Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Bromas del Ferragosto (1949)
(“Scherzi di Ferragosto”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (21 de agosto de 1949);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Todo me salía mal aquel verano, y cuando llegó Ferragosto me encontré en Roma sin amigos, sin mujeres, sin parientes, solo. El comercio en el que trabajaba de dependiente estaba cerrado por vacaciones; en cualquier otro caso, desesperado, con tal de encontrar compañía, me habría resignado incluso a vender saldos veraniegos, calzoncillos, medias, camisas, todo muy ordinario. Así aquella mañana del día 15, cuando Torello hizo sonar su bocina bajo mis ventanas y luego me invitó a ir con él a Fregene, pensé: “Es antipático, mejor dicho, es odioso..., pero mejor él que nadie” y acepté de buen grado. Torello era un joven atildado, macizo como una hogaza, con una cara lívida tendida hacia adelante, en actitud de arrogancia, duro y estúpido, que daban ganas de agujerearlos con un alfiler. Me era antipático, como ya he dicho, pero quizás era yo el único que lo encontraba antipático; en general resultaba simpático, y las mujeres además se morían por él. Siempre estaba lleno de dinero, por que tenía un garaje que marchaba muy bien, y así añadía a su insolencia natural la de sus cuartos. Pero la arrogancia, pase. A Torello lo tenía yo entre ceja y ceja por otro motivo, porque decía y hacía siempre inconveniencias. Era chocante, sin remedio, siempre inoportuno, siempre ofensivo, siempre se disponía con alguien.¿Serían capaces ustedes de oír a un cantante que se equivoca en todas las notas? No, y quizás incluso le pagarían para que estuviera callado. Pues éste era el efecto que me hacía Torello. Me ponía los nervios de punta, y como tengo un buen carácter y quiero llevarme bien con todos y con él no lograba llevarme bien, lo evitaba en la medida de lo posible. Pero aquel Ferragosto no lo evité e hice mal.
       La primera inconveniencia la dijo Torello en el momento en que me sentaba a su lado en su coche:
       —¿Te ha venido bien que haya pasado a buscarte, eh?... Si no te tocaba pasar el Ferragosto en Villa Borghese.
       Pensé: “Ya empezamos”, pero no dije nada, porque además de delicado era también éstupido y no habría entendido. Luego el coche partió, dirigiéndose hacia la Aurelia.
       Torello tenía un coche con carrocería especial, verde y baja, del que estaba sobremanera orgulloso. Ya dentro del casco urbano, pasado San Pedro, comenzó a correr como un loco: noventa, cien, ciento diez, ciento veinte.
       Yo le decía:
       —Pero conduce despacio... no nos espera nadie.
       Y él, por toda respuesta, apretaba el acelerador. Así como un rayo, pasamos Madonna di Riposo y luego seguimos por la Aurelia. Por culpa del Ferragosto, la carretera estaba llena de coches y Torello se empeñaba en pasarlos a todos, sin tocar la bocina, sin mirar si la carretera estaba libre, con la cabeza baja, exactamente igual que un toro. Finalmente desembocamos en una recta, y allá al fondo se veía un gran automóvil americano, que también corría mucho, negro y brillante al sol.
       —Ahora adelantaremos también a ése— dijo Torello, y aceleró.
       Era un coche mas potente que el nuestro, pero el hombre que estaba al volante conducía con prudencia, con regularidad; a su lado iba una mujer. Torello llego detrás de él, estábamos en una curva, se le puso a la par, y entonces vio a la mujer: rubia, con un rostro redondo, ojos de terciopelo negro, expresión socarrona y viciosa: como una gran gata. El hombre parecía bajo, con el cuello corto en línea recta con la nuca, cabeza calva, nariz como una aldaba. Conducía con el cigarro en la boca, con una camisa abierta, los brazos peludos sobre el volante. Torello gritó:
       —¡Adiós linda rubia! —y ella se volvió y le sonrió.
       En aquel mismo momento un camión tan alto como una casa salió de la curva, y el hombre del cigarro, rápido se echó a la cuneta: Torello, apenas tuvo tiempo de echarse, a su vez, hacia el coche americano. El hombre del cigarro hizo un gesto con la mano y prosiguió como una flecha.
       —Esa mujer me gusta —dijo Torello apretando el pedal—. ¿Has visto? Me ha sonreído.
       —Déjala en paz —le dije—, no es para ti.
       —Te pediré consejo cuando tenga que comprarme una pijama —dijo él, arrogante. En resumidas cuentas, me ofendía.
       Perseguimos como como diablos al coche americano y en un paso a nivel nos detuvimos a su lado. La rubia nos miró y le sonrió a Torello, que de inmediato hizo un gesto de inteligencia. El hombre del cigarro vió claramente el gesto, se quitó el cigarro de la boca, y allí, en el paso a nivel, en mi presencia, en la del guardia y en la de algunos campesinos que esperaban, le dio un bofetón a la mujer, con el revés de la mano, en la boca. En ese momento las barreras del paso a nivel se alzaron y el coche arrancó antes de que pudiese volver a ver la cara de la rubia. Figúrense a Torello. Aquel bofetón fue para él tan preciado como una declaración de amor.
       —¡Eso está hecho! —mugía encorvado sobre el volante—. ¿Quieres ver como se la birlo?
       Entre tanto el coche americano había iniciado una carrera infernal y no hubo manera de alcanzarlo antes del pinar de Fregene.
       Y ya estábamos en el pinar, en la encrucijada donde suelen ponerse los vendedores de limonada, con los excursionistas tendidos a la sombra de los pinos, las radios encendidas, los envoltorios y las botellas de Ferragosto. El coche americano nos precedía y nos manteníamos tras él, lentos muy lentos. El coche americano desembocó en la explanada y fue a pararse a la sombra, bajo el cobertizo. Torello dio media vuelta y fue a colocarse al lado del coche americano. El hombre del cigarro salió por un lado, la mujer por el otro. Torello, rápido corrió a ayudarla a bajar. Ella le dio las gracias con una sonrisa y se alejó al lado de su acompañante. Era más alta que él, le llevaba la cabeza; flexible como una serpiente, al caminar meneaba las caderas y bamboleaba la cabeza. El parecía casi mas ancho que largo, con los brazos colgantes; un verdadero gorila. Entraron en el establecimiento de baños. Compraron los tickets, lo mismo hicimos nosotros. Se dirigieron hacia las casetas por el camino de cemento, a través de la playa, y nosotros los seguimos. El bañero, al vernos a los cuatro juntos, se volvió y preguntó:
       —¿Están ustedes juntos, en la misma caseta?
       La rubia se echó a reír mirando a Torello, que dijo en voz alta:
       —¡Ojala!
       El hombre del cigarro le dijo al bañero:
       —No, estamos separados.
       La rubia entró en su caseta y Torello entró en la caseta de al lado, que era la nuestra. Nos quedamos fuera yo y el hombre. Él se sacó del bolsillo una enorme petaca y me la tendió:
       —¿Un cigarro?
       Rehusé diciendo que no fumaba. Él insistió diciendo:
       —Cójalo entonces para su amigo —con un tono sombrío, casi amenazador.
       Me pareció que hablaba italiano con acento meridional y, al mismo tiempo, extranjero, y pensé que era italo-americano. Luego oí a Torello, que llamaba al tabique que separaba las casetas, y a la rubia, que sofocaba una risotada. El hombre dijo:
       —Es un tipo alegre su amigo —y luego gritó algo en inglés y la rubia salió de la caseta.
       El hombre entró a su vez en la caseta y Torello salió. Le dije:
       —Este cigarro te lo regala él —indicando a la puerta cerrada.
       Torello cogió el cigarro y gritó:
       —¡Gracias, eh, por el cigarro!
       —No hay de qué —dijo el hombre asomando solo la cabeza por la puerta y mirándolo de mala manera—. ¿Quiere también este albornoz...¿O bien quiere esta bolsa?...¿O prefiere esta petaca? Es de oro.
       Así, a su manera, le daba una lección. Torello enrojeció hasta las orejas y la puerta se cerró. Torello me aguardó, guiñó el ojo y se lanzó tras la rubia, que entre tanto se había encaminado al mar.
       Desde la caseta lo vi. alcanzar a la rubia, hablarle y luego tomarla de un brazo. No creía en lo que veían mis ojos, y ahora casi, casi le daba la razón. La rubia meneaba las caderas y los hombros, tenía un cuerpo desarticulado, sin músculos ni huesos, como de goma. Entraron en el agua, el mar estaba movido, una ola chocó contra ellos, y cuando pasó vi la rubia entre los brazos de Torello, agarrada a su cuello riéndose. Luego se alejaron y los perdí de vista.
       El hombre salió de la caseta, con un traje de baño blanco y negro. Era corto de piernas, blanco como tocino, con muslos muy negros por el vello y un espeso acolchado de pelos en el pecho. Tenía un periódico en la mano y el consabido cigarro en la boca. No fue al mar, sino que se hizo traer una tumbona ante la caseta, se sentó y desplegó el periódico. En ese momento Torello y la rubia salían del agua bromeando y dándose empujones. El hombre los miró, luego abrió el periódico y comenzó a leer.
       La rubia remontó la playa hasta el hombre y vino a acurrucarse a su lado. Torello se puso, en medio de la playa, a realizar ejercicios gimnásticos: adelante, atrás, a un lado, al otro, todo para hacerse admirar por la rubia. Entonces yo fui a bañarme y durante una hora no me ocupé más de ellos.
