Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

El payaso (1950)
(“Il pagliaccio”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (1 de enero de 1950);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Durante aquel invierno, aunque no fuera más que para no dejar de probar ningún oficio, empecé a recorrer los restaurantes tocando la guitarra para un compañero que cantaba. Mi compañero se llamaba Milone, y también le apodaban “el profesor”, porque en cierta época había enseñado gimnasia sueca. Era un hombretón de unos cincuenta años, no precisamente gordo aunque sí macizo, con una cara llena y torva y un gran corpachón que hacía rechinar las sillas cuando se sentaba. Yo tocaba la guitarra a mi modo, o sea muy en serio, casi sin moverme, con los ojos bajos, porque soy un artista y no un bufón; Milone, en cambio, hacía el bufón. Empezaba como por casualidad, de pie, apoyado en una pared, con el sombrero sobre los ojos, los pulgares en las sisas, la barriga fuera de los pantalones y el cinturón bajo la barriga; parecía un borracho cantándole a la luna. Después, poco a poco, se calentaba y, aunque realmente no cantaba, porque no tenía voz ni oído, acababa por ofrecerse a sí mismo en espectáculo o, mejor, como ya he dicho, por hacer el bufón. Su especialidad eran las canzonetas sentimentales, las más famosas, esas que normalmente conmueven y enternecen; pero en sus labios esas canzonetas no conmovían sino que hacían reír, porque sabía convertirlas en algo ridículo, de una forma enteramente suya, desagradable y triste. Yo no sé qué tenía aquel hombre: quizás en su juventud alguna mujer le había hecho daño, o bien había nacido de esa manera, con un carácter así, que gozaba poniendo en berlina las cosas buenas y hermosas; el hecho es que no era un simple característico, no; él ponía no sé qué rabia, y se necesita toda la obtusidad de la gente que está comiendo para no advertir que no era ridículo, sino simplemente penoso. Sobre todo, se superaba a sí mismo cuando se trataba de imitar los ademanes, las muecas y los melindres femeninos. ¿Qué hace una mujer? ¿Sonríe coqueta? El, bajo el ala de su sombrero, esbozaba una risa maliciosa y desvergonzada de pelandusca. ¿Menea, según suele decirse, las caderas? El se ponía a hacer la danza del vientre, sacando hacia fuera sus nalgas cuadradas y macizas como un fardo. ¿Habla con voz dulce? Él, apretando los labios, emitía una vocecita aflautada, melosa, realmente repugnante. No tenía, en suma, medida, se pasaba siempre de la raya, resultaba procaz, asqueroso. Hasta el punto de que yo a menudo me avergonzaba, porque una cosa es acompañar a la guitarra a un cantante y otra cosa muy distinta apoyar a un payaso. Y, además, recordaba que no hacía mucho que había tocado esas mismas canciones, cantadas en serio por un buen artista. Y me daba pena verlas reducidas a aquel estado, irreconocibles e indecentes. Se lo dije una vez, mientras trotábamos por las calles, de un restaurante a otro.
       —Pero, ¿qué es lo que te han hecho las mujeres?
       Como de ordinario, tras haber hecho el bufón, estaba distraído y tétrico, como si por su cabeza pasaran quién sabe qué pensamientos.
       —A mí —dijo— no me han hecho nada.
       —Lo digo —expliqué— porque pones un gran ardor en ridiculizarlas.
       Esta vez no me contestó y la conversación acabó ahí.
       Lo habría dejado si no hubiera sido por el interés; porque, aunque esto pueda parecer imposible, ganaba más dinero con sus vulgaridades que muchos buenos cantores con sus excelentes canciones. Recorríamos sobre todo restaurantes que no eran de lujo, casi trattorie, sin refinamientos pero caros, donde la gente va para atiborrarse y estar alegre. Ahora bien, tan pronto como entrábamos, y yo, muy callado, desenfundaba la guitarra, de las mesas atestadas brotaba un solo grito:
       —Oh, el Profesor... Ha llegado el Profesor... Ven aquí, Profesor...
       Torvo, desaliñado, pasmado, rastrero, Milone se presentaba diciendo:
       —Manden.
