Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)
No ahondes (1951)
(“Non approfondire”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (11 de noviembre de 1951);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)
Agnese podía haberme avisado, en
vez de irse así, sin decirme siquiera “revienta”. No pretendo ser perfecto, y
si ella me hubiera dicho que algo le faltaba, habríamos podido discutirlo. Pero
nada: durante dos años de matrimonio, ni una sola palabra; y después, una
mañana, aprovechando un momento en que yo no estaba, se ha ido a escondidas,
como hacen las criadas que han encontrado un empleo mejor. Se ha ido y todavía
hoy, cuando ya hace seis meses desde que me dejó, no he comprendido por qué.
Aquella mañana, tras haber hecho
la compra en el mercadillo del barrio (me gusta hacer la compra: conozco los
precios, sé lo que quiero, me gusta contratar y discutir, probar y tocar,
quiero saber de qué animal proviene mi filete, de qué cesto mi manzana), había
salido de nuevo a comprar metro y medio de flecos para coserlos en la cortina
del comedor. Como no quería gastar demasiado, tuve que dar muchas vueltas antes
de encontrar lo que me convenía, en una tiendecita de la calle de l'Umilta.
Volví a casa a las once y veinte, entré en el comedor para comparar
el color de los flecos con el de la cortina, y vi en seguida sobre la mesa el
tintero, la pluma y una carta. A decir verdad, lo que más llamó mi
atención fue una mancha de tinta en el tapete de la mesa. Pensé:
“¡Qué descuidada! ...Ha manchado el tapete.” Levanté el tintero, la pluma y la
carta, cogí el tapete, fui a la cocina y allí, frotándola enérgicamente con
limón, conseguí quitar la mancha. Luego volví al comedor, puse en su sitio el
tapete y sólo entonces me acordé de la carta. Estaba dirigida a mí: Alfredo. La
abrí y leí: “He hecho la limpieza. La comida te la guisas tú; total, ya estás
acostumbrado. Adiós. Me vuelvo con mamá. Agnese. Durante un momento no entendí
nada. Luego releí la carta y por fin comprendí: Agnese se había ido, me había
dejado después de dos años de matrimonio. Por la fuerza de la costumbre, guardé
la carta en el cajón del aparador donde meto las boletas y la correspondencia y
me senté en una sillita, cerca de la ventana. No sabía qué pensar, no estaba
preparado para esto y casi no me lo creía. Mientras estaba reflexionando bajé
la mirada al pavimento y vi una plumita blanca que debía haberse soltado del
plumero cuando Agnese había quitado el polvo. Recogí la pluma, abrí la ventana
y la tiré. Luego cogí el sombrero y salí de casa.
Al caminar, pisando, según un
vicio mío, una baldosa sí y otra no en la acera, comencé a preguntarme que
había podido hacerle yo a Agnese para que me abandonase con tanta maldad, casi
con intención de ultrajarme. Ante todo, pensé, veamos si Agnese puede
reprocharme cualquier traición, aunque fuera mínima. En seguida me contesté:
ninguna. Nunca me han entusiasmado mucho las mujeres, no las entiendo y no me
entienden; pero desde el día en que me casé, puede decirse que dejaron de
existir para mí. Hasta el punto de que la propia Agnese me provocaba a menudo,
preguntándome:
—¿Qué harías si te enamorases de
otra mujer?
Y yo respondía:
—No es posible; te amo a ti y
este sentimiento durará toda mi vida.
Ahora, al volverlo a pensar, me
parecía recordar que aquel “toda mi vida” no la había alegrado, al contrario:
había puesto una cara larga y había enmudecido. Pasando a otro orden de ideas,
quise examinar si, por azar, Agnese me había dejado por motivos de dinero y, en
suma, por el trato económico que yo le daba. Pero también esta vez me di cuenta
de que tenía la conciencia tranquila. Es cierto que no le daba dinero sino
excepcionalmente, pero ¿para qué quería dinero? Siempre estaba yo allí,
dispuesto a pagar. Y en cuanto al trato, vamos, no era malo: juzguen ustedes.
Cine dos veces a la semana, dos veces al café, y no importaba que tomara un
helado o un simple café; un par de revistas ilustradas al mes, y el periódico
todos los días; en invierno, incluso, la llevaba a veces a la Opera;
durante el verano, veraneo en Marino, en casa de mi padre. Esto en lo que se
refiere a las diversiones; en cuanto a los vestidos, Agnese podía quejarse
todavía menos. Cuando necesitaba alguna cosa, fuese un sostén o un par de
zapatos o un pañuelo, yo estaba siempre dispuesto; iba con ella de tiendas,
escogía con ella el artículo, pagaba sin rechistar. Y lo mismo con las
sombrereras y las modistas; no ha habido vez que ella me dijera: “Necesito un
sombrero, necesito un vestido”, que yo no le contestara: “Vamos, te acompaño”.
Por otra parte, hay que reconocer que Agnese no era exigente; después del
primer año no volvió en absoluto a hacerse vestidos. Más aún, era yo quien
tenía que recordarle que necesitaba esta o aquella prenda. Pero ella me
contestaba que tenía ropa del año anterior y que no importaba; hasta el punto
de que llegué a pensar que en este aspecto, era distinta de las otras mujeres y
que no le interesaba vestir bien.
Así, pues, ni asuntos de corazón
ni dinero. Quedaba lo que los abogados llaman incompatibilidad de caracteres. Y
me pregunté: ¿Qué incompatibilidad de caracteres podía haber entre nosotros
después de dos años sin haber discutido ni una sola vez? Estábamos siempre
juntos; si hubiera existido esta incompatibilidad se habría manifestado alguna
vez. Pero Agnese no me contradecía nunca; más aún, se puede decir que ni
siquiera hablaba. Ciertas veladas que pasábamos en el café o en casa casi ni
abría la boca, era yo quien hablaba. No lo niego, me gusta hablar y oírme,
especialmente si estoy con una persona con la que tengo confianza. Tengo una
voz calmosa, regular, sin altos y bajos, razonable, fluida y, si abordo un
tema, lo destripo de cabo a rabo, en todos sus aspectos. Y, además, los temas
que prefiero son los caseros: me gusta hablar del precio de las cosas, de la
disposición de los muebles, de la cocina, de la calefacción, en suma, de
cualquier tontería. No me cansaría nunca de hablar de estas cosas; siento tanto
placer al hacerlo que a veces advierto que comienzo otra vez por el principio,
con los mismos razonamientos. Pero, seamos justos, éstas son las conversaciones
que hacen falta con una mujer. ¿De qué se iba a hablar, si no? Agnese, además,
me escuchaba con atención, o al menos así me lo parecía. Solo una vez, mientras
le explicaba el funcionamiento del calentador eléctrico del baño me di cuenta
de que se había dormido. Le pregunté, despertándola:
—¿Qué pasa? ¿Te aburrías?
—No, no —contestó de inmediato—;
estaba cansada; esta noche no he dormido.
Los maridos suelen ir a una
oficina o se ocupan de sus negocios, o no tienen nada y se van de paseo con los
amigos. Pero en mi caso, mi oficina, mis negocios, mis amigos eran Agnese. No
la dejaba sola ni un momento, estaba a su lado incluso —se asombrarán ustedes—
cuando cocinaba. Tengo la pasión de la cocina y todos los días, antes de las
comidas, me ponía un delantal y ayudaba a Agnese en la cocina. Hacía un poco de
todo: pelaba las patatas, despuntaba las judías, preparaba el picadillo,
vigilaba las ollas. La ayudaba tan bien que a menudo ella me decía:
—Mira, hazlo tu... Me duele la
cabeza... Voy a echarme en la cama.
Y yo, entonces, cocinaba solo; y,
con ayuda del libro de cocina, era capaz incluso de experimentar platos nuevos.
Lástima que Agnese no fuera golosa; más aún, en los últimos tiempos había
perdido el apetito y casi no tocaba la comida. Una vez me dijo, como de broma:
—Te has equivocado al nacer
hombre... Tu eres una mujer... Mejor dicho, un ama de casa.
Debo reconocer que en esta frase
había algo de verdad: en efecto, además de cocinar, me gusta también lavar,
planchar, coser e incluso, en los ratos de ocio, rehacer las vainicas de los
pañuelos. Como ya he dicho, no la dejaba nunca; ni siquiera cuando venía a
verla alguna amiga o su madre; ni siquiera cuando se le metió en la cabeza, no
sé por que, dar clases de inglés; con tal de estar a su lado me resigné yo
también a aprender esa lengua tan difícil. Estaba tan apegado a ella que alguna
vez llegué a encontrarme ridículo; como aquel día en que, al no haber entendido
una frase que me dijo en voz baja, en un café, la seguí hasta el
tocador y la encargada me paró advirtiéndome que era para señoras y que yo no
podía entrar. Bueno, no es fácil encontrar un marido como yo. Con frecuencia
ella me decía:
—Tengo que ir a tal sitio, ver a
tal persona que no te interesa.
Pero yo le contestaba:
—Te acompaño... Total, no tengo
nada que hacer... Ella, entonces, me respondía:
—Por mí, ven, pero ya
te advierto que te aburrirás. En cambio, no, no me aburría, y después se lo
decía:
—¿Has visto? No me he aburrido.
