Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

El billete falso (1950)
(“Il biglietto falso”)
Originalmente publicado en el periódico Il Corriere della Sera (30 de abril de 1950);
Racconti romani
(Milán: Bompiani, 1954, 439 págs.)



      Pasaba por la plaza Risorgimiento cuando escuché que me llamaban:
       —Eh, hombre..., ¿qué haces por aquí?
       Era Staiano, un amigo de los viejos tiempos, cuando vendíamos cigarrillos en el mercado negro en la vía del Gambero. Estaba reluciente, lo noté en seguida; y cuando le dije que no hacía nada, aunque en realidad tampoco podía decir que estaba parado, puesto que nunca tuve un oficio, me tomó del brazo y me dijo que él podía hacerme ganar, sin gran trabajo, mil o dos mil, o incluso tres mil liras diarias. Le pregunté de que manera, y él, entonces, empezó con muchos rodeos. Dijo que los tiempos eran duros, que había montones de gente que, pese a tener un oficio, no podían vivir. Dijo que en tiempos como estos los hombres se dividían en dos categorías: los que tenían riñones y los que no los tenían; y los primeros acababan siempre por salir a flote, mientras que los segundos hacían el bobo. Dijo que él estaba seguro de que yo pertenecía a la primera categoría, porque me había conocido en otros tiempos no menos duros y difíciles. Dijo que la propuesta que iba a hacerme quizás me asombraría, pero que no debía interrumpirle, no debía decirle más que sí o no. Yo le dejaba hablar y mientras tanto pensaba que debía de ser una propuesta muy extraña, porque en él resultaban verdaderamente insólitas tantas precauciones. Por último se calló y yo le pregunté de qué se trataba. Respondió en seguida:
       —Se trata de gastar dinero.
       —¿Gastar dinero?
       —Sí... Yo te doy por ejemplo, un billete de cinco mil liras... Tú vas, das una vuelta, estudias la situación, y luego pagas con él un café, supongamos, o un paquete de cigarrillos.... Luego, me traes la vuelta... Y yo te doy una tercera parte de la vuelta.
       —Una tercera parte en liras buenas? —le interrumpí, para demostrarle que habí entendido.
       —Hombre, claro... en liras buenas... ¿Por quién me has tomado?
       —¿Y si descubren que el billete es falso?
       —Nada... Tú dices inmediatamente que sabes quién te lo ha dado y lo recoges fingiendo indignación.
       Yo quería contestar: “Estás loco, ni hablar”, y, en cambio, no sé muy bien cómo, mi boca pronunció:
       —De acuerdo, nos hemos entendido.
       Después, no podría siquiera decir lo que pasó, tan asombrado estaba en mí mismo, de haber aceptado y continuar aceptando. En suma, me dio un billete de diez mil liras, diciendo que ése día quería ponerme a prueba; y me fijó una cita para las ocho de la noche, en los jardines de la plaza Risorgimiento. Eran las dos de la tarde. Y heme aquí con un billete falso de 10 mil liras en el bolsillo y con la esperanza de ganar, así, como jugando, más de 3 mil de las buenas. De pronto me sentí rico y ocioso, como si hubiera tenido ante mí no una semana o un mes, y hubiera podido satisfacer todos mis caprichos antes del momento, que veía muy lejano, en el que tendría que gastar mi billete falso. Además de las 10 mil liras de Staiano tenía en el bolsillo unas mil quinientas liras buenas, y pensé que podía pisar fuerte, ya que contaba con dos o tres mil liras diarias, seguras, quien sabe durante cuánto tiempo. Así me dirigí directamente a una hostería cercana, en Plaza dell’Unità, y por primera vez, después de tantas comidas a base de bocadillos, ordené una comida completa: spagghetti, cordero, al horno, y un litro de vino. En el momento de pagar pensé en un instante en gastar el billete falso, pero luego me dije que eran trescientas liras menos que me daría Staiano y lo reservé para cualquier tontería, café o cigarrillos, como él me había sugerido, y pagué con billetes buenos. Me metí un palillo entre los dientes y salí a la calle Cola di Rienzo, con las manos en los bolsillos.
       Era primavera, con el cielo lleno de nubes blancas y un aire suave que de vez en cuando listaba la lluvia, aunque poca cosa, porque en seguida volvía a salir el sol. Mirando a los arboles de la calle Cola di Rienzo, donde aparecían ya unas hojitas verdes, me dieron ganas de salir al campo: tumbarme en la hierba, mirar el cielo, no pensar en nada. Pero al campo me gusta ir con alguna muchacha; solo, me aburro. Y no tenía muchacha ni veía forma, de momento, de encontrar una.
