Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

El guardián (1949)
(“Il guardiano”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (27 de marzo de 1949);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Me gusta estar solo porque la gente me toma el pelo por culpa de mis gafas y de mi voz de mujer, que además, cuando estoy turbado, empieza a tartajear. Así, cuando mi empresa me ofreció un puesto de guardián en un depósito, en el kilómetro 20 de la Salaria, acepté sin discutir. El depósito se encontraba en un vallecito, entre unas colinas verdes y peladas. Imagínense un cuadrilátero desnudo y polvoriento al fondo del valle, con un cercado hecho de ladrillos nuevos amontonados, muchos barracones largos y bajos adosados al muro y, en el centro, un viejo tonel bajo un tubo goteante, doblado en codo. Dentro de los barracones había de todo un poco: sacos de cemento, tuberías, tejas, barriles de alquitrán, montones de vigas, ladrillos; uno de los barracones me servía de vivienda: dos habitaciones desnudas, con un catre, una mesa y algunas sillas. Parecía que se estaba en campo abierto, lejos del mundo, pero bastaba con subir a una de las colinas para ver, justo al lado, la Salaria, muy recta, con los plátanos listados de blanco y, un poco más arriba, la muestra de la Hostería de los Cazadores, donde me hacían la comida. Me habían dado una pistola de reglamento con varios cargadores y un fusil con el que, a veces, iba a cazar alondras por las colinas. En suma, allí no había nadie y, salvo las rondas nocturnas, no tenía nada que hacer.
       Estuve cuatro meses en aquel depósito sin que me sucediera nada. Una noche llamaron a la puerta, fui a abrir pensando que era alguien de la empresa y, en cambio, me encontré ante dos hombres y una mujer. A uno de ellos lo conocía perfectamente, se llamaba Rinaldi y era chófer; era el único que no se burlaba de mí por mis gafas y mi voz en la obra de la ciudad donde yo trabajaba antes. Era precisamente todo lo contrario que yo: yo soy paleto y él era un señor; él era guapo, tan moreno, alto y fuerte, y yo era feo; yo no les gusto a las mujeres y él tenía todas las que quería. Quizás por esto, porque era tan diferente a mí y me habría gustado ser como él, le tenía cariño. Con él estaba una mujer que se llamaba Emilia: bajita, redonda, con un rostro pálido y ovalado, ojos grises, grandes y apagados, y una boca con las comisuras hacia arriba, como si estuviera siempre riéndose.
       En cuanto al otro hombre, era uno de Monterotondo y se llamaba Teodoro; pelirrojo, rizoso, con ojos amarillos de gato, una nariz puntiaguda y mejillas violadas como si acabara de soplarle a la cara la tramontana. Rinaldi dijo que debía hablarme y yo le hice entrar en el barracón.
       —Vincenzo —me dijo Rinaldi, tras haberme dado un cigarrillo—, el caso es que podrías ganar algo de dinero sin mucho trabajo..., más aún, continuando de guardián.
       Yo desencajé los ojos pero no dije nada; y él, animado por mi silencio, se explicó: ellos tenían una gran partida de género que habían retirado, por así decirlo, de un comercio de la ciudad. Yo tendría que permitirles depositar lo hurtado en uno de mis barracones. Luego ellos se ocuparían de recogerlo, a su debido tiempo; y entonces me darían a mí un tanto.
       Al sentir esta proposición me acometió una especie de fiebre; pero no podía negarme. Rinaldi era como un hermano para mí. Le dije, tartajeando:
       —Oye, Rinaldi, yo soy guardián, ¿no?
       —Claro que sí.
       —Pues bien, soy guardián y quiero seguir siendo guardián.
       —¿Qué quieres decir?
       —Quiero decir que vosotros hacéis lo que queráis, metéis las cosas en el barracón, vais y venís... Pero yo no sé nada, no os he visto, no os conozco... Y si, por casualidad, os preguntan, decís que no me conocéis... Quiero decir que el género lo habéis metido sin saberlo yo.
       Ellos menearon la cabeza, sorprendidos. Y Teodoro dijo, casi amenazándome:
       —Pero tú cuidarás de las cosas... No sea que, como no nos conoces...
       Rinaldi lo interrumpió:
       —Tú no conoces a Vincenzo..., déjalo ya.
       —Soy el guardián, ¿no? —dije yo entonces—. Pues bien, haré de guardián de vuestras cosas.
       Teodoro, siempre igual, advirtió:
       —Puedes estar tranquilo, que saldrás ganando.
       —Puedes estar tranquilo tú, grosero —repliqué, resentido—, no quiero nada vuestro... ¿Has entendido?
       En resumidas cuentas, nos pusimos de acuerdo y Rinaldi salió y después de un rato volvió con el camión. Descargaron el género en uno de los barracones, detrás de unos barriles, pero yo ni siquiera lo vi, aunque me dijeron que eran telas. Antes de irse, la Emilia me lanzó una mirada que me pareció cariñosa y ese fue todo el regalo que recibí.
