Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Te toca a ti (1950)
[Otro título en español: “A tí te toca”]

(“Precisamente a te”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (19 de diciembre de 1950);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Cuando era niño jugaba con otros de mi edad al juego de “te toca a ti”, con esa retahila que comienza: “Ciento cincuenta, la gallina canta”, y acaba: “te toca a ti”. Recuerdo lo que me gustaba que el dedo del que echaba se parase en mi pecho y que me eligieran jefe. Amor propio; y ya se sabe que en la vida el amor propio lo es todo; y quien no entiende esto, no entiende nada de la vida. Luego, de mayor, he seguido siempre siendo el que espera que le toque precisamente a él. Desgraciadamente, no me toca a menudo; casi nunca, más bien. Hasta hace poco tiempo, al inconveniente de mi carácter demasiado modesto se añadía el de mi oficio: era basurero. Se dicen muchas cosas sobre las basuras y los basureros. Más bajo que un basurero no hay nada, dicen, ni siquiera un mendigo. Quizás sea cierto. Pero, si no hubiera basureros, ¿qué sucedería? Lo vemos los días de huelga del gremio: toda la ciudad sucia, triste, llena de papeles, con los cubos desbordantes. Y las calles más hermosas son las más sucias, porque, es cosa sabida, los ricos tiran más basuras que los pobres; y por las basuras se puede comprender cómo vive la gente. En esos días, repito, se ve lo que es el basurero y la importancia que tiene en la vida moderna.
       Bueno, en aquella época yo iba con el carro recogiendo las basuras, y me parecía que esa frase, “te toca a ti”, no lograría que me la dijeran nunca. Siempre les tocaba a los demás, especialmente con las mujeres. En efecto, todas las veces que estaba con una chica que me gustaba, cuando llegaba a decirle: —“Soy basurero”, veía que se ensombrecía y torcía la nariz; y luego, más o menos pronto, me dejaba. ¡Ni que hubiera dicho: —“Soy ladrón”! Al principio no lo comprendía; pero luego, a fuerza de repetirse el hecho, comencé a sospechar que quizás me conviniera ocultar mi oficio. Pero fue Silvestro, un viejo que era compañero mío en el carro, quien me abrió verdaderamente los ojos, puede decirse. Una mañana que íbamos, como de ordinario, de una casa a otra, y que yo me lamentaba de que a las mujeres no les gustaba mi oficio, me contestó, sin grandes cumplidos:
       —Porque es un oficio grosero... y a las mujeres, los oficios groseros no les gustan... Pero tú, ocúltalo.
       —¿Y cómo lo hago?
       —Di que eres empleado del Ayuntamiento... Después de todo, es la verdad... Todos somos empleados del Ayuntamiento... nosotros, que recogemos las basuras, y los que están en el Registro Civil, detrás de las ventanillas... Todos somos empleados.
       El otro compañero, Ferdinando, uno de mi edad, pelirrojo y pecoso, con gafas, intervino en ese momento:
       —Según mi opinión, estás equivocado... ¿Por qué ocultar tu oficio?... Es un oficio como otro cualquiera... Somos trabajadores como todos los demás... Al ocultarlo, te inclinas ante el prejuicio...
       —¡Muy bien! —dijo Silvestro—, pero, ese prejuicio, ¿existe o no? ¿Y, para Luigi, lo importante es luchar contra el prejuicio o hacerse querer por las muchachas? Y, además, mira a los mozos de cuerda... también son trabajadores... pero se hacen llamar maleteros o porteadores o yo qué sé... Cambian la palabra, no el hecho... Y también ellos por culpa del prejuicio.
       —Hazme caso, Luigi —dijo Ferdinando, obstinado—no hay que ocultar nada... Si una mujer da importancia al prejuicio, es señal de que quiere más al prejuicio que a ti.