       Pensando en esto, muy despacito, bajé por toda la calle Cola di Rienzo, pasé la la Plaza de la Libertá, el puente, y llegué al Piazzale Flaminio. Allí, bajo la marquesina del tranvía, me detuve y miré a mí alrededor. Normalmente soy tímido con las mujeres, sobre todo porque no tengo dinero; pero, lo que cambian las cosas cuando uno se siente rico! Vi a una muchacha que no parecía esperar el tranvía, me gustó y hable enseguida, sin pensarlo dos veces. Era una morena de carota roja y sólida y ojos negros, vestida sencillamente con un jersey rojo y una falda marrón, con las piernas desnudas y calcetines doblados. Dijo que era camarera, que se llamaba Matilde y que era de un pueblo cercano a Roma, Capranica, creo. Buscaba trabajo y de momento estaba en pensión con unas monjas que tenían un convento también en su pueblo. Hablaba con cara de pocos amigos: pero después de que le dije dos o tres veces “señorita” se volvió algo más cordial. Le dije:
       —Usted, señorita, no conoce Roma, claro... ¿Quiere que se la enseñe?
       Ella fingiéndose cortada, contestó:
       —La verdad es que tenía que ir a ver una señora...
       En resumidas cuentas le propuse enseñarle el Foro Ítalico, y ella, tras una leve vacilación, aceptó.
       En el tranvía no dejé de bromear; la muchacha me escuchaba muy seria, y luego, de pronto, estallaba en risas cubriéndose la cara con las manos, como una verdadera campesina. Bajamos en la Plazuela del puente Milvio, y tomamos por el Lungotevere, hacia el Obelisco. Conocía el sitio y sabía que detrás del foro hay una colina, con muchos prados en los que se puede estar tranquilos, sin miedo a ser observados. Pero quise enseñarle el estadio, es una verdadera maravilla, con todas esas estatuas, una de cada deporte, dispuestas en círculo en torno a las gradas. No había nadie y el estadio estaba realmente hermoso, en medio de un silencio que daba miedo, con las estatuas que se alzaban hacia el cielo lleno de nubes. Pero ella permanecía muy fría; incluso cuando le expliqué que aquellas estatuas eran todas de mármol auténtico, de un solo bloque, y que cada una pesaba más de una tonelada. Dijo solamente que las estatuas le parecían indecentes; y yo le contesté que eran estatuas y no personas, y que las estatuas tienen que estar desnudas, si no no son estatuas. Para apaciguarla cogí un lápiz y escribí en la pantorrilla de una de las estatuas —un hombre que llevaba al hombro dos guantes de boxeo—: “Attilio quiere a Matilde”, y la invité a leerlo. Pero ella respondió que no sabía leer, y así me enteré que era analfabeta. Pero ahora ya no estaba tan cordial; y cuando estuvimos en la entrada del sendero que subía hacia la colina se negó a seguirme, diciéndome:
       —Me has tomado por tonta, pero no lo soy... volvamos a la ciudad.
       Yo quería arrastrarla, pero no hubo manera; y recibí incluso un empujón en pleno pecho que a punto estuvo de tirarme al suelo.
       De manera que volvimos al Piazzale Flaminio, en el mismo tranvía en que habíamos venido. Y allí para hacer las paces, la invité en un bar a un café con pastas. Eran las cinco y le propuse ir a un cine por allí cerca, donde, además de una película en colores, daban el documental del partido Italia-Austria. También esta vez se hizo rogar un poco, diciendo que tenía que presentarse a aquella señora; pero eran modales de campesina, como en el mercado cuando venden y compran; y se apresuró a aceptar cuando vió que yo, perdida la paciencia, me disponía a despedirme.
       También el cine lo pagué con moneda buena. Y, una vez en la oscuridad, le tomé la mano y ella me dejó hacer. Desgraciadamente, la película en colores acababa de empezar y el partido saldría al final; como la película me aburría, me hice más atrevido e intenté besarla en el cuello. Me rechazó de inmediato con un manotazo, diciendo en voz alta:
       —Eh... las manos quietas...
       Todos alrededor, enmudecieron; y yo me avergoncé y empecé a odiarla. Para engañar el tedio de la película, que trataba de Cristóbal Colón, empecé a hacer mentalmente las cuentas de los gastos del día: trescientas la comida, ciento veinte los cigarrillos, doscientas el café y las pastas, cuatrocientas el cine. Había gastado, pues, mas de mil liras y no me había divertido.
       Acabó la primera parte de la película, se encendió la luz y yo le dije de pronto a Matilde:
       —Las mujeres como tú deberían quedarse en su pueblo, cavando tierra.
       —¿Por qué?
       —Porque eres una ignorante y una desgraciada y no estás hecha para vivir en la ciudad.
       ¿Lo creerán ustedes? Aquella paleta de carrillos llenos me miró y contestó, con soberbia:
       —Quien desprecia, ama.
       La habría estrangulado de rabia. No dije nada, me levanté y fui a sentarme cinco filas más allá, dejándola plantada, como se merecía. Eran las siete.
       La segunda parte de la película no acababa nunca y yo pensaba cada vez más en el billete de diez mil liras que tenía que gastar y en Staiano que me esperaba a las ocho en la Plaza Risorgimento. Pero me interesaba el documental y cuando, finalmente, a las ocho menos cuarto, Cristóbal Colón decidió a morirse y se encendió la luz, esperé que en unos diez minutos ya habría acabado y yo podría correr a colocar mi billete.
