Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

La caída (1940)
(“La caduta”)
L’amante infelice
(Milán: Bompiani, 1943, 300 págs.);
Racconti (1927-1951)
(Milán: Bompiani, 1952, 697 págs.)



      La enfermedad había durado cerca de un par de meses; en cuanto Tancredi estuvo en disposición de andar, sus padres decidieron mandarlo al mar. Encontraron un chalet en una playa y comenzaron los habituales preparativos para la partida. Pero el muchacho miraba con malestar aquellas prematuras maletas, aquellas ropas que no habían tenido tiempo de impregnarse del punzante olor de la naftalina. La idea de esas vacaciones anticipadas trastornaba un oscuro sentimiento suyo de orden; por otro lado, interrumpir los estudios, aunque no se sentía capaz de proseguirlos, le parecía un acto grave, un salto en la oscuridad. En realidad no se daba cuenta de que para él había acabado la infancia y de que comenzaba la inquieta y turbia adolescencia. Se había metido en la cama con bucles, caprichoso y violento, y se alzaba de ella con el pelo cortado y liso sobre la flaca nuca, sin ganas, débil y lleno de obsesiones. Antaño no había sabido lo que eran la repugnancia, el miedo o el remordimiento; ahora, cien cosas le daban asco; el miedo se había instalado junto a él y no le dejaba ni un momento; experimentaba un continuo remordimiento, aunque, por muchos esfuerzos que hacía, no conseguía recordar con qué culpa se había manchado. Sin embargo, seguía siendo el mismo Tancredi para su madre, que durante todo el viaje lo trató como a un niño; y esto le hizo enfurecer de vergüenza. Cuando llegaron a la playa, la madre, a la que le gustaba jugar a las cartas y que había encontrado otras personas con los mismos gustos, lo confió a la criada Verónica para que lo vigilase y lo acompañase a la playa. Esta llevó al muchacho unos días a la playa; después lo vigiló un poco menos y por último dejó de ocuparse de él: Tancredi quedó solo y enteramente libre.
       El chalet, el último de aquella parte del litoral, era una maciza construcción de tres pisos, de estilo Liberty, con techo inclinado de tejas de pizarra, tragaluces en las bohardillas, ventanas oblongas y balcones panzudos con balaustradas caladas. Una decoración colorida y floral, que representaba ramas de nenúfares culebreantes como serpientes, cubría con ramificaciones verdes y rojas toda la fachada, partiendo los tallos del suelo, trenzándose en torno a las ventanas y rematando en grandes flores bajo el techo. El chalet pertenecía a un anticuario amigo de la familia de Tancredi, quien lo había ofrecido a cambio de ciertos favores recibidos; y contenía todas sus cosas más feas, más falsas, más invendibles, de modo que en cierto sentido le servía de almacén.
       Había habitaciones en la planta baja con cuatro armarios, uno en cada pared; otras con mesas, unas grandes y otras pequeñas, dispuestas como para un combate; otras llenas simplemente de bargueños, repisas, mueblecillos y otros menudos objetos de decoración. En el primer piso, en salas atestadas, espejos de todos los tamaños, enmarcados en áureos perifollos, proyectaban por todas partes sus verdosos reflejos. En los dormitorios, dos, tres o incluso cuatro camas se encontraban alineadas como en los hospitales. Los vestíbulos y pasillos estaban llenos de bustos de mármol, de arcones y de armaduras; en las paredes negreaban grandes cuadros del XVII; en la escalera colgaba una serie de lívidos tapices poblados de fantásticos y floridos personajes. Todo esto en medio de una atmósfera oscura, cerrada, fría, llena de crujidos y de sombras. Allí dentro no se adivinaba el mar ni la radiante luz del litoral, pues el anticuario, sin saber dónde meterlos, había empotrado