Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Un día negro (1952)
(“La giornata nera”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (15 de junio de 1952);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Y luego dicen. Hay quienes no creen en la jettatura [mala suerte], pero yo tengo pruebas. ¿Qué día era anteayer? Martes, 17 [en Italia, el día 17, ya sea martes o viernes, augura mala suerte, como el martes 13 en España o el viernes 13 en Estados Unidos]. ¿Qué me ocurrió por la mañana, antes de salir? Al buscar el pan, en el aparador, tiré la sal. ¿A quién me encontré en la calle, apenas salí? A una muchacha jorobada, con un antojo peludo en la cara, a quien no había visto nunca por el barrio, y eso que conozco a todo el mundo. ¿Qué hice al entrar en el garaje? Pasé bajo la escalera de un obrero que estaba reparando el anuncio de neón. ¿Quién fue el primer mecánico que me habló al entrar en el garaje? Fulano, no quiero ni nombrarlo, que todos saben que trae mala suerte, con su cara torcida y sus ojos biliosos. ¿Les parece poco? Pues añado el resto: al ir hacia la parada poco faltó para que aplastara a un gato negro que se me atravesó en la calle, salido de no sé donde, de forma que tuve que frenar en seco, con un chirrido de mil diablos.
       En la parada del piazzale Flaminio, a pocos pasos de la estación del ferrocarril de Viterbo, no tuve que esperar mucho. Serían las siete cuando llegaron a toda prisa, con unos pasos como si bailasen la tarantela, dos palurdos del campo. Él, pequeño y rechoncho, con pantalones negros, una faja cruzándole la barriga, chaleco, camisa sin cuello, una cara aplastada y sucia de barba, tuerto, con un ojo cerrado y el otro abierto de par en par; ella, quizás su madre, vestida como una gitana, con falda negra, chal negro, la cara como de boj amarillo, toda arrugas, y con aros de oro en las orejas. Cargados como burros, además, con envoltorios, paquetes y atados de ensalada y pañuelos llenos de tomates. Él me dio, sin hablar, un trozo de papel en el cual, con letras mal alineadas que parecían notas musicales, estaba escrita la dirección: Plaza Pollarola; que está, precisamente junto al mercado de Campo dei Fiori. Entre tanto, ella, muy ligera, cargaba todo aquello dentro del taxi. Me volví a mirarla y observé:
       —Pero bueno, ¿me habéis tomado por el camión de la verdura?
       Él respondió entre dientes, sin mirarme:
       —Son todo cosas buenas... Vamos, corre, que tenemos prisa.
       Encendí el motor y corrí. Mientras corría, sentí que él le decía a la mujer:
       —Mira donde pones los pies... Me has aplastado un tomate.
       Y pensé en seguida que me habían ensuciado el taxi. En efecto, cuando llegué a la Plaza Pollarola me volví y vi que aquello estaba hecho un desastre: hojas de ensalada, tierra, agua, tomates aplastados, y no uno sólo. Dije, enfadado:
       —¿Y ahora quien me paga a mí el cuero de los asientos?
       —No es nada —dijo él, sacando del bolsillo un pañuelo y limpiando los sitios más sucios.
       —Es inútil que seques... —contesté, enfurecido—. Me has causado un perjuicio de miles de liras.
       Pero él ya no me hacía caso. Ayudaba a la mujer a descargar los envoltorios, repitiendo:
       —Ea, date prisa... Baja eso.
       Entonces le grité:
       —¿Eh? Nada, nada... Además de tuerto, eres sordo... ¡Hablo contigo! ¿Quién me va apagar el cuero de los asientos?
       Se volvió hacia mí, impaciente, diciendo:
       —Espera, ¿no ves que estoy descargando?
       —Pero yo quiero que me pagues el perjuicio.
       Por fin había acabado.
       —¡Ten! —me dijo, metiéndome en la mano el dinero de la carrera—. Cógelo y vete.
       —Pero, ¿estás loco? ¿Qué quieres que haga con esto?
       —¿No te basta?
       —Este es el precio de la carrera, está bien... pero, ¿y el perjuicio?
       Ahora estábamos frente a frente, yo y él. La mujer se mantenía aparte, inmóvil, tranquila, entre sus bultos. Él dijo:
       —Te voy a pagar.
       Y luego, tras haber echado un vistazo a toda la plaza, que a esa hora estaba desierta, metió la mano en la faltriquera. Creí que iba a coger dinero. En cambio, sacó una navaja de muelle, de pastor.
       —¿Ves ésto?
       Di un salto atrás; entonces él cerró la navaja y añadió:
       —Nos hemos entendido.