       Y ese “manden” resultaba tan ridículo, a su manera, que todos rompían a reír. Entre tanto llegaba la pasta asciutta; y mientras el dueño se afanaba en torno a la mesa para servirla, Milone, con su vocecita quebrada, anunciaba:
       —Una canzoneta realmente preciosa: Cuando Rosina baja del pueblo... Yo haré de Rosina.
       Imagínense a todos aquellos; al verlo hacer de Rosina, con las habituales muecas y groserías, se quedaban en suspenso, hasta con los spaghetti colgando de los tenedores, entre la boca y el plato. Y no es que fueran reuniones de carniceros o de gente por el estilo; todos eran gente fina: los hombres vestidos de azul oscuro, fijador en el pelo, una perla en la corbata; las mujeres con pieles, cubiertas de joyas, delicadas, preciosas. Comentaban entre sí, mientras Milone hacía el payaso:
       —Es grande... Es realmente grande.
       O bien alguno, alarmado, gritaba:
       —Os lo ruego, no vayáis diciendo que lo hemos descubierto... Nos lo echarían a perder.
       Entre otras vulgaridades, Milone tenía una canción en que, en determinado momento, para ridiculizar más su personaje, hacía con la boca cierto ruido que no digo. Pues bien, ¿lo creerán ustedes? Precisamente aquellas damitas tan melindrosas eran las que pedían el bis de esta canción.
       Es preciso decir que, a fuerza de verse aplaudido, a Milone se le habían subido los humos a la cabeza. Vivía en casa de una modista, en una habitación amueblada, oscura y húmeda, en via Cimarra. Ahora, todas las veces que iba a buscarlo a su casa me lo encontraba ante el espejo, ensayando alguna nueva obscenidad, alguna nueva vulgaridad. Ponía en ello un tétrico escrúpulo, como un gran actor que se prepara para la representación; y yo, sentado en la cama, mirándolo hacer la danza del vientre ante el espejo del ropero, me preguntaba a veces si no estaría un poco loco.
       —¿No te parece que ya es hora —le pregunte un día— de inventar algo gracioso, algo conmovedor?
       —Está claro que no entiendes nada —dijo él—. La gente, cuando come, quiere reírse, no conmoverse. Y yo —añadió torvamente— la hago reír...
       Algún tiempo después, con aquella manía suya de perfección, se le ocurrió llevar una maletita con algunos indumentos femeninos, es decir un sombrerito, un chal, una faldita, para vestirlos de pronto y hacer todavía más cómica la parodia. Esto de disfrazarse de mujer era, en él, casi una manía; y no puedo explicar la pena que daba verlo menearse con el sombrerito sobre los ojos y la faldilla atada a la cintura, sobre los pantalones. Por último, ya no sabiendo qué inventar, hubiera querido que yo también hiciera el bufón, mientras tocaba la guitarra. Y esta vez me negué.
       Recorríamos la mayor cantidad de restaurantes que podíamos, entre las doce y las tres y entre las ocho y medianoche. Ibamos por sectores, según los días: una vez los restaurantes que están hacia la Plaza de España, otra vez los de los alrededores de la Plaza Venezia, otra los del Trastevere, otra los de la Estación. Entre un restaurante y otro, mientras andábamos por la calle, no hablábamos; no había confianza entre nosotros. Acabado el recorrido, íbamos a una hostería y nos repartíamos el dinero. Luego, en silencio, yo fumaba un cigarrillo y Milone bebía un cuartillo. Por la tarde, Milone ensayaba sus papeles ante el espejo; yo, en cambio, dormía o me iba al cine.
       Una noche de tramontana, tras haber recorrido las trattorie del Trastevere, entramos —más para calentarnos que para tocar— en una hostería detrás de la Plaza Mastai. Era larga como una tripa, casi un corredor, con las mesas alineadas a lo largo de la pared y, en las mesas, gentes humildes que bebían el vino de la casa y comían cosas que llevaban envueltas en periódicos. No sé por qué, quizas por vanidad —ya que no podía ser por la ganancia— Milone se decidió a exhibirse en esa hostería. Eligió, pues, una de las canciones más bonitas y, con su método habitual, la redujo a una porquería, a fuerza de muecas obscenas y de contorsiones. Cuando acabó, hubo un aplauso muy frío, y luego, de una de las mesas, se oyó una voz:
       —Ahora voy a cantarla yo.
