Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

La palabra “mamá” (1951)
(“La parola mamma”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (17 de agosto de 1951);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Los azares de la vida son muchos y una tarde que me encontraba en la trattoria con Stefanini, así, entre una charla y otra, le pregunté si sería capaz de escribirme una carta como de una persona que tiene hambre, está parada, tiene a su cargo a su madre, enferma de un mal que no perdona, y que, por estos motivos, se encomienda al buen corazón de algún benefactor, pidiéndole dinero para quitarse el hambre y para cuidar a su madre. Stefanini era un muerto de hambre de primera, siempre sin un cuarto, siempre en busca de alguna ocasión; pero era lo que se llama una buena pluma. Trabajaba como periodista, enviando de vez en cuando algún artículo a un periodicucho de su pueblo y, en ratos muertos, era también capaz de hilvanar, en el momento, una poesía sobre cualquier tema, con todos los versos y las rimas en su sitio. Mi petición le interesó; y me preguntó en seguida para qué quería aquella carta. Le expliqué que, precisamente, los azares de la vida eran muchos; yo no era un literato y podía llegar el momento en que una carta semejante me fuera de utilidad y no todos los días uno se encontraba con un Stefanini, capaz de escribirla de acuerdo con todas las reglas. Cada vez más curioso, se informó de si mi madre estaba enferma de verdad. Le contesté que, a lo que sabía, mi madre, que trabajaba de partera en el pueblo, gozaba de buena salud; pero, a fin de cuentas, todo podía ocurrir. Para decirlo en pocas palabras, tanto insistió y me interrogó que al fin le dije la verdad: es decir, que yo vivía, como suele decirse, de expedientes, y que, a falta de cosa mejor, uno de estos expedientes podría ser precisamente esta carta que le pedía que me escribiese. No se escandalizó en absoluto, con gran asombro mío; y me hizo aún muchas preguntas sobre la forma en que me las arreglaría. Dándome cuenta de la amistad que me demostraba, fui sincero: le dije que iría con la carta a ver a alguna persona adinerada, y que se la dejaría junto con algún objeto artístico, un bronce o una pintura, advirtiendo que pasaría una hora después para recoger su donativo. El objeto artístico fingiría regalarlo, en señal de gratitud; en realidad servía para hacer aumentar el donativo, porque el benefactor no querría nunca recibir más de lo que daba. Concluí afirmando que, si la carta estaba bien escrita, el golpe no podía fallar; y que, en cualquier caso, no existía el peligro de una denuncia; se trataba de sumas pequeñas y además nadie quiere admitir que se ha dejado engañar de ese modo, ni siquiera ante la policía.
       Stefanini escuchó todas estas explicaciones con la máxima atención; y luego se declaró dispuesto a escribirme la carta. Yo le dije que debía insistir, sobre todo, en tres puntos: el hambre, la desocupación y la enfermedad de la mamá; y él me contestó que lo dejara hacer, que me serviría en todos estos extremos. Hizo que el dueño le diera una hoja de papel, sacó del bolsillo la estilográfica y después, tras haberse concentrado un instante, con la nariz al aire, soltó toda la carta rápidamente, sin una tachadura, sin una vacilación; era una maravilla verlo y casi no creía a mis ojos. También debía espolearlo su amor propio, porque le había adulado diciéndole que sabía que era una buena pluma y que conocía todos los secretos del arte. Cuando acabó, me dio la hoja y yo comencé a leer y me quedé estupefacto. Estaba todo, el hambre, la desocupación, la enfermedad de la madre, y todo estaba escrito exactamente como se debe, con palabras tan verdaderas y sinceras que casi casi me conmovieron a mí, aunque conocía su falsedad. En particular, con la intuición propia de un escritor, Stefanini había empleado muchas veces la palabra “mamá”, en expresiones como “mi adorada mamá”, o bien “mi pobre mamá”, o incluso “mi queridísima mamá”, sabiendo muy bien que “mamá” es una de esas palabras que van derechas al corazón de la gente. Además, había comprendido perfectamente el truco del objeto artístico, y la parte de la carta que trataba de él era una joya, por la manera de decir y no decir, pedir y no pedir, y, en suma, lanzaba el anzuelo al pez sin que éste pudiera advertirlo. Le dije con sinceridad que aquella carta era una verdadera obra maestra; y él, tras haberse reído con aire halagado, admitió que estaba bien escrita; tan bien que quería conservarla y me rogaba que se la dejase copiar. De forma que copió la carta y luego yo, a cambio, le pagué la cena y poco después nos separamos como buenos amigos.