en las ventanas unos viejos vidrios emplomados. Un olor casto y fúnebre de madera vieja, de moho y de ratones aleteaba en aquellas habitaciones sofocantes donde los muebles, dispuestos de forma inusitada, arbitraria y extraña, parecían excluir con adusta suficiencia toda intrusión humana. Para la madre de Tancredi, esta casa era una verdadera incomodidad; tenerla limpia era imposible; no se podía uno mover sin chocar contra algún mueble; sin contar con la responsabilidad, como ella misma iba diciendo no sin complacencia, de todas aquellas cosas de museo, pues hubiera sido terrible romper algo. Pero para Tancredi, ya predispuesto, era peor que incómoda, era espantosa, aunque no sin esa delicia profunda y angustiosa que inspira el miedo cuando deja de ser un estado extraordinario y se convierte en una condición normal. Ni siquiera él habría podido decir cómo se había fijado este terror en su alma; quizás era el mismo terror a la muerte, que le quedaba de la enfermedad aun después de haberse curado; quizás nacía del alejamiento de la infancia y de sentir que sus propias fuerzas no estaban a la par de las pruebas de la nueva edad. Era una especie de perpetua aprensión, de suspenso presentimiento; como si en todo se ocultara una insidia, como si lo amenazara un misterio en el que no le fuera dado penetrar. Quizás este estado de ánimo se habría disipado de haberse establecido en un sitio diferente. Pero la oscura casa llena de muebles disparatados parecía hecha adrede para fomentar esos estados morbosos y melancólicos. Como siempre ocurre en semejantes casos, Tancredi estaba atraído por todo lo que contribuía a mantenerlo inmerso en esta densa atmósfera de terror. Por otra parte, no se le escapaba que dicha atmósfera envolvía a todo el chalet y se extendía al terreno vecino, incluyéndolo; más allá se atenuaba y desvanecía. Muy pronto prefirió la casa y el recinto adyacente a la desabrida ca- bina, al quitasol inclinado, a la arena que se hace correr entre los dedos durante las largas horas ante el mar desierto.
       Poco a poco tomó posesión de su mundo. Lo atraían sobre todo los cuartitos abohardillados del último piso, especie de celdas donde los techos blanqueados con cal y los pisos de tablas sin desbastar hacían pensar en graneros u otros lugares secos y segregados. En algunos, una sola cama ocupaba casi todo el espacio; y el colchón, como acabado de enrollar, daba una idea de intimidades antiguas y trágicas cuyo secreto hubiera quedado encerrado allí dentro, junto con el tufo y el polvo. Los grandes cuadros negros del anticuario, la mayoría sin marco, recubrían las paredes desde el suelo al techo, sus personajes, en actitudes violentas entre nubes y tinieblas, resultaban sorprendentes en aquellas celdas que parecían demasiado bajas para ellos. Tancredi desenrollaba los colchones, se tendía de espaldas con la cabeza baja y los pies en alto y fantaseaba durante horas, mirando ensimismado a los San Antonios tonsurados que se arrodillaban a los pies de oscuras vírgenes, a las Judith rapaces sentadas sobre el decapitado tronco de Holofernes, a las Dánaes panzudas a las que la pátina del tiempo había robado lecho, cortinajes, cojines, e incluso la divina lluvia de monedas, de modo que ya no se comprendía qué era lo que esperaban así, tendidas y adoptando una actitud voluptuosa. Más aún que sus significados, hechizaban a Tancredi los defectos de estas pinturas, la frialdad de los rostros, la desproporción de los miembros, la falsedad de las actitudes. Por lo demás, ¿qué importaba que fuera mitología o historia sagrada, con tal de poder abandonarse a la imaginación y fingirse terrores y presencias en los que poco a poco él mismo terminaba creyendo?