       Después de aquel día vinieron tres o cuatro veces más, siempre con la Emilia. Tocaban una señal con el claxon, yo abría inmediatamente las verjas, descargaban el género y luego se iban. No quería que se quedasen mucho rato; mientras descargaban me encerraba en mi barracón. Además, todavía discutí alguna vez con aquel Teodoro: actuaba siempre como un prepotente y yo no lo podía soportar. Pero la Emilia me sonreía y siempre tenía alguna frase amable. Una vez me dijo:
       —¿No te aburres, tan solo?
       —Estoy acostumbrado a estar solo —le respondí.
       Un día abro el periódico y me encuentro con que han detenido a Teodoro, a Rinaldi y a otros muchos. El periódico los llamaba la banda del agujero, porque entraban en los comercios haciendo un agujero en la pared del comercio vecino. Otras veces entraban por la bodega, pero siempre por medio del agujero. El periódico publicaba las fotografías de Rinaldi, de Teodoro y de otro más, sin cuello de camisa, con la barbilla alzada, los ojos muy abiertos. “Peligrosa banda de malhechores capturada por la justicia”, decía el titular. Pero Rinaldi, como chófer, era el menos comprometido y de la Emilia ni siquiera hablaban.
       Estábamos en invierno y una noche que llovía y soplaba el viento, y toda la explanada era un lago, llamaron a mi puerta. Voy a abrir y me encuentro ante la Emilia, pero ¡en qué estado!: en primer lugar estaba encinta, con una barriga muy gorda y su hermoso rostro parecía estirado hacia abajo, hacia la barriga; y además le había llovido encima y parecía vestida de harapos y tenía todo el pelo pegado a la cara. Entró y, sin hablar, me dio una nota de Rinaldi. En la nota, Rinaldi me decía que saldría de la cárcel dentro de un año; entre tanto, me confiaba a la Emilia, pagándome una cantidad para su mantenimiento, y me recomendaba también el género, que era enteramente suyo porque los otros ya habían recibido su parte. Nada más. Pensé que Rinaldi estaba convencido de que podía hacer conmigo lo que quisiera y pensé que tenía razón porque yo era capaz de hacer cualquier cosa por él. De forma que le dije a la Emilia que por aquella noche durmiese en mi cama, que yo me acomodaría en la otra habitación, echando unos cojines en el suelo. Y así comenzó nuestra vida juntos.
       De allí a unos meses, cualquiera que hubiera venido al depósito habría pensado, con toda seguridad, que yo me había casado y era un marido y un padre feliz. En la explanada lucía el sol de octubre y, en el centro, la Emilia, con las mangas remangadas sobre sus hermosos brazos redondos, lavaba y aclaraba en el agua del tonel mis camisas; había otras ropas tendidas en cuerdas, a secar; y yo estaba al sol, sentado en una silla, fuera del barracón, y mecía en mis brazos al niño de la Emilia, que se llamaba como yo, Vincenzo. Al lado del barracón había una barraca más pequeña que había construido yo mismo; y de aquella barraca llegaba el olor de la salsa de los macarrones, porque la Emilia cocinaba para mí y ya no iba a la hostería. Cualquiera, al verme jugar con el niño y al ver a la Emilia, tranquila y sonriente, mientras lavaba la ropa en el barril, nos habría tomado por una familia feliz. Y, en cambio, nada era verdad: y aquel niño era de Rinaldi y la Emilia era de Rinaldi y las telas escondidas en el barracón eran de Rinaldi y yo, de la misma manera que antes había sido guardián de las cosas de la empresa, ahora lo era de las cosas de Rinaldi, incluidos el niño y la Emilia. Pero, por todo lo demás, era como si me hubiera casado: la Emilia era muy buena y no me faltaba de nada y el niño era guapo y bueno. El único inconveniente, si acaso, era que siempre tenía que hablar de Rinaldi con la Emilia, que contaba los días y los meses que faltaban para que saliera; no es que me desagradara hablar de él, pero una cosa es ser la amante, como la Emilia, y otra cosa es ser el amigo, como yo; y además, parecía como si sólo él existiera en el mundo y yo no contase para nada. Una noche se lo dije; y ella, como si hubiera descubierto por primera vez que yo también era un hombre, comenzó a pincharme desde aquel día sobre el capítulo del amor. Bromeaba, pero yo sufría y me di cuenta de que ella me gustaba. Hasta que, una vez, le dije:
       —Tú eres de Rinaldi, de modo que déjame en paz.
       —Por supuesto que soy de Rinaldi —respondió—, pero tú eres un verdadero amigo y no debes de estar celoso.
       Y todo acabó así.
