Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Pina (1953)
(“Il godipoco”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (30 de agosto de 1953);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Quisiera saber por qué, cuando una mujer nos gusta, acaban por gustarnos incluso las cosas suyas que no nos gustan. Quisiera saber por qué, aunque hace tiempo que he comprendido que Pina no me va, me casaré igual con ella dentro de un mes más o menos.
       Las cualidades de Pina están todas en su físico. Bajita, morena, dura como una fruta sin madurar, con una cara de muchacho y el pelo cortado como un hombre, me tiene a sus plantas por dos o tres cosas, siempre las mismas, que, sin embargo, me producen siempre el mismo efecto: el modo con que, bajo las faldas largas y astrosas que lleva en su fina cintura, mueve las piernas nerviosas, como si bailase; el modo en que me mira, al soslayo, fijamente, sin pestañear, con sus ojos redondos que parecen los de un búho; el modo en que, otras veces, se planta ante mí, de espaldas, y me dice: —“Súbeme la cremallera”, y yo, al subirle la cremallera, veo su cuello moreno sobre sus hombros morenos completamente cubiertos por una pelusilla transparente como la de los melocotones. Pocas cosas; si no existieran, su atractivo desaparecería en seguida. Pero ahí están y ella lo sabe, de forma que acabaré por casarme con ella.
       Hablemos ahora de los defectos o, mejor dicho, del defecto, porque tiene sobre todo uno muy gordo: sus malos modales. Decir malos modales es decir muy poco, habría que decir modales villanos. En la vida hay quien va al trote y quien va al galope: Pina galopa. En suma, va a toda prisa, con el aire de quien dice:
       —Menos charlas, vayamos al grano, no tengo tiempo que perder.
       Y sus modales confirman esa impresión: siempre parece que corre, que se abre camino a codazos, impaciente, impulsiva, brusca, intolerante.
       Yo he nacido, en cambio, con buenos modales. Claro está que podría permitirme también malos modales: soy grande, gordo, fuerte cómo un toro; peso noventa cinco kilos a los veintiocho años; en el taller mecánico donde trabajo soy capaz de levantar yo solo un coche utilitario. Pero, precisamente porque soy tan fuerte, pongo mucha atención en mis gestos, en mis palabras. Y se comprende: cuanto más fuerte es uno más amable debe ser y no debe abusar de su propia fuerza. En cambio Pina, que me llega con la cabeza al pecho y que lo único fuerte que tiene es una voz gruesa y ronca (otra cosa que me gusta de ella, se me olvidaba), Pina, quizás por esto, siente la necesidad de imponerse con su prepotencia. Me casaré con ella, no hay nada que hacer. Pero de vez en cuando pienso, en mandarla al diablo, a ella y a sus malos modales. Por ejemplo, anteayer, sin ir más lejos, durante una excursión que hicimos a Ostia.
       Hacía calor, como sólo puede hacerlo en Roma alrededor de Ferragosto, después de que ya ha hecho calor durante dos meses. Pina, quizás a causa del calor, estaba hecha una furia aquella mañana. Me lo dio a entender tan pronto como nos encontramos en la calle, ante su casa:
       —Hoy tengo un día malo... te lo advierto.
       —Pues, ¿qué pasa?
       —La sangre por las venas, la saliva por la garganta... ¿Qué quieres que pase? Nada.
       —Pero, entonces, ¿por qué tienes un día malo?
       —Porque una y una no son tres.
       Fuimos a coger el tren a San Paolo, entre la consabida multitud excitada, hacia las once y media. Entramos en el tren, el vagón ya estaba completo, salvo un asiento allá al fondo; Pina se lanzó como una flecha y se sentó precisamente en el momento en que una muchacha no muy joven, blanca y frágil, tímida y comedida, justo lo contrario que ella, hacía ademán de sentarse. Más bien que sentarse es preciso decir que Pína se deslizó bajo el trasero de la muchacha en el momento preciso en que ésta, como una persona bien educada, lo dejaba caer despacito sobre el asiento. De forma que faltó muy poco para que aquella pobrecita se encontrase sentada sobre las rodillas de Pina. Se levantó inmediatamente, desconcertada, y dijo:
       —Este sitio es mío.
       —No, es mío..., estoy sentada yo.
       —Pero usted me lo ha quitado en el momento en que iba a sentarme... Todos son testigos... ¿Qué modales son éstos?
       —Los modales que necesito.
       —Señorita —la muchacha era dulce pero firme—, ¡levántese o llamo al revisor!
       Llamar al revisor entre aquella multitud era una amenaza que hacía reír. Y, en efecto, Pina lanzó una gran risotada. La muchacha, entonces, intentó cogerla de un brazo, diciéndole:
       —¡Levántese, señorita!
       Pero Pina le dio un golpe fuerte en la mano:
       —¡Las manos quietas!
       En este momento intervino el padre: un viejo con bigotes blancos y camisa a lo Robespierre abierta sobre un cuello arrugado:
       —Señorita, ha hecho usted muy mal al dar ese golpe a mi hija... Y mucho más puesto que mi hija tiene razón... Será mejor que se levante.