       Un día que estaba tendido boca arriba le impresionó, como un reflejo de sí mismo, un gran cuadro colgado en la pared frontera. Debía de ser una copia de Caravaggio y representaba la caída de San Pablo en el camino de Damasco. Una gran luz humosa y ardiente que sugería la chamusquina del rayo iluminaba el cuerpo desnudo y macilento del santo, que caía de espaldas, con las piernas al aire, los brazos tendidos hacia adelante, la cara deslumbrada. Todo lo restante estaba en la oscuridad, pero no hasta el punto de que no se descubriese, como en un mundo distinto y más tranquilo, la silla, las crines y la cabeza del caballo y, a su lado, un palafranero con un turbante, imberbe y sereno. Tancredi se asombró al ver este cuadro, como si fuera la primera vez, y le gustó de manera muy especial, quizás porque al estar, mientras lo miraba, casi en la misma posición de la figura pintada, le pareció que comprendía mejor, por analogía, no sólo el hecho, sino también su significado. Con la cabeza baja y los pies en alto, empezó a pensar, y con la sensación vertiginosa de desplomarse en un abismo; y con la luz del rayo en los ojos. Pero, después, una fe perfecta; de modo que el mundo, que antes era simple, luego era doble; aquel rayo había revelado el alma que se ocultaba tras las apariencias. Esto pensaba o, mejor dicho, deletreaba oscuramente Tancredi en el fondo de su sentimiento. Después, de pronto, sintió en su bolsillo algo duro y recordó que el día anterior, con una horquilla de pino y una goma de bicicleta, se había fabricado una honda, objeto largamente ansiado; y cambiando bruscamente, con pueril rapidez, de pensamiento y deseos, le entraron unas ganas irresistibles de ir a probar su nuevo juguete en el terreno adyacente al chalet. Dicho y hecho: saltó aturdido de la cama, bajó precipitadamente las escaleras y salió a la parte trasera del chalet. Pero apenas estuvo fuera, la entorpecedora tibieza del aire apagó toda su osadía; y con pasos lentos y llenos de malestar se encaminó hacia cierta brecha de la tapia por la que solía pasar todos los días al terreno contiguo. Cuando llegó a la brecha se metió entre las zarzas ya aplastadas y abiertas por sus salidas anteriores; pero una rama le sujetó un brazo, reteniéndolo; y esto, en su solitaria costumbre de prestar un significado a las cosas, le pareció una pésima señal.
       —No quieres que vaya —murmuró, quitándose una a una las espinas de la manga del jersey—. Dime, ¿por qué no quieres que vaya?
       La tapia, enterrada por la parte del jardín, era mucho más alta por el otro lado. Tancredi se sentó en ella, dio media vuelta, dejó colgar las piernas y, apoyando el pecho contra la pared, se dejó caer.
       El terreno estaba cercado por tres de sus lados; en el cuarto, frente al chalet de Tancredi, se alzaba la pared blanca y lisa, sin una sola ventana, de un edificio, o mejor dicho de un trozo de edificio; de manera que el recinto era realmente secreto, a menos que a alguien se le ocurriese asomarse a las ventanas superiores del chalet, lo cual no ocurría nunca. Sembrado de hoyos y montículos, escarpado y abrupto, el terreno se mostraba cubierto en toda su extensión por basuras esparcidas y desmenuzadas; en un ángulo, un árbol de mediano tamaño tendía sus ramas por encima de la tapia, sobre la calle; matas ramosas, como las que crecen cerca del mar, manchaban el suelo arenoso. Aquel día el cielo, de un color difuso y oscuro que parecía anunciar la inminencia de un temporal, negaba toda luz al amarillo de la arena y de los rastrojos; despertado por aquella tibieza sin viento, un olor ácido se levantaba como un aliento de los montones aún frescos de basuras.
       Pero Tancredi había sufrido, al entrar en el recinto, la habitual transformación. Sus gestos se tornaron circunspectos, caminaba de puntillas, miraba a su alrededor con espanto. Jugaba, en parte; pero un tenso malestar le advertía que el juego no era más que apariencia, y que existía realmente una insidia —como atestiguaba aquella zarza que lo había retenido por un brazo—, aunque no podía decir dónde se ocultaba. Alzó los ojos al cielo y vio que una nube oscura, de bordes desflecados y ahumados, lo cruzaba oblicuamente partiendo de la pineda y elevándose gradualmente hasta alcanzar su máxima altura en dirección al mar, parecida a un telón mal levantado, de manera que el propio cielo parecía estar torcido. En ese silencio, su pie sonó contra un bote y con una patada arrojó la lata a lo lejos. Luego, deliberadamente aunque sin entusiasmo, sacó de un hoyo numerosos cantos puntiagudos recogidos el día anterior, fue