Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

El desquite de Tarzán (1949)
(“La rivincita di Tarzan”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (16 de octubre de 1949);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Aquel verano, a falta de otro trabajo más serio y digno de mí, acepté ir en bicicleta, con otros cinco en hilera, para hacer la publicidad de las películas de un cine nuevo. Cada bicicleta llevaba un cartelón coloreado, con una sílaba de dos o tres letras, y los seis juntos desfilábamos lentamente por las calles de la ciudad, componiendo el título entero de la película. Hombres sandwich sobre ruedas, eso era lo que hacíamos. En materia de oficios los hay mejores, desde luego: y mucho más porque, para que nos vieran mejor, nos obligaban a vestir un mono celeste dentro del que parecíamos angelitos de esos que salen en las procesiones de Pascua. Pero da igual: si quería comer, tenía que hacer ese oficio.
       Paseé “Amame esta noche”, “Llamas en el archipiélago”, “Dos corazones en la tempestad”, “La hija del volcán” y muchos otros. Yo iba siempre en la bicicleta que abría filas, porque a mis cincuenta años, con todo el pelo blanco, era siempre el más viejo y la agencia me confiaba la responsabilidad de la caravana. Detrás de mí venía Poldino, un muchacho rubio de unos diecisiete años, de cara puntiaguda como hocico de garduña y ojos de vidrio celeste; en cuanto a su carácter, era violento e insubordinado, realmente díscolo.
       Los otros cuatro eran también muchachos entre los quince y los veinte años. Habría podido ser el padre de los cinco, y ellos, en efecto, me llamaban tío. Todos eran de la misma casta que Poldino: muchachos que se habían abierto camino en la posguerra con el mercado negro, los negros americanos y las “señoritas”. No tenía la menor autoridad sobre ellos, como advertí de inmediato a la agencia; y ellos, cada vez que podían, se aliaban contra mí.
       Estábamos en verano, en julio, y pasear por las calles, muy despacio, bajo un sol que quemaba, era realmente penoso. Además, el recorrido era largo y sin paradas: salíamos del cine, dentras de Santa Maria Maggiore, recorríamos a paso de hombre la via Cavour, la Plaza de la Estación, via Volturno, via Piave, via Salaria, via Po, via Veneto, via Bissolati, via Nazionale, via Depretis, y luego, finalmente, otra vez Santa Maria Maggiore. Este recorrido lo hacíamos varias veces, por la mañana y por la tarde, según lo estipulado con la agencia. Además, había dos equipos: uno de hombres, vestidos, como ya dije, de celeste; y uno de mujeres, vestidas casi peor que nosotros, con túnicas blancas cubiertas de lentejuelas plateadas y gregüescos amarillo oro.
       Una de esas mañanas salimos, como de costumbre, del cine, con un cielo anubarrado que en principio me hizo esperar que disminuyera el calor de los días anteriores. Pero cuando nos pusimos en marcha advertí inmediatamente que el bochorno había aumentado, precisamente a causa de aquellas nubes oscuras que anunciaban tormenta. Sudaba, con mi mono cerrado, mucho más que si hiciera sol; y en medio de aquel aire cargado me parecía como si, a cada vuelta del pedal, se me hincharan las manos, los pies y la cara, y como si la sangre quisiera salirse de mi piel. El título de la película de ese día era “El desquite de Tarzán”, en tecnicolor. Yo tenía las sílabas “El des”; luego venía Poldino con “qui”, y luego, por orden, “te”, “de”, “Tar”, “zán”. En los cartelones se veía a Tarzán, vestido de pieles como un salvaje, que luchaba contra un enorme mono, y a un lado, asustada, una hermosa muchacha, también medio desnuda. En cuanto nos movimos, muy lentamente, entre aquel aire bochornoso de terremoto, advertí que detrás de mí se había producido el acuerdo de siempre. La agencia publicitaria nos recomendaba sobre todo que no hiciéramos ruido, no fumásemos, no hablásemos. En resumen, teníamos que dar la impresión de ser casi máquinas, como las bicicletas: mudos, lentos, apáticos, sin expresión. Así, decían, la publicidad resultaría realmente eficaz, porque la gente no se ocupaba de nosotros y miraba a los cartelones. Ya he dicho que los otros cinco habían llegado a un acuerdo; me explicaré. Tan pronto como estuvimos en la Plaza de la Estación sentí que los cinco, a mis espaldas, lanzaban el grito de Tarzán, tal y como se oye en el cine; no tan fuerte, es cierto, pero lo bastante para que los transeúntes lo oyeran. Yo no podía volverme porque tenía que guiarlos y, si me volvía, podía ocurrir que, en un sitio como la Plaza de la Estación, toda la caravana acabase bajo las ruedas de un autobús; pero, cuando entramos en la via Volturno, volví la cabeza y dije con fuerza:
       —¿Qué significa ese barullo?