       Una de aquellas noches me pareció oír un ruido; me levanté, cogí la pistola y salí del barracón. Era una noche de luna llena y la luna parecía haber caido en el agua del tonel, que resplandecía como la plata. Se distinguía la menor piedra de la explanada, con su sombra, grande o pequeña, al lado; y las colinas, alrededor, negras contra el cielo claro. En resumen, se veía como si fuera de día, de forma que lo encontré en seguida. Le di el alto cuando se escurría entre un barracón y otro; y en seguida apareció, diciendo:
       —¡Guarda esa pistola! ¿No me reconoces?
       Era Teodoro, el de Monterotondo, pero estaba muy cambiado. Vestido de harapos, con las mejillas consumidas cubiertas de una pelusilla rojiza, los ojos amarillos extraviados, parecidos a los de un lobo. Dijo:
       —He venido a retirar esas telas, tengo un camión ahí fuera, con unos amigos.
       —Esas telas son de Rinaldi —le respondí.
       En resumen, comenzamos a discutir y él primero quería hacerse el prepotente y luego me propuso ir a medias, pero yo rehusé. Estábamos de pie, junto al tonel, y el ventanuco de la Emilia se había iluminado y ella nos miraba. Por último le dije:
       —Vete, será mejor.
       —Me voy, no tengas miedo —contestó.
       Y se encaminó hacia la entrada. Pero yo lo seguía con la mirada mietras iba detrás de él, porque sabía que era uno de esos que se lían a cuchilladas. Y, en efecto, a poca distancia de la entrada da un salto hacia mí. Yo retrocedo un paso y disparo. ¿Lo creerán ustedes? Continuó viniendo hacia mí, con la cara tendida hacia adelante, con sus ojos de lobo abiertos de par en par, una mano en el pecho, donde yo le había dado, y otra en la navaja. Le disparé una vez más y entonces cayó al suelo.
       A la mañana siguiente los carabineros hicieron una investigación, descubrieron que era un delincuente, que se había escapado de la cárcel y así acabó la cosa. La empresa me mandó incluso un regalo por haber defendido tan bien sus cosas. Yo le dije a la Emilia:
       —Rinaldi primero me ha convertido en un ladrón y luego en un asesino.
       —Te has defendido... —contestó ella— eso es todo.
       —Hablaba por hablar... —le dije entonces— yo soy el guardián y de todos modos debía disparar.
       Por casualidad, el mismo día en que Rinaldi, por fin libre, vino a recoger a Emilia, al niño y las telas, la empresa me había anunciado que dejarían pronto desocupado el depósito; de modo que todo acababa al mismo tiempo y yo no sería ya guardián de nadie, ni de la empresa ni de Rinaldi. Él llegó una noche, después de las doce, con el camión; y sobre el parabrisas había escrito, con letras blancas: Emilia. Yo le dije:
       —Rinaldi, ahí tienes a Emilia, tal como me la has mandado... Ahí tienes al niño... y allá dentro están tus telas... Todo en regla, como puedes ver.
       Él sonreía feliz por volver a encontrar a la Emilia y al niño, y decía:
       —Muy bien, Vincenzo... Ya sabía yo que podía confiar en ti... Está bien.
       Pero yo experimentaba un sentimiento mezclado de rabia y de tristeza y casi sentía pena y repetía:
       —Rinaldi, puedes ver que te devuelvo tal cual todo lo que me has confiado.
       Luego él quería darme dinero, insistió en regalarme un reloj, me propuso llevarme a Roma en el camión, pero yo lo rechacé todo, diciendo:
       —No quiero nada... Soy el guardián, ¿no?..., no quiero nada.
       Ahora comprendía que estaba enamorado de la Emilia y que al mismo tiempo me disgustaba y estaba contento por haberla respetado. En suma, le cargué yo mismo el género en el camión y luego él subió con la Emilia, que sonreía y llevaba en brazos al niño, envuelto en una manta. Él me gritó, quizás sin malicia:
       —Nos volveremos a ver, ¿eh, guardián? —y el camión partió.
       Pocos días después vinieron los camiones de la empresa: cargaron los ladrillos, los sacos de cemento, las tuberías, los barriles de alquitrán, y luego tiraron la cerca y cargaron también los ladrillos y al final se dedicaron a los barracones y cargaron incluso las tablas. Durante todo el día, varios días, los camiones iban y venían, en medio de una gran polvareda, cargando cosas y llevándoselas. Al final, una mañana, deshicieron mi barracón y también lo cargaron. Yo me quedé el último. Ahora sólo había la explanada de tierra pisoteada sobre la que empezaba a despuntar la hierba y, aquí y allá, trozos de ladrillo, charcos y, alrededor, las colinas. Había pasado casi dos años en aquel lugar, pero ya se había acabado. Tenía todas mis cosas en una maleta de fibra atada al sillín de la bicicleta. Cogí la bicicleta en la mano y la fui empujando hasta la Salaria. Una vez en la carretera, monté en la bicicleta y, pedaleando despacio, me dirigí hacia Roma.




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