hasta un montículo no muy alejado de la tapia y sentándose en el suelo, con los cantos entre las piernas, comenzó a ejercitarse con la honda. El blanco era un bote de conservas puesto en equilibrio sobre la tapia. Cada vez que el bote, alcanzado, caía al otro lado, Tancredi lo sustituía metódicamente con otro. No era fácil acertar en los botes, de superficie redonda y escurridiza, pero a medida que las piedras daban en el blanco Tancredi se acaloraba un poco más con el juego que había empezado desganadamente. De pronto, en el momento en que tras haberse inclinado a recoger un canto alzaba los ojos para apuntar, vio un gran gato, cuyo color gris casi azul se destacaba sobre el gris opaco y oscuro del cielo, pasar cautamente sobre el borde de la tapia, justo detrás del bote. “Le doy”, pensó; pura fanfarronería, porque estaba seguro de no alcanzarle y tampoco deseaba herirlo; y estirando la honda, sin tensarla demasiado, dejó partir, casi con blandura, el tiro. Como si un tenue nervio ligado al proyectil le hubiese comunicado la menor de sus vibraciones, sintió perfectamente que la piedra había dado no en el blanco, sino en algo suave y vivo que sólo podía ser el gato. Asustado, se levantó del montículo y se aproximó cautamente. El golpe parecía haber dejado seco al gato en el sitio donde se encontraba; estaba inmóvil, volviendo hacia él un morro sorprendido. Entonces, mirando mejor, vio que sólo uno de los ojos del animal brillaba con luz verde, abierto de par en par, como de estupor; el otro estaba apagado y una crucecita sanguinolenta perdida entre el pelo parecía indicar, por contraste, una cualidad vítrea del ojo que permanecía abierto; un vidrio redondo, convexo, vivo y flexible que la piedra había hecho pedazos.
       Ante aquella imagen un terror insensato se apoderó de él. Más aún que el grumo de sangre entre el pelo gris le daban miedo la inmovilidad del animal, petrificado sobre sus cuatro patas, o la mirada del ojo sano. Por otra parte, no temía tanto que el bicho se le echase encima como que se le pegara a los talones por una especie de fidelidad vengativa cuyo horror presentía ya nerviosamente desde entonces. De hecho, la expresión del gato era más de asombro que de odio; y con ese asombro parecía ya mezclarse un singular afecto, como si en aquel disparo de honda que lo había privado de un ojo el animal hubiera reconocido un lazo indestructible entre él y Tancredi. Luego tronó sordamente dentro de la nube torcida que atravesaba el cielo; y Tancredi, gritando “¡vete, vete!”, agitó los brazos hacia el gato. Lo vio retroceder, con expresión casi dolorida, como diciendo “¿qué te hice para que me eches así?”; y, en el colmo del terror, se inclinó para recoger una piedra. Pero cuando se incorporó, en la tapia sólo quedaba la lata del blanco: el gato había desaparecido.
       Disgustado, tembloroso aún, tiró la honda y fue hacia la brecha. La luz del día había disminuido sombríamente; cuando franqueó la tapia advirtió que bajo el enmarañado follaje de los árboles estaba casi oscuro. Los mosquitos zumbaban en aquella sombra ya lluviosa. Tras la rejilla tupida y negra de la cocina se desprendía un olor de lavado de platos y de fuego apagado. Tancredi sabía que a esa hora el gato solía estar en un rincón del lar, bajo la campana de la chimenea; y cuando estaba a punto de entrar en la cocina le acometió un abyecto miedo a encontrarlo. Estaba convencido, sin saber siquiera por qué, de que el animal ya no se apartaría de sus talones; que para librarse de él tendría que matarlo; y que, después de matarlo, la persecución no cesaría, porque siempre le quedaría el remordimiento de un acto que ya preveía largo y atroz. Sin embargo, se armó de valor y, tras haberse asomado un momento para escrutar la oscuridad, se lanzó con la cabeza gacha a través del cuarto, abrió a tientas una puerta y penetró en el pasillo que llevaba desde la cocina al comedor. Pero en este pasaje lo esperaba el gato; sintió su pelo contra las piernas desnudas, con un pavor que el lugar cerrado y oscuro hacía aún más insoportable. Con un grito, huyó por el pasillo.
       Sombra y desierto también en el comedor. Pero ahora ya no se fiaba, y aunque no veía al gato continuaba temblando de espanto. Salió con precaución del comedor, atravesó a toda prisa el atrio y temblando con todo su cuerpo, que parecía querérsele escapar de debajo como un caballo al jinete que ya no lo domina, buscó apresuradamente el interruptor de la luz, encendió y miró a su alrededor. Lo primero que vio fue el gato que asomaba entre las patas de un sillón, a poca distancia de él.
       Lo miraba fijamente con su verde ojo muy abierto y aterrado, tan en contraste con la timidez afectuosa de sus tentativas de acercarse. Retrocediendo, con el corazón sobresaltado, Tancredi empezó a subir de espaldas la escalera, sobre la alfombra que recubría los peldaños. El gato salió inmediatamente de su refugio y lo siguió, alzando hacia él el morro, deliberadamente. Siempre subiendo de espaldas, Tancredi llegó al descansillo, en donde se encontraba una mesa cubierta de viejas armas; quería aferrar una de ellas, una pistola o bien un puñal, y lanzarla contra el gato. Este continuaba subiendo hacia él, mirándolo fijamente, se hubiera dicho que casi con esperanza. Tancredi buscó a tientas detrás de sí, en la mesa. Agarró una pistola y la arrojó a ciegas contra el animal. Hubo un ruido áspero seguido de un tintinear de vidrios rotos: la pistola había dado en la puerta del comedor. Espantado, Tancredi volvió la espalda y se dio a la fuga.
       Subió a la carrera dos tramos de la escalera y desembocó en el pasillo del segundo piso. Por las dos ventanas que había en los extremos del pasillo, una luz apagada y baja se expandía débilmente sobre los ladrillos rojos del suelo. En esta luz, que le aureolaba curiosamente los pelos tiesos del dorso, Tancredi vio al gato adelantarse contraído y cauto. Con un salto llegó al vano de una puerta y, con los dedos en la manija, observó los movimientos del animal. El gato no parecía haberle visto; indeciso, se movía en aquella escasa luz, con el dorso enarcado y la cola tiesa. Parecía que se mirase en el suelo, y de pronto dio un salto hacia un lado, como jugando con su propio reflejo. Luego pareció ver por primera vez a Tancredi e inició de inmediato un trotecillo calmoso y confiado hacia él. Tancredi, que lo había espiado todo el tiempo, se refugió apresuradamente en la habitación y despacito, sin hacer ruido, cerró la puerta.
       El cuarto donde había entrado no difería de los demás del segundo piso. Una gran cama de nogal lo ocupaba casi en su totalidad, reconfortante con su colchón de rayada tela gris, en aquella penumbra, bajo el techo bajo. En la mesilla de noche había un candelabro de cristal celeste y en las paredes, cosa rara, ningún cuadro. Tancredi se sentó en el borde de la cama y escuchó durante un momento, la nariz al aire, el roer y el furtivo trotar de los ratones en el espacio intermedio entre el cielo raso y el techo. Tranquilizado, estaba a punto de tumbarse, según su costumbre, cuando, en aquel profundo silencio, llegó a su oídos un ruido singular. Era un charloteo, o mejor un discutir bajísimo e intenso de voces; y parecía venir de la habitación contigua, cuya puerta, en efecto, estaba entornada. Durante un largo momento Tancredi se quedó escuchando sin moverse aquel susurro que parecía adquirir, en el silencio del desván, un carácter inhumano e irreal: como si los que hablaran fuesen los antiguos muebles y no dos personas. Luego, una de las dos voces tuvo una oscilación de tono decididamente humano, más aún, masculino. Intrigado, Tancredi se levantó y fue a aplicar el ojo a la rendija de la puerta.
       Primero sólo vio un cuartito enteramente similar a aquel donde se encontraba; más aún, reconoció en la pared frontera el cuadro de la caída de San Pablo, más sombrío y lívidamente iluminado que nunca en aquella luz de tormenta. La cama en la que hacía pocas horas había fantaseado mirando al cuadro estaba vacía; y no se comprendía de dónde había llegado aquel charloteo, el cual, por otra parte, había cesado. Pese a ello, todo el cuarto tenía un aspecto vivo y habitado, como si en aquel aire oscuro y cerrado hubiera quedado la huella de las presencias que hasta ahora lo habían ocupado. Precisamente esta sensación de violar una intimidad secreta, y en cierto modo clandestina, fue lo que impidió que Tancredi entrara en el cuarto; y le inspiró, mientras miraba, una sensación nunca experimentada antes, de indiscreción ardiente y vergonzosa. Miraba: y he aquí que, con gran lentitud, comenzó un chirrido largo, seco y quejumbroso, como producido por una puerta de goznes sin aceitar, cerrada con infinita precaución. No había duda: alguien salía ahora de la estancia procurando hacer el menor ruido posible; pero la puerta lo traicionaba con su largo y agudo chirrido. Este, sin embargo, cesó de pronto. Hubo aún un silencio y después, deliberadamente, como si ya no fuera necesario tomar precauciones, la persona que se había quedado en el cuarto se tiró de golpe sobre la cama. Los muelles gimieron, la vieja madera rechinó; y después dos piernas se adelantaron sobre el colchón, tendiéndose como ansiosas de tocar el extremo de la cama. Desnudas, de brillante blancura, pesadas debido a no se sabía qué languidez, como deseosas de reposo. Las piernas de Verónica, no pudo menos de pensar Tancredi, recordando el rostro blanco y frío, los ojos celestes, los rubios cabellos de la doncella de su madre. Las piernas, largas, esbeltas y levemente arrugadas en las rodillas, sólo parecían encontrar paz al moverse con una torpe y blanda fatiga. Ahora, más allá de la cabecera de la cama, el cristal del tragaluz se rayaba con oscuras gotas de lluvia. Las piernas ya no se movían. Tancredi, vencido por la creciente e insoportable sensación de vergonzosa indiscreción que quemaba su cara, se retiró y volvió a sentarse en la cama.
       No sabía qué pensar de lo que había visto, experimentaba sólo una intensa sensación de equívoco y de duda. Así, a primera vista, no había nada de extraño; pero ¿por qué Verónica dormía en una habitación que no era la suya? ¿Y aquel parloteo? ¿Y aquella voz masculina? Pero advirtió que dejándose arrastrar a estas conjeturas experimentaba de nuevo la misma sensación de vergüenza que le había quemado mientras espiaba; y, fastidiado, quiso pensar en otra cosa.
       Se levantó de la cama y fue a sentarse en el suelo, en el vano del tragaluz; se puso a observar con íntima delicia la violenta lluvia que inundaba el cristal. El cuartito estaba ya casi a oscuras; pensaba que el gato podía esperarlo fuera, en el pasillo; allá dentro, al amparo de aquel techo bajo, contra la gran cama, se sentía seguro. Se acurrucó lo mejor que pudo, inclinado, con la boca junto a las rodillas, y miró largo rato cómo caía la lluvia. Así le entró sueño y se levantó maquinalmente y fue a tumbarse en la cama. El colchón, aunque era duro y plano, le pareció blando después de las tablas del piso. Supino, miró un rato hacia el techo, escuchando el susurro de la lluvia y el hurgar de los ratones en las vigas. Por fin los párpados le pesaron y se durmió.
       Durmió un buen rato sin soñar, y cuando se despertó se encontró a oscuras. Ya era de noche, pero aún temprano, según creyó, para la cena; por lo cual no se movió de la cama. Desde un punto impreciso del techo, casi sobre su cabeza, llegaba un ruido persistente, un roer tenaz como el que puede hacer un ratón ensañándose con los dientes contra una madera sequísima y dura. El ruido tenía un ritmo, ora se hacía más intenso, ora más débil, y cuando casi parecía callar —“el ratón se ha ido”, pensaba Tancredi—, he aquí que volvía a empezar, más intenso y constante. Se quedó un rato esperando, luego sintió que le caía encima algo que parecía un pedacito de revoque. Un repentino miedo lo agitó, buscó en la mesa de noche la lámpara, la encendió y miró.
       Como se había imaginado, había caído el revoque y un agujero negreaba en medio del cielo raso; un agujero no muy grande, de forma irregular, pero con bordes finísimos que hacían suponer que tras aquella especie de lámina había una madriguera mucho más vasta de lo que parecía al exterior, de manera que si caía el revoque quién sabe qué galería se descubriría. Miraba: y he aquí que vio asomar y sobresalir por el agujero algo oscuro, suave, hinchado, que se movía; y en un movimiento más brusco brilló un ojo rojo y feroz de roedor. Fue cosa de un instante: el agujero quedó de inmediato negro y vacío; pero Tancredi ya tenía bastante y, tembloroso, saltó de la cama y corrió sin vacilar a llamar a Verónica en el cuarto contiguo. Ella ya no estaba en la cama, sino acurrucada en un taburete, cosiendo.
