Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

El Bajito (1952)
(“Bassetto”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (2 de marzo de 1952);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      ¡Lo que significa ser bajitos! Todos se burlan de nosotros; los hombres altos, por el solo hecho de ser altos se creen más inteligentes que nosotros, y las mujeres no nos toman en serio, como si fuéramos niños. Y, sin embargo, según dice el refrán, en los barriles pequeños se encierra el buen vino, mientras que en los grandes se pone el vino común, de ese que te bebes azumbres sin que se te suba a la cabeza. Pero me da la impresión de que refrán lo ha inventado algún bajito para resarcirse de tantas humillaciones. Los hombres normales no conocen ese refrán, ni siquiera lo han oído, y se burlan de los bajitos siempre que pueden.
       Mi desgracia, además, quiere que, pese a ser tan bajito, sólo me gusten las mujeres grandes. Será por contraste, será por el deseo de hacerme valer, pero el caso es que las mujeres de mi estatura no me dicen nada. Ni tampoco me gustan las medianas, digamos que de un metro sesenta y cinco. No, para mí, si no superan el metro ochenta, no sirven. Y no solamente las quiero altas, sino de grandes proporciones, quiero decir con caderas capaces, pecho poderoso, hombros anchos, brazos y piernas fuertes. Pero observen ustedes que no se trata de una cuestión de estética, como decir que uno prefiere los coches grandes a los pequeños por una razón muy clara. No, las mujeres grandes me gustan sin motivo, señal ésta de que me gustan mucho. Y, en efecto, cuando descubro, aunque sea de lejos, a una mujer alta, grande y gruesa, mi corazón late muy de prisa incluso antes de verle la cara, mi imaginación se enciende y yo me siento atraído hacia ella como un trocito de hierro hacia un imán. Naturalmente, no logro ocultar mis sentimientos y aunque me repita continuamente: “¡Despacito!, acuérdate de que eres un tapón, acuérdate de que las mujeres en general, y sobre todo las que te gustan, no te toman en serio”, me lanzo a hacer la corte a cualquier giganta que me salga al paso. Resultado: nada. O, mejor dicho, menos que nada, porque, nueve veces de cada diez, la mujer no se contenta con permanecer indiferente y se burla de mí. Y, aún más que las mujeres, se burlan mis amigos, que conocen mi debilidad.
       Bueno, digo burlarse pero quizás sea decir poco. Me gastan ciertas bromas que a otra persona de peor pasta que la mía conseguirían enfadarla para toda su vida. Como aquella vez en que organizaron toda una correspondencia entre una cigarrera del corso Vittorio y yo, advirtiéndome de que no era cosa de aparecer personalmente antes de cierto numero de cartas; y, en cambio, las cartas de ella las escribían entre todos y las mías se las leían en voz alta, riéndose a mi costa; y cuando,. impaciente me armé de valor y hablé con la mujer, ésta se asombró y me echó de allí con palabras fuertes. Bromas inoportunas, y me quedo corto; pero, según ellos, estas bromas, que con los altos podrían acabar a navajazos, los pequeños deben de aceptarlas como prueba de amistad y de benevolencia. Así, aquella vez, como otras muchas, tuve que aguantarme, como suele decirse; y hasta tuve que invitarlos a un vermut de reconciliación, para demostrar que no estaba ofendido. Pero luego siempre estuve receloso; y cuando me hablaban de esta o de aquella mujer que, según ellos, tenía debilidad por mí me mantenía a la defensiva y me mostraba evasivo. Ya no me fiaba de ellos y en cualquier cosa que dijeran o hiciesen veía siempre una trampa.
       Bueno, el verdadero amor, el amor intenso, el amor que hace delirar lo sentí aquel invierno por Marcella, una muchacha que regentaba con su cuñado y su hermana una bodega hacia el Teatro Valle. En aquella familia todos eran grandes: Teodoro, el dueño del local, era un hombretón que ni un mozo de cuerda; Egle, su mujer, era casi más grande que él, no muy bella, sin embargo, ni muy joven; pero Marcella era como una rosa: grande, alta, majestuosa, formada como una estatua; tenía un cuello largo y una cabeza pequeña, toda ojos y boca, y los tobillos y las muñecas finos, y una voz dulce, angelical. Como ocurre a menudo con las mujeres grandes, tenía un alma pequeña, de niña; quiero decir que era tímida; pero tan tímida que se ruborizaba y se volvía hacia otro lado si advertía que un hombre la miraba. Esta timidez me gustaba, pero complicaba las cosas. Por la noche, tras haber cerrado mi comercio de accesorios eléctricos y tras haber cenado, iba con mis amigos a la bodega. Era un local muy grande, con las paredes tapizadas de botellas dispuestas en pirámides, algunas mesas y el mostrador. Teodoro, la mayoría de las veces, iba de una mesa a otra, bebiendo sin orden ni concierto; Egle servía a los clientes; y Marcella, vestida con un delantal negro, estaba tras el mostrador, al fondo de la bodega, para la venta al menudeo. Bueno, ¿lo creerán ustedes? En un mes que frecuentamos la bodega ni una sola vez levantó los ojos hacia mí. Y eso que yo me sentaba adrede precisamente frente al mostrador y no hacía sino mirarla y con los ojos buscaba los suyos todo el tiempo.
       Mis amigos jugaban a las cartas, bebían un medio litro o un litro por cabeza, bromeaban y charlaban de lo divino y lo humano hasta el cierre del local; Teodoro pasaba de una mesa a la otra, era un hombre que se daba aires de hacerlo todo, cuando en realidad no hacía más que beber de gorra y jugar a las cartas; Egle y Marcella se ocupaban de los clientes; y yo, cada vez más enamorado, me roía por dentro con mis vanos intentos de que ella se fijara en mí, retorciéndome en la silla peor que una marioneta a la que se le han roto los hilos. Nunca acababa de encontrar pretextos para levantarme de la mesa e ir al mostrador; ella no se movía jamás del mostrador; si hubiera estado solo, quizás habría encontrado la manera de trabar conversación, pero estaban mis amigos, que ya se habían dado cuenta de mis sentimientos y no me dejaban en paz ni un instante. Si la miraba, se burlaban diciendo:
       —Pero, ¿qué miras? ¿Qué es lo que miras?... Te la comerás a fuerza de mirarla... Mira más bien a las cartas, mira a tu vaso.
       Si no la miraba, me preguntaban con falsa ingenuidad:
       —¿Qué pasa? ¿Por qué no la miras esta noche?
       Y las dos o tres veces en que, finalmente, desesperado, hice ademán de acercarme al mostrador tuve que retroceder al oírlos reírse y hacer muecas a mis espaldas. Teodoro, embrutecido por el vino, no parecía advertir nada de nada. Pero Egle se manifestaba como enemiga mía y un par de veces me lo dio a entender, diciéndome sin grandes cumplidos:
       —Es mejor que dejes en paz a mi hermana... Deberías de comprenderlo... aunque no fuera más que por la diferencia de estaturas.
       En cuanto a Marcella, por muy estatua que fuera, podría haberse mostrado más sensible y dispuesta.
       Entre tanto, sin embargo, crecía mi pasión, hasta el punto de que el gesto que ella hacía para volverse hacia atrás, a la estantería, y coger una botella, girando el busto e hinchando el pecho bajo el delantal negro, casi bastaba para dejarme sin aliento, desmayado. Pensaba algunas veces, mientras jugaba a las cartas: “¿Por qué me gusta tanto?”, y concluía que, además de la belleza, era aquel detalle tan hermoso de la cabeza pequeña encima del cuerpo grande lo que me fascinaba; la razón no la conocía, como suele suceder siempre en el amor. Me gustaba. Y según pasaba el tiempo y ella continuaba tan alejada, como inaccesible, mi ardor aumentaba en lugar de disminuir; y si, en un principio, había pensado en ella como en una mujer a la que habría querido amar, ahora, poco a poco, había llegado a considerarla como a la única mujer indicada para mí. ¡Lo que es la imaginación del hombre! Mientras la había visto como una muchacha a la que hacer la corte no me había arriesgado con la fantasía más allá de hablarle, apretarle la mano, si acaso ir de paseo con ella, al cine, al café; pero, tan pronto como pensé que podía casarme con ella, inmediatamente la vi en mi casa, sentada conmigo a la mesa, o bien en la tienda, detrás del mostrador. En suma, como mi mujer .
       Es preciso decir que estos pensamientos se me leían en la frente; porque uno de aquellos amigos, Giovacchino, que no había sido nunca de los que más se burlaban, me dijo una noche, al salir de la bodega:
       —Oye, tú no te atreves a hablar con Marcella... Mañana le hablo yo... Ya verás como te da una cita:
       De momento, me habría gustado abrazarlo; pero por culpa del habitual miedo a las bromas me limité a eludir el asunto, aunque sin negarme, desde luego. Giovacchino es un joven rubio, delgado, con una cara decidida, que siempre parece tener prisa. Pero a la noche siguiente, en la bodega, advertí inmediatamente que todo el grupo estaba al corriente. Había una atmósfera de suspensión, socarrona y llena de alusiones. Me decían:
       —Puedes estar tranquilo, Giovacchino lo arreglará —o bien—: ¡Bebe otro vaso, esta noche es tu noche!
       En suma, despertaron mis sospechas. Estaba sentado de espaldas al local y me parecía que la espalda me quemaba, porque detrás estaba el mostrador y tras el mostrador estaba Marcella, sirviendo a los clientes. .Jugamos y bebimos alrededor de un hora; luego, Teodoro pasó de nuestra mesa a otra; y entonces Giovacchino, sin vacilar, se levantó susurrándome:
       —Ahora voy a hablarle. Entre la puerta y el escaparate había un gran espejo inclinado con el anuncio de un vino del Piamonte. En aquel espejo vi a Giovacchino que se iba rápido al mostrador, se acodaba en él, se inclinaba hacia ella, le hablaba. Ella lo miraba y contestaba en voz baja. Hablaron durante un rato, o así me lo pareció; y entre tanto los otros no hacían más que darme codazos, reír y embromarme. Giovacchino, tras haber hablado con ella, dijo, cuando se iba, algo que la hizo ruborizarse y reír, y luego volvió a la mesa.