       A mi regreso encontré a Torello ya vestido e impaciente:
       —¿Pero dónde te habías metido? Vístete, pronto... Ellos están ya comiendo.
       Me vestí y lo seguí fuera del establecimiento de baños, hasta el restaurante. Los otros dos estaban ya a la mesa, al fondo de una larga pérgola atestada de gente. Torello fue a sentarse sin vacilar a una mesa vecina a la suya. El hombre le dijo en voz alta:
       —¿Por qué se sientan en la mesa de al lado?... Pueden sentarse en la mía.
       Como de costumbre, se burlaba de él; pero Torello es tan estúpido que hizo un gesto como para aceptar, pero el hombre prosiguió:
       —¿O es que desean que yo me vaya y los deje solos con la señora?
       Torello se sentó junto a mí y durante un rato no abrió la boca. Comimos en silencio; pero al llegar a la fruta la rubia aprovechó un momento en que el hombre no miraba y le sonrió a Torello. Envalentonado, él se hizo traer una botella de Frascati espumante y, con la botella en la mano, se levantó y fue hacia la mesa de al lado. La rubia estalló en risas al verlo llegar. El hombre alzó los ojos y miró a Torello.
       —¿Quieren que bebamos juntos? — dijo Torello—. ¿Qué ganamos con mirarnos como perros rabiosos? Bebamos y hagamos las paces.
       —Démela —dijo el hombre.
       Y tomando la botella, la inclinó sobre un jarrón de flores que había allí cerca y esperó a que todo el vino acabara en el jarrón; luego devolvió la botella a Torello, diciéndole:
       —Gracias.
       La rubia se rió. Mas tarde, el hombre se levantó para ir al bar, y la rubia entonces le dijo a Torello:
       —Gracias por el vino..., he apreciado su gesto.
       Comenzaron así a hablar de esto y aquello, y Torello se inflaba cada vez más; de pronto, el hombre se paró entre ellos, de pie, con el cigarro en la boca, y le dijo a Torello con bastante amabilidad:
       —Nosotros vamos al pinar. ¿Quieren venir también ustedes?
       Torello vacilaba, temiendo una nueva broma, pero la rubia le exhortó con autoridad:
       —Si él les dice que vengan, vengan.
       Y entonces aceptamos. Llegamos otra vez al pinar. El coche americano nos precedía, dando suaves botes sobre el sendero herboso, hasta lo más denso del boscaje. Seguimos un buen trecho; a través del vidrio posterior del coche americano veía las dos cabezas de la rubia y del hombre del cigarro, y todo me parecía demasiado fácil para ser verdad. Pero Torello estaba excitado y me dijo:
       —Ahora él se va a dormir, y, o no soy Torello, o me como a esa linda muñeca.
       Nunca lo había visto tan antipático.
       Por fin llegamos a un claro, en un paraje solitario; pinos y más pinos por todas partes, y arriba entre las frondas que se movían con el viento, un cielo ardiente y azul. El coche americano dio media vuelta, poniéndose con el motor hacia el sendero por el que habíamos venido. Torello se detuvo y, muy alegre y jactancioso, bajó y fue al encuentro del hombre, que entre tanto también había bajado. Le tendía la mano, quizás quería presentarse. El hombre estaba quieto en el medio del claro. Luego tomó carrerilla a dos o tres metros de Torello y, de repente, como un ariete, se lanzó con la cabeza gacha y le dio un horrible cabezazo en la boca del estómago. No cabe duda, con la cabeza, un verdadero golpe de lucha libre. Torello hizo una especie de ademán, como para ponerse en guardia; pero el hombre se bajó y le lanzó un puñetazo a la cara. Torello dió dos o tres pasos hacia atrás y recibió otro puñetazo, esta vez de nuevo en el estómago. Torello se apoyó en un pino llevándose una mano a la cara. El hombre volvió a su coche, subió, encendió el motor y se marchó.
       Casi me dieron ganas de reír; y confieso que no me desagradaba que Torello hubiera recibido aquel cabezazo en el estómago. Luego me acerqué a él y vi que tenía la boca llena de sangre. Se sostenía el estómago con una mano; después fue tras un pino y vomitó. Yo me fui al coche, subí y me quedé quieto un rato largo. Había un profundo silencio; si escuchaba, oía un pájaro, en lo más denso del bosque, que silbaba de vez en cuando. Por fin, Torello subió también, sujetándose el pañuelo contra la boca. Encendió el motor y nos marchamos.
       Durante un rato no hablamos nada. Por fin Torello dijo:
       —Toda la culpa es de aquella bruja.
       Me habría gustado decirle que la culpa era suya, pero me callé; total, sabía que de nada iba a servir. En Roma nos separamos y desde aquel día no lo he vuelto a ver.




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