       —Verónica —le dijo, con voz temblorosa por no sabía qué alegría—, Verónica, allí hay un ratón...
       Ella lo miró sin hacer un movimiento; después, dejando la labor, siguió a Tancredi o, mejor dicho, lo precedió en la habitación de al lado.
       —Allá arriba —dijo Tancredi, sin entrar, quedándose en el umbral e indicando al techo.
       La criada miró el agujero y, siempre en silencio, entró de nuevo en su estancia para reaparecer inmediatamente armada con una escoba. Tancredi la vio subir a la cama y, sujetando la escoba por la parte inferior, empezar a ensanchar con el mango el orificio. Animado por esta frialdad, Tancredi se adelantó algo más en el cuarto. El mango de la escoba iba y venía, rozando con un sordo ruido los bordes del agujero.
       —Ya está, lo toco —dijo ella, casi con gusto—, es realmente un ratón.
       Pero la escoba se le escapó de las manos, algo grande y oscuro cayó desde arriba y ella se derrumbó de espaldas en la cama, con las piernas abiertas, llevándose las manos al regazo, apretándose el traje a las caderas y gritando:
       —¡Me ha saltado encima! ¡Lo tengo encima!
       Se debatía, las piernas desnudas habían salido de entre sus ropas; y Tancredi vio que eran las mismas que había descubierto poco antes tendiéndose lánguidas y palpitantes sobre aquel colchón. Pero entre esos blancos gestos el ratón no aparecía, hasta el punto de justificar la sospecha de que a menos que se hubiera adentrado bajo los vestidos de la mujer —¿y cómo habría podido hacerlo?— debía haberse escondido bajo cualquier silla. Ante este pensamiento le entró un gran miedo de que el ratón, furioso, le mordiera las piernas, y saltó sobre una silla.
       La mujer continuaba debatiéndose; Tancredi, angustiado, pasó de la silla a la que había subido a otra, siempre saltando y evitando tocar el suelo. Sofocado por terribles palpitaciones quería llegar a la puerta y llamar a alguien; pero se hizo la oscuridad y se despertó de veras, esta vez, sudado y tembloroso; no en la silla, como en su sueño, ni en la cama donde se encontraba cuando se había dormido, sino en un punto impreciso de la estancia. Aunque comprendía que el asunto del ratón sólo había sido un sueño seguía sufriendo un furioso terror y buscaba frenéticamente una puerta o una lámpara. Pero el cuarto parecía haber cambiado de forma, paredes imprevistas y rincones desconocidos se ofrecían a sus brazos tendidos, no le parecía estar en lo alto del chalet, sino a muchas brazas bajo tierra, encerrado en un sepulcro. Por fin la puerta se abrió de par en par, un resplandor vacilante de vela rompió las tinieblas en que se agitaba, perdido, y dos sombras se proyectaron sobre el techo.
       —¡Pero si está aquí! —dijo la voz de su madre, con alivio—. Hace una hora que te estoy buscando... ¡Vaya ideas, esconderse aquí dentro, a oscuras!...
       Tembloroso y llorando, Tancredi corrió a refugiarse, con los ojos cerrados, junto a las dos mujeres.
       —Se habrá asustado con la tormenta —dijo Verónica, acariciándole el pelo—, está temblando... Vamos, no hay por qué llorar...
       —El ratón... —no pudo dejar de balbucear Tancredi—, el ratón...
       —¿Qué ratón?... —dijo la madre, casi distraídamente—. Mejor harías en no esconderte, como haces todo el tiempo.
       Tancredi dijo una vez más “el ratón” y mientras tanto, trastornado aún por la atmósfera del sueño, no podía dejar de apretar con el hombro el regazo de la criada, como para asegurarse de que el ratón no se había refugiado allí. También las piernas, en medio de su susto, le parecían extrañas. Desde luego eran las mismas que había espiado en la habitación contigua; pero muy distintas de como las había visto. Le habían parecido lánguidas y nerviosamente sensibles; ahora las sentía altas, fuertes y musculosas, parecidas a dos torneadas y vistosas columnas. En medio de estas turbias sensaciones se dejó consolar un poco por las dos mujeres; y maquinalmente, secándose los ojos, las siguió fuera del cuarto.