       ¿Saben cómo me respondió Poldino? Con un gesto obsceno. No dije nada y proseguí hacia el Ministerio de Hacienda.
       Pasamos el Ministerio, entramos en la via Piave; en la Plaza Fiume, el guardia, sobre su torrecilla listada en blanco y negro, paró el tránsito y también nosotros tuvimos que esperar. Aproveché para echar pie a tierra y. volverme para ver cómo iban las cosas. Advertí en seguida que iban muy mal: ya sea que estuvieran citados con ellas, ya que las hubieran encontrado por casualidad, Poldino y los otros estaban con dos muchachas, de esas que recorren los restaurantes vendiendo flores, bajas y torcidas, una rubia y otra morena, y bromeaban entre sí, como si no existiera la caravana publicitaria. Luego, cuando el guardia nos dio paso, las dos muchachas se subieron en la barra de la bicicleta, la morena con Poldino y la rubia con el que venía detrás de Poldino. Esta vez me enfadé, porque tengo un gran sentido del deber y esto ya era excesivo. Bajé, me acerqué a Poldino y le dije, sin alzar la voz:
       —¡Dile que se baje, vamos!... ¡No quiero líos!
       Él, quizás engreído por aquella pelagatos que se agarraba a su manillar, contestó:
       —¿Qué quieres? ¿Te conozco de algo?
       —¡Venga! —dije, y cogí a la muchacha por un brazo.
       —¡Las manos fuera! —gritó ella.
       Y Poldino dijo:
       —¡Miren a este vejestorio! ¡Le ha metido mano a mi chica!
       Entre tanto todo el tráfico se había detenido, los automóviles hacían sonar el claxon detrás de nosotros y la gente nos rodeaba y comentaba el hecho; no hay que decirlo, todos estaban en contra mía. Comprendí que no había nada que hacer, volví a subir a la bicicleta y, con el corazón lleno de veneno, cogí por via Salaria.
       En el cruce de via Salaria con via Po giré en dirección al corso de Italia pero inmediatamente advertí que giraba yo solo, porque Poldino y los demás se dirigían hacia la Plaza Quadrata. Me detuve, desconcertado, y grité:
       —¿A dónde vais? ¡Venid aquí!
       Poldino se detuvo y contestó:
       —Vamos al Tíber, a darnos un baño.
       —Pero ¿qué pasa? ¿Estáis locos?
       —El loco eres tú —me contestó, con desprecio—, con ese pelo blanco, todo vestido de celeste, como un payaso.
       Las muchachas se reían y yo me avergoncé, y aunque tenía ganas de matarlo, por la rabia, me resigné una vez más.
       Cogimos por via Po, hicimos todo el viale Liegi, la Plaza Ungheria, todo el viale Parioli. Ahora era Poldino quien guiaba la caravana y yo iba el último, porque tengo poco resuello y ellos ahora marchaban a toda velocidad. El título de la película se leía de este modo: “Qui Tar te zán de El des”, que no significa nada; y los transeúntes de las aceras se paraban a mirar a aquellos cinco muchachos con dos putillas en la barra que corrían a todo correr, vestidos de celeste y perseguidos por un viejo también vestido de celeste; y sacudían la cabeza y se reían. Ellos, además, aullaban el grito de Tarzán, como si estuvieran de verdad en una selva y no bajo los plátanos de una calle de Roma. En la Plaza de Santiago de Chile comienza la bajada y allí me dejaron atrás, de forma que al final llegué yo solo al Acquacetosa. Perdí el camino un par de veces, retrocedí, y por fin me pareció verlos a lo lejos, desfilando por un sendero, a lo largo de la orilla del río. Furioso, bañado en sudor, me lancé en aquella dirección.