       En resumidas cuentas, discutimos un buen rato mientras el carro lleno de basuras marchaba muy despacio, de una calle a otra, entre la niebla de la mañana de noviembre. Luego el carro se paró ante una de aquellas casas. Ferdinando agarró el saco, bajó del carro y se engolfó silbando en el portal. Yo le dije a Silvestro:
       —Tú eres viejo y conoces la vida... Dime lo que debo hacer.
       Él se quitó la pipa de la boca y me contestó:
       —Ferdinando prefiere jactarse ...Para mí, esa es una forma como otra cualquiera de avergonzarse... Quien no se avergüenza soy yo..., ni me jacto, ni lo oculto... Soy basurero y se acabó.
       —Sí, pero yo...
       —Tú, es diferente... Tu interés está en ocultarlo... Ya te lo he dicho: hazte pasar por empleado del Ayuntamiento.
       Este consejo, de momento, no me gustó. Era basurero y no veía por qué debería ocultarlo. Pero a los pocos días, estando de asueto, sin gorro ni blusón, sentado en un banco de Villa Borghese, volví a pensármelo y me dije que, en el fondo, quizás Silvestro tenía razón. Experimenté, ante este pensamiento, de pronto, un sentimiento como en determinados sueños, cuando se sueña que se pasea en camisa y con el trasero desnudo, y uno no lo sabe, y luego alguien se lo hace observar y entonces se advierte que se está desnudo y se avergüenza uno, despertándose. Así, pues, durante dos años había sido basurero y no lo había advertido. Es decir, que había paseado en camisa y había sido el único en no darme cuenta. Así, pues...
       Era un día de mediados de noviembre, muy hermoso, con un aire suave y algo neblinoso, y los árboles amarillos y rojos y las avenidas llenas de mujeres y de niños. Estaba tan sumido en mis reflexiones que no había advertido que en el mismo banco se había sentado una muchacha con una niña, quizás una criada o una institutriz. Luego, ante su voz, que decía:
       —Beatrice, no te alejes... —me volví y la miré.
       Era joven, de figura robusta, con una cara redonda, blanca y roja, y una trenza rubia, tan gruesa como si fuera de cáñamo, arrollada alrededor de la cabeza. Me llamaron la atención sus ojos: negros y relucientes, como de terciopelo, sonrientes. La niña se había acurrucado para jugar con la grava. Ella estaba sentada, teniendo en la mano el cubo y la pala de la niña. Al ver que la miraba, se volvió hacia mí y me dijo tranquilamente:
       —Usted no me conoce..., pero yo sí que lo conozco.
       ¡Lo que hace la sugestión de ciertas conversaciones! Sentí que me ruborizaba y pensé: —“Me habrá visto con el saco de la basura al hombro”. Y respondí de inmediato:
       —Me confunde con algún otro, señorita... Yo no la he visto nunca.
       —Pues yo lo conozco.
       Dije, ya lanzado a la mentira:
       —Es imposible... a menos que me haya visto en el Registro Civil, donde estoy empleado... Pasa por allí tanta gente...
       Esta vez no dijo nada, pero me miró largamente, de una manera extraña. Dijo, finalmente:
       —¿Está empleado en el Registro Civil?
       —Claro.
       —¿En qué oficina?
       —Bueno, unas veces en una y otras en otra... Hay muchas oficinas.
       —Entonces —dijo, lentamente—, lo habré visto allí... Hace dos días que he estado.
       —Puede ser.
       La niña, entre tanto, se había alejado algunos pasos y hurgaba con las dos manos en un montón de detritus y de hojas muertas. Ella le gritó:
       —¡Deja eso, Beatrice!..., es basura... Las niñas buenas no tocan la basura.
       Y yo, al oír la palabra “basura”, no pude dejar de estremecerme y de ponerme colorado. Como si eso no fuera bastante, se acercó un barrendero, con su feo uniforme gris, con la carretilla de zinc y la escoba, y comenzó a barrer el montón. Ella dijo:
       —Con todas esas hojas muertas los barrenderos tienen mucho trabajo.
