Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Las gafas (1952)
[Otro título en español: “Los anteojos”]

(“Gli occhiali”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (16 de septiembre de 1952);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      A la modista Nespola la llamaban Nespola, que quiere decir níspero, porque era una enana con la cara amarilla y negra, precisamente como los nísperos cuando están maduros: negros los ojos, las ojeras, las cejas y el bigote, amarillas las mejillas, la frente, la nariz. Nespola vestía siempre como esas muñecas de trapo que los niños arrastran con la cara por el suelo: muy apretada la cintura, con una faldita corta sobre unas piernas gruesas e hinchadas. Nespola trabajaba en su casa, en el segundo piso, en via dell’Arancio. Tenía tres habitaciones: el dormitorio, con el gran lecho matrimonial de dos plazas, y alrededor, tan amontonados que casi no se podía circular, la cómoda con tapa de mármol, el armario con espejo, las mesillas de noche, la mesa, las sillas; la salita de pruebas, donde estaba un espejo de tres cuerpos y nada más, y por último el cuartito donde dormía su hijo, Natale, situado junto a una terracita que daba al patio, entre la casilla del retrete y la habitacioncita de la cocina. Nespola trabajaba en el dormitorio, en el vano de la ventana, sentada en un sillón de mimbre para niños. Si alguien entraba no la veía, porque estaba dentro del vano, entre la cortina y la ventana; y la cortina, toda bordada con pájaros y cestillos de flores, estaba siempre bajada. En aquel vano, además del silloncito, Nespola tenía la mesita de los carretes y una jaula con un canario. Y cuando dibujaba o cortaba extendía la tela sobre la cama, trepaba sobre la colcha y, de rodillas, trabajaba en torno al vestido. Las pruebas, como ya dije, las hacía en aquella salita minúscula: la cliente se desvestía y se quedaba erguida ante el espejo; Nespola, con una aguja o un alfiler entre los labios, subía a un taburete y así lograba colocarse a la altura de la cliente. Mientras probaba, Nespola no dejaba de hablar, muy seguido, en tono confidencial y presuroso. Habitualmente hacía cumplidos, casi en voz baja, a la cliente, elogiando la blancura de su piel, la belleza de sus cabellos, el color de sus ojos, las formas de su cuerpo. Y si la cliente era muy bonita Nespola llegaba incluso a llamar, como testigo, a su hijo:
       —Natale, ven aquí, mira y dime si no es como la Virgen que ha bajado a la tierra.
       Las clientes, que en su mayoría eran muchachas de la vecindad, no protestaban; porque tampoco Natale era un hombre que pudiera cohibirlas. Nespola, con estos cumplidos, sinceros por otra parte, se había hecho con una buena clientela. Acudían a ella, precisamente, muchas chicas que vivían en la misma casa y en las de al lado.
       Todo esto lo sé por haber frecuentado la casa de Nespola en la época en que Natale y yo éramos amigos. Entonces, Natale buscaba trabajo y lo había encontrado, de hecho, en el taller de vulcanización donde yo trabajaba como mecánico. Pero al cabo de dos meses dijo que aquél no era el camino para tener éxito, dejó el taller y se volvió a su casa. Me causó impresión aquella frase sobre el éxito, porque no se me había ocurrido nunca que con la vulcanización se pudiera lograr otra cosa que ir tirando, y así, y también por otras charlas que habíamos tenido y que habían picado mi curiosidad, continué tratándolo, aunque, a decir verdad, ni siquiera me resultaba simpático. Natale, en lo físico, era rechoncho, con una cara como hinchada, sin colores, pálida y fría; una cara que, quién sabe por qué, me hacía pensar siempre en un pez que tuviera mejillas. Pero como usaba gafas redondas de cristales dobles y tenía siempre un aspecto serio y grave, lo llamaban el profesor, aunque, según creo, no había hecho más que la primaria. Esta cara y sus maneras tranquilas inspiraban confianza; y, de hecho, los trabajos que había encontrado antes de la vulcanización habían sido siempre trabajos no de obrero, sino casi de empleado: mandadero, guarda, almacenero, copista. Todos ellos, trabajos, en suma, basados en la confianza que despertaba su cara de luna llena con gafas. Pero, y aquí entra el diablo en el asunto, todos aquellos trabajos Natale los había perdido porque, al parecer, en cierto momento había hecho algo bastante gordo, como garrafiñar, embrollar, robar. Por lo que pude entender, ocurría siempre de la misma manera: el patrón, al principio, se fiaba de él, juraba que era honradísimo, le habría dado las llaves de la caja fuerte, y, luego, no se sabe cómo, de pronto lo despedía, diciéndole indefectiblemente:
       —Vete y que no te vuelva a ver... Y ya puedes agradecer a esa santa de tu madre el que no te denunciemos.