       Hirviendo de rabia salté de nuevo al taxi, encendí el motor, di una vuelta por la plaza y luego, a toda velocidad, me eché encima de la mujer, que todavía estaba inmóvil junto a los bultos. Me esquivó de milagro, yo entré con el taxi entre todas aquellas verduras, haciendo un estropicio. Él gritó no sé qué y saltó sobre el estribo. Quité una mano del volante y le di un golpe en la cara, obligándolo a bajarse; pero perdí la dirección y fui a chocar contra una pared. Logré enderezar el coche y di media vuelta. En el Puente Vittorio, por fin, me detuve y miré: el guardabarros estaba desconchado y torcido; además de la suciedad, un perjuicio de miles de liras, de verdad. Empezaba bien. Lleno de mal humor, maldiciendo a los palurdos y al campo, hice otras cinco carreras de nada, de doscientas a trescientas liras. Por fin, a las dos, me encontré en la Estación Central, a la cola de una fila de taxis. Llega un tren, la gente se dispersa, los taxis parten uno tras otro, llega mi turno, sube un señor grueso y alto, calvo, con gafas en un rostro redondo y sin barba. Tenía un maletín y dijo, muy seco:
       —A la calle de Macchia Madama.
       Ahora bien, no hay nadie que conozca todas las calles de Roma. Pero, más o menos, por olfato, se adivinan. Pero esta calle de Macchia Madama era la primera vez que la oía nombrar. Pregunté:
       —Pero, ¿dónde está?
       —Vaya hasta el Foro Itálico... luego, ya le diré.
       No dije nada, y partí. Corrí corrí, corrí, llegué a la Via Flaminia, luego al Puente Milvio; pasado el Puente Milvio, cogí el Lungotevere, hacia el Foro. Él me gritó:
       —Ahora, la primera a la derecha, y después otra vez a la derecha.
       Estábamos ya bajo el declive del Monte Mario. Cogí por una calle en cuesta, detrás del estadio donde están las estatuas desnudas, y comencé a trepar. En la mitad de la pendiente, un cartel en la punta de un palo, entre matojos, llevaba la inscripción: “Calle de Macchia Madama”. Pero no era una calle, sino un sendero campestre, todo guijarros y polvo. Pregunté:
       —¿Tengo que meterme por ahí?
       —Por supuesto.
       —Pero usted se ha ido a vivir a la Selva Negra —se me escapó.
       —No se haga el gracioso... Es una calle como cualquier otra.
       Bueno, me aguanté, como suele decirse, y metí el coche calle arriba. Los baches y las piedras eran incontables; hacia un lado tenía el flanco del monte, cubierto de matorrales de retama; al otro, una hondonada; y, allá al fondo, el panorama de Roma. Subí y subí; en las curvas tenía que dar marcha atrás, tan cerradas eran; por último apareció una verja, en lo alto de la última subida. Crucé la verja, di la vuelta en una plazoleta de grava, sin árboles, frente a un chalet blanco, y me detuve. Él bajó y me dio a toda prisa el dinero de la carrera. Protesté:
       —Esta es la carrera... Pero, ¿y la vuelta?
       —¿Qué vuelta?
       —Estamos fuera de Roma... Usted debe pagarme la vuelta.
       —No le pagaré nada... Nunca he pagado la vuelta y no voy a empezar ahora a pagarla.
       Dichas estas palabras, se alejó apresuradamente hacia el chalet. Le grité, exasperado:
       —No me muevo de aquí hasta que no me pague la vuelta... aunque tenga que esperar hasta la noche.
       Vi que se encogía de hombros y luego, cuando la puerta se abrió, entró en la casa. En el momento en que se abría la puerta me pareció entrever a un hombre con bata blanca. Miré al chalet: todas las persianas estaban cerradas; en la planta baja, las ventanas tenían rejas. Me encogí de hombros yo también, volví el taxi, que estaba ya recalentado por el sol, me senté al volante, saqué de un bolsillo el pan del almuerzo y me lo comí lentamente, en medio de aquel profundo silencio, mirando, por encima del borde del barranco, el panorama de Roma. Luego me entró sueño, en el calor ardiente, y me adormecí. Quizás dormí una hora; me desperté sobresaltado, sudado y atontado, y vi que todo estaba como antes: la plazoleta desierta, el chalet con las persianas cerradas, el sol, el silencio. Presa de frenesí empecé a tocar el claxon, pensando: “Alguien tendrá que venir”.
       En efecto, ante el sonido del claxon alguien apareció. Un hombrecillo negro que parecía un sacristán, vestido de seda cruda, asomó por detrás del chalet, trotó a través de la plazoleta, se acercó a mí:
       —¿Está libre?
       —Sí.
       —Bueno, llévame a San Pedro.
       Pensé que no hay mal que por bien no venga: hasta San Pedro era una buena carrera y, además, era como si me pagaran la vuelta. Encendí el motor y partí. Me pareció, es cierto, mientras traspasaba la verja, ver a alguien que desde una ventana me hacía gestos de esperar, pero no hice mucho caso. Bajé despacio, curva tras curva, unos cincuenta metros por el sendero, y después, en un recodo más estrecho, di marcha atrás. Y, de pronto, vi bajar precipitadamente por la pendiente, agarrándose a las matas y agitando los brazos, a dos hombretones con bata blanca.