       Me volví y vi que se adelantaba un muchacho rubio, con mono de mecánico, bello como un ángel, que miraba a Milone con ojos furiosos, como queriendo comérselo.
       —Toca —me dijo con autoridad—, y empieza por el principio.
       Milone, intimidado, fingió que estaba cansado y se dejó caer sobre una silla cerca de la puerta. El muchacho me hizo con la mano una señal para que empezara y luego se puso a cantar. No digo que cantase como un cantante de verdad, pero cantaba con sentimiento, con una hermosa voz cálida y tranquila, tal como la canción pedía ser cantada. Además, como ya dije, era muy guapo, con su pelo rizado, sobre todo si se comparaba ron Milone, tan macizo y escuálido. Cantaba vuelto hacia la hostería, mirando a una mesa donde se sentaba una muchacha sola, como si estuviera cantando para ella. Cuando acabó, hizo un ademán en dirección a Milone, con la mano tendida, como diciendo: “Así se canta”; y se volvió en seguida a la mesita donde lo esperaba la muchacha, que inmediatamente le echó los brazos al cuello. En la hostería, a decir verdad, le aplaudieron todavía menos que a Milone; toda aquella gente no había comprendido por qué se había molestado en cantar. Pero yo lo había comprendido; y, esta vez, también Milone había comprendido.
       Mientras estaba tocando había mirado a menudo a Milone; y lo había visto pasarse varias veces la mano por la cara y bajo los cabellos que le caían sobre la frente, como quien no se las arregla para permanecer despierto y se cae de sueño. Pero no lograba esconder una expresión amarga que no le había visto nunca; y a cada estrofa que el muchacho acertaba, parecía que se acrecentara su amargura. Por último se puso de pie, estirándose y fingiendo bostezar, y dijo:
       —Bueno, ya es hora de irse a dormir... Tengo un sueño...
       Nos despedimos en la esquina de la calle, tras habernos dado cita para el día siguiente. Lo que ocurrió durante la noche lo he reconstruido después; pero no son más que suposiciones. Ya he dicho que Milone se había crecido, creyéndose quizás que era un gran artista, cuando en realidad no era sino un pobre hombre que hacía de bufón para divertir a la gente mientras comía; por lo tanto, la brusca caída que aquel muchacho del mono provocó con su gesto fue mucho mayor. Pienso que, mientras el muchacho cantaba, de repente debió de verse tal como era, y no tal como había creído ser: un hombretón de unos cincuenta años que se ponía un babero y representaba la Vispa Teresa. Pero pienso también que debió de comprender que era incapaz de cantar, aunque hubiera hecho un pacto con el diablo. Él, en resumidas cuentas, sólo podía hacer reír; y no sabía hacer reír más que poniendo en berlina ciertas cosas. Y daba la casualidad de que estas cosas eran precisamente las que no había logrado tener nunca en su vida.
       Pero, como ya he dicho, todo esto no son más suposiciones. Lo cierto es que la modista donde vivía de pensión se lo encontró al día siguiente ahorcado entre la ventana y la cortina, en el lugar donde suelen estar colgadas las jaulas de los canarios. Se dieron cuenta algunos transeúntes, en la via Cimarra, al ver a través de los cristales las piernas y los pies que se bamboleaban en el vacío. Despechado, como todos los suicidas, había cerrado la puerta con llave, apoyando contra la puerta el ropero con el espejo: quizás quería verse, como cuando ensayaba sus papeles, mientras metía el cuello en el nudo. En suma, tuvieron que derribar la puerta y el espejo se cayó y se rompió. Lo llevaron al cementerio, al Verano, y yo fui el único que lo acompañó, esta vez sin guitarra. La modista perdió el espejo pero se consoló vendiendo, a tanto el trozo, la cuerda.




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