Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

La mexicana (1948)
(“La messicana”)
L’Amore coniugale e altri racconti
(Milán: Bompiani, 1949, 324 págs.);
Racconti (1927-1951)
(Milán: Bompiani, 1952, 697 págs.)



      El día era cálido y lluvioso y tan pronto como estