Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Sus días (1950)
(“Le sue giornate”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (17 de septiembre de 1950);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Dicen que a los romanos el siroco no les hace efecto: han nacido con él. Pero yo soy romano, nacido y bautizado en la Plaza Campitelli, y el siroco me saca de mis casillas. Mi madre, que lo sabe, cuando ve por la mañana el cielo blanco y siente el aire pegajoso, y luego me mira y ve que tengo los ojos turbios y la palabra escasa, siempre me recomienda, mientras me visto para ir a trabajar:
       —Conserva la calma... No te enfades... Contrólate.
       Mi madre, pobrecilla, me lo recomienda porque sabe que en esos días puede darse que acabe en la cárcel o en el hospital. Ella los llama “mis días”. Les dice a las vecinas:
       —Gigi, esta mañana, se ha ido con una cara que metía miedo... Claro, son sus días.
       A pesar de que soy bajo, menudo y desprovisto de músculos, en los días de siroco me invade el prurito de buscar pelea o, como decimos los romanos, de armar camorra. Voy por ahí mirando a los hombres, sobre todo a los forzudos, y pienso: “A ése, de un puñetazo, le rompería la nariz... Y a ese otro me gustaría hacerlo saltar a patadas en el trasero... ¿Y a ése? Un par de bofetadas que le pusieran la cara morada”. Sueños; en realidad, todos son más fuertes que yo. Para pegar a alguien tendría que habérmelas con un niño. Y no estaría dicha la última palabra. Hay algunos chicos sueltos de manos, pérfidos, que se lanzan con la cabeza gacha y a lo mejor te largan una patada al bajo vientre, que a mí me dan miedo.
       Para colmo de desgracia, he elegido un oficio que no me va bien: camarero en un café. Los camareros, ya se sabe, tienen que ser amables suceda lo que suceda. La amabilidad, en su caso, es como la servilleta que llevan al brazo, como la bandeja en la que traen las bebidas: un instrumento del oficio. Dicen que los camareros tienen los pies llenos de callos. Yo no los tengo, pero es como si los tuviese, y los clientes no hacen más que pisármelos. Con mi sensibilidad, la mínima observación, la mínima grosería me enfurece. Y, en cambio, me toca tragármela, inclinarme, sonreír, halagar. Pero se me pone en la cara un tic nervioso que es la señal de mi bilis. Los del café, que lo saben, cuando me ven torcer la cara dicen en seguida:
       —¡Eh, Gigi!... ¿Te ha ido mal? ¿Qué te han hecho?
       En resumidas cuentas, se burlan. Pero algunas veces logro desahogar estas enormes ganas de ofender y de agredir. Elijo un lugar muy concurrido, una plaza, un local público, busco a mi tipo después de una larga observación, lo ataco con un pretexto cualquiera, lo insulto. Naturalmente, él intenta lanzarse contra mí, pero de inmediato lo contienen cuatro o cinco pacificadores, se meten en medio. Yo me aprovecho para insultarlo aún más, bien a gusto, y luego me alejo. Y ese día me siento mejor.
       Bueno, una de esas mañanas que el siroco podía cortarse con un cuchillo salí con el diablo en el cuerpo. Una frase, sobre todo, rondaba mis oídos: “Si no te callas, te hago comer tu sombrero”. ¿Dónde la había oído? Misterio; quizás el siroco me la había sugerido en sueños. Siempre revolviendo estas palabras en mi cabeza, cogí el tranvía para ir al café, un local hacia la Plaza Fiume. El tranvía estaba atestado y ya, pese a lo temprano de la hora, no se podía respirar. Apreté los dientes y me puse en fila en el pasillo. Inmediatamente comenzaron los empujones, como si no hubiera otro modo de moverse que a fuerza de codazos. Empecé a roerme por dentro, pero no dije nada. El tranvía recorrió lentamente el Lungotevere, pasó por el piazzale Flaminio, siguió el Muro Torto, se acercó a la Plaza Fiume. Me dirigí hacia la salida.
       Hay una cosa que me saca de quicio, con siroco o sin él: cuando la gente, en el tranvía, me pregunta: “¿Va a bajarse?... Perdone, ¿baja usted?” Me parece que es una indiscreción, como si, en vez de ello, me preguntaran: “Perdone, ¿es usted cornudo?” No sé lo que daría por contestarles que no es asunto suyo. Aquella mañana, poco antes de la parada de la Plaza Fiume, la consabida voz, entre el consabido gentío, me preguntó:
       —¡Eh, macho! ¿Bajas?
       También un camarero tiene su dignidad. El hecho de que me tuteara y que me llamara “macho” añadió, a la rabia de siempre, un resentimiento de orgullo. Por la voz juzgué que debía de ser un hombretón: precisamente de esa clase de personas con las que sueño que la emprendo a puñetazos. Miré a mi alrededor: había muchísima gente. Consideré que podía insultarlo sin peligro y contesté:
       —Baje o no baje, ¿qué diablos te importa?
       —Entonces, quítate de en medio y deja bajar —dijo la voz de inmediato.
       Pronuncié, sin volverme:
       —¡Un cuerno!
       En seguida, como respuesta, me llegó un empujón capaz de dejarme sin aliento, y luego, como un bólido, el otro pasó ante mí. No me había equivocado: era ancho, bajo, con una cara roja, bigotes negros a la americana y un cuello de toro. Tenía también sombrero. Volvió a mi mente aquella frase: “Si no te callas, te hago comer tu sombrero”.
       Él estaba bajando, yo estaba aún en el estribo. Reuní fuerzas y le grité:
       —¡Estúpido! ¡Ignorante!
       Él, que ya había bajado, se volvió, me agarró de un brazo, me hizo volar hasta abajo como si fuera una pajita. Bramaba:
       —¡Sinvergüenza! ¡Repite lo que has dicho!
       Pero ya, como había previsto, se habían lanzado cinco o seis a contenerlo. Esta era la ocasión, o nunca. Mientras se debatía y mugía como un buey, me incliné y le grité en la cara con odio:
       —¿Quién te crees que eres? ¡Canalla, desgraciado, carne de horcal... ¿No sabes que si no te callas te hago comer tu sombrero?
       Lo había dicho y respiré tranquilo: me encontraba mejor. Él, de pronto, dejó de debatirse, se metió una mano entre los dientes y alzó los ojos al cielo, diciendo:
       —¡Ah, si yo pudiese!
       Tranquilizado, me puse bajo su nariz y le dije:
       —¡Claro que puedes!... ¡Ea, valor!... Ya veremos..., sí que puedes..., ¡chulo, delincuente, asqueroso!
       Por fin nos separaron, y yo me fui sin volver la vista atrás, feliz, silbando una tonada.
       En el café, mientras sacábamos las mesitas, conté el suceso, naturalmente a mi manera. Describí al hombre, y luego expliqué cómo lo había puesto en su lugar, amenazándolo, además, con que le haría comerse su sombrero. Pero no dije que mientras lo insultaba lo agarraban entre seis. Los del café, como siempre, no me creyeron. Goffredo, el barman, me dijo:
       —¡Cuentas unas trolas!... ¿Te has mirado al espejo?
       —Es la pura verdad... —contesté—. Le he dicho en su cara, resueltamente, todo lo que pensaba, y tuvo que aguantarlo.
       Estaba alborozado, me sentía muy bien, incluso me gustaba mi oficio esa mañana. Iba, venía, moviéndome como si bailase, gritando los encargos con voz tintineante, alegre. Goffredo me preguntó seriamente:
       —¿Qué te pasa? ¿Has bebido?
       Le respondí con una pirueta:
       —Menos cuentos... Un bitter y una cerveza helada.
       Estaba tan contento que, después de varias horas, a las once de la noche, todavía perduraba el benéfico efecto de aquel escándalo. Hacia esa hora entré en el bar para recoger dos cafés exprés y luego salí, ligero como un pájaro. Las mesas a la izquierda de la puerta son las mías, y en aquel momento estaban todas ocupadas; sólo allá, al fondo, había una libre; cuando volví a salir, vi que se había sentado alguien. Llevé los cafés y luego me dirigí muy ligero hacía aquella mesa, la limpié un poco con la servilleta y pregunté:
       —¿Qué desean los señores? —alzando por fin los ojos.
       Me quedé sin resuello porque vi que era precisamente él, que me miraba sarcástico, con el sombrero echado sobre la nuca. Estaba con otro del mismo tipo: oliváceo, casi un mulato, con cabellos grises, ojos inyectados en sangre. Él dijo:
       —Mira, mira a quien vuelvo a ver... Los señores desean dos cervezas.
       —Dos cervezas —repetí sin aliento.
       —Pero, ¡ojo!, heladas —dijo él.
       Y con el pie, para empezar, me dio un pisotón que me hizo saltar de dolor. Pero no reaccioné, estaba desanimado, quizás por la sorpresa, y ahora ya sólo tenía miedo. Él añadió mirando a su alrededor:
       —Un local muy bonito... ¿Tienes mucho que hacer, macho?
       —Según los días.
       —Y ¿a qué hora te vas?... Sólo por saberlo...
       —A medianoche.
       —¡Estupendo! Aún falta una hora... Lo vamos a pasar bien... Y luego te daremos la propina.
       No dije nada y volví a entrar en el café. Goffredo, que estaba manejando la máquina de hacer café, me lanzó una ojeada y se dio cuenta en seguida de que estaba cambiado. Dije:
       —Dos cervezas —con un hilo de voz, apoyándome en el mostrador para no desmayarme.
       Él me dio las cervezas y me preguntó:
       —¿Qué tienes? ¿Te encuentras mal?
       No le contesté, cogí las cervezas y volví a fuera. El otro me dijo:
       —¡Muy bien! Como camarero eres gallardo —pero inmediatamente después tocó las botellas y añadió—: ¡Ah!, pero están calientes.
       Puse la mano en una de las botellas: estaba helada. Observé en voz baja:
       —Me parece fría.
       Él puso su mano sobre la mía, apretando hasta aplastármela, y repitió:
       —Está caliente... Dilo tú también que está caliente.
       —Está caliente.
       —Muy bien... Tráenos algo realmente frío.
       —Un helado —propuse confuso.
       —Muy bien, un helado... Pero te lo advierto: que esté frío —y mientras decía esto me largó una patada en la canilla.
       La mesita estaba dispuesta de forma que se podía ver desde dentro. Goffredo, cuando me presenté en el mostrador, dijo riendo:
       —¿Es él, no?
       También los otros camareros se reían. No respondí nada, con el rostro pálido y todo tembloroso.
       —Pero tú —continuó Goffredo mientras cogía los helados de la heladera— ¿no le habías metido miedo? ¿Qué esperas ahora para emprenderla a bofetadas con él?... ¡Ea, demuéstranos que sabes ponerlo en su lugar!
       En silencio cogí los helados y los llevé a la mesita. Él, con una cucharilla, tomó un trozo, se lo metió en la boca y luego preguntó:
       —De forma que te vas a medianoche... Y para volver a casa, ¿qué camino sigues?
       Respondí al azar:
       —Vivo junto al Policlínico.
       No era verdad, porque vivo en la Plaza Campitelli. Y él, feroz:
       —¡Muy bien, así tendrás menos camino que andar para ir a la clínica de urgencia! Me fui al bar y le dije en voz baja a Goffredo:
       —Quiere pegarme... Me espera hasta que cerremos... ¿Qué debo hacer?... Quizás tendría que llamar a un guardia.
       Goffredo se encogió de hombros y respondió:
       —¿Y luego, qué?... Esos dicen que no te conocen... No puedes hacer arrestar a la gente sólo por sus intenciones —dio una vuelta a la manivela y luego añadió—: ¿Quieres un consejo?... Intenta ablandarlo..., pídele excusas.
       No habría querido hacerlo, porque soy orgulloso. Pero el miedo dominaba cualquier otro sentimiento. De modo que me decidí: fui hacia aquella mesa, vacilé un momento y después, en voz baja, dije:
       —Perdone...
       —¿Qué? —dijo el otro mirándome.
       —He dicho “perdone”... por el asunto del tranvía.
       Me miró con estupor y luego dijo:
       —¿Qué tranvía? ¿Quién te conoce? ¿Quién te ha visto nunca?... ¡Ah!, ya entiendo, quizás tienes miedo de que no te demos la propina..., puedes estar tranquilo..., te la daremos..., y abundante.
       Ahora, casi rechinaba los dientes de terror. Sabía que me esperarían y que me seguirían. Alrededor de la Plaza Campitelli, donde vivo, son incontables las callejuelas donde uno puede matar a un hombre sin ser visto. Me darían una buena tunda y no había nada que hacer.
       Volví al café y me aventuré a decirle a Goffredo:
       —Salgamos juntos... Tú eres fuerte.
       Pero me interrumpió en seguida:
       —Yo soy fuerte, pero tú eres tonto... Y total, ¿qué pasará? Recibirás algún puñetazo..., a lo mejor se lo devuelves... ¿No habías dicho que le metiste miedo?
       En resumen, continuaba burlándose de mí. También se reían los otros dos camareros. Pensé que nadie se compadecía de mí y se me saltaron las lágrimas.
       Mientras tanto pasaba el tiempo, se acercaba la medianoche. Los dos camareros se fueron, uno tras otro; Goffredo comenzó a limpiar el mostrador y la máquina; fuera, en las mesas, sólo quedaban aquellos dos. Después de haber limpiado el mostrador, Goffredo salió y comenzó a quitar las mesas y las sillas y a amontonarlas dentro del bar. Aterrorizado, miraba a mi alrededor buscando una escapatoria. Pero sabía que el bar no tenía más que una salida; escapar por las calles no era posible. Entre tanto, aquellos dos habían pagado, se habían levantado y habían ido a situarse en la acera de enfrente. Goffredo volvió a entrar, fue a la trastienda, se quitó la chaqueta y se dispuso a irse. Al pasar ante mí me dijo con una sonrisa:
       —¡Buena suerte!
       No tuve fuerzas para devolverle la sonrisa.
       Ya sólo quedábamos dos personas en el bar: yo y el dueño, que, de pie tras la caja, hacía las cuentas del día. Había puesto sobre el mármol los billetes y los dividía en muchos montoncitos, según su valor. El local marchaba bien: sólo en billetes de a mil habría unas treinta mil liras. Miré hacia fuera: aquellos dos seguían allí, en la sombra de un edificio, en la acera de enfrente. A no mucha distancia paseaban dos carabineros. Entonces tomé una decisión y me sentí tranquilizado. Me quité la chaqueta blanca de trabajo, me puse la mía, me acerqué al mostrador como para despedirme del dueño, y luego, con un rápido gesto, agarré el montoncito de billetes de a mil y atravesé corriendo la puerta. Mientras huía por la calle a toda velocidad oí gritar “¡Al ladrón!”, y comprendí que mi plan había sido un éxito. Continué huyendo, pero disminuyendo la marcha cada vez más; en la Plaza Fiume, los taxistas, ante aquel grito de “¡Al ladrón!”, se habían dispuesto en círculo, y yo, como en una carrera de estafetas, me dejé rodear sin ofrecer resistencia. Luego vinieron los carabineros, el dueño del bar, que gritaba como un desesperado; Goffredo, que había retrocedido ante aquel alboroto. Al verme entre los guardias, en medio de una muchedumbre, Goffredo lo comprendió todo y gritó:
       —¡Gigi! ¿Qué has hecho? ¿Por qué lo has hecho?
       Le contesté mientras me arrastraban de allí:
       —Por miedo... Mejor la cárcel que el hospital.
       Mientras tanto el dueño, que había recuperado su dinero, recomendaba, como buena persona que era:
       —¡Suéltenlo! Ha sido un momento de locura.
       —Nada de eso —dije yo—, llévenme a la prevención... ¡Nunca se sabe!




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