Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Bu bu bu (1953)
(“Bu bu bu”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (22 de febrero de 1953);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Hacia media noche llevé a casa a mis amos y luego, en vez de meter el coche en el garaje, me fui a mi casa. Me quité el uniforme de chófer, me puse el traje azul de los domingos y, sin prisas, me dirigí a la cita, en via Veneto. Giorgio me esperaba en un bar, con los dos clientes de esa noche, dos sudamericanos; ella, más que madura, de pelo negro que parecía teñido, una cara ajada muy pintada y unos exaltados ojos azules; él, mucho más joven, con un rostro liso, socarrón, descarado, parecido a los de los maniquíes de los sastres. ¿Conocen a Giorgio? Cuando lo encontré por primera vez era un muchachito de cara angelical, rubio y rosa; era la época de los aliados, y él, con un chaquetón y pantalones militares, brincaba de aquí a allá, en los días de tramontana, por las aceras del Tritone, susurrando a los transeúntes:
       —¡América!
       Así, un poco con ‘América’ y un poco con otras cosas, comenzó a hablar inglés y luego, cuando los aliados se fueron, se quedó por allí, entre el Tritone y via Veneto. Hacía de guía turístico, para los monumentos de día y para los locales de baile, de noche, según él decía. La verdad es que se acicalaba mucho: siempre con su capote de desembarco, con la capucha a la espalda, pantalones ajustados, zapatos con hebillas de metal; pero en cambio se había puesto bastante feo y ya no era el angelote de los tiempos del mercado negro: la frente y las sienes se le iban pelando, los ojos azules parecían de vidrio, las mejillas chupadas y sin colores, una boca demasiado roja, con algo de desvengonzado y violento. Giorgio, pues, me presentó como un amigo y los dos sudamericanos empezaron en seguida a hablarme en lo que creían que era italiano y que era español, ni más ni menos. Giorgio parecía descontento y me dijo en voz baja que aquellos dos estaban obsesionados con los locales de mala fama, frecuentados por gente del hampa, y que en Roma no había esta clase de locales y él no sabía cómo contentarlos. La señora, en efecto, en su italiano que era español, me dijo riendo que Giorgio no era amable y que no sabía hacer de guía: ellos querían ir a los locales donde se reunían los pistoleros. Yo pregunté qué diablos eran esos pistoleros; y Giorgio intervino, de mal humor, explicando que los pistoleros eran asesinos, ladrones, hampones y similares, que en las ciudades de Sudamérica se reunían, precisamente, en ciertos locales tranquilos, junto con sus mujeres, para preparar en amor y compañía algún buen golpe.
       Entonces dije, decidido:
       —Nada de pistoleros en Roma..., en Roma está el Papa y los romanos son todos padres de familia... ¿Ha comprendido?
       Ella preguntó, mirándome con sus ojazos eléctricos:
       —¿Nada de pistoleros?... ¿Y por qué?
       —Porque Roma es así..., sin pistoleros.
       —¿Nada de pistoleros? —insistió, mirándome casi con ternura—. ¿Ni siquiera uno?
       —Ni siquiera uno.
       El marido preguntó:
       —Pero, entonces, en Roma, ¿qué hacen los romanos por la noche?
       Respondí, al azar:
       —¿Qué hacen? Van a la trattoria, comen spaghetti all’amatriciana y cordero asado..., luego van al cine... Y algunos van a bailar.
       Lo miré y luego añadí, poniendo en práctica mi plan, como de acuerdo con Giorgio:
       —Conozco un local donde se baila, por aquí cerca.
       —¿Cómo se llama?
       —Las Grutas de Popea.
       —¿Y hay pistoleros?
       Dale con los pistoleros. Aventuré, para no disgustarlos:
       —Alguna vez puede aparecer uno o dos... Según las noches.
       —Su amigo es mejor que usted... —dijo la señora, dirigiéndose a Giorgio—. ¿Ve cómo hay un local con pistoleros?... Vamos, vamos a las Grutas de Popea.
       De forma que nos levantamos y salimos del bar. Las Grutas de Popea no estaban muy lejos, se encontraban en un sótano hacia la Plaza dell’Esedra. Mientras conducía el coche y la señora, sentada a mi lado, continuaba hablándome de los pistoleros, yo me preparaba para la emoción de volver a ver a Corsignana, por primera vez después de mucho tiempo. Había creído que ya no la amaba, pero ahora, a causa de la turbación que oprimía mi pecho, comprendía que aún pervivía el sentimiento. No la había vuelto a ver desde que nos habíamos peleado, precisamente por culpa de las Grutas de Popea, donde ella cantaba y bailaba y donde yo no quería que trabajase; y la idea de volverla a ver me llenaba de agitación. Hasta la señora lo advirtió, porque me preguntó de repente:
       —Luigi... ¿Me permite que le llame Luigi, verdad?... Luigi, ¿en qué piensa, que está tan distraído?
       —No pienso en nada.
       —No es cierto, usted piensa en algo, apuesto que en una mujer.