       —¿Y quién eres tú?
       —Alguien que podría ser su padre.
       —¡Mi padre! Querrás decir mi abuelo. ¿Qué quiere de mí este viejo verde? —esto lo dijo dirigiéndose a todos los que miraban, que, como pude advertir, no se rieron.
       —Señorita, usted debe ceder ese sitio —el viejo, ahora, había alzado la voz y hablaba con autoridad. Pina chilló en seguida:
       —¡Maurizio!
       Maurizio soy yo. A regañadientes, porque me daba cuenta de que Pina no tenía razón y de que, además, aunque la hubiera tenido, yo habría hecho el papel del prepotente al enfrentarme a un viejo, me acerqué y le dije sin gran convicción:
       —Oiga, le aconsejo que no insista.
       Él me miró, sacudió la cabeza mortificado y luego dijo:
       —Bueno, está bien... Pero no hay ya educación —volviéndose hacia su hija.
       Alrededor se produjo un murmullo de desaprobación; alguien dijo:
       —¡Qué bonito!... Enfrentarse con un viejo..., aunque no fuera más que por la edad...
       Y un joven se levantó y le dijo a la muchacha:
       —Señorita, siéntese, por favor —mirándome desafiante.
       Yo no dije nada, pero hervía de rabia, no tanto contra el joven, que, después de todo, se había mostrado amable, sino contra el proceder de Pina. Así, en silencio, con toda la gente de alrededor que nos miraba con malos ojos, como Dios quiso, llegamos a Ostia.
       Le dije a Pina, yendo hacia la playa:
       —Mira que no me gustan esos papeles de prepotente... Todos nos miraban con malos ojos y tenían razón.
       —¿Y a mí que me importa? Quería sentarme y he venido sentada.
       Llegamos al establecimiento de baños. ¡Jesús, cuánta gente! A duras penas, entre todos aquellos cuerpos desnudos tendidos al sol, se podía poner un pie para andar. El bañero nos advirtió de que deberíamos ir a una caseta con otras personas y a Pina se le ensombreció el rostro, pero no dijo nada. Llegamos a la caseta: estaba ocupada por una familia; padre y madre, ambos gordos y ancianos, y dos hijos, una muchacha muy mona, fina como un junco, y un mocetón moreno, como de veinte años. Buenas personas; y, en efecto, inmediatamente empezaron los cuatro: “Por favor, acomódense, entren, entren”. Pina, a quien no le gustaba el hecho de la caseta compartida, respondió con rudeza:
       —Total, aunque no nos lo digan vamos a acomodarnos igual.
       Vi que los cuatro se quedaban con boca abierta, sorprendidos. Pero la muchacha observó ácida:
       —¡Ha llegado la princesa!
       Pina se quedó un rato en la caseta, y luego, cuando reapareció, la muchacha lanzó un grito:
       —¡Mi vestido!
       Miré: Pina, para colgar su ropa, había arrojado el vestido de la muchacha, arrugado, sobre una silla. La muchacha entró en la caseta, cogió el vestido y lo colgó de nuevo, sobre la ropa de Pina. Y, a su vez, Pina cogió el vestido y lo tiró al suelo:
       —¡No quiero este trapo sobre mis vestidos!
       —¡Va a recoger usted mi vestido! —dijo la muchacha con voz temblorosa.
       —Hijita, ¡eres imbécil!... ¡Un cuerno te lo voy a recoger!
       —¡Usted lo recoge!
       Ahora estaban frente a frente, como dos gallos, muy guapas las dos.
       Los padres se habían levantado; la madre decía:
       —Desde que ha llegado no ha dejado de alborotar.
       El padre rezongaba:
       —Pero ¡qué modales!... ¿A dónde vamos a llegar?
       Esta vez comprendí que la culpa de Pina era demasiado evidente, entré en la caseta, recogí el vestido y dije:
       —Señorita, ¿dónde quiere usted que se lo cuelgue?
       La muchacha, dulcificada, dijo que lo pusiera sobre el de su madre, y así lo hice. Luego me encerré en la caseta y me desvestí. Cuando salí vi que Pina se dirigía hacia la playa con el jovencito, el hermano de la muchacha. Hablaban, se sonreían. Comprendí que Pina la había tomado conmigo porque había recogido el vestido y quería castigarme. Pero me acerqué y le dije:
       —Pina, ¿vamos a tomar un baño?
       —Vete tú... Yo voy con... A propósito, ¿cómo se llama usted?
       —Luciano.
       —Yo voy con Luciano.
       No dije nada y me fui a bañar solo. Ellos se encaminaron hacia la playa, a lo largo de la orilla, y desaparecieron pronto. Después del baño me sequé sobre la arena y luego volví a la caseta. La familia ya estaba comiendo en torno a una mesa llena de envoltorios. Pina, algo alejada, miraba una revista. Dijo con voz normal:
       —¿Comemos nosotros también, no? —y yo cogí el paquete de la comida y me senté a su lado, en la escalerilla de la caseta.
