Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

El apetito (1952)
(“L’appetito”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (9 de noviembre de 1952);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Si una mañana pasan ustedes junto al Policlínico, en ese punto de las murallas donde aparecen, unas junto a otras, esas lápidas blancas agradeciendo favores recibidos o por recibir, que parecen sellos pegados en un sobre, verán, a poca distancia de la capillita de la Virgen, un quiosco de florista grande y hermoso, lleno de tiestos de flores, de estatuillas coloreadas, de canastillos ya dispuestos con sus cintas y todo. Allí compran los parientes y amigos flores para llevarlas a los pobres enfermos; allí se abastece todo el barrio. La florista es una mujer gorda, rubia y alta, y tiene un hijo a su imagen y semejanza que la ayuda en el oficio. Carlo, así se llama, tiene diecinueve años y pesará un buen quintal. Háganme caso y mírenlo: tiene la cara gorda y pecosa, gafas gruesas de miope y cabellos rojos cortados a cepillo. El pecho le tiembla al menor movimiento, como el de una mujer; tiene barriga, y dos piernas que parecen un monumento. Viste siempre al estilo americano, con una cazadora y pantalones rayados; la cazadora se le ajusta como un corpiño, y los pantalones, cuando se inclina, dan siempre la impresión de que van a reventársele por detrás. Carlo y yo éramos amigos y ahora ya no lo somos, y lo siento, aunque no sea más que porque, con su físico, alejaba toda idea de tristeza. Para quitarse de encima la melancolía bastaba con verlo comer. ¡Válgame Dios! ¡Qué apetito! No he conocido a nadie como Carlo. Era capaz, como nadie, de dar buena cuenta de medio kilo de spaghetti en salsa, con pan, y luego decir descontento:
       —Estos spaghetti ni me han llegado a un diente... Mamá, tengo hambre.
       Hasta el punto de que a veces los amigos lo invitaban a una trattoria sólo por el placer de verlo comer. Y no se hacía rogar: una noche, en la Stelletta, se devoró un corderito entero en menos de media hora; lo chupó, lo trituró, no dejando en el plato más que un montoncito de huesos. Estas comilonas no se las daba en su casa porque su madre era cicatera y las flores no dan para banquetear. Por eso, sabiendo que verlo comer era todo un espectáculo, él mismo proponía:
       —¿Me invitáis esta noche? Como a destajo, sin límite de cantidad, ¿os parece?
       Uno de aquellos domingos Carlo me comunicó que estábamos invitados los dos a comer en casa de su novia, Faustina. Me asombré, porque yo no tenía confianza con la familia de Faustina y no veía el motivo de la invitación. Pero al llegar a la cita en el corso de Italia, cuando vi a Carlo, comprendí que había algún motivo. Carlo, con las manos en los bolsillos, parecía triste y acobardado y suspiraba. Mientras nos dirigíamos hacia casa de Faustina le pregunté qué tenía y me respondió con un suspiro. Insistí; nuevo suspiro. Dije por fin:
       —Oye, si no quieres decírmelo, no me lo digas... Pero deja ya de suspirar... Pareces una foca.
       —¿Por qué? ¿Es que las focas suspiran?
       —No; pero si suspiraran, suspirarían como tú.
       Él suspiró de nuevo y luego explicó:
       —He hecho que te inviten hoy para que me ayudes... ¿Me lo prometes?
       Se lo prometí, y entonces él, sin dejar de suspirar, me dijo:
       —Faustina ya no me quiere.
       Confieso que mi primer movimiento fue de satisfacción. Faustina me gustaba y nunca había podido comprender qué encontraba en Carlo. Pero soy un buen amigo y nunca me había atrevido no digo a hacerle la corte, sino ni siquiera a dejárselo entender. Dije fingiendo indiferencia:
       —Bueno, lo siento... Pero ¿qué puedo hacer yo?
       —Puedes hacer muchísimo... A mí, Faustina no me hace caso... Pero tú tienes influencia sobre ella..., tú sabes hablar... No quería volverme a ver, he insistido en tener una explicación y entonces nos ha invitado: tú debes hablar con ella y decirle que yo la quiero mucho y que no debe dejarme.
       Yo contesté que las mujeres no se dejan convencer con razonamientos; pero al final, como me lo rogaba tanto, acabé por aceptar. Mientras tanto habíamos llegado a casa de Faustina, junto al mercado de la Plaza Alessandria. Subimos las escaleras, llamamos; la madre de Faustina, una mujercita de pelo gris, vino a abrirnos con un aventador en la mano, gritó:
       —¡Por lo menos vosotros habéis venido! —y escapó hacia la cocina.