       Pero me equivocaba; no había contado con el programa: primero hubo un descanso, luego un anuncio de una zapatería, luego el de una fábrica de muebles, luego otro descanso. Eran las ocho cuando Dios quiso que empezara el documental. Soy un hincha y así, ante la primera aparición de los queridos rostros de nuestros futbolistas, me olvidé del billete, de Staiano, de mi prisa y de todo lo demás y concentré toda mi atención en el partido. Digo la verdad, éste fue el único momento feliz de aquel día que al principio me había parecido tan hermoso.
       Salí del cine deslumbrado, atontado, agotado; eran las ocho y veinte. Entonces, pensando en Staiano que me esperaba, en el billete falso que tenía que gastar y en el dinero legítimo que ya había gastado, casi perdí la cabeza. No sabía a dónde ir, no sabía qué hacer, me sentía perdido. Sin saber cómo, me encontré al final de la calle Cola di Rienzo, no muy lejos de la Plaza Risorgimiento, y oí una voz que gritaba:
       —Aquí está la suerte... ¿quién quiere probar suerte?
       Me volví, lleno de esperanza. Era un mocetón moreno, con cara de sinvergüenza, apoyado en una pared, con una tablilla al cuello y, en la tablilla, el juego de las tres cartas. Junto a él estaba su compadre, falso y hambriento también, fingiendo interesarse en el juego. Se me iluminó la mente y decidí probar aquella falsa suerte con las diez mil liras de Staiano; haría que me cambiara el billete compadre, apostaría cien liras y luego me iría. El juego estaba prohíbido y no corría ni siquiera el peligro de que aquellos dos bribones fueran a denunciarme.
       Me acerqué, miré con codicia la tablilla y luego dije, pesaroso:
       —Me gustaría apostar... Pero, ¿cómo me las arreglo? No tengo sencillo.
       Y mostré el billete. El de la tablilla se ocupaba de cambiar de sitio las cartas, repitiendo como un loro:
       —Aquí está la suerte... ¿Quién quiere probar suerte?
       Pero el compadre en seguida se acercó a mí con la cartera, diciendo:
       —¡Que diantre! Hay que ayudar al joven, que quiere probar suerte. Venga, déme su billete.
       Se lo dí y él contó, uno sobre otro, nueve billetes de mil y diez de cien. Aposté cien liras, como había decidido; el de la tablilla dijo:
       —El señor apuesta cien liras... Por favor, señor...
       Y luego descubrió la carta y ví que había ganado yo. Entonces, aunque sabía con certeza que era un timo y supiera también como se hacía, me hice la ilusión, quizás por culpa del cansancio, de recuperar los gastos del día y aposté las otras novecientas liras. Esta vez perdí, como estaba previsto. Me alejé pensando que había gastado dos mil liras y que sólo me quedaban mil liras de ganancia.
       Pero la verdadera sorpresa me la dio Staiano, al que encontré poco después en los jardincillos de la plaza Risorgimento. Cuando nos retiramos a un rincón y yo comencé a contarle los billetes, él sin vacilar, empezó a repetir:
       —Es falso... Falso... También falso... También éste es falso, falso, falso, falso.
       Hasta que por fín terminó.
       —Todos estos billetes son falsos —concluyó—; y luego, metiéndolos en el bolsillo y mirándome, añadió—: Y no son de los nuestros... Los nuestros son perfectos... Más falsos que éstos no hay más que los de anuncio, los que llevan la inscripción “Banco del Amor: mil besos”... No hay más que hablar, te pasaste de listo.
       Yo me quedé con la boca abierta, aturdido. Staiano añadió:
       —Te dí un billete de diez mil liras tan bueno como los auténticos y me has traído nueve que no aceptaría ni un ciego.
       Dije entonces:
       —Por lo menos, págame los gastos.
       —¿Qué gastos?
       —Bueno, como pensaba que iba a ganar tres mil liras, he gastado, entre una cosa y otra más de dos mil.
       —Peor para ti... ¿Qué te has creído? Que aquel billete no me ha costado nada?... Pagué trescientas liras por él... Eres tú quien tendría que pagarme el perjuicio.
       En resumidas cuentas, discutimos durante un rato pero no quiso pagarme nada. Más aún, al final, cómo lo acusaba de timarme, sacó los billetes de mil, los rompió en muchos pedazos y fue a tirarlos en la boca de la alcantarilla, junto a la acera. Pero lo que más me indignó fue que, antes de irse, me dijo:
       —Tú no estás hecho para un trabajo honesto, serio, de responsabilidad... Permíteme que te lo diga yo, que te llevo veinte años... eres demasiado ligero, demasiado atolondrado... Como mucho, sirves para vender cigarrillos en el mercado negro... ¡Adiós, hombre!




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