       Abrí el paquete, le di el panecillo, ella lo abrió y luego dijo con voz indignada:
       —¿Qué porquería es ésta? ¿No sabes que no me gusta el jamón?
       —Pero, Pina...
       —Nada, no como.
       —Señorita, ¿quiere aceptar esto? —era el jovenzuelo, que, ante las miradas de desaprobación de su familia, le ofrecía un bocadillo de ternera fiambre.
       ¿Han observado ustedes alguna vez que las personas groseras, cuando se esfuerzan por ser amables, parecen incluso ridículas? Así resultaba Pina con aquel joven entrometido: cogió el bocadillo con una sonrisa que parecía una mueca, le hincó el diente con otra sonrisa. Luego dijo que estaba incómoda y se fue a comer detrás de la cabina, a la sombra. De pronto me llegó su voz, mientras comía completamente solo:
       —¡Dame algo de beber! ¿O es que quieres que me atragante?
       Me levanté y fui a tenderle la botella del vino. Ella bebió y luego escupió el vino en la arena: —¡Qué porquería! ¡Parece vinagre!
       —Pero, Pina...
       —¡Uf! ¡Déjame en paz con tu Pina! —Señorita, ¿quiere un poco del nuestro?
       Era, una vez más, el jovenzuelo, con una botellita. Ella aceptó en seguida, con su más hermosa sonrisa, enteramente falsa, y yo me alejé; él aprovechó para sentarse junto a Pina. Entonces me puse en pie y me fui a la playa. Me senté en la arena y miré al mar. Estaba fuera de mí, y de improviso pensé:
       —¡Ya está bien! Se acabó, hoy vuelvo solo a Roma... Y no la veré más.
       Esta decisión me tranquilizó. Ahora podía ver, si quería, detrás de la caseta, los cuatro pies juntos, los de Pina y los del joven, tendidos unos al lado de los otros; pero no me pareció que me importase nada. Me tumbé sobre la arena y muy pronto me quedé dormido.
       Dormí bastante; luego me desperté y, por casualidad, los vi a los dos ante mí, dirigiéndose hacia el mar para tomar un baño. Hablaban, parecían bien avenidos: experimenté una sensación de celos. El mar estaba picado, en el momento en que entraban en el agua chocó una ola contra ellos. Pina lanzó un grito y retrocedió; el joven, con naturalidad, la cogió del brazo, como para sostenerla, pero muy arriba, bajo la axila. Entonces oí la voz de Pina que decía:
       —Usted se aprovecha de la ola para restregarse contra mí, ¿eh?... Lo siento, pero conmigo no tiene nada que hacer... Ya se lo dije antes: las manos quietas.
       —Pero yo...
       —Yo, nada... Las manos quietas... ¿Qué? ¿Estoy hablando en chino?... Déjeme sola..., vuelva con su hermana: conmigo pierde el tiempo.
       El joven se quedó muy a disgusto; y mucho más puesto que no debía de ser la primera mala contestación de este tipo. Dijo mortificado:
       —Como usted quiera... La dejo sola.
       —Eso, estupendo... ¡Déjeme!... Hasta la vista y gracias por la compañía.
       De forma que él se alejó, volviéndose de cuando en cuando, como esperando que ella lo llamase; y Pina, completamente sola, entró en el agua y fue a agarrarse a la cuerda salvavidas. La miré largamente, ahora pensaba en reunirme con ella y hacer las paces. Pero me dije: “Maurizio, ésta es tu oportunidad”; y así, después de un rato, regresé a la caseta, me vestí, dije a la familia que advirtieran a Pina, pagué y me marché.
       Di una vuelta por Ostia, no sabía por qué, quizás esperando encontrar a Pina. Luego me fui a la estación y entre la consabida multitud subí al tren. Estaba completamente lleno, me situé en un rincón, resignado a hacer el viaje de pie. De pronto, entre la muchedumbre, sentí la voz de Pina:
       —... ¿y a mí que me importa?
       —Señorita, ese sitio lo había ocupado yo, todos son testigos... Estaba mi bolso.
       —Y ahora está mi culo.
       —¡Maleducada!
       —¡El que lo dice, lo es!
       —Bueno, ¡levántese!... ¡Ahora mismo!
       —¡Maurizio!
       De forma que, pese a la muchedumbre, ella me había visto, y ahora me llamaba para que apoyase su habitual prepotencia. Me habría gustado no moverme, pero me atraía una especie de imán. Salí de mi rincón y me acerqué. Esta vez era una anciana muy cortés, gotosa, con una selva de cabellos blancos en la cabeza. Le dije, más mohíno que nunca:
       —Señora, le aconsejo que no insista.
       —¿Y usted quién es?
       —Soy el novio de la señorita.
       Y así, todo ocurrió como de costumbre: alguien le ofreció su asiento a la señora, todos me miraron de través y Pina se quedó sentada. Pero ¿saben lo que dijo aquella señora al sentarse?
       —¿Usted es su novio?... ¡Pobrecito!... Lo compadezco...
       Y tenía razón.




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