Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Cara de salchichero (1949)
(“Faccia da norcino”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (4 de diciembre de 1949);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Aquel invierno todo me salía bien: hice un negocio de chatarra, y gané; luego un segundo negocio de ladrillos, y volví a ganar; luego un tercer negocio de medicamentos, y gané otra vez. Me compré dos trajes, uno azul a rayas y uno de franela gris, dos pares de zapatos, negros y amarillos, un abrigo de fantasía, una docena de camisas de seda con mi monograma y camisas a juego. A mi madre le regalé un corte de seda negra y una vajilla de porcelana para seis: una oportunidad china, con un dibujo muy bonito de flores y dragones. A mi hermano no le di nada porque dijo que no quería nada de mí, estaba desocupado y la tenía tomada conmigo porque ganaba dinero. A mi hermana le compré uno de esos paraguas pequeñísimos, de acero, que se doblan y quedan del tamaño de un abanico. Luego me compré un coche deportivo, rojo; y esta fue la compra que másCalma!facciones me dio, porque los coches me gustaban desde que era niño. En suma, no me faltaba nada, tenía todo el dinero que quería, fumaba cigarrillos americanos, iba al cine todos los días. Pero me aburría y sentía que algo me faltaba, pese a todo, y comprendí muy pronto que lo que me faltaba era una muchacha. No soy precisamente feo, aunque sea bajito: rubio, con una cara blanca y roja, ojos celestes. De niño, mi madre decía que me parecía en todo al Niño Jesús; luego, al crecer, cambié un poco por culpa de que tengo la nariz con las ventanillas muy abiertas y la boca algo torcida; de modo que los amigos, quién sabe por qué, empezaron en seguida a llamarme “el salchichero”. Sin embargo, no soy feo, como ya dije; pero como siempre estaba tan atareado con el comercio, había dedicado poco tiempo a las muchachas, hasta ahora. Pero ya tenía dinero y también tiempo, de forma que decidí encontrar una muchacha.
       Empecé a buscarla. Por la mañana, hacia el mediodía, salía en coche y corría a los barrios altos. Pasaba y repasaba de arriba a abajo por via Veneto y luego recorría de cabo a rabo Villa Borghese, via Pinciana, el Muro Torto. Pensaba justamente que esos eran los sitios mejores para asediar a las mujeres, ante todo porque las chicas guapas de Roma van por allí a lucirse y a presumir con sus trajes nuevos, y además porque son sitios grandes, poco frecuentados, donde un coche puede seguir a una mujer y la mujer puede aceptar subir en él sin llamar la atención. Seguía, pues, a una u otra muchacha, con el coche, a paso de hombre y, en un lugar propicio, abría la portezuela y decía, asomándome:
       —Señorita, ¿me permite que la acompañe? —o algo por el estilo.
       ¿Lo creerán ustedes? Nunca aceptó nadie. Algunas seguían su camino como si no me hubieran visto ni oido; otras respondían, secamente:
       —No, gracias, prefiero caminar.
       Y otras, más descorteses:
       —¡Déjeme en paz o llamo a un guardia!
       Una me dijo un día: —“¡Papagallo de la calle!”, que significa precisamente un hombre que fastidia a las mujeres en la calle.
       Una segunda, incluso, me apostrofó así:
       —¡Tú, con esa cara de salchichero! —y esto me dejó muy asombrado, porque ella no podía saber que mis amigos me llamaban de ese modo.
       Hasta el punto de que, una vez en mi casa, me miré en el espejo preguntándome cómo serían las caras de salchichero, y luego hasta hablé de ello con mi madre, pero sin decirle que se trataba de mí, y me contestó:
       —Bueno, los salchicheros son algo viejo..., cosas de antaño... En invierno vendían carne de cerdo y en verano sombreros de paja y canotiers... Hoy nadie les llama así.
       Mientras tanto había llegado el otoño, estábamos ya a finales de noviembre, y había ratos en que llovía y ratos en que hacía sol, y yo comprendía que el buen tiempo estaba a punto de acabarse y ya no podría ni hablarse de muchachas hasta la primavera, porque en invierno hace frío y llueve y las mujeres se encierran en sus casas. Me devanaba los sesos porque no quería, de ninguna manera, pasar el invierno sin muchacha. Una mañana, tras haber explorado, como de costumbre, via Veneto no sé cuántas veces, ya me resignaba a volver a Prati, donde vivo, por Villa Borghese y Plaza del Popolo, cuando, en la avenida que lleva al piazzale Flaminio me pareció ver lo que necesitaba. Caminaba sola, envuelta en uno de impermeables transparentes que parecen de celofán, y desde lejos me pareció graciosa. Pero cuando me paré y abrí la portezuela diciendo: “Señorita, ¿quiere que la acompañe?”, y ella se volvió para mirarme, digo la verdad, casi me arrepentí de haberla interpelado. No es que fuese fea, al contrario, pero tenía una cara astuta y descarada que no prometía nada bueno. Tenía una selva de cabellos negros y crespos, ojos redondos, algo saltones, como de vidrio, y una nariz de negra, labios gruesos y nada de barbilla. Dijo en seguida:
       —¿Acompañarme, a dónde?
       Y su voz era ronca y confidencial, con acento romanesco; debía de ser del barrio de Ponte.
       —Donde usted quiera —respondí intimidado.
       Y ella, entonces, arrastrando la voz, quejosa:
       —Se me ha hecho tarde y vivo muy lejos y mamá ya no me espera... ¿Por qué no vamos a comer?
       Entre tanto yo había tenido tiempo de mudar de opinión y, pareciéndome que me gustaba, la invité a subir. Ella no se hizo de rogar.
       —Realmente, no habría debido aceptar —dijo, acomodándose—, pero usted parece una persona distinguida... Pero no vaya a creerse que hubiera aceptado con cualquier otro.
       Yo le dije, encendiendo el motor:
       —Me llamo Attilio Pompei y soy una persona seria... Si la he parado a usted es porque me sentía solo y buscaba compañía... Ya ve: tengo dinero, un coche, no me falta nada..., nada de nada, salvo la compañía de una muchacha como usted...
       Dije estas cosas para que comprendiera quién era yo y cuáles eran mis intenciones. Pero ella cortó por lo sano:
       —Bueno, ¿a dónde vamos?
       Aventuré el nombre de un restaurante, pero vi que torcía el gesto:
       —¿Por qué no salimos de Roma? A Fiumicino, por ejemplo...
       —¿Salir de Roma? ¡Con este tiempo!
       —Es tan hermoso..., y además está el mar... Comeremos pescado.
       Pensé entonces que la excursión serviría para facilitar la confianza. Y quizás ella me lo proponía adrede; le dije:
       —Vayamos a Fiumicino.
       Mientras tanto habíamos llegado a la Plaza Cavour. Me hizo parar ante un bar, diciendo que tenía que telefonear a su madre para avisarla de que no iría a casa. Luego volvió y me informó riendo:
       —¡Pobre mamá!... Me ha preguntado con quién estaba..., y le contesté: con Attilio... Ahora estará pensando en quién puede ser Attilio.
       Muy contenta, se acomodó, levantando el impermeable, y partimos.
       Salimos de Roma por la carretera de la Magliana, tan brillante como un espejo, con un sol espléndido que hacía daño a la vista. Pero al segundo kilómetro el cielo se puso negro y comenzó a llover a cántaros. Mientras el limpiaparabrisas subía y bajaba por el parabrisas inundado, para matar el tiempo, empecé a hablar de mí y de mis aspiraciones. Me confortaba el hecho de que parecía comprenderme. Dijo:
       —Un hombre no puede vivir solo, como un perro..., necesita compañía, afecto, amor...
       —Exactamente.
       —Y, además —continuó—, un hombre, si no tiene una mujer a la que consagrarse, pierde el gusto por el trabajo... ¿De qué le vale trabajar?
       —Eso es.
       —Una mujer —siguió hablando— lleva a la vida del hombre algo amable, afectuoso, algo que los amigos no pueden darle.
       —¿Y me lo dice a mí?
       —Los hombres sin mujeres no son hombres completos.
       —Eso es lo que yo pienso.
       —Sin contar con que, en un momento de tristeza, de dificultades, sólo una mujer puede consolar al hombre, devolverle el valor.
       —¡Santa palabra!
       —Un hombre como usted —concluyó—, ¿sabe lo que necesita? Una muchacha buena y cariñosa que piense más en él que en sí misma... Una muchacha que lo comprenda y que incluso sea capaz de sacrificarse.
       En resumidas cuentas, era tan juiciosa, tan intuitiva, tan sentada, que me sentía muy consolado: precisamente lo que yo buscaba. Le pregunté:
       —¿Cómo se llama usted?
       —Gina.
       —Gina —dije—, siento que estamos hechos el uno para el otro.
       Y luego, sujetando el volante con una mano, busqué con la otra mano la suya, sobre el asiento. Pero me dijo:
       —Ahora, conduce... La mano ya me la cogerás en Fiumicino.