       Pasamos al comedor, que en los días corrientes servía de probador al padre de Faustina, que trabajaba como sastre. Estaba preparada una mesa para ocho entre las cuatro paredes cubiertas de figurines y de páginas arrancadas de revistas de moda; en un rincón había un maniquí de mujer, con una chaqueta hilvanada. Me pareció que en el piso había una gran confusión; se oía a la madre chillar, enfurecida, y a alguien que le contestaba. Luego se abrió con ímpetu la puerta y entró Faustina. Era una muchachita de dieciocho años, pequeña y menuda, con cabellos crespos, frente huidiza, ojos verdes y boca grande: no era guapa, aunque sí provocativa. Nos gritó muy alegre:
       —Hola, Carlo; hola, Mario... Mamá está enfadada porque había calculado pasta para ocho, y en cambio papá, Gino y Alfredo han dicho que comen fuera, por culpa del partido; tampoco viene Annamaría, porque la ha invitado su novio..., y yo voy a salir, también me han invitado... De modo que os habéis quedado sólo los tres y mamá está enfadada porque dice que la carne puede dejarla para luego, pero la pasta asciutta, no.
       Dijo todas estas palabras de un tirón, y luego, levantándose por detrás el vestido para que no se le arrugase, fue a sentarse en un viejo diván amarillo todo desfondado y roto, y continuó:
       —Oye, Carlo, te he hecho venir hoy con tu amigo porque mamá me había dicho que debía de darte esta satisfacción... Pero ya te lo digo desde ahora: es inútil que insistas.
       No sé por qué me gustaron estas palabras, pronunciadas con tanta desenvoltura. Tanto más que ella, al decirlas, no había mirado a Carlo, sino a mí; y nuestras miradas se habían encontrado; y ella, me había parecido, me sonrió con coquetería. Carlo, entre tanto, lloriqueaba:
       —Pero si no me quieres, ¿qué hago yo?
       Ella se echó a reír muy a gusto, mostrando los dientes, anchos y pequeños:
       —Ya encontrarás otra..., o no la encontrarás... Me importa un pepino... Con tal de que no volvamos a vernos, porque estoy harta.
       —¿Por qué estás harta?... ¿Qué te he hecho yo?... ¿Por qué la has tomado conmigo?
       Ella saltó, pero alegremente, siempre mirándome a mí y no a él con sus ojos verdes:
       —La he tomado contigo por lo que eres... Un gordinflón, un colchón, un comilón... Sólo piensas en comer, y cuanto más comes más gordo te pones... Mis amigas dicen que me caso con el rey Faruk... Yo, a tu lado, parezco una pulga junto a un elefante... No estoy hecha para ti.
       —Pero yo te quiero.
       —Y yo no te quiero..., ni siquiera un poco.
       ¿Han visto ustedes alguna vez llorar a un gordo? El flaco, cuando llora, parece sincero, pero se diría que el gordo finge. Carlo se quitó las gafas y comenzó a sollozar en su pañuelo. Entró la madre con una sopera repleta de pasta asciutta con salsa de tomate, y preguntó sorprendida:
       —¿Qué ha sucedido? ¿Qué le pasa a Carlo?
       —Llora —dijo Faustina alegre, encogiéndose de hombros. Y luego, levantándose del diván—: Bueno, yo me voy... Has querido venir, te he repetido lo que ya te había dicho y ahora me voy... Tengo que hacer.
       —Pero ¿no comes? —gritó la madre.
       —No; comeré después... Apártame algo... Adiós, Carlo, y buen apetito... Hasta la vista, Mario.
       Y mientras hablaba así me estrechó la mano, mirándome fijamente con sus ojos verdes, y sentí que, en vez de apretar, rozaba mis dedos con los suyos.
       —Bueno —dijo la madre irritada—, sólo quedáis vosotros dos... Sentaos a la mesa y vamos a comer.
       —No tengo hambre —dijo Carlo. Pero, como por encanto, sus lágrimas se habían secado y sus ojos se habían posado en la sopera.
       Yo no tenía hambre de verdad; aquellas miradas y aquel contacto con los dedos de Faustina me habían turbado. Me aventuré a decir:
       —¿Y si nos fuéramos?
       —¿Y tiro la comida? —gritó la madre poniéndose en jarras—. ¡Pasta amasada en casal... ¡Ea, sentaos y comed!
       —No tengo hambre —protestó Carlo débilmente.
       Pero en aquel momento Faustina se asomó a la puerta y gritó:
       —¿Es que quieres hacernos creer que no tienes hambre?... Venga, guapo, siéntate a comer.
       Se arrojó sobre él, que estaba hundido en el diván, lo agarró de la mano, lo obligó a levantarse y a sentarse a la mesa, le anudó la servilleta en torno al cuello, le puso el tenedor en la mano. Mientras tanto, la madre, contenta, servía en el plato de Carlo una montaña de pasta asciutta. Carlo repetía sofocado:
       —Pero no tengo hambre...
       Pero aquel plato humeante, de un hermoso color claro de tomate fresco, debía de abrirle el apetito, porque, sin dejar de repetir con voz lacrimosa: “No tengo hambre”, comenzó, aturullado, a enrollar la pasta en el tenedor.
       —¡Que aproveche! —gritó Faustina, escapando de nuevo del cuarto.
       También la madre había salido, tras haberme llenado el plato. Carlo levantó el tenedor cargado de pasta y luego, con voz lloriqueante, dijo despacio:
       —Mario, ve junto a Faustina..., antes de que salga... Puede ocurrir que contigo, a solas...
       No acabó, e inclinando la cabeza se metió la pasta en la boca. Entre tanto continuaban brotando lágrimas de sus ojos, mientras comía. Le dije contento:
       —Tienes razón, puede que a solas me haga caso... Tú come mientras tanto... Voy y vuelvo.
       Salí y me fui directamente al cuarto de Faustina. Estaba de pie, con una combinación verde claro, ante el espejo del armario, retocándose los labios. Cerré la puerta, fui a su lado y, pasándole un brazo alrededor de la cintura, le dije simplemente:
       —¿Nos vemos mañana?
       Me miró de soslayo con sus ojos verdes, muy engreída:
       —No, hoy.
       —¿Hoy, cuándo?
       —Espérame abajo, en el bar, dentro de media hora.
       No dije nada, di media vuelta y salí. Volví al comedor. Carlo comía ahora con buen apetito, pero sin prisas; el plato estaba ya medio vacío. Le dije:
       —Lo siento mucho... Me ha echado de su habitación... Lo siento.
       Acabó de tragar un bocado y luego sollozó, con la cabeza gacha, enrollando la pasta en el tenedor:
       —¡Mal bicho!... ¡Y pensar que la quiero tanto!
       Ahora había comenzado a comer yo también; el apetito, después de la visita a Faustina, me había vuelto, y la pasta estaba realmente buena, ligera, llena de salsa, con mucho queso de oveja de sabor picante. Carlo continuó:
       —No quiero volverla a ver..., aunque me lo pida de rodillas.
       El plato estaba vacío y se sirvió otra ración de la sopera.
       —Y harás muy bien —le dije yo.
       En resumen, entre los dos, pero sobre todo Carlo, casi vaciamos la mitad de la sopera. Vino la madre y nos propuso, por pura fórmula, que comiéramos algo de carne. Dije que ya habíamos comido bastante y me levanté, aunque por la expresión de Carlo, que se había quedado sentado, comprendí que no le disgustaría la carne. Y así, suspirando y limpiándose con la servilleta primero la boca y después los ojos, se levantó también; y luego nos despedimos de la madre y salimos. Una vez en la calle le dije a Carlo:
       —Bueno, tengo que irme... Tengo una cita.
       Y sin dejarle tiempo de resollar me marché. Di unas vueltas por el barrio y, a la hora fijada, fui al bar. Faustina me esperaba, muy elegante, con un vestidito violeta muy ceñido, un ramito de violetas en la mano. Inmediatamente se colgó de mi brazo, diciendo:
       —¡Bobo! ¿Por qué has tardado tanto en enterarte de que me gustabas?
       No me dio tiempo a contestarle. Pasábamos en aquel momento ante un horno que vende pasteles calientes, recién hechos. En la puerta, con un hojaldre napolitano en la mano, la boca llena y la cara toda manchada de azúcar y vainilla, estaba Carlo. Yo sentí primero el buen aroma del horno, luego lo vi a él y vi que nos había visto, enlazados, cogidos del brazo. Pero Faustina no se inmutó:
       —¡Adiós, Carlo! —le gritó mientras nos alejábamos.




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