       Enrojecí de nuevo, y respondí, esperando que me diese la razón:
       —Es su oficio... son empleados del Ayuntamiento, como yo... Ellos barren y yo escribo... No hay otra diferencia.
       Pero ella me miró de aquella forma extraña, y luego dijo:
       —Me llamo Giacinta... ¿Y usted?
       —Luigi.
       Así comenzó nuestra relación. Ella no quiso darme nunca la dirección de su casa, diciendo que no quería que su señora supiese que nos veíamos; pero habitaba, según pude entender, en la zona que yo recorría cada mañana con el carro. Nos veíamos con frecuencia, algunas veces entre semana y todos los domingos. Íbamos al cine, o a un partido de fútbol, o bien al café. Me enamoré de ella, puede decirse, sobre todo por su carácter. Nunca conocí un carácter así: tranquilo, dulce, calmoso, quizás socarrón, muy reservado y secreto, como un agua quieta y profunda. Siempre estaba callada y, mientras yo le hablaba, sacudía continuamente la cabeza, con dulzura, como para aprobar lo que decía y al mismo tiempo lanzaba un gemido muy ligero, como diciendo: —“Es cierto, justamente así, tienes razón”. Pero, si no hablaba, sus ojos hablaban por ella: siempre sonrientes, siempre atentos, con un relampagueo de terciopelo negro, misteriosos. Nunca me dio muchas confianzas: unas dos o tres veces, en el cine, dejó que cogiera su mano. Mientras tanto yo continuaba diciéndole que estaba empleado en el Registro Civil; más aún, como suele ocurrir, añadía cada vez un detalle nuevo, para reforzar la impresión de veracidad. Aunque de cuando en cuando me traicionaba, porque, como advertí, basura y basurero entran más de lo que se cree en el lenguaje. Como aquella vez que, habiéndola esperado mucho tiempo en nuestra cita, se lo reproché y acabé, sin querer:
       —Soy un hombre... y no una basura.
       Inmediatamente me mordí la lengua y me puse colorado hasta las orejas.
       Me pareció que ella sonreía, pero no dijo nada.
       Estaba tan enamorado que empecé a pensar en hacernos novios. Pero comprendí en seguida que, si quería casarme con ella tenía primero que cambiar de oficio. Le había dicho demasiadas mentiras; reconocer de pronto que era basurero quería decir estropearlo todo. En primer lugar, por la desilusión: ¡basurero! Y luego porque descubriría que era mentiroso y, ya se sabe, a las mujeres no les gustan los mentirosos. Pero no era fácil cambiar de oficio. Y yo tenía que cambiar de dos: del verdadero y del falso. Comencé, en las horas de asueto, a recorrer Roma buscando trabajo. No lo encontraba; y se me metió en la cabeza que, de perdidos, al río, tanto me daba despedirme y quedar desocupado. Quién sabe por qué, desocupado suena mejor que basurero. En este punto ocurrió el hecho nuevo que, en el fondo, había temido siempre.
       El carro recorría, por la mañana, siempre la misma zona. Como he dicho, éramos tres en el carro: Ferdinando y yo, que, por turno, íbamos a llenar los sacos, y Silvestro, que guiaba los caballos y nos ayudaba a acomodar la basura. Hablábamos poco: Silvestro, sentado en una vara, con las riendas en la mano, fumaba su pipa; Ferdinando, encaramado sobre la basura, leía siempre una revista o un periódico pescado en cualquier cubo, y yo pensaba en Giacinta y en mis mentiras. Ahora bien, una mañana que me tocaba a mí llenar los sacos, el carro, como de costumbre, se paró ante un palacete amarillo de tres pisos, en las cercanías de la Plaza de la Libertà. Sin decir palabra, agarro el saco, bajo del carro y entro. No había ascensor; era una casa vieja y tan tranquila que parecía deshabitada, con sólo tres departamentos. Subí el primer tramo de escaleras, de dos en dos, con el saco en la mano, y después, en el rellano, me dirigí directamente al primer departamento. En la puerta había una placa con un nombre cualquiera: “Ginesi”. Recordaba vagamente que a esa puerta se asomaba siempre la misma persona: una cocinera de mediana edad, de Friuli, robusta, ceñuda, triste, casi un hombre. También esa mañana, como de ordinario, apenas sentí que se abría la puerta, sin levantar siquiera la vista, dije mecánicamente, preparando el saco:
       —Basurero.