       Y apartó su mano; pero aquel tú me agradó, aunque lo dijo con la boca chica y como por azar.
       Mientras tanto había vuelto el sol, cegador, entre nubes negras y desgarradas, y una vez pasada la estación de la Magliana, cogimos el camino a través de la campiña, verde y empapada, con prados que brillaban como lagunas de tanta agua que había caído. La carretera estaba desierta, excepto un topolino de color café con leche, con dos hombres en su interior, que unas veces nos pasaba y otras se dejaba adelantar, como si no quisiera perdernos de vista. Le dije:
       —¿Qué querrán esos cornudos? —y apreté el acelerador, dejando atrás al topolino. Ella observó riendo:
       —Son dos hombres sin mujer... Se divierten como pueden, pobrecillos.
       Miré a la carretera, vi que el topolino no aparecía y disminuí otra vez la marcha.
       Después de aquellos prados encharcados la carretera entró en un bosque. La lluvia y el viento habían arrojado sobre el asfalto negro muchas hojas amarillas, rojas y castañas; también el bosque era amarillo, rojo y castaño; el sol brillaba en medio del bosque y todas aquellas hojas parecían de oro. Ella gritó de pronto:
       —¡Ay, qué maravillal... Párate.
       Me detuve y ella me dijo:
       —¿Sabes qué vamos a hacer? Bajas y entras en el bosque para cogerme un buen ramillete de ciclámenes.
       —¿Ciclámenes?
       —Sí; mira cuántos hay.
       Miré y, en efecto, en el suelo, en la maleza, vi ciclámenes rosa diseminados entre las hojas amarillas y el verde del musgo. Ella dijo melindrosa:
       —¿No quieres coger un ramillete para tu Gina? —y me acarició la mejilla, poniendo la boca como para un beso. Creí que había llegado el momento e hice ademán de abrazarla, pero ella me rechazó, diciendo:
       —No, aquí no, en Fiumicino... Mientras tanto, baja y cógeme un buen ramillete.
       No dije nada y bajé, dejando la portezuela abierta. Desde el coche, me gritó:
       —Adéntrate..., son los más bellos.
       Y yo, caminando trabajosamente entre las zarzas, que me enganchaban con sus espinas los pantalones, me adentré en el bosque cogiendo ciclámenes. El bosque estaba mojado por la lluvia; había un agradable olor a tierra húmeda, a musgo, a madera podrida; a cada paso, al chocar con la cabeza contra las ramas, me caía encima una descarga de gotitas de agua, de modo que en breve tuve toda la cara lavada. Los ciclámenes eran realmente hermosos, y yo, al cogerlos, pensaba en que estaba muy contento por haber encontrado finalmente una muchacha, y me gustaba la idea de coger ciclámenes para ella e intentaba buscar los más grandes, con tallo más largo y rosa más encendido. Sentí que me gritaba:
       —Sigue adelante...; cuanto más adelante, mejores serán.
       Y me incorporé, en medio del monte bajo, para mostrarle el ramillete que ya había cogido. Entonces, más allá de las matas, entre un tronco y otro, vi el topolino café con leche parado junto al borde de la carretera y a un hombre con impermeable que bajaba de él y subía a toda prisa a mi coche. Grité:
       —¡Para! ¡Para! —y me lancé hacia allá. Pero tropecé y caí al suelo, con la cara sobre el musgo mojado, entre un diluvio de gotitas de lluvia.
       Más vale no hablar del regreso. Recorrí cinco kilómetros a pie; estaba tan aturdido que en el paso a nivel de Fiumicino me di cuenta de que apretaba aún en mi mano el ramillete de ciclámenes. Y tampoco quiero acordarme de cómo encontré a aquella bruja, una semana después, cuando ella salía de un comercio del centro, y de cómo la hice arrestar. Pero lo único que me duele (el coche lo encontraron dos días después, sin neumáticos, en una carretera campesina) fue que ella, cuando grité:
       —¡Ladrona!... ¡Por fin te encuentro, ladrona! —fingió no conocerme e incluso dijo, descarada:
       —¿Quién conoce a este tipo? No he visto en mi vida esa cara de salchichero.
       ¿Comprenden ustedes? También ella me llamaba “cara de salchichero”, como mis amigos, como la muchacha de via Pinciana. Por eso, desde entonces, me he dejado crecer el bigote, caído, rubio, largo. Pero, a pesar del bigote, aún no he encontrado una muchacha.




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