       Mientras descendían a la planta baja se enteró de que, a causa de la tormenta, se había quemado un fusible y que la casa había quedado a oscuras.
       —Deja de llorar —dijo su madre, que descendía con mundana compostura, precedida por la criada que llevaba la vela—. Coge tus herramientas..., te necesitamos.
       Es preciso saber que Tancredi tenía mucha práctica en cuestión de máquinas y de electricidad, de manera que, por una costumbre ya antigua, se recurría a él para reparar los desperfectos sencillos que no requerían el trabajo de un mecánico.
       —Sí, mamá —dijo, obediente.
       —Te hemos buscado por toda la casa —le riñó la criada, con un tono insólitamente afectuoso—. ¡Qué despistado eres!
       Pero Tancredi pensó que ella quería aludir a la escena espiada por él a través de la puerta, con el evidente deseo de que no hablase de ello a su madre; y lleno de un intenso sentimiento de complicidad, no dijo ni palabra.
       Llegados a la planta baja Tancredi fue a coger sus herramientas en un armarito y declaró que estaba listo. El cuadro de los fusibles se encontraba debajo de la escalera, junto a un armario sobre el que estaban arrumbados, como en un desván, una gran cantidad de objetos rotos e inservibles. Verónica fue a buscar una escalera y la apoyó en la pared, sujetándola con una mano, mientras con la otra sostenía la vela; la madre agarró la escalera por el otro lado, levantando también un candelabro; y entre estos dos ángeles custodios Tancredi subió los altos peldaños, llevando una tercera vela que tenía la intención de poner sobre el armario. Cuando llegó al final de la escalera inclinó la vela para que cayera la cera y, lo mejor que pudo, la clavó en un polvoriento ángulo del mueble. A aquella luz temblorosa apareció un montón de cosas viejas: una lámpara de bronce, cantidad de anillas de madera para cortinas, una colección de botellas de todos los tamaños, grumosas de polvo, una butaquita sin patas y con la tapicería desgarrada, de la que salía la estopa. Cuando sujetó la vela, Tancredi se indinó hacia un lado y rogó a su madre que le tendiese el destornillador y otras dos herramientas que había dejado en una silla, antes de subir. La madre se los tendió; pero en el mismo momento en que Tancredi, incorporándose, se aprestaba a aflojar unos tornillos, un leve rumor le hizo volver la cabeza. Vio entonces, salido de quién sabe dónde, al gato gris que avanzaba hacia él entre todos aquellos trastos, una pata cautelosa adelantada, muy abierto el ojo, el labio violáceo alzado sobre los dientes. Ante esta visión se apoderaron de él el terror y, al mismo tiempo, una ira terrible. “Ahora lo mato”, pensó, y blandió el destornillador contra el bicho. Pero al mismo tiempo hubo un estallido seco, una llamarada brotó del tablero y, cegado, cayó hacia atrás, con un grito quejumbroso, desplomándose entre las dos mujeres. Las velas se apagaron y en la oscuridad se sintió llevado, como un muerto, por los hombros y los pies hacia el comedor. Oyó aún la voz de su madre, que decía a Verónica, “por aquí”. Pero ya la sangre se retiraba de sus sienes, huía de su cuerpo. Y mientras la luz volvía a hacerse a su alrededor, un hielo negro lo agotaba, le hacía cerrar los ojos.
       Dos días después, en la rotonda de la playa, la madre contaba a sus amigas:
       —De momento temí que se hubiera hecho daño... Pero nada, ni un rasguño, sólo estaba desmayado... La emoción... Pero confieso que durante un momento tuve verdadero miedo... Y lo más extraño es que después descubrimos que la llamarada fue producida por nuestro gato. El pobre animal, no sabemos cómo, se enredó entre los hilos... En resumidas cuentas, lo encontramos fulminado. Puede decirse que recibió la descarga en lugar de Tancredi. De todas maneras, ya le he prohibido del modo más absoluto que vuelva a tocar de ahora en adelante la electricidad. Estos chicos son tan imprudentes...
       —Sí, es cierto —dijo una de las amigas.
       —Baraja —dijo la madre.
       Y la partida comenzó.


(1940)



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