Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

La excursión (1950)
(“La gita”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (28 de mayo de 1950);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      ¿Excursiones por lo alrededores de Roma? Cruz y raya. Para decirles lo que son las excursiones por los alrededores de Roma quiero contarles la última que hicimos, hace pocos días, un domingo, cinco amigos. El primer error, lo reconozco, fue el de ir hombres solos, sin una sola mujer. Los hombres, ya se sabe, pierden fácilmente el control, y, de una cosa a otra, sobre todo si se bebe en exceso, como ocurrió, se pasa el día diciendo palabrotas, chillando, empujándose, y, en suma, cuando llega la noche, uno quisiera no haber salido. ¿Quiénes estaban ese domingo? Todo el grupo del bar de Plaza Mastai, menos Amilcare, que debía entrenarse porque estábamos en vísperas del torneo de los pesos pluma. Estaba Alessandro, uno de los camareros, grande y gordo, con una cabeza brillante, apodado a causa precisamente de sus cabellos embadurnados Pomada; Alfredo, un rubito apodado Espadafina porque es muy sutil en las discusiones deportivas, tanto que nadie puede con él; ese desaforado de Teodoro, el del garaje, a quien llaman Gol, porque cuando el balón entra en las mallas es el que chilla más que nadie; Ugo, el hijo del propietario del bar, que llevaba el automóvil, y yo. Salimos del piazzale Flaminio hacia las once, más alegres de lo que se puede expresar, completamente desenfrenados.
       —¿A dónde queréis ir? —preguntó Ugo.
       —A ninguna parte —respondimos—; a donde nos parezca y se nos antoje..., sin programas.
       El coche no era muy grande y los cinco íbamos apretados, y aún más porque Alessandro y Teodoro son anchos de caderas, de modo que muy pronto empezamos con empujones, manotazos y otras bromas. Ugo, un muchachito de cara pálida y sagaz que a primera vista parece la calma personificada, inmediatamente después del Puente Milvio emprendió una tremenda carrera, persiguiendo y adelantando uno tras otro a todos los coches de la carretera. Los había de todas clases: utilitarios con hombres solos, camionetas llenas de mujeres y niños coches de gran lujo, americanos, tan anchos como vagones, taxis, viejos coches rurales. Cada vez que adelantábamos a un coche nos asomábamos por las ventanillas para hacer muecas y gestos de burla y darnos el gustazo de ver a los del coche adelantado mirándonos molestos o asombrados. El más violento en este juego era Teodoro: había que verlo gritando “¡gol!” a cada automóvil que dejábamos detrás, exactamente igual que en el partido, sacando medio cuerpo por la ventanilla, con la cara roja, las venas del cuello a punto a estallar; pero Espadafina era el que encontraba las frases más atinadas y peor intencionadas.
       Nuestra alegría provenía del hecho de que era un hermoso día, con algunas nubes blancas aquí y allá en el cielo limpio, como para recordar que estábamos en primavera, y todo el campo verde, con ese verde de mayo, tierno, hinchado, como espumoso, que hace pensar en la leche recién ordeñada, y casi casi dan ganas de ser una vaca sólo para experimentar el placer de hundir bien el morro en la hierba. Más aún, Teodoro, cuando nos detuvimos un momento para mirar el mapa de carreteras, interpretando el sentir general, fue a tirarse en uno de aquellos prados, patas arriba, como un burro en celo, en la hierba alta y fresca de rocío; luego volvió completamente mojado y enmarañado, con la boca llena de trébol, entre las risotadas de todos. Así, sin dejar de reír y bromear, pasamos el cruce de Isola Farnese y llegamos al de Bracciano. Era casi mediodía y Alessandro propuso que fuéramos a comer pescado al lago. Dicho y aceptado; cogimos la carretera que va a Anguillara. Pero, en una curva, nos cierra el camino un furgón de pompas fúnebres, negro y dorado, alto como una casa, sin flores ni séquito: probablemente iba a Bracciano a recoger al muerto. La carretera no estaba asfaltada y de debajo del bamboleante cajón negro salía una nube de polvo blanco. Ugo, naturalmente, hizo sonar el claxon para que le dieran paso, pero nada: igual que si hubiera tocado la flauta. El catafalco iba despacio, como de paseo, y el polvo nos hacía toser. De vez en cuando Ugo, que es un estupendo conductor, intentaba ponerse a la par, y entonces el catafalco, maligno, se colocaba en medio de la carretera, empujándonos contra el muro o el seto, a riesgo de aplastarnos. No veíamos al chófer, pero debía de ser un tipo gruñón e inútil; su carácter era evidente por la manera en que conducía. Entre tanto el polvo continuaba llenándonos la cara, una nube a través de la que aparecía y desaparecía la cruz amarilla sobre la caja negra; todos gritábamos, y Ugo puede decirse que no levantaba la mano del claxon. Teodoro, sobre todo, estaba fuera de sí:
       —¡Sepulturero! ¡Inútil! —gritaba.
       Pero sí, sí: el otro se hacía el sordo. Por fin, en una curva, Ugo vio unos metros despejados, aceleró, se puso a su nivel, adelantó al catafalco. Todos nos echamos hacia el lado del coche de muerto para verle la cara al chófer. Había dos, con una cara muy tranquila: el que no conducía comía un panecillo. Tendrían ustedes que haber visto a Teodoro:
       —¡Sepulturero! ¡Inútil! ¡Desgraciado! ¡Ignorante!
       Y el del panecillo, calmoso, indicando la caja, a sus espaldas:
       —¿Quieren acomodarse?... Hay sitio.
       Corrimos casi un kilómetro, tuvimos que pararnos en un paso a nivel, e inmediatamente después llegó el catafalco. Aquellos dos descendieron, bajaron también Alessandro y Teodoro, y los cuatro se enfrentaron ante las barreras del paso a nivel.
       —Oigan, ¿es que no oyen el claxon?
       —Les hemos dado paso no sé cuántas veces.
       —¿Desde cuándo? ¡Sepulturero!
       —Cuidado con lo que dices.
       —¿Es que no eres un sepulturero? Y encima eres un zascandil.
       —¡Sinvergüenza!
       En suma, se dijeron el ciento y la madre, nariz contra nariz, pero sin tocarse, porque ya se sabe que los romanos son más valientes de boquilla que con los hechos. Mientras tanto pasó el tren, las barreras se alzaron, y los del catafalco, más ligeros que nosotros, se lanzaron hacia adelante, ocupando, como antes, el medio de la carretera.
       —¿Sabéis lo que vamos a hacer? —dijo Ugo al llegar a un cruce—. Renunciamos al pescado y comeremos en cualquier otro sitio.
       Dicho y hecho. Cogimos otra carretera, desierta esta vez, y continuamos tranquilamente nuestro camino.
       ¡Qué paz, qué silencio, qué serenidad! No pasaba nadie, hacia un lado había un torrente de cauce pedregoso bajo una hermosa roca roja coronada de bosques; hacia el otro, campos y campos de trigo nuevo hasta el horizonte. Nos quedamos silenciosos, casi pensativos; hasta que Teodoro encontró la palabra justa, gritando de pronto con fuerza:
       —¡Tengo hambre!
       Era verdad, teníamos hambre; y, como por encanto, empezamos inmediatamente a hablar todos de cosas de comer. Uno alababa los spaghetti con ajo y aceite o bien a la amatriciana; otro, el cabrito al horno o las chuletas; otro, simplemente, la hogaza campesina, fresca, crujiente, de puro trigo. El apetito nos volvía elocuentes, casi nos peleábamos por saber lo que íbamos a comer. Después de una curva, un cartel nos anunció el pueblo que buscábamos: Marciano.
       Estaba en la cima de una roca, con unas casas altas y negras que parecían los flancos de una fortaleza. Subimos dando vueltas por el camino de circunvalación, debajo de la roca, entramos por la puerta, nos encontramos en una callecita en cuesta, estrecha y oscura, entre casas pobres. Subimos velozmente por esta calle y desembocamos en una plaza desierta, circundada por antiguos palacios, con una fuente para abrevar ganado en el centro: ni una tienda, ni un bar, ni un cine, nada.
       —No veo trattorie por aquí —dijo Ugo dando una vuelta a la plaza.
       Un campesino se dirigía a la fuente teniendo del ronzal a un mulo; le preguntamos dónde podíamos comer. Nos indicó una calleja, sin hablar. Ugo se metió inmediatamente en la calleja y, en efecto, al fondo, en una plazoleta más oscura que un pozo, sobre una puerta, había un letrero con la leyenda: “Hostería”. Nos bajamos aliviados y alguien dijo:
       —Ya veréis como tiene jardín y podemos comer al aire libre. Pero cuando entramos nos encontramos en una gran habitación, larga y baja de techo, oscura, que apestaba a cerrado. Había tres bancos con tres mesas macizas, y nada más. Ni siquiera un mostrador con una frasca de vino, ni siquiera un calendario, ni siquiera un anuncio de gaseosa. Llamamos tocando las palmas, se abrió una puerta y entró, con la barriga bien prominente, una mujer embarazada lo menos de seis meses, vestida de negro, con una cara amarilla que no anunciaba nada bueno, desconfiada y llena de mal humor.
       —¿Hay algo de comer?
       —No hay nada..., es tarde.
       —¿Un trozo de carne?
       —La carnicería está cerrada..., quizás habrá algo de queso de oveja.
       —¿Spaghetti?
       —Puedo poner el agua..., pero hará falta tiempo, el fuego está apagado... Y además no tengo mantequilla ni conservas.
       Espadafina se adelantó y le preguntó con voz petulante:
       —Nada de nada... ¿No será que tiene usted miedo de que no le paguen, buena mujer?
       Ella, sin descomponerse, contestó:
       —Pueden pagar todo lo que quieran... Pero no tengo nada.
       —Y entonces, ¿por qué han escrito “hostería” sobre la puerta?
       Ella se encogió de hombros y se dirigió chancleteando hacia la puerta.
       —¡Ignorante! —le gritó Teodoro, furioso.
       La mujer se volvió y dijo:
       —El que lo dice, lo es —muy tranquila, y luego desapareció.
       Salimos otra vez, bajo un sol que pegaba fuerte, con la barriga vacía, maldiendo a Marciano. Decidimos volver al lago de Bracciano para ver si encontrábamos algo de comer, en uno de esos pueblecitos tan bonitos, Anguillara o Trevignano. Durante todo el viaje, que fue vertiginoso, no cesamos ni un solo momento de hablar mal de la gente de los alrededores de Roma: “Paletos, ignorantes, bárbaros, incivilizados, villanos, destripaterrones, desgraciados, palurdos”, esto fue lo menos que se dijo. Corriendo como locos llegamos en breve a la vista del lago, azul, centelleante: aquel centelleo, bajo un sol tan intenso, causaba languidez. Llegamos a Trevignano, nos paramos en una trattoria sobre el lago. Entramos en una gran habitación que se parecía mucho a la de Marciano, sólo que había algunos cazadores, con sus escopetas y sus perros.
       —Anguilas —dijo en seguida Ugo, al entrar.
       —Sólo hay una, pero es muy gruesa —respondió la dueña guiándonos hacia una caseta donde tenía el vivero.
       Nos hizo entrar en un cuartito oscuro que parecía un lavadero y dentro de una pila de cemento para la colo-da nos indicó a la anguila, color de fango, enroscada en el fondo del agua oscura. La mujer se inclinó con un cubo, la anguila se deslizaba por el fondo, de aquí para allá, y finalmente entró en el cubo y la mujer la sacó, colgando y retorciéndose. Entonces Teodoro, muerto de hambre, cometió un error. Agarró a la anguila por el cuello, gritando:
       —¡No te me escaparás!
       En cambio la anguila hizo un movimiento; y él, atemorizado, soltó su presa y la anguila cayó sobre el pavimento y se deslizó bajo la pila.
       —¡Cógela! ¡Cógela! —gritaba Teodoro, tirándose al suelo.
       Sí, sí. La mujer dijo:
       —Ahora se ha metido por el agujero del desagüe y ya no se puede coger..., pero ustedes tendrán que pagarla.
       En resumidas cuentas, volvimos a salir, derrotados.
       Tampoco aquí había nada que comer, como en Marciano. Encargamos habas frescas, queso de oveja, pan y vino. Lo que se dice una comida por todo lo alto, después de hacer más de cincuenta kilómetros para venir a comer a Trevignano. La hostería estaba llena de cazadores que hablaban de caza, pero debían de ser puras charlas, porque no vimos ni una alondra. En cambio había perros en cantidad, todos tan delgados que daban miedo, amarillos, hirsutos. Teodoro les tiraba las cáscaras de las habas, diciendo:
       —¡Ea, come, atragántate! —y ellos, pobrecillos, se lanzaban sobre ellas creyendo que era pan.
       Pero el queso era bueno, fuerte, picante, el vino no era malo, había pan y habas en abundancia, de forma que nos atracamos de queso, habas, pan y vino. ¿Cuánto vino bebimos? Sin exageración, una botella por cabeza. Al final, ante el montón de cáscaras vacías, nació una discusión sobre el último partido de fútbol y Teodoro, intolerante como de costumbre, le dijo a Espadafina —que lo derrotaba con argumentos cada vez más convincentes— que tenía ganas de romperle la cara. Tuvimos que separarlos.
       Nos marchamos y ahora, a causa del mucho vino bebido, aunque hubiéramos comido como perros, estábamos otra vez alegres. En vez de dirigirnos a Roma cogimos por Ronciglione con la idea de tomar café. En una cuesta encontramos a dos ciclistas que renqueaban, con los números cosidos a la espalda y en el pecho. Alguien recordó que ese domingo había una competición en la zona; aquellos dos debían de haberse quedado rezagados del grueso del grupo. Teodoro, como de costumbre, encendido por el vino, se asomó a burlarse de los ciclistas cuando pasamos a su lado:
       —¡Piernas de trapo! ¡Cornudo!... Tú corres y mientras tanto tu mujer te pone los cuernos... ¡Cara de sémola!
       Teníamos que sujetarnos la barriga de tanto reírnos, porque los ciclistas, cansados y sudorosos, curvados sobre el manillar, no hablaban para ahorrarse el aliento y se limitaron a fulminarnos con sus miradas. Pasamos a los ciclistas, corrimos quizás un kilómetro y luego nos encontramos con el grupo de la carrera: veinte o más corredores todos juntos, con una gran cola de admiradores en bicicleta e incluso una par de coches, al paso. Dejamos atrás la carrera, siempre a buena velocidad; y, sin disminuir la marcha, entramos en Ronciglione, un par de kilómetros después.
       Ugo, que había bebido como todos, al llegar a la plaza, en vez de disminuir aceleró, quién sabe por qué. Un coche minúsculo, azul oscuro, centelleante, que iba muy despacio, le cerró el camino y él se le echó encima como un loco, embistiéndolo de pleno. Nos paramos inmediatamente, bajamos; bajó también del coche con el que habíamos chocado un señor alto, calvo, con bigote de cepillo, traje de cuadros, con guantes de gamuza en las manos. La culpa era nuestra pero, como verdaderos borrachos, empezamos a pelearnos con aquel señor tan aristocrático. Él hablaba con calma, despreciativo, mirándonos de arriba abajo; nosotros chillábamos; en torno nuestro estaba toda la gente de la plaza. El señor dijo, impaciente, que estábamos borrachos, lo cual era cierto; y entonces Teodoro empezó a aullar bajo su nariz:
       —Nosotros no hablamos arrastrando las erres, no conducimos con guantes de cabritilla... ¡Pero somos capaces de quitarle al señor conde toda su soberbia!
       De dónde había sacado que aquel tipo era conde, no lo sé. En aquel instante hubo un movimiento entre la gente, una mano agarró a Teodoro por hombro, una voz dijo:
       —¡Eh! Repite lo que has dicho antes, repítelo...
       Eran los dos ciclistas a quienes poco antes Teodoro, al adelantarlos, había insultado por la ventanilla. Uno, alto, flaco, extenuado, con las mejillas hundidas y ojos brillantes; el otro, bajo, con la cabeza chata, sin cuello, con dos hombros así de anchos. Se armó una gran confusión. Teodoro retrocedía, diciendo:
       —¿Quién te conoce? ¿Quién te ha visto nunca? —mientras el otro la emprendía a empujones y a golpes invitándolo a repetir lo que había dicho.
       El señor, envalentonado, gritaba que estábamos borrachos; nosotros la emprendimos a trompadas con el ciclista bajito, que también se hacía el valiente; la multitud ondulaba. Luego el ciclista alto quiso pegarle un manotazo a Teodoro y golpeó, en cambio, al señor; este reaccionó con un puñetazo; el ciclista bajito se arrojó sobre Teodoro; nosotros lo atacamos por la espalda; y toda la gente empezó a gritar. Por suerte, en medio de aquel aprieto, llegaron rígidos, correctos, impasibles, dos carabineros; y, como por encanto, inmediatamente volvieron el orden y el silencio. Todos mostraron sus documentos; la multitud contenía el aliento; ahora no se oía más que la voz de Teodoro, asustada, que rogaba:
       —Somos buena gente... Fue una casualidad... Los domingos, ya se sabe...
       A la vuelta, naturalmente, estábamos mohínos. Alguien dijo:
       —El catafalco nos dio mala suerte.
       Pero Alessandro, más juicioso, contestó:
       —¡Qué catafalco ni que ocho cuartos! Fue culpa nuestra... ¿Sabéis lo que haremos la próxima vez? Traeremos a unas muchachas..., las mujeres son amables y con ellas no ocurren ciertas cosas.
       Nos despedimos en Roma sin decir una palabra, de mal humor. El coche tenía el parachoques y uno de los faros destrozados; y Teodoro, un labio partido.




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