       Estas cosas yo las sabía y no las sabía, porque, aunque frecuentaba la casa, nada se transparentaba. Nespola, muy viva, siempre ocupada, como mucho dejaba escapar un suspiro de cuando en cuando, y a él, además, ya le podían escupir a la cara que no se descomponía. En suma, salvaban las apariencias; pero es de creer que, entre ellos, ella se desesperaba y lloraba y que él le prometía que cambiaría de vida. Pero tan pronto como encontraba un nuevo trabajo volvía a caer en lo mismo.
       Natale, a primera vista, no parecía muy fuerte: de estatura mediana, corpulento, reventando en sus trajes que siempre parecían quedarle estrechos. Y, en cambio, era un toro; yo lo había visto levantar él solo, en el taller, un cochecito utilitario. Esta fuerza disimulada era un poco el símbolo de su verdadero carácter, escondido también bajo una apariencia seria y comedida. Era, en suma, lo que se llama una mosca muerta: por fuera, de una manera, y por dentro, de otra. Sólo su madre, si acaso, sabía verdaderamente cómo era: Natale le había abierto los ojos con el asunto de Nápoles, hacía unos años. En aquella época, que en el Norte estaban todavía en guerra, Natale, que aún no se había destapado y engañaba todavía a su madre con su cara afligida y sus gafas, la convenció a ella y a algunas amigas para que le confiaran una suma con la que ir a Nápoles a hacer acopio de medias de señora; en Roma escaseaban, las revenderían a un precio mucho mayor, bastaría para hacerse ricos todos. No sé por qué, se corrió por el edificio la voz de que Natale tenía olfato para los negocios y todas aquellas pobres mujeres le dieron algo, y su madre le dio todos sus ahorros. Natale marchó a Nápoles en coche, pero no trajo las medias e incluso volvió sin chaqueta. Contó que, a la altura de Formia, lo habían asaltado unos bandidos. Pero, por desgracia, el chófer que lo había llevado a Nápoles dijo la verdad poco tiempo después: en Nápoles, Natale se había encontrado con algunos napolitanos, jugadores empedernidos. Se comprometieron para una partida y él perdió. Nespola, según me contaron, casi se puso enferma, sobre todo, como repetía, por todas aquellas amigas suyas que se habían fiado de ella. Natale, en cambio, ni se alteró, como si no hubiera ocurrido nada. Pero creo que su madre nunca más se fió de él.
       En resumen, era jugador, Natale, y no por la pasión del juego sino porque, como él decía, se había dado cuenta en seguida de que un pobretón no puede recorrer mucho camino a base de trabajo honrado, y que sólo la fortuna puede hacerlo salir de su condición de pobre. Más aún, tenía sus propias ideas sobre la vida y sobre el éxito en la vida, y las exponía gustoso; y, como ya dije, incluso después de que dejó la vulcanización continuaba yo tratándolo, porque sentía curiosidad por sus ideas y aquel ladrón que parecía un profesor, aquel jovenzuelo que parecía un hombre maduro, aquel ignorante que no cesaba nunca de pontificar, por un lado me daba rabia y por otro me subyugaba. Así, pues, Natale decía que en la vida todo depende de la fortuna, y que la fortuna es de quien la atrapa; que, sin embargo, a la fortuna hay que ayudarla, que todo estribaba en tener prontitud: aprovechar el momento oportuno y dar el golpe. Lástima que, en su afán por dar ese golpe, no se anduviera con demasiados remilgos, más aún, que fuera derecho al bulto. Natale, además, decía estas cosas como si fueran el Evangelio, mirando muy fijo a través de las gafas, con una seguridad que dejaba estupefacto, como si él no hubiera sido el desgraciado que era sino uno que, precisamente, había sabido agarrar a la fortuna por los cabellos y no la dejaba escapar. Me daba rabia, y una vez no pude resistir a la tentación y lo interrumpí, diciéndole:
       —Y tú... ¿entonces?
       Pero él no se inmutó, porque tenía una cara muy dura, y me respondió encogiéndose de hombros:
       —¿Qué tiene que ver?... Roma no se hizo en un día.
