Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Prepotente a la fuerza (1949)
[Otro título en español: “Prepotente por fuerza”]

(“Prepotente per forza”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (30 de junio de 1949);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Había dado la cuchillada sin querer, casi por equivocación; Gino la evitó, y yo, lleno de miedo, me escapé a mi casa, donde luego vinieron a arrestarme. Pero cuando salí, algunos meses después, me di cuenta de que todos me miraban con admiración, especialmente en el bar de via San Francesco a Ripa, donde se reúnen los nadadores del río. Antes nadie sabía quién era yo; ahora, incluso me adulaban; y todos aquellos mocetones rivalizaban en demostrarme su amistad, invitándome a beber, haciéndome contar cómo había ocurrido, informándose de si todavía la tenía tomada con Gino o de si lo había perdonado. Acabó que, a pesar mío, me hinché y me persuadí de que de verdad era un prepotente, de esos que no miran a la cara a nadie y que por cualquier tontería pegan sin consideración Así, cuando los consabidos amigos del bar insinuaron que, durante mi ausencia, Serafino se había entendido con Sestilia, y al ver que me miraban como diciendo: —“¿Qué hará ahora?”—, sin ni siquiera pensarlo se me escapó de los labios:
       —Ya se sabe... Cuando no está el gato, los ratones bailan... Pero eso lo arreglo yo.
       Cuando dije estas palabras me pareció que había puesto mi firma en un contrato que no podía cumplir. He dicho: un contrato que no podía cumplir. Y me explico: en primer lugar, Serafino era el doble de alto y de grueso que yo; la verdad es que no se le tenía por valiente, por culpa de que es blando como un saco de garbanzos, con caderas anchas, hombros caídos y una cara sin un pelo de barba, lisa y deformada. Pero, a fin de cuentas, era un hombretón y me daba miedo. En segundo lugar, yo no sentía por Sestilia una gran pasión y, desde luego, no tanta como para volver a la cárcel por su culpa. La quería, sí, pero hasta cierto punto y, en substancia, también habría podido dejársela a Serafino.
       Así, pues, no era más que un puntillo de vanidad, porque me daba cuenta de que todos me consideraban un prepotente; y no tenía valor para desilusionarlos. Y, en efecto, después de aquel “eso lo arreglo yo” se me echaron todos encima con consejos y ayudas; y muy pronto se hizo un plan. Es preciso saber que Serafino tenía que casarse hacía tiempo con una planchadora que se llamaba Giulia. Se trataba, pues, de ir, Serafino, Sestilia, yo y los demás del bar a beber a una hostería pasada la Puerta San Pancrazio, para festejar mi vuelta a la libertad. Allí, en cierto momento, me enfrentaría con Serafino, con mi famoso cuchillo, y le ordenaría que dejara a Sestilia y se casara en seguida con Giulia. Me huele a mí que esta idea fue del hermano de Giulia, que era de los que más se acaloraban. Pero todos, más o menos, la tenían tomada con Serafino, porque, como decían, no era un verdadero amigo. A mí, si me lo hubieran dicho seis meses antes, les habría contestado:
       —Pero ¿estáis locos? ¡Cómo voy yo a meterle miedo a Serafino! Y, además, ¿por qué?... ¿Por Sestilia?
       Pero ya estaba hecho, yo era un prepotente, estaba enamorado de Sestilia y no podía volverme atrás. De forma que me hinché, llené de aire el pecho, y les dije:
       —Dejadme a mí...
       Hasta el punto de que alguno, más prudente, pensó en advertirme:
       —Pero ten cuidado, sólo debes meterle miedo... Nada de matarlo.
       Repetí:
       —Dejadme a mí...
       La tarde fijada, subimos todos a la hostería de Puerta San Pancrazio. ¿Quiénes estaban? Estaban Serafino, Giulia, Sestilia, Maurizio, alias Tío, Federico, el hermano de Giulia, los dos hermanos Pompei, Terribili, que llevaba el acordeón, y yo. Todos conocían el plan, los del bar y yo porque lo habíamos combinado juntos, Giulia y Sestilia porque habían sido advertidas, e incluso Serafino debía de sospechar algo porque había venido a regañadientes y no abría la boca. Sestilia y yo ni nos mirábamos siquiera; en cambio, Giulia, una muchacha exuberante que se reía siempre, y a la cual, cuando se reía, se le veían las encías como a un caballo, se restregaba contra Serafino, llena de esperanza. Los otros bromeaban y charlaban, aunque con esfuerzo, porque en el aire había algo raro. Yo, por mi parte, tenía verdadero miedo y de vez en cuando miraba a Sestilia, casi como esperando que me infundiera celos suficientes para darme valor. Y no digo que no me gustara: tiesa como un huso desde los pies a la nariz, con ese modo de andar de reina que tienen las trasteverinas, bucles negros en cascada enmarcándole el rostro, ojos grandes y negros, boca cruel; pero de gustarme a acabar en la cárcel por ella, había distancia. Casi, casi, habría querido gritarle a Serafino:
       —Quédatela, si te apetece, y no se hable más.