       —Mañana por la tarde, a las siete, bajo la columnata de San Pedro, a la derecha  —murmuró, sentándose con aire satisfecho.
       Los otros, naturalmente, me felicitaron: estaba hecho, había aceptado la cita, tenía que agradecérselo a Giovacchino, invitarlos a beber, demostrar que no era un ingrato. Hice todo lo que quisieron; pero entre tanto, incrédulo ante mi buena suerte, me convencía cada vez más de que no podía ser sino una broma.
       A las siete, en invierno, es ya de noche. Había pensado incluso, durante el día, no acudir a la cita. Pero en el último momento, por un hilo de esperanza que aún me quedaba, pese a las anteriores desilusiones, quise probar. La Plaza de San Pedro, a esa hora, más que una plaza parece un desierto de adoquines, con San Pedro allá al fondo, hundida en la oscuridad. Pero a la luz de las lámparas blancas que, arracimadas, están en lo alto de las grandes farolas de hierro, descubrí con claridad el automóvil de Raniero, uno de los amigos, junto a la fuente de la derecha, parado bajo la columnata. A través del brillo del parabrisas entreví también la cara de Giovacchino, precisamente él, y entonces me convencí de que todo había sido una broma. Fingiendo indiferencia me acerqué al coche, hice con el brazo un gesto vulgar, para demostrar que había comprendido, y me alejé a toda prisa a través de la plaza. Nunca me había sentido tan pequeño como aquella tarde, mientras escapaba como un ratón en medio de aquella inmensidad, bajo el obelisco cuya punta desaparecía allá arriba en la oscuridad. Pasaba un taxi, lo tomé y, con el corazón lleno de veneno, me volví a casa.
       Esta vez no perdoné: había querido demasiado a Marcella, sentía que no podía acabar todo con la consabida reconciliación. No los volví a ver; y, encima, me puse enfermo, quizás por la contrariedad y la rabia.
       Estuve un mes o más en casa, luego me fui otro mes al campo, otro mes transcurrió entre mi casa y la tienda, sin amigos y sin reuniones para tomar una copa. Alguna vez me encontré a alguno del grupo, pero lo saludaba desde lejos y volvía la esquina. Así llegó el verano.
       Una tarde de junio, un domingo, seguía a la multitud por las aceras atestadas del Corso, lentamente, como en procesión. Me sentía triste porque estaba solo, y me habría gustado dar aquel paseo al lado de una mujer, acaso de Marcella. En el semáforo del largo Goldoni me detuve y entonces la vi que caminaba ante mí, dando el brazo a un hombre. Sólo podía ser ella, ninguna mujer del mundo tiene una cabeza tan pequeña y un cuerpo tan grande. Pero esta vez lo primero que llamó mi atención no fue ella, sino el hombre que iba a su lado. Era pequeño, aquel hombre, no exactamente un enano pero digamos que tan bajo como yo. Se pararon y giraron los rostros uno hacia otro, hablándose: era Marcella y él era un hombre de unos cuarenta años, con una cabeza muy gruesa, patillas y una cara ancha. Le daba el brazo pero, por culpa de la diferencia de estaturas, no como un hombre sino como un niño. Luego echaron a andar y desaparecieron entre la multitud.
       Esta vez tuve el valor que me había faltado durante todo el invierno.
       Al día siguiente, lunes, a una hora de calor, me encaminé a escondidas a la bodega y, por casualidad, sólo la encontré a ella, la bodega estaba desierta. Fui al mostrador y le pregunté de sopetón:
       —¿Quién era el hombre con el que paseaba ayer por el Corso?
       Ella alzó los ojos hacia mí, por primera vez desde que la conocía, y dijo con sencillez:
       —Era Giovanni, mi novio... ¿No lo sabía?.. Nos casamos dentro de un mes.
       Sentí que me caía del mostrador, como si se hubiera abierto el pavimento, y me agarré con ambas manos. Le dije:
       —Pero, entonces, usted, aquella tarde..., en San Pedro... Ella, esta vez, no fue tan tímida. Respondió, volviéndose hacia la estantería y cogiendo una botella:
       —En la vida hay que saber atrapar las ocasiones, ¿no lo sabe, Francesco?.. Y usted, ¿cómo está?.. ¿Quiere un vermut?
       Lo rechacé con un ademán e insistí, con voz estrangulada:
       —Pero yo creí que era una broma.
       —Para ellos, sí, pero no para mí —dijo.
       De forma que me marché e intenté no pensar más en ello. Pero, si primero evitaba a los del grupo, ahora llegaba incluso a odiarlos. Me habían embromado tanto que me hicieron creer que deseaba algo absolutamente imposible. Y, en cambio, era posible; y el instinto, que no falla nunca, me había advertido de la verdad: Marcella era la mujer que yo necesitaba. Porque, en efecto, no solo era grande, como yo deseaba, sino que, por añadidura, había crecido con ganas de un marido pequeño. Mucho más que una ocasión, como había dicho ella: casi un milagro. Pero yo sabía que no se volvería a repetir.




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