       Pero al ver las dos manos que me tendían el cubo de aluminio, no las grandes y oscuras de la cocinera, sino pequeñas y blancas, levanté los ojos: y vi que era ella. Luego me enteré de que en aquella casa había dos sirvientas: ella y la cocinera; y que ella, la doncella, no salía nunca a la puerta, pero me había observado desde la ventana; y que aquella mañana, por casualidad, la cocinera estaba enferma. Y también supe que fue la timidez lo que le impidió hablar cuando me vio aparecer en el umbral. Bueno, lo pasado, pasado, ¿de qué vale lamentarse? Pero en ese momento, mientras ella, en silencio, me tendía el cubo, me pareció adivinar no sé qué burla en aquellos ojos negros que me miraban. Advertí que me ruborizaba y que luego me ponía pálido. Vertí los desperdicios en el saco, me lo eché al hombro y le di la espalda. Me había visto tal como era, con el gorro aplastado sobre la oreja y el blusón de rayadillo que apestaba: basurero, y no empleado. Y pensé que nunca tendría valor para volverla a ver. Pero ya no subí a los otros departamentos. Volví a la calle, le arrojé a Ferdinando, en la cima del carro, el saco casi vacío, y luego le tiré el gorro y el blusón, diciendo:
       —Coge también eso... Para mí, se acabó... Me voy, avisa a la central.
       —¿Qué te pasa? ¿Estás loco?
       —No, no estoy loco... Hasta la vista.
       Aquel día tenía una cita con Giacinta; pero no fui. Me quedé tumbado en la cama, en el cuartito bajo la escalera que me alquilaba una modista, con unas ganas de llorar que no se decidían, como cuando pica la nariz y uno quisiera estornudar pero no puede. Hacia el anochecer, en vez de llorar, me quedé dormido; y cuando desperté comprendí que todo había acabado. Sin embargo, temía quedarme desocupado durante bastante tiempo. En cambio, por suerte, pocos días después encontré un puesto de guarda en una obra en las afueras, hacia la Magliana.
       Me quedé en aquella obra, en el campo, haciendo de perro guardián, sin salir nunca, durante casi cuatro meses. Pero un domingo que fui a Roma, en la Plaza del Risorgimento, encontré a Silvestro. Tan pronto como me vio dijo:
       —Luego supimos por qué te fuiste..., pero hiciste mal... Aquella muchacha te quería de verdad, más aún, te quería precisamente porque eras tú y no otro... Decía que ella, ahora, ya no podría amar más que a uno de nosotros... Decía que sólo con ver a un hombre con el saco al hombro y el gorro de la Limpieza Urbana le hacía brincar el corazón... Decía que, para ella, el carro de la basura era más hermoso que un coche de lujo... Moraleja: ahora se entiende con Ferdinando.
       —¿Con Ferdinando?
       —Pues claro, quería su basurero y lo tiene... Él no ocultaba su oficio, más aún, se jactaba de él... Son novios.
       Me fui de sopetón, dejándolo con la boca abierta. Me habría gustado morderme los puños. Para una vez que la cuenta se había detenido en mí, más aún, en que, como dice la retahíla, “me tocaba a mí”, no lo había comprendido. Entre todas las mujeres, me había encontrado con una a la que le gustaba el oficio de basurero y no lo había adivinado. ¡Ah!, en la vida, hágase lo que se haga, uno se equivoca. Y así, una vez más, no me había tocado a mí.




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