Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

El pic-nic (1953)
(“Il picche nicche”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (18 de enero de 1953);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Navidad, Año Nuevo, Reyes... Cuando, hacia el quince de diciembre, empiezo a oír hablar de las fiestas, me echo a temblar, como si oyera hablar de deudas que hay que pagar y para las cuales no hay dinero. Navidad, Año Nuevo, Reyes... quién sabe por qué las han puesto en fila, tan próximas, estas fiestas. Así, en fila, no son fiestas, sino que, para un pobre hombre como yo, son un martirio. Y no es que uno no quiera celebrar la Santa Natividad, el primero de año, la Epifanía; lo que quiero decir es que los comerciantes de comestibles se apostan en esos tres días como bandidos en un rincón de la calle, de manera que uno llega vestido a las fiestas y sale de ellas desnudo. Quizás, en los tiempos de Maricastaña, la Navidad, el Año Nuevo y Reyes eran fiestas en serio, modestas pero sinceras; todavía no había organización, propaganda, explotación. Pero, dale que dale, hasta los más tontos han advertido que con las fiestas se puede especular; y así, ahora, especulan.
       Son fiestas para los listos que venden cosas de comer, y no para los pobrecillos que las compran. Muchas veces he pensado que para el pastelero, para el pollero, para el carnicero, éstas son fiestas de verdad, más aún, fiestas dobles: fiestas porque son fiestas y, además, fiestas porque en esas fiestas ellos venden diez veces más que en los días que no son fiesta. Y así, mientras el desgraciado festeja las fiestas con la boca chica, con la bolsa vacía y la mesa escasa, ésos las festejan en serio, con la bolsa repleta y la mesa desbordante.
       Por otra parte, para que vean que digo la verdad, observen la calle donde tengo mi comercio de papelería. En fila, uno tras otro, están Tolomei, el salchichero; De Santis, el pollero; De Angelis, que tiene un horno, y Crociani, el tabernero. Fíjense bien, ¿qué ven ustedes? Montañas de quesos y de jamones, cantidad de pollos y de pavos, sacos llenos de tortellini, pirámides de damajuanas y de botellas, luz y esplendor, gente que va y gente que viene, de la mañana a la noche, sin interrupción, como en un puerto de mar, a los primeros cuatro comercios. En mi librería, en cambio, silencio, sombra, calma, polvo en el mostrador y, muy de vez en cuando, algún chaval que viene a comprar un cuaderno, alguna mujer que entra a buscar un frasquito de tinta para apuntar los gastos del día. Y yo me parezco a mi comercio, vestido con un guardapolvo negro, flaco, hambriento, con el olor del polvo y del papel pegado a mí, siempre agrio y preocupado; y ellos, en cambio, De Angelis, Tolomei, Crociani, De Santis, son enteramente el retrato de sus negocios, que marchan tan bien, guapos, gordos y colorados, con una voz segura, siempre contentos, siempre insolentes. Bueno, me he equivocado de oficio, el papel, impreso o en blanco, da poco que ganar; gastan más ellos para envolver sus paquetes que yo para hacer leer y escribir.
       Bien, unos días antes de Año Nuevo, mi mujer, una mañana, me soltó:
       —Oye, Egisto, mira qué buena idea... Crociani ha dicho que en Año Nuevo nos reunamos los cinco comerciantes de esta parte de la calle, y que hagamos un pic-nic para el día de Año Viejo.
       —¿Y qué es un pic-nic? —pregunté.
       —Bueno, algo así como la gran cena tradicional.
       —¿Tradicional?
       —Sí, tradicional, pero de esta manera: cada uno lleva alguna cosa y así cada uno ofrece algo a los otros y los otros ofrecen algo a cada uno.
       —¿Y eso es el pic-nic?
       —Sí, eso es el pic-nic... De Angelis pondrá los tortellini; Crociani, el vino y el espumante; Tolomei, los entremeses; De Santis, los pavos...
       —¿Y nosotros?
       —Nosotros tendremos que llevar el pan dulce.
       No dije nada. Y ella insistió:
       —¿No es una estupenda idea este pic-nic?... ¿Les digo que iremos?
       Yo estaba sentado tras el mostrador desenvolviendo un paquete de tarjetas de Navidad. Dije, por último:
       —Lo que es a mí, me parece que este pic-nic no es muy justo... De Angelis tiene los tortellini en la tienda, igual que Crociani el vino, Tolomei los entremeses y De Santis los pavos... Pero yo, ¿qué es lo que tengo? ¡Un cuerno!... El pan dulce tendré que comprarlo.
       —¿Qué tiene que ver?... También ellos pagan las cosas, no crecen en sus comercios... ¿Qué tiene que ver?... Ya ves como siempre haces lo mismo... Quieres hacerte el difícil, razonar, dártelas de agudo... Y luego te quejas de que las cosas no van bien.
       En resumen, discutimos un buen rato y por fin corté por lo sano, diciéndole:
       —Está bien, diles que participo en su pic-nic... Llevaremos el pan dulce.
       Ella me recomendó, entonces, que fuera muy grande, para no hacer mal papel: dos kilos, por lo menos. Y yo prometí un pan dulce bien grande.
       El día último del año lo pasé, como de costumbre, vendiendo tarjetas de felicitación y figuritas de papel para los belenes. Mientras tanto, mis vecinos vendían pavos y pollos, tortellini y tallarines, cajas de licores y de vinos finos, quesos y jamones. Era un hermoso día y yo, desde el fondo de mi tiendecita negra, veía pasar, afuera, a las mujeres cargadas de cosas. Era un hermoso día de Fin de Año romano, con un cielo azul turquí, duro, que parecía de cristal muy fino, y con todas las cosas que parecían pintadas con sus colores en este cristal. Dije a mi mujer, por la tarde, al cerrar la tienda:
       —Es inútil que comamos... Total, la comilona la haremos a medianoche, con el pic-nic... Aunque no sea más que con el pan dulce que llevaré yo... habrá comida para un ciento.
       Y, efectivamente, la caja del pan dulce era realmente enorme. Pero le dije a mi mujer que no se ocupara de ella; la llevaría yo mismo.
       A las diez y media entramos en el portal de Crociani, que tenía su casa justamente encima de la tienda. Los Crociani creo que vivían allí desde hacía más de cincuenta años; había vivido el abuelo cuando la taberna no era más que una hostería de mala muerte donde iban los obreros a beberse su cuartillo; el padre la había agrandado vendiendo vino al por mayor, y ahora estaba Adolfo, el hijo, que, además de vino, vendía también whisky y otros licores extranjeros. Era uno de esos departamentos destartalados de la vieja Roma, todo pasillo y cuartitos; pero Crociani, un jovenzuelo de carrillos hinchados y ojos pequeños, nos guió con orgullo hasta el comedor: ¡vaya, qué hermosura! Todo muebles nuevos, de caoba reluciente, con manijas de bronce y patitas finas de arce blanco. La última vez que había visto aquella habitación estaba aún como antaño: con una gran mesa corriente, sillas de paja, fotografías en las paredes y, en el vano de la ventana, la máquina de coser. Todo eso, ahora, ya no estaba; además de los muebles, observé un gran cuadro dorado con una puesta de sol en el mar; una radio enorme que servía también de mueble-bar; bibelots de porcelana en forma de mujeres desnudas, payasos, perros, y, en la mesa aparejada, un servicio de porcelana de los más finos, decorado con flores rosas.
       —Lo he comprado todo en la “Argentina” —me dijo Crociani, indicando la habitación—. Adivina cuánto me ha costado.
       Dije una cifra y él me la triplicó, hinchándose de satisfacción. Entre tanto llegaba más gente y pronto estuvimos todos.
       ¿Quién había? Estaba Tolomei, un gran mocetón con bigotes, que, cuando pesa en la balanza las lonchas de fiambres, dice a las criadas: —«Pasa un poco ¿Se lo dejo?»; estaba De Angelis, el del horno, un hombrecito bajo, con cara de bobo, pero también él es muy astuto, de niño hacía de recadero y ahora vende tallarines a todo el barrio; estaba De Santis, el pollero, que sigue siendo tan campesino como en los tiempos en que venía a Roma con el cestillo de los huevos del día: con una cara lampiña, gris y maciza como una hogaza, y el habla pesada de la gente de Viterbo. Estaban las mujeres de todos, muy emperifolladas, pero no estaban los hijos, porque, como dijo Crociani mientras ofrecía el vermut, ésta era una velada entre comerciantes, para saludar el año que estaba a punto de llegar, año comercial, ante todo, durante el cual todos debíamos hacer cuartos a punta de pala. Digo la verdad, al verlos sentados a la mesa me gustaban todavía menos que cuando los veía en el umbral de sus tiendas; durante el comercio escondían su satisfacción o incluso se quejaban; pero ahora que se trataba de dar una fiesta y no había clientes, la satisfacción brotaba por todos sus poros.
       Nos sentamos a la mesa hacia las once y empezamos en seguida con los entremeses de Tolomei. Aquí comenzaron las bromas: uno preguntaba a Tolomei si la mortadela era de verdadero cerdo, otro le recordaba la frase: “¿Se lo dejo?”, que decía tan a menudo. Pero eran bromas con guantes de seda, entre gentes que se entendían y se asemejaban; si hubiera bromeado yo, que raramente me permitía aquellos entremeses, creo que les hubiera dejado la señal de las uñas, y por eso preferí comer y callar. Al llegar los tortellini se hizo un silencio, quizás porque el caldo quemaba y todos soplaban en sus cucharas. Pero alguien observó que estos tortellini estaban verdaderamente rellenos y no medio vacíos como los que solían estar a la venta, y todos lanzaron una carcajada. También esta vez me quedé callado, y me serví dos platos llenos de sopa para calentarme la barriga. Por fin, llegaron dos pavos asados, tan grandes como avestruces; y, a causa del tamaño, todos se pusieron muy contentos y empezaron a pinchar al pollero preguntándole dónde había encargado aquellos dos fenómenos de la naturaleza, si en el conocido De Santis que abastecía a toda Roma. Pero él, que era campesino y no comprendía la broma, contestó que había elegido aquellos dos pavos entre otros cien, y que los había cebado con sus propias manos, en su casa.
       Tampoco esta vez dije nada, pero elegí cuidadosamente un muslo tan grande como un monumento, y luego tres tajadas del relleno, y luego otro trozo cuadrado que no sé de qué parte era, pero también muy bueno.
       Comía tan a gusto que alguien observó:
       —Miren cómo devora Egisto... Eh, Egisto, no es cosa de todos los días el comerte un pavo así...
       Respondí, con la boca llena:
       —En efecto —y pensé para mí que, por lo menos una vez, decían la verdad.
       Entre tanto circulaban las botellas de Crociani, y todas aquellas caras alrededor de la mesa relucían, rojas y brillantes, como una batería de cocina de cobre. Pero excepto aquellas frases sobre la comida nadie hablaba realmente, porque, en el fondo, no tenían nada que decirse. El único que tenía algo que decir era yo, precisamente porque a mí, al contrario que a todos ellos, los negocios no me iban bien, y esto me hacía reflexionar, y la reflexión, aunque no llene la barriga, por lo menos llena el cerebro. Acabados los pavos, apareció una ensalada que nadie tocó, luego el queso y la fruta. Y por fin Crociani dijo que era medianoche y empezó a dar una vuelta alrededor de la mesa mostrando la botella de espumante, que, como subrayó, era auténtico champagne francés, de ese que él vendía a tres mil liras o más cada botella. Cuando estaba a punto de destapar el champagne, todos gritaron:
       —Egisto, te toca a ti ahora, enséñanos tu pan dulce.
       Yo me levanté, fui al fondo de la habitación, cogí la caja del pan dulce, volví a sentarme y lo desenvolví con solemnidad. Dije, para empezar:
       —Este es un pan dulce muy especial... Ahora veréis.
       Abrí la caja, metí la mano en el interior y comencé la distribución: un frasquito de tinta, una pluma, un cuaderno y un abecedario para cada uno, a todos los hombres; en las mujeres, como les dije, no había pensado... Pedía perdón. Ante esta distribución, todos se quedaron callados, aturdidos; no comprendían, en parte porque estaban atontados por el vino y la comida. Finalmente, De Angelis dijo:
       —Pero Egisto, y perdona la pregunta, ¿qué clase de broma es ésta? No somos niños que vayamos a la escuela.
       De Santis, que parecía embrutecido, preguntó:
       —¿Dónde está el pan dulce?
       Yo respondí, puesto en pie:
       —Esto es un pic-nic, ¿no es verdad? Cada uno ha traído cosas que tenía en su tienda, ¿no es verdad?... Y yo os he traído lo que tenía: tinta, pluma, cuaderno, abecedario...
       —Pero, bueno —dijo de pronto Tolomei—, ¿eres tonto o te lo haces?
       —No —respondí—, no soy tonto, sino librero... Tú has traído los entremeses, que me veo obligado a comprarte durante todo el año... Yo he traído lo que tenía y que tú nunca has soñado en comprar.
       De Angelis dijo, conciliador:
       —Bueno, siéntate, no nos hagamos mala sangre.
       Y ésta fue la propuesta que todos acogieron. Aparecieron algunos dulces, se destaparon las botellas y todos bebieron.
       Pero, como noté, en los brindis nadie quiso beber a mi salud. Entonces me levanté y dije, con el vaso en la mano:
       —En vista de que no queréis beber a mi salud, haré yo el brindis... Que todos podáis, pues, leer un poco más durante este año, aunque, para hacerlo, tengáis que vender un poco menos.
       Hubo un coro de protestas y luego Crociani, que había bebido más que los otros, se puso furioso y gritó:
       —Cállate, pájaro de mal agüero... Nos traes la desgracia... Vende tus libros a quien te parezca, pero no vengas a jorobamos a nosotros... Mira, mejor será que te vayas... total, ahora ya te has dado una gran cena...
       —Entonces —respondí— ¿no quieres beber a la salud del comercio de libros?
       —¡Déjanos en paz, bufón, tonto, ignorante, payaso!
       Ahora todos me insultaban; y yo les respondía en el mismo tono, tranquilo, aunque mi mujer me tironeaba de una manga; el peor de todos era el amo de casa, que insistía para que nos fuéramos.
       En resumidas cuentas, sin saber muy bien cómo, me encontré en la calle, con un gran frío, y con mi mujer que lloraba y repetía:
       —Ya ves lo que has hecho... Ahora nos hemos hecho enemigos y el año que viene será peor que el que ha acabado.
       Así, discutiendo, entre los estallidos de las lamparillas quemadas y los cascos de vajilla que volaban desde las ventanas, nos volvimos a casa.




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