       Bueno, llegamos a las Grutas de Popea: una portezuela en una calleja, con una linterna y una marquesina de tejas, de fingida rusticidad. Bajamos por una escalera del tipo romano antiguo, con paredes de ladrillos, lápidas medio rotas, ánforas en los nichos iluminados con luz de neón. El sudamericano, ahora, parecía satisfecho; de todos modos, observó:
       —Ustedes, los italianos, no pueden olvidar el imperio romano... Lo ponen en todas partes, hasta en los locales nocturnos.
       Contesté, dando mi abrigo a la mujer del guardarropa, instalado bajo un gran arco de travertino:
       —No nos olvidamos del imperio romano porque somos los mismos romanos de entonces..., ese es el motivo.
       Las Grutas de Popea eran una sucesión de salitas de techos bajos, una tras otra. En la sala más amplia, al fondo, estaba el bar, la pista de baile, cubierta de linóleo, y la tarima de la orquesta. Apestaban a humo, las Grutas de Popea, y las voces y la música se amortiguaban como entre algodones. Mientras atravesábamos aquellas salitas eché una mirada todo alrededor: había algo de gente, una media docena de personas en cada sala, pero nada de pistoleros; algunos americanos, varias parejas de novios, algún jovenzuelo del estilo de Giorgio, dos o tres parejas de chicas en busca de clientes. Pero Corsignana, a quien temía ver sentada en una de las mesas, no estaba. Fuimos a sentarnos a una mesa en la sala del bar, exactamente frente al micrófono, e inmediatamente tuvimos a todos los camareros a nuestro alrededor. Pregunté, al azar, haciéndome el indiferente:
       —¿No canta aquí, por casualidad, una muchacha que se llama Corsignana?
       —¿Corsignana?... No, esta noche no ha venido —dijo, presuroso, uno de los camareros.
       —Una muchacha muy morena, con pelo crespo, ojos negros y una cicatriz en la mejilla.
       —Ah, la señorita Tamara —dijo, obsequioso, el director—. Cantará dentro de poco... ¿Quiere que se la enviemos?
       La señora parecía dudosa; pero el marido abrevió diciendo que tendría mucho gusto en invitar a la señorita Tamara a beber con nosotros. Y luego encargamos las bebidas. La orquesta inició una samba y Giorgio se levantó, invitando a bailar a la señora. Nos quedamos sentados el sudamericano y yo.
       Apareció Corsignana. Salió por una puertecita que yo no había advertido, se dirigió al micrófono y comenzó a cantar. La miré con atención y en seguida vi que era ella pero que no era ella. En principio, estaba rubia, con un rubio encendido, color zanahoria, y unos ojos que, en contraste, parecían dos carbones; y además estaba pintada, malamente, con una segunda boca de carmín superpuesta a la verdadera. Estaba vestida con un corpiño escotado, verde, y una falda negra; y lo único que quedaba de la Corsignana que yo conocía eran los brazos robustos y musculosos, con las manos rojas y poco hinchadas, brazos y manos de muchacha del pueblo que ha sido obrera. También su voz había cambiado: ronca y descarada, con caídas de tono que querían ser sentimentales. La canción que cantaba tenía un estribillo que parecía el ladrido de un perro a la luna: “Bu, bu, bu, sabes que eres mentiroso, bu, bu, bu, sabes que eres mentiroso, bu, bu, bu, pero es lo mismo, yo no oso, bu, bu, bu, decirte yo no oso, bu, bu, bu, que eres muy mentiroso”. Era una cancioncilla cretina y cuando ella repetía “bu, bu bu”, alzaba las manos abiertas en el aire, a la altura de las sienes, donde había clavado una flor roja, y meneaba el pecho y las caderas. Pregunté al sudamericano:
       —¿Le gusta?
       —Hermosa —respondió él, con convicción.
       Me quedé inseguro sobre el significado de la palabra y callé. Corsignana cantó durante todo el tiempo del baile, y luego Giorgio y la señora volvieron a la mesa, y el director habló con Corsignana y ella vino hacia nuestra mesa, contoneándose y canturreando. Hicimos las presentaciones; y ella, dijo, despreocupada:
       —Hola, Luigi.
       —Hola, Corsignana —respondí.
       Luego ella se sentó y el sudamericano le preguntó qué quería beber; ella, muy rápida, contestó que quería un whisky, y el director, deferente, le trajo el whisky. La orquesta inició una rumba, yo me levanté e invité a bailar a Corsignana. Aceptó y comenzamos a dar vueltas por la pista.
       —¿No esperabas volverme a ver, eh? —dije de inmediato.
       Ella respondió, metiéndose en la boca un chicle americano y mascándolo:
       —¿Por qué? Este es un local público y cualquier puede venir a él.
       —Entonces, ¿estás contenta?
       —Así, así.
       No me miraba y volvía la cabeza hacia un lado, masticando el chicle. Le di un pellizco en la cadera, diciéndole:
       —Eh, mírame!
       —Ay! —dijo, mirándome.
       —Así está mejor... ¿Y cuánto ganas?
       —Veinticinco mil al mes.
       —Y por tan poco dinero...
       Pero ella, animándose de pronto, dijo con tono polémico:
       —Espera, no corras tanto... Veinticinco mil fijas... Y luego doscientas liras por cada whisky al que me haga invitar... Y, además, juego a los lados con los clientes —metió la mano en el bolsillo, sacó los dados y me los enseñó— y así redondeo... Y, además, están los imprevistos.
       —¿Qué imprevistos?
       —Bueno, de todo un poco —ahora estaba más amistosa, casi confidencial—. Pero esto no es más que un trampolín... Espero pasar a otro local mejor... Aquí son unos tacaños y unos tramposos... Figurate que, en vez de whisky, echan en mi vaso agua sucia, y a pesar de todo pretenden timarme, y si no llevo la cuenta de los falsos whiskies que bebo ellos fingen que se han olvidado... Además, el dueño dice que, si le demuestro mi cariño, nos entenderemos fácilmente... Pero lo que es yo: ¡cucú!
       En resumen, estaba a sus anchas y hablaba con fluidez; pero yo estaba disgustado. La había dejado siendo una buena chica, incluso tímida, y la encontraba descarada y calculadora. Hablaba con un tono duro y consciente, y se comprendía perfectamente que para ella ya no tenía importancia nada más que el dinero, sólo el dinero. Las cancioncillas, es cierto, las había cantado siempre, pero antes las cantaba para mí, cuando salíamos de paseo extramuros, en primavera; y ahora, también las vendía y las convertía en dinero.
       —Bueno —dije de pronto—, me he cansado... Volvamos a la mesa.
       —Como quieras.
       Volvimos a la mesa y Corsignana encargó inmediatamente otro whisky y luego sacó del bolsillo los dados e invitó al sudamericano a una partida. La señora, ahora, ya no se preocupaba de Giorgio y vigilaba a su marido con ojos exaltados. Corsignana jugó y ganó tres veces, mil liras cada vez. El sudamericano sacó del bolsillo el dinero, cogió la mano de Corsignana, encerró en ella los billetes y luego se la besó y la invitó a bailar. Él y Corsignana se fueron, la señora los siguió con la mirada y luego me dijo, descontenta:
       —Este local no me gusta... ¿Nos vamos?
       Cuando acabó el baile los otros dos volvieron a la mesa y luego Corsignana se fue ante el micrófono y cantó otra cancioncilla más cretina que la primera. Después volvió a nuestra mesa, se hizo traer otro whisky y volvió a jugar a los dados con el sudamericano. La señora ahora insistía en que nos fuéramos, pero el marido no le hacía caso y pidió bebidas para todos. Giorgio entonces invitó a la señora a bailar y ella aceptó a regañadientes. Tan pronto como se marchó la señora, el sudamericano y Corsignana comenzaron a coquetear y él se le echaba encima y le tocaba las rodillas con su rodilla. Yo los miraba y sufría, pero en el fondo estaba contento de sufrir porque quería dejar de sentir cariño por Corsignana y no sufrir más. Por último, el sudamericano dijo no sé qué al oído de Corsignana, y ella, también a su oído, le respondió algo; y luego él sacó del bolsillo un billete grande, tomó la mano de Corsignana, que estaba sobre la mesa, y se lo metió en la palma. De repente, la señora se detuvo ante la mesa y dejó caer su mano sobre la mano de Corsignana:
       —¡Abra esa mano!
       Corsignana abrió la mano y el billete cayó sobre la mesa. Corsignana se puso en pie y dijo, muy rápida, a la señora:
       —Mi querida señora, si tanto le interesa su marido, guárdeselo en casita... Yo estoy aquí para trabajar, y no para divertirme... Él me ha dicho al oído que quería hacerme un regalo por mis canciones y yo le he dicho que lo hiciera... ¿Por qué no debería aceptarlo?
       —¡Insolente! ¡Fregona! —la señora alzó la mano y abofeteó a Corsignana en las dos mejillas.
       Luego no sé lo que ocurrió. A mí me habían gustado aquellas dos bofetadas, igual que si se las hubiera dado yo. Pero luego, al ver la cara de Corsignana después de las bofetadas, roja y mortificada, me pareció volver a ver su cara de cuando éramos novios y me dio pena. Mientras tanto habían acudido el director, los camareros, y la señora, enfurecida, salía seguida de su marido y de Giorgio. Yo me acerqué a Corsignana y, aprovechando el alboroto, le dije en voz baja:
       —Te espero fuera, cuando hayas acabado. Tengo ahí el coche... ¿A qué hora sales?
       —A las cuatro —dijo ella, con una luz de esperanza en los ojos—. ¿Me acompañas a casa en coche?
       Comprendí de pronto que para ella, realmente, no existía más que el interés: a las cuatro se habría reunido conmigo, pero no por mí, sino por el coche. Y era justo, en el fondo: vivía en San Giovanni. Pero comprendí que para mí todo había acabado, que no podría resistir el dolor de verla siempre tan interesada. De forma que le dije que la esperaría y luego salí. Fuera, en la calle, no encontré ya ni a Giorgio ni a los sudamericanos. Subí al coche y me fui a casa, a dormir. Lo de Corsignana ya había acabado.




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