En suma, éramos inseparables.
Pensando en todas estas cosas y
sin dejar de preguntarme, en vano, por que me había dejado Agnese, llegué a la
tienda de mi padre. Es una tienda de objetos religiosos, hacia la
Plaza de la Minerva. Mi padre es un hombre todavía joven:
cabellos negros, rizados, bigotes negros y, bajo estos bigotes, una sonrisa que
nunca he entendido. Quizás por su costumbre de tratar con curas y con personas
devotas es un hombre muy dulce, calmoso, siempre de buenas maneras. Pero mamá,
que lo conoce, dice que los nervios los tiene todos por dentro. Así, pues, pasé
entre todos los escaparates llenos de casullas y sagrarios y fui en derechura a
la trastienda, donde tiene su escritorio. Como de costumbre, estaba haciendo
cuentas, mordiéndose los bigotes y reflexionando. Le dije, jadeante:
—Papá... Agnese me ha dejado.
Alzó la vista y me pareció que
sonreía bajo sus bigotes; pero quizás solo fue una impresión. Dijo:
—Lo siento, lo siento mucho...
¿Cómo ha sido?
Le conté como había ocurrido
todo. Y concluí:
—Desde luego, me disgusta...
Pero, sobre todo, quisiera saber por qué me ha dejado.
Él preguntó, perplejo:
—¿No lo entiendes?
—No.
Se quedó callado un instante y
luego dijo, con un suspiro:
—Alfredo, lo siento, pero no sé
que decirte... Eres mi hijo, te mantengo, te quiero... Pero de tu mujer debes
ocuparte tú.
—Sí, pero ¿por qué me ha dejado?
Él meneó la cabeza:
—En tu lugar, yo no ahondaría
mucho... Déjalo correr. ...¿Qué te importa saber los motivos?
—Me importa mucho..., más que
nada.
En aquel momento entraron dos
curas y mi padre se levantó y fue a su encuentro, diciéndome:
—Vuelve después... Hablaremos...
Ahora tengo que hacer.
Comprendí que no podía esperar
más de él, y salí. La casa de la madre de Agnese no estaba muy lejos, en
el corso Vittorio. Pensé que la única persona que podía
explicarme el misterio de su partida era la propia Agnese, y me encaminé hacia
allí. Subí a la carrera las escaleras, me hicieron entrar en la sala. Pero en
vez de Agnese vino su madre, una mujer a la que no podía soportar, también
comerciante, con cabellos teñidos de negro, mejillas rojas, sonriente,
socarrona, falsa. Estaba en bata, con una rosa en el pecho. Al verme dijo, con
fingida cordialidad:
—Oh, Alfredo..., ¿cómo por aquí?
—Ya sabe por qué, mamá
—respondí—. Agnese me ha dejado.
Ella dijo, muy tranquila:
—Sí, está aquí, hijito... ¿Qué le
vamos a hacer? Son cosas que pasan.
—¿Cómo? ¿Me contesta de esta
forma?
Me observó durante un momento y
después me preguntó:
—¿Se lo has dicho a los tuyos?
—Sí, a mi padre.
—¿Y qué ha dicho él?
¿Qué podía importarle saber lo
que había dicho mi padre? Respondí, a regañadientes:
—Ya sabe cómo es papá... Dice que
no debo ahondar...
—Muy bien dicho, hijo mío... No
ahondes...
—Pero, en resumidas cuentas
—dije, acalorándome—, ¿por qué me ha dejado? ¿Qué le he hecho? ¿Por qué no me
lo dice usted?
Mientras hablaba, enfurecido, mi
vista cayó sobre la mesa. Estaba cubierta por un tapete y sobre el tapete había
un centro blanco, bordado, y sobre el centro un jarrón lleno de claveles rojos.
Pero el centro estaba mal colocado. Mecánicamente, sin saber muy bien lo que
hacía, mientras ella me miraba sonriendo y no me contestaba, levanté el jarrón
y puse el centro en su sitio. Me dijo, entonces:
—¡Estupendo! ...Ahora el centro
está justamente en el medio... Yo no lo había advertido, pero tú lo has visto
en seguida. ...Muy bien. ...Y ahora, será mejor que te vayas, hijito.
Se había levantado, entre tanto,
y también me levanté yo. Hubiera querido preguntar si podía ver a Agnese, pero
comprendí que era inútil; y además temía perder la cabeza si la veía, y hacer o
decir alguna tontería. De manera que me fui, y desde aquel día no he vuelto a
ver a mi mujer. Quizás volverá un día, considerando que no es fácil encontrar
un marido como yo. Pero no traspasará el umbral de mi casa, si antes no me
explica por qué me ha dejado.
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