó:
       —Ernesto, ¿no has dicho que eras amigo suyo? ¡Déjame!
       Por toda respuesta, traté de abrazarla. Pero ella se soltó y dijo con dureza:
       —Ya has hecho la reparación... Será mejor que te vayas.
       Me mordí la lengua y respondí:
       —Tienes razón..., pero tú me haces perder la cabeza... Es preciso que me acuerde siempre de que soy amigo de Attilio y de que tú eres su mujer.
       Mientras hablaba así, mortificado, recogí las herramientas e hice un ademán para despedirme de ella e irme. En ese momento se abrió la puerta de la cocina y apareció Attilio.
       Me saludó contento, como un amigo:
       —Hola, Ernesto.
       —Mariarosa me pidió que arreglara el tubo... —respondí—; ya está listo, he puesto un tubo nuevo.
       —Gracias —dijo él acercándose—, muchas gracias...
       En ese momento la voz de Mariarosa, tranquila pero forzada, nos hizo volvernos a ambos:
       —¡Attilio!...
       Estaba de pie ante el fogón, con una sonrisa en medio de la cara, la mano posada en el mármol. Continuó, sin tomar aliento, sin levantar la voz:
       —Attilio, también Ernesto dice que eres perezoso y que no tienes ganas de trabajar...
       —¿Has dicho eso?
       —Y, como yo pensaba, ha dicho también que eres un mentiroso y que quizás, quizás, ni siquiera tienes ese puesto de cargador...
       —¿Has dicho eso?
       —Y además me ha confirmado lo que ya sabía: que ves a Emilia todos los días y haces el amor con ella... Mientras yo trabajo como una esclava y me deslomo planchando por las casas, tú te diviertes con Emilia... y me dices que vas al trabajo... Es inútil que ahora digas que no... Ernesto, que es amigo tuyo y te conoce, me lo ha confirmado todo...
       Hablaba con una voz muy tranquila, y yo por primera vez comprendí que me había dejado arrastrar a confiar en una loca. En efecto, apenas había acabado de hablar, mientras él, amenazante, se me acercaba repitiendo: “¿Has dicho eso?”, cogió una plancha que estaba sobre el hornillo y se la arrojó a la cabeza. Con tanta precisión que, si él no llega a bajar la cabeza, lo mata. Luego no sabría decir lo que pasó. Ella, rígida, tranquila y loca, continuaba cogiendo del hornillo objetos pesados y peligrosos, como cuchillos, rodillos, ollas, y tirándoselos encima; él, tras dos o tres intentos de escudarse, cogió la puerta y escapó. También yo escapé, abandonando en el suelo dos o tres metros de plomo, y corrí por las escaleras a tumba abierta, mientras él me gritaba:
       —¡Que no te vuelva a ver, sabes!... ¡Como te eche la vista encima, te mato!
       No me sentí seguro hasta que pasé el puente y me encontré en los jardincillos de la Plaza de la Libertà. Allí me senté en un banco, para recuperar el aliento. Entonces pensé que había sido la amistad la que me había hecho hablar así, precisamente porque sabía que Attilio era de esa manera y me disgustaba, y me juré para mis adentros que desde ese día no sería amigo de nadie.




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