       Unos días después decidí hacer uso de la carta. Hablando de esto y lo otro con Stefanini se le había escapado el nombre de una persona que, según él, picaría en el anzuelo: un abogado, Zampichelli, al cual, como me dijo, hacía cerca de un año que se le había muerto la madre. Esta pérdida lo había abatido, siempre según las informaciones de Stefanini, y se había entregado a hacer el bien, ayudando cada vez que podía a la gente pobre. En suma, era precisamente el hombre que se necesitaba, dado que no sólo la carta de Stefanini era conmovedora y convincente sino que también él, por su parte, estaba preparado para creer en ella por los azares de su vida. Así, pues, una hermosa mañana cogí la carta y el objeto artístico, un leoncito de hierro dorado con una pata posada sobre una esfera de falso mármol, y me fui a llamar a la puerta del abogado.
       Vivía en un chalecito en Prati, al fondo de un viejo jardín. Me abrió una doncella y le dije velozmente:
       —Este objeto y esta carta para el abogado. Dígale que es urgente y que volveré a pasar dentro de una hora.
       Le puse todo en la mano y me marché. Pasé aquella hora de espera caminando por las calles rectas y vacías de los Prati y repitiéndome lo que tenía que decir cuando estuviera en presencia del abogado. Me sentía bien dispuesto, con la mente lúcida, y estaba seguro de que sabría encontrar el tono y las palabras justas. Transcurrida la hora, volví al chalecito y llamé de nuevo.
       Esperaba ver a un joven de mi edad, y en cambio era un hombre de unos cincuenta años, con una cara llena, roja, flácida, calvo, con ojos lacrimosos, parecía un perro de San Bernardo. Pensé que la madre muerta tendría por lo menos ochenta años y, en efecto, sobre el escritorio estaba la fotografía de una viejísima señora de rostro arrugado y cabellos blancos. El abogado se sentaba ante una mesa llena de papeles, y llevaba una bata de seda rayada, con el cuello desabotonado, y barba crecida. El despacho era grande, lleno de libros hasta el techo, con muchos cuadros, estatuillas, armas, jarrones de flores. El abogado me recibió como a un cliente, rogándome en seguida, con voz afligida, que me sentara. Luego se apretó la cabeza entre las manos, como para concentrarse, dolorosamente, y por fin dijo:
       —He recibido su carta..., muy conmovedora.
       Pensé con gratitud en Stefanini y contesté:
       —Señor abogado, es una carta sincera..., por eso es conmovedora... Me ha salido del corazón.
       —Pero, ¿por qué, entre tanta gente, se ha dirigido precisamente a mí?
       —Señor abogado, quiero decirle la verdad, sé que usted ha tenido una gravísima pérdida —el abogado me oía entornando los ojos— y he pensado: él, que tanto ha sufrido por la muerte de su madre, comprenderá la aflicción de un hijo que ve que su madre se le muere, por así decirlo, ante sus ojos, día tras día, sin poder ayudarla...
       El abogado, ante estas palabras que dije con tono conmovido porque comenzaba a caldearme, hizo señas afirmativas con la cabeza, varias veces, como para decir que me comprendía, y luego, levantando los ojos, preguntó:
       —¿Está usted sin trabajo?
       —Sin trabajo es poco, señor abogado —respondí—. Estoy desesperado..., mi vida es una odisea... He ido a todas las oficinas, hace dos años que doy vueltas y no encuentro nada... Señor abogado, ya no sé qué hacer.
       Había hablado con calor. El abogado se cogió de nuevo la cabeza entre las manos y después preguntó:
       —Y su madre, ¿qué es lo que tiene?
       —Señor abogado, está enferma de aquí —dije; y, para impresionarlo, puse un rostro afligido y me toqué el pecho con un dedo. Él suspiró y me dijo:
       —¿Y este objeto..., este bronce?
       Había previsto la pregunta y respondí, rápido:
       —Señor abogado, somos pobres..., más aún, somos indigente... Pero no siempre fue así... En tiempos fuimos acomodados, puede decirse..., y papá...
       —¿Papá?
       Me quedé muy sorprendido y pregunté:
       —Sí, ¿por qué? ¿No se dice así?
       —Sí —dijo él, apretándose las sienes—, se dice, precisamente, papá. Continúe.
       —Papá tenía un comercio de telas... Teníamos una casa bien puesta... Señor abogado, lo hemos vendido todo, cosa a cosa... Ese bronce es el último objeto que nos queda..., estaba en el escritorio de papá.
       —¿De su papá?
       Perdí el hilo de nuevo y esta vez, no sé por qué, corregí:
       —Sí, de mi padre... En suma, es nuestro último recurso... Pero, señor abogado, yo quiero que usted lo acepte en prenda de mi gratitud por lo que pueda hacer...
       —Sí, sí, sí —repitió tres veces el abogado, sin dejar de oprimirse las sienes, como para decir que comprendía todo.
       Luego se quedó un largo rato silencioso, con la cabeza inclinada. Parecía reflexionar. Finalmente se recobró y me preguntó:
       —¿Con cuantas emes escribe usted la palabra mamá?
       Esta vez me quedé realmente asombrado. Pensé que, al copiar la carta de Stefanini, había cometido un error y respondí, inseguro:
       —Pues... la escribo con tres emes, una al principio y dos al final.
       Él gimió y dijo, casi dolorosamente:
       —Ya ve usted, precisamente son todas esas emes las que me hacen antipática esa palabra.
       Ahora yo me preguntaba si, por casualidad, el dolor de la muerte de su madre no le había trastornado el cerebro. Dije, al azar:
       —Pero se dice así... Los niños dicen mamá y luego, de hombres, continúan diciéndolo toda la vida, mientras vive la madre..., e incluso después.
       —Pues bien —gritó de pronto, con una voz fortísima, dando un puñetazo en la mesa, que me hizo saltar—, esa palabra, precisamente porque tiene tantas emes, me es antipática..., sumamente antipática... ¿Comprende, Lopresto?... Sumamente antipática...
       —Pero, señor abogado, ¿qué puedo hacer yo? —balbucí.
       —Lo sé —continuó él, apretando de nuevo la cabeza entre las manos, con voz normal—, lo sé que se dice y escribe mamá, como se dice y se escribe papá... Lo dice incluso el padre Dante... ¿Ha leído a Dante, Lopresto?
       —Sí, señor abogado, lo he leído... He leído algo.
       —Pero, a pesar de Dante, las dos palabras me son antipáticas —prosiguió—, y quizás mamá me es más antipática que papá.
       Esta vez callé, no sabiendo qué decir. Luego, tras un prolongado silencio, me aventuré:
       —Señor abogado, comprendo que la palabra mamá, por culpa de la desgracia que le ha afectado, no le guste... Pero, de todas formas, debería de tener un poco de comprensión conmigo... Todos tenemos una mam... quiero decir una madre.
       —Sí, todos... —dijo él.
       Silencio, de nuevo. Después, cogió de la mesa mi leoncito y me lo tendió, diciendo:
       —Tenga, Lopresto, recoja su bronce.
       Tomé el bronce y me puse en pie. Él sacó del bolsillo la cartera, cogió suspirando un billete de mil liras y dijo, entregándomelo:
       —Usted parece un buen muchacho... ¿Por qué no prueba a trabajar?... Así acabará pronto en la cárcel, Lopresto. Ahí tiene mil liras.
       Más muerto que vivo cogí las mil liras y me dirigí a la puerta. Él me acompañó y, en el umbral, me preguntó:
       —A propósito, Lopresto, ¿tiene usted un hermano?
       —No, señor abogado.
       —Pues hace dos días que vino alguien con una carta idéntica a la suya..., la madre enferma, todo igual... Incluso el bronce, aunque un poco diferente: un águila en vez de un león... Como la carta era idéntica, pensé que era su hermano.
       Me fue imposible no preguntar:
       —¿Un joven bajito..., moreno, con ojos brillantes?
       —Exacto, Lopresto.
       Con estas palabras me empujó fuera del despacho y me encontré en el jardín, con el leoncito de falso bronce apretado contra el pecho, desconcertado.
       ¿Han comprendido ustedes? Stefanini había utilizado la carta según mis instrucciones, antes que yo. Y con la misma persona. Les digo la verdad, estaba indignado. Que un pobretón, un desgraciado como yo pudiera recurrir a lo de la carta, pase. Pero que lo hubiera hecho Stefanini, un escritor, un poeta, un periodista, aunque desacreditado, alguien que había leído tantos libros y que incluso sabía francés, me parecía una cosa muy gorda. ¡Qué diablos, cuando uno se llama Stefanini no se hacen ciertas cosas! Pero pensé que también la vanidad había tenido parte en ello. Debía de haber pensado: “Es una hermosa carta, ¿por qué desaprovecharla?”, y se había ido a ver al abogado Zampichelli.




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