       Mientras tanto, en espera de que Roma se hiciera, continuaba persiguiendo a la fortuna jugando a las cartas donde podía y con cualquiera. Jugaba sobre todo en una lechería poco distante de su casa, por la noche, después del cierre, en la trastienda, mientras el mozo, una vez bajado el cierre metálico, esparcía serrín por el suelo y limpiaba el mostrador. El, el dueño de la lechería, el camarero y otro más. ¿Ganaba? ¿Perdía? Quizás ganaba a veces, porque en otro caso no veo dónde podía procurarse el dinero para continuar jugando; pero, al final, también perdía, porque él, pobre e hijo de una modista, era como un jarrón de barro entre jarrones de hierro, pues los otros tres tenían más dinero que él. Entonces, cuando perdía, no sabiendo qué hacer para tapar los agujeros, traicionaba la confianza de quien le daba trabajo. Garrafiñaba y vendía. Ahí estaba todo el misterio de los despidos repentinos, con aquellas palabras que hubieran hecho ruborizar a un negro y que a él no le daban ni frío ni calor. Su madre, que ya lo conocía a fondo, no le decía, en efecto, como tantas madres:
       —No corras tras las mujeres —o bien: —No pierdas tiempo con el deporte —sino, tan sólo: —Deja esas cartas, hijo del sol...
       Lo llamaba hijo de oro e hijo del sol porque, aunque todo estaba dicho y lo sabía deshonesto e incluso ladrón, seguía siendo su hijo y ella esperaba que un buen día se enmendaría, emprendería el camino justo y. se convertiría en un honrado trabajador. Pero, sí, sí; el hijo de oro, el hijo del sol, en cambio, una mañana en que Nespola había salido para entregar un vestido, cogió un hierro, hizo saltar la cerradura del armario y arañó todo el dinero que encontró. Me consta que luego le explicó a su madre que quería jugar una partida, una sola, y devolverle aquel dinero multiplicado por cien. Por desgracia, en cambio, había perdido, como de costumbre. Pienso que Nespola, por lo que se refiere al dinero, lo apuntó en la pared y luego blanqueó; total, ya estaba acostumbrada. Pero en cuanto al hierro fue como si se lo hubiera hundido en el corazón. Desde aquel día estuvo siempre triste y al trepar al taburete para probar los trajes a sus clientes dejó incluso de dirigirles cumplidos.
       Uno de aquellos días Natale volvió a casa al anochecer y le dijo a su madre que había estado buscando trabajo. No llevaba puestas las gafas y explicó que las había olvidado en un café donde se las había quitado para leer el periódico. Él, siempre que debía hacer algo que exigía un cuidado especial, se quitaba las gafas y las dejaba a un lado, quizás por miedo a romperlas o porque, de cerca, veía mejor sin gafas. La madre le había preparado la cena, como de ordinario, en la mesita de trabajo, en el vano de la ventana del dormitorio; y él devoró un plato de tallarines con anchoas, un plato de acelgas rehogadas y un pan. En suma, tenía mucha hambre, y Nespola, posteriormente, dijo que nunca lo había visto comer tan a gusto. Después de cenar, Natale encendió un cigarrillo y luego durmió quizás una hora en la cama de dos plazas. Después se despertó, le pidió dinero a Nespola y se fue al cine de al lado, donde echaban una película cómica americana. Yo estaba en la sala y lo vi en primera fila, sin gafas, riéndose de vez en cuando, sacudiendo todo el cuerpo encajado en la butaca, como si tosiera. En pocas palabras: a la salida del cine, los agentes, que ya habían estado en su casa, lo arrestaron y se lo llevaron en vilo a la comisaría. A la mañana siguiente todos los periódicos publicaban la noticia: Natale había ido a pagar el alquiler y había aprovechado la ocasión para matar a martillazos al casero, viejo y gotoso. Si no hubiera sido un hombre tan preciso quizás no lo hubieran descubierto nunca. Pero, para asestar mejor los martillazos se había quitado antes las gafas, dejándolas en el antepecho de la ventana; luego, con la excitación, las había olvidado, y allí las encontró la policía. La madre, pobrecilla, que no creía ya posible recibir nuevas sorpresas, se encontró, en cambio, aquella mañana con la sorpresa más enorme de su vida. No sé cómo se lo tomó los primeros días, cuando todos los periódicos hablaban de su hijo y de ella; pero es de creer que se encomendara a la Virgen, porque era religiosa, y que la Virgen le concediera la gracia de recuperar el valor para seguir tirando. Lo cierto es que, transcurrido algún tiempo del delito, Nespola fue a la cárcel a visitar a su hijo; allí, éste, gracias a su aspecto serio y a su buena conducta, había obtenido un puesto de confianza en las oficinas de la enfermería.




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