Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

La ciociara (1952)
(“La ciociara”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (17 de febrero de 1952);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Al profesor, cuando insistía, se lo había dicho y repetido:
       —Mire, profesor..., son muchachas muy sencillas... del campo... Tenga cuidado con lo que hace... Mejor que coja una romana... las ciociare son rústicas, campesinas, analfabetas.
       Esta última palabra, sobre todo, le había gustado al profesor.
       —Analfabeta... justo lo que necesito... Por lo menos no leerá tebeos... Analfabeta.
       Este profesor era un hombre ya mayor, con perilla y bigotes blancos, que enseñaba en el Liceo. Pero su ocupación principal eran las ruinas. Todos los domingos, e incluso en los días de diario, iba de aquí a allá, a la Via Appia, o al Foro Romano, o a las Termas de Caracalla, y explicaba las ruinas de Roma. En su casa, además, los libros sobre ruinas, y otros temas, se amontonaban como en una librería: comenzaban en el vestíbulo, donde había una gran cantidad de ellos, ocultos tras unas cortinas verdes, y continuaban en toda la casa, pasillos, habitaciones, trasteros; sólo no los había en el baño y en la cocina.
       Cuidaba a los libros como si fueran las niñas de sus ojos, y ¡ay de quien se los tocase!; parecía imposible que hubiera podido leerlos todos. Y, sin embargo, como decimos en Ciociaria, no se empachaba nunca, y cuando no enseñaba o daba clases en su casa o explicaba las ruinas, se iba a los mercadillos de libros usados a hurgar en los puestos, y luego volvía siempre a casa con un paquete de libros bajo el brazo. En suma, los coleccionaba, igual que los muchachos coleccionan sellos. Y, por otra parte, para mí era un misterio que se hubiera empeñado en querer como criada a una muchacha de mi pueblo. Decía que eran más honradas y que no tenían humos en la cabeza. Decía que a él las campesinas lo alegraban con sus hermosas mejillas de manzanas rojas. Decía que cocinaban bien. En resumen, como no pasaba día que no se asomase a la portería, siempre insistiendo con la muchacha ciociara y analfabeta, escribí a mi pueblo, a mi compadre, y él me contestó que tenía precisamente lo que yo necesitaba: una muchacha de Vallecorsa que se llamaba Tuda, que aún no había cumplido los veinte años Pero, me decía mi compadre en la carta, Tuda tenía un defecto: no sabía leer ni escribir. Y le contesté que precisamente el profesor la quería con este defecto: analfabeta.
       Tuda llegó una noche a Roma, junto con mi compadre, y yo fui a buscarla a la estación. A la primera ojeada comprendí que era de buena raza ciociara, precisamente de esas que son capaces de cavar durante un día entero sin detenerse a coger aliento, o bien de llevar en la cabeza, por los senderos de montaña, un cesto de medio quintal de peso. Tenía las mejillas rojas que le gustaban al profesor, una trenza enrollada alrededor de la cabeza, unas cejas muy negras, tan juntas que dividían en dos su cara, rostro redondo y, cuando se reía, mostraba unos dientecitos blancos, muy juntos, que las mujeres de Ciociaria se limpian restregándolos con una hoja de malva. No estaba vestida de ciociara, es cierto, pero tenía el paso de la ciociara, habituada a apoyar en el suelo la planta del pie, sin tacones, y tenía esas pantorrillas musculosas que resultan tan bellas cuando las envuelven las cintas de las sandalias. Llevaba un cestillo bajo el brazo, y me dijo que era para mí: una docena de huevos del día, entre paja, cubiertos por hojas de higuera. Le dije que era mejor que se los diese al profesor, para causar buena impresión; pero ella contestó que no había pensado en el profesor porque, tratándose de un señor, debía de tener un gallinero en casa. Me eché a reír y así, entre una pregunta y otra, mientras íbamos hacia casa en tranvía, comprendí que era una salvaje: no había visto nunca un tren, un tranvía, una casa de seis pisos. En suma, analfabeta, como quería el profesor.
       Llegamos a casa y yo la llevé primero a la portería para presentársela a mi mujer; y luego, en el ascensor, al apartamento del profesor. Vino él a abrirnos, porque no tenía servidumbre y era mi mujer quien solía hacerle la limpieza y algo de cocina. Tuda, cuando entramos, le puso el cestillo en las manos, diciendo:
       —Ten, profesor, cógelo, te ha traído huevos frescos.
       —No se tutea al profesor —le dije.
       Pero el profesor, en cambio, la animó, diciéndole:
       —Tutéame, hijita...
       Y me explicó que aquel tú era el tú romano, el de los antiguos romanos, que, igual que los ciociari, no conocían el usted y trataban a la gente campechanamente, como si todos fueran de la misma familia. El profesor, luego, llevó a Tuda a la cocina, que era grande, con cocina de gas, ollas de aluminio y, en suma, todo lo necesario, y le explicó cómo funcionaba. Tuda lo oyó todo, callada y seria. Por último, con su voz sonora, dijo:
       —Pero yo no sé cocinar.
       El profesor, sorprendido, dijo:
       —Pero, ¿cómo?... Me habían dicho que sabías cocinar.
       —En el pueblo, trabajaba —dijo ella— ... cavaba. Cocinaba, sí, pero sólo para comer... Nunca tuve una cocina como ésta.
       —¿Dónde cocinabas?
       —En la cabaña.
       —Bueno —dijo el profesor, tirándose de la perilla—, también aquí cocinamos sólo para comer... Supongamos que tengas que cocinarme una comida sólo para comer... ¿Qué me harías?
       —Te haría pasta con judías... Luego te bebes un vaso de vino... Y luego, a lo mejor, unas nueces, algún higo seco —dijo, sonriendo.
       —¿Y eso es todo?... ¿Nada de segundo?
       —¿Segundo, qué?
       —Digo segundo plato, pescado, o carne...
       Esta vez ella se echó a reír muy a gusto:
       —Pero, ¿no te basta con haberte comido un plato de pasta y judías con pan?... ¿Qué más quieres?... Yo, con un plato de pasta y judías, y con el pan, cavaba todo el día... Y tú no trabajas.
       —Estudio, escribo, también yo trabajo...
       —Bah, estudiarás... Pero el trabajo de verdad es el que hacemos nosotros.
       En resumen, no quería convencerse de que hacía falta, como decía el profesor, un “segundo”. Por último, tras muchas discusiones, se decidió que mi mujer vendría a cocinar durante cierto tiempo, para enseñar a Tuda. Pasamos después al dormitorio de la criada, que era una bonita habitación que daba al patio, con una cama, una cómoda y un armario. Ella dijo de inmediato, mirando a su alrededor:
       —¿Dormiré sola?
       —¿Con quién quieres dormir?
       —En mi pueblo dormíamos cinco en una habitación.
       —Es toda para ti.
       Al final me marché, tras haberle recomendado que tuviera cuidado y que trabajara bien, porque yo respondía de ella tanto ante el profesor como ante mi compadre, que me la había enviado. Al salir oí que el profesor le explicaba:
       —Mira que debes limpiarme todos los días estos libros, con el plumero y la gamuza.
       —¿Qué haces con todos estos libros? —preguntó ella, entonces— ¿Para qué te sirven?
       —Para mí son lo que para ti era la azada, en el pueblo —respondió él— ... trabajo con ellos.
       —Sí, pero yo azada no tengo más que una.
       Después de aquel día el profesor me daba noticias de Tuda de vez en cuando, al pasar por la portería. No estaba muy contento el profesor, a decir verdad. Un día me dijo:
       —Es rústica, muy rústica... ¿Sabe lo que hizo ayer? Cogió de mi mesa un papel escrito, el tema de un alumno, y lo utilizó para tapar unas botellas de vino.
       —Profesor, ya se lo había advertido —le dije— ... es gente del campo.
       —Sí, pero es una buena chica —concluyó él—... Amable, servicial..., una buena chica.
       La buena chica, como él la llamaba, se convirtió en poco tiempo en una muchacha como las demás. Tan pronto como recibió su paga empezó haciéndose un trajecito de dos piezas, que parecía una señorita. Luego se compró los zapatos de tacón alto. Después, un bolso de imitación de cocodrilo. Hasta se hizo cortar la trenza, una verdadera lástima. Continuaba, sí, teniendo las mejillas rojas como dos manzanas, esas sí que no se le pusieron pálidas en seguida, como a las muchachas nacidas en la ciudad, pero precisamente por ello gustaban tanto, y no sólo al profesor. La primera vez que la vi con ese desgraciado de Mario, el chófer de la señora del tercero, le dije:
       —Mira que ése no te va... Lo que te dice a ti se lo dice a todas.
       —Ayer me llevó en coche a Monte Mario —respondió ella.
       —Y ¿qué quieres decir con eso?
       —Es muy bonito ir en coche.. Y, además, mira lo que me ha dado.
       Y me enseñó un alfiler de metal blanco, con un elefantito, de esos que venden los merceros en Campo dei Fiori. Yo le dije:
       —Eres una ignorante y no comprendes que ése te está tomando el pelo... En principio no debería sacar el coche por su cuenta, contigo... Si la señora se entera, va a oir... Y, además, ten cuidado... Te lo repito otra vez, ten cuidado.
       Pero ella sonrió y continuó saliendo con Mario.
       Pasaron un par de semanas; el profesor se asomó un día a la portería, me llamó aparte y me preguntó, bajando la voz:
       —Oiga, Giovanni... Esa muchacha, ¿es honrada?
       —Eso sí, profesor —dije—, ignorante, pero honrada.
       —Lo será —dijo él, no muy convencido—, pero me han desaparecido cinco libros muy valiosos... No quisiera...
       Protesté una vez más que no podía haber sido Tuda, y que él encontraría los libros, con toda seguridad. Pero me quedé pensativo, lo confieso, y decidí tener los ojos bien abiertos. Una noche, días después, veo a Tuda entrar en el ascensor con Mario. Él dijo que tenía que ir al tercer piso para recibir órdenes de la señora, lo cual era una mentira, porque la señora había salido hacía una hora y él lo sabía. Los dejé subir y luego tomé el ascensor, subí y me fui derecho al apartamento del profesor. Por casualidad habían dejado la puerta entornada, entré, pasé por el pasillo, sentí que ellos dos hablaban en el despacho y comprendí que no me había equivocado. Muy despacito me asomé a la puerta, y ¿qué es lo que vi? A Mario, de pie sobre una silla, tendiendo la mano hacia una fila de libros que había arriba de todo; y a ella, la santita de mejillas rojas, que le sostenía la silla y le decía:
       —Ese de allá arriba... ése tan gordo... ése tan gordo encuadernado en piel.
       Dije, entonces, apareciendo:
       —¡Estupendo...! ¡Muy bien...! Os he atrapado... ¡Muy bien...! Y el profesor, que me lo había dicho, y yo no lo creía...
       ¿Han visto ustedes a un gato cuando le tiran un cubo de agua desde una ventana? Así, él, al oir mi voz, saltó de la silla y escapó, dejándome solo con Tuda. Yo, entonces, se las dije de todos los colores, y cualquiera otra hubiera estallado en llanto. Pero, sí, sí, con las ciociare siempre ocurre algo diferente. Me escuchó con la cabeza gacha, sin hablar; luego levantó los ojos, secos, y dijo:
       —¿Quién le ha robado? El dinero que me sobra de la compra se lo devuelvo siempre, tal cual... No hago como algunas cocineras, que ponen el doble de lo que cuestan las cosas.
       —¡Desgraciada!... ¿No le robas los libros?... ¿Eso no se llama robar?
       —Pero, ¡tiene tantos libros!
       —Muchos o pocos, no debes tocarlos... Y ten cuidado... Porque si te vuelvo a pillar te vuelves al pueblo más derecha que un huso.
       De momento, cabezota, no quiso darme la razón ni admitir por un solo instante que había robado. Pero unos días después entró en la portería con un paquete bajo el brazo.
       —Ahí están, los libros del profesor... Se los he traído y así no podrá quejarse.
       Le dije que había hecho bien y pensé para mí que, después de todo, era una buena muchacha, y que toda la culpa era de Mario. La acompañé en el ascensor y luego entré con ella en la casa para ayudarla a poner en su sitio los libros. Precisamente en ese momento, mientras estábamos abriendo el paquete, llegó el profesor.
       —Profesor..., ahí tiene sus libros —le dije—... Tuda los ha encontrado... Se los había prestado a una amiga para que mirase los santos...
       —Está bien, está bien... No se hable más.
       Con el abrigo encima y el sombrero en la cabeza se lanzó sobre los libros, cogió uno, lo abrió y luego lanzó un grito:
       —¡Pero estos no son mis libros!
       —¿Qué quiere decir?
       —Eran libros de arqueología —continuó él, hojeando febrilmente los otros volúmenes— y éstos, en cambio, son cinco volúmenes, y por añadidura desaparejados, de derecho.
       —¿Se puede saber qué has hecho?— le dije a Tuda.
       Esta vez ella protestó con fuerza:
       —Había cogido cinco libros... y cinco le traigo... ¿Qué queréis de mí?... Los he pagado muy caros... Más de lo que me dieron cuando los vendí.
       El profesor estaba tan estupefacto que nos miró a mí y a Tuda, con la boca abierta, sin decir palabra. Ella continuó:
       —Mira..., son las mismas encuadernaciones... Incluso más bonitas..., mira... Y también el peso es el mismo... Me los han pesado..., son cuatro kilos y seiscientos..., como los tuyos.
       Esta vez el profesor se echó a reír, aunque con una risa amarga:
       —Pero los libros no se venden al peso, como un ternero... Cada libro es distinto de los otros... ¿Qué hago con estos libros?... ¿No lo entiendes?... Cada libro contiene cosas distintas..., de autor distinto.
       Cualquiera se lo hacía entender. Repetía, obstinada:
       —Eran cinco y cinco son..., encuadernados, y éstos también... Yo no sé nada.
       En suma, el profesor la mandó a la cocina, diciéndole:
       —Vete a cocinar... Basta, no quiero hacerme mala sangre.
       Y luego, cuando se marchó, me dijo:
       —Lo siento..., es una buena chica..., pero demasiado rústica.
       —Usted lo ha querido, profesor.
       —Mea culpa —dijo él.
       Tuda se quedó con el profesor el tiempo necesario para buscar otro puesto. Lo encontró, de fregona, en una lechería del barrio. A veces viene a vernos a la portería. Del asunto de los libros no hablamos nunca. Pero me dice que está aprendiendo a leer y a escribir.




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