       —¡Para! ¡Para!
       Me detuve. Uno de ellos abrió la portezuela y, sin grandes cumplidos, le dijo al hombrecillo, acurrucado en el fondo del taxi:
       —Ea, muchacho, baja... Y menos cuentos.
       —Pero me está esperando el Papa.
       —Bueno, otra vez será... Venga, baja.
       En suma, bajó y el hombretón lo agarró de inmediato por un brazo, mientras el otro me explicaba:
       —Siempre está así de tranquilo, y por eso lo dejamos suelto... Pero, con los locos, nunca se sabe.
       —Entonces, eso de ahí, ¿era un clínica para locos?
       —Claro, ¿no te habías dado cuenta aún?
       No, no me había dado cuenta; y, en resumen, había perdido todo el tiempo que me quedara allá arriba, más la vuelta. Ya tanto la mañana como la tarde habían sido decididamente negras. Me fui a la parada del viale Pinturicchio y allí, quizás no se lo crean, esperé unas cuatro horas. Finalmente, al oscurecer, apareció un mocetón moreno, con un niki bajo la chaqueta, con el pelo largo, un verdadero chulo, del brazo de una muchachita de formas exuberantes. Subieron, y él me dijo:
       —Llévanos al Gianicolo.
       Me puse a correr a la desesperada y mientras tanto, de vez en cuando, miraba al retrovisor, sobre el parabrisas. A la altura del Lungotevere Flaminio, en un paraje desierto, él agarró a la chica por el pelo, le echó la cabeza hacia atrás y la besó en la boca. Ella gimió:
       —No, no, no seas malo.
       Y luego, naturalmente, le echó un brazo alrededor del cuello y le devolvió el beso. Besa que te besa, no acababan nunca; yo, normalmente, no soy severo con las parejitas; pero aquel día, después de tantas desgracias, me acometió una especie de furia. Frené y paré en seco el coche, anunciando:
       —Hemos llegado.
       —¿Ya estamos en el Gianicolo? —preguntó ella, saliendo del abrazo con todo el lápiz de labios corrido y los cabellos en desorden.
       —No, no estamos en el Gianicolo... pero si no estáis más comedidos, yo no sigo.
       Él dijo, como un verdadero chulo:
       —¿Y a ti que te importa?
       —El taxi es mío..., si queréis hacer el amor, ahí tenéis los bosquecillos de Villa Borghese.
       Me miró un momento y luego dijo:
       —Está bien... Da gracias al cielo de que estoy con la señorita... Llévanos al Gianicolo.
       No dije nada y los llevé al Gianicolo. Ya era de noche y ellos bajaron diciéndome que los esperara, y se acercaron al parapeto; durante un rato se quedaron allí, mirando el panorama de Roma. Luego volvieron y él dijo:
       —Vamos ahora a los Caballeros de Malta.
       —Pero... ya son mil liras.
       —Echa a andar, no tengas miedo.
       Desde el Gianicolo a los Caballeros de Malta hay todo un viaje. En el taxi me dio la impresión de que seguían besándose, pero ya no me importaba nada, sólo quería mi dinero. En los Caballeros de Malta, en aquellas calles desiertas, me hicieron parar en Santa Sabina. Allí hay una plaza y la entrada de un jardín rodeado de murallas, que da al Tíber. Me dijeron de nuevo que esperara, bajaron y entraron en el jardín. Estaba oscuro, con un aire suave, las últimas golondrinas que revoloteaban antes de irse a dormir, un perfume de magnolias tan fuerte que atontaba. Precisamente un sitio para enamorados, y pensando que, después de todo, aquellos dos tenían razón al besarse y que yo, en su lugar, habría hecho lo mismo, los esperé de buena gana. Así aguardé quizás media hora, descansando en aquella sombra silenciosa y fresca. De pronto mi vista se fijó en el taxímetro, vi que marcaba dos mil liras, me sobresalté, bajé y entré en el jardín. Me bastó con una mirada para ver que estaba desierto, con todos los bancos vacíos bajo los árboles. Había otra entrada que daba a la calle de Santa Sabina y con toda seguridad habían salido por allí para bajar después, enlazados, como verdaderos enamorados, hasta el Circo Massimo. En suma, me la habían jugado.
       Negro, maldiciendo mi desgracia, bajé también yo, al claro de luna.
       En el obelisco de Aksum un guardia me detuvo:
       —Ha incurrido en contravención... ¿No sabe que de noche no se circula con los faros apagados?
       Pero, en el Coliseo, por fin apareció el cliente de mis sueños: un jorobado con camisa blanca de cuello abierto, con la chaqueta bajo el brazo, la joroba más alta que la cabeza, sin cuello.
       —Demasiado tarde —murmuré entre dientes.
       —¿Qué dice? —me preguntó al subir.
       —Nada... ¿A dónde vamos?
       Me dijo la dirección, encendí el motor y partí.




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