       Pero era el viejo Luigi quien hablaba así, el de antes del asunto de Gino. El Luigi nuevo tenía el deber, en cambio, de dar cuchilladas, de tomarse su desquite.
       Una vez llegados a la hostería, que estaba en la entrada de la via Aurelia, justo enfrente de las murallas, nos sentamos a una de las mesas, bajo la pérgola, y encargamos vino y rosquillas. De inmediato, quizás por efecto del vino, los del bar se sintieron llenos de una alegría estrepitosa. Charlaban, bebían, se tiraban las rosquillas, cantaban, y, cuando Terribili empezó a tocar el acordeón, como las chicas no querían bailar, empezaron a bailar la samba ellos solos. Si no hubiera tenido tanto miedo, les aseguro que yo también me habría reído. Había que verlos bailando entre sí: el que hacía de mujer meneaba las caderas con todas las actitudes y muecas que ponen las mujeres, y el que hacía de hombre enganchaba muy fuerte al otro por la cintura, lo levantaba y le daba vueltas en el aire, para después dejarlo caer al suelo. Todos se reían a más no poder; los únicos que no reíamos éramos Serafino y yo. El se había quitado la chaqueta y se había quedado en camiseta blanca, mostrando unos brazotes marrones, como de mujer, y yo calculaba para mis adentros que un solo golpe de esos brazos bastaría para derribarme. Me puse melancólico ante este pensamiento y le dije en voz baja a Sestilia, airado:
       —Contigo ya hablaremos, bruja, que eres una bruja.
       Ella se encogió de hombros y no dijo nada. Mientras tanto, sin embargo, pasaba el tiempo, y los del bar me hacían señas de que empezase. ¡Cómo si fuera tan fácil!... Se trataba, en resumen, de meterle a Serafino un miedo definitivo, absoluto, que le impidiera levantar cabeza. Diciéndolo así, no parece gran cosa; y quien va al cine y ve a los actores intercambiar puñetazos falsos y dispararse tiros que no hacen daño a nadie puede pensar incluso que meterle miedo a alguien es cosa sin importancia. Pero no es cierto; para meterle miedo a alguien hay que darle la impresión de que se le quiere matar en serio, y estos es muy difícil cuando, en cambio, como era mi caso, no se quiere matarle, sino sólo meterle miedo. Por suerte, estaba aquella cuchillada a Gino; la había dado una vez por equivocación, y ahora se trataba de darla a propósito. Entre tanto yo miraba a Sestilia y hubiera querido verla coquetear con Serafino; esto me habría encendido la sangre. Pero, en cambio, se estaba callada y comedida, manteniéndose apartada, como ofendida. Giulia, por el contrario, no hacía más que frotarse a Serafino y se reía por cualquier tontería, mostrando las encías.
       En suma, en un momento en que el acordeón no tocaba, casi sin pensarlo, quizás porque antes lo había pensado tanto, me incliné sobre la mesa y le dije a Serafino:
       —Oye, ¿quieres decirme qué te pasa?... Te invitamos a festejar mi regreso y no bebes, no hablas... Estás ahí, desganado, como si te desagradase saber que ya no estoy encerrado.
       —Nada de eso, Luigi..., ¿qué tiene que ver?... Me duele un poco el estómago, eso es todo.
       —Sí que te desagrada... —dije yo—, porque, mientras yo no estaba, cortejabas a Sestilia y no deseabas mi regreso... Por eso te desagrada.
       Había levantado la voz y pensaba para mí: “Todavía estoy en tierra, pero debo elevarme, elevarme, como un aeroplano que toma altura... Si no me elevo, me caigo”.
       Todos estaban callados ahora, satisfechos de verme enfrentado con Serafino, como en un espectáculo; Serafino, pude observar, se había puesto pálido, o mejor dicho gris, con su carota lisa y sin barba. Entonces me incliné más aún sobre la mesa y cogí con un puño el borde de su camiseta, en el pecho, retorciéndolo, y le dije con fuerza:
       —Tienes que dejar a Sestilia, ¿comprendes?... Tienes que dejarla porque ella y yo nos queremos.
       Serafino miró a Sestilia, como esperando que ella lo desmintiese, pero Sestilia, como una verdadera bruja, bajó los ojos, compungida. Giulia agarró a Serafino por el brazo, diciéndole:
       —Ven, Serafino... Vámonos.
       Ella se aprovechaba, trataba de llevar el agua a su molino, pobrecilla.
       Serafino masculló algo, luego se levantó y dijo:
       —Me marcho, no quiero que me ofendan.
       Muy contenta, Giulia se levantó también, diciendo:
       —Yo también me voy.
       Pero Serafino le ordenó:
       —Tú te quedas... No te necesito para nada.
       Luego tomó su chaqueta y se alejó bajo la pérgola.
       Todos me miraron, para ver qué pensaba hacer, y el hermano de Giulia dijo:
       —Se va, Luigi..., ¿qué haces?
       Yo hice un gesto con la mano, como diciendo “calma”, y esperé a que Serafino saliera de la hostería. Luego me levanté y salí tras él a la carrera. Lo alcancé en la avenida de las Murallas Aurelias; caminaba solo, por aquella calle vacía, grande y gordo, un hombretón, y de nuevo me dio miedo. Pero ya estaba lanzado y lo alcancé, y tomándolo por un brazo le dije jadeante:
       —Espera, tengo que hablarte.
       Sentí que el brazo era gordo pero blando y como sin músculos; y él, aunque protestó, se dejó llevar hacia uno de los entrantes oscuros de las murallas. Pensaba: “¡Madre mía, ayúdame!”, y, aunque tenía realmente miedo, lo lancé con un mano contra las murallas y con la otra levanté el cuchillo, diciendo:
       —Te voy a matar, Serafino.
       Era el momento; si me agarraba la mano, me desarmaba en seguida, porque yo había decidido dejarme desarmar antes que cometer un disparate. Sentí, en cambio, que se me escurría hacia abajo, casi desmayado, a lo largo de la muralla contra la que lo había empujado. Dijo tontamente: “¡Madre míal...”, que eran las mismas palabras que yo había pensado antes para darme valor, y luego se quedó allí, mirándome con los ojos muy abiertos, y comprendí que había ganado la partida.
       Bajé la mano armada y le dije:
       —¿Sabes lo que le hice a Gino?
       —Sí.
       —¿Sabes que sería capaz de hacerte a ti lo mismo, pero esta vez en serio?
       —Sí.
       —Entonces deja en paz a Sestilia.
       —Pero si casi no la veo... —dijo, recobrando parte de su valor.
       —No basta con eso —dije—; además, debes arreglar pronto tu situación con Giulia... ¿Has entendido? —y volví a levantar la mano.
       —Lo haré, Luigi..., pero deja que me vaya —dijo todo tembloroso.
       —¿Entendido? —dije—. Si no te casas con ella, te mato. No será hoy, será mañana... Pero te mato.
       —Me casaré —dijo él.
       —Y ahora, llámala —le ordené.
       Él se llevó la mano a la boca y llamó:
       —¡Giulia!... ¡Giulia!
       Inmediatamente, a través de la avenida, Giulia vino corriendo hacia nosotros, pobre muchacha.
       —Aquí está Serafino, que quiere hablarte... —dije—. Podéis iros... Yo me vuelvo a la hostería.
       Los miré alejarse juntos, y después volví a entrar bajo la pérgola. Estaba empapado en sudor y casi me caía al suelo, lo mismo que Serafino cuando le había amenazado con el cuchillo. Pero los de la mesa me acogieron con un aplauso:
       —¡Viva el campeón!
       Terribili dio principio a una samba con el acordeón, los demás volvieron otra vez a hacer el bufón, y Sestilia me dijo en voz baja:
       —¿Bailamos, Luigi?
       Bailamos, y mientras bailábamos ella me acercó la boca al oído y me dijo en un soplo:
       —Pero bueno, ¿es que te creíste que ya no te quería?
       Di una vuelta más grande, la llevé a un rincón oscuro de la pérgola y la besé; así hicimos las paces.
       Al día siguiente pensaba que Serafino ya se había olvidado de su miedo; pero cuando entré en el bar vi que me miraba con temor, y luego me dijo:
       —Hagamos las paces, ¿quieres? —y me invitó a beber.
       Luego empezó a hablarme de él y de Giulia y, con muchos rodeos, me dio a entender que habían decidido casarse. Yo casi no creía a mis oídos: Serafino se casaba porque me tenía miedo. Hubiera querido decirle: “Déjala plantada, ármate de valor... ¿No ves que somos de la misma pasta?” Pero ya no podía decírselo: yo era el forzudo, el que lleva el cuchillo en la faltriquera, el que pega. Y Serafino se lo creía, igual que los otros.
       Se casaron de verdad, y me invitaron a la fiesta, y el hermano de Giulia me dijo que todo era mérito mío. Pero luego me tocó a mí casarme.
       Había armado tal alboroto por Sestilia que ahora tenía que demostrarle que verdaderamente lo había hecho por ella. No me apetecía nada casarme con Sestilia, aunque no fuera más que porque, en mi ausencia, había coqueteado con Serafino; pero ya no podía echarme atrás. Cuando nos casamos, naturalmente, vino también Serafino con Giulia, que ya estaba encinta. Y Serafino, pobrecilio, me abrazó diciendo:
       —¡Enhorabuena, Luigi!
       —Sí —pensaba yo—, ¡enhorabuena, un cuerno!
       Pero desde entonces nunca más he vuelto a llevar el cuchillo encima.




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