       Habían elegido un sitio donde la orilla del Tíber se ensancha como una plataforma natural, arenosa y cubierta de matas. El Tíber, allí, traza una curva que parece una serpiente, y en la otra orilla se ve una de esas redes de ruedas que suben y bajan empujadas por la corriente. Los encontré tirando al suelo las bicicletas, con cartelones y todo, y desnudándose. Las dos muchachas, por lo menos, se habían escondido detrás de una mata, pero ellos ni siquiera se escondían. Salté de la bicicleta, furibundo, y corrí hacia Poldino que estaba sacando las piernas de los pantalones; le grité:
       —¡Sinvergüenza! ¿Esta es tu conciencia, eh?
       Pero él, arrogante, respondió:
       —¿Qué quieres? ¿Puede saberse qué es lo que quieres? ¡Me dices de una vez lo que quieres!
       A cada “qué quieres” me daba un manotazo en el pecho, exactamente bajo el gaznate, con una sola mano, porque con la otra se sostenía los calzoncillos; y yo, un poco por el afán de la carrera, un poco por la edad, sentía que mis piernas vacilaban y al final, ante un cuarto empujón, caí al suelo. Inmediatamente, como a una señal, todos se desataron. Las muchachas salieron de las matas cogidas de la mano, en combinación blanca de algodón, no muy bonitas, a decir verdad, porque, como ya dije, eran bajas y fornidas, con poco pecho pero muchas caderas, como suelen ser todas las mendigas y vagabundas que comen poco y caminan mucho. Y los otros cinco, como en un baile, fueron a su encuentro sujetándose los calzoncillos con las manos. Empezaron a bailar entre las matas, y después corrieron y se persiguieron. Poldino gritaba:
       —¡Soy Tarzán!... Ahora te agarro y te llevo conmigo... —y, rugiendo como Tarzán, perseguía a la morena. ¡Daba pena verlo! Abultaba la mitad que ella, blanco, demacrado, grácil. Por último, entre saltos y carreras, fueron al río y se lanzaron todos al agua, uno tras otro.
       Me quedé solo en la orilla, vigilando los monos azules y los trapos femeninos, yo, vestido de celeste y con el pelo blanco, como un payaso, con cara de desocupado crónico y un cigarrillo nazionale medio vacío entre los labios que me temblaban.
       Estaba mortificado, casi a punto de llorar; y si, por una parte, los odiaba por haberme tratado de aquel modo, por otra me odiaba a mí mismo por no haberme atrevido a librarme del sentido del deber. Incluso ahora, cuando ya no había nada que hacer, al mirarlos nadar felices en el Tíber me era imposible no preguntarme, ansioso: —“¿Qué dirán en la agencia?”. Y me enfadaba por sentir este temor, pero al mismo tiempo no podía dejar de sentirlo. Me habría gustado ser como ellos y tirarme también al agua, y lanzar yo también el grito de Tarzán, bromeando con las dos muchachas. Pero era viejo y tenía sentido del deber y no había nada que hacer.
       Afortunados en todo, chapotearon en el agua hasta que el cielo se puso negro y las primeras gotas salpicaron las aguas amarillas del Tíber. Entonces salieron del agua y Poldino gritó que aquella lluvia era lo que necesitaban: así, si les hacían alguna observación, podrían decir que se habían visto obligados a buscar reparo. Una de las muchachas, cuando estuvo vestida, se me acercó y me pidió un cigarrillo. Se lo di y entonces la rubia quiso otro, y luego los cinco muchachos también, de modo que me quedé sin cigarrillos pero hicimos las paces.
       Entre tanto las nubes, después de aquellas pocas gotas, habían pasado sobre el Tíber y se habían alejado hacia el campo. Volvimos a ponernos en fila, según el título de la película, y nos encaminamos a lo largo del río hacia Acquacetosa. Allí las dos muchachas cogieron el autobús y nosotros subimos por el viale Parioli. Poco después, a paso de funeral, desfilábamos entre los coches de lujo y los cafés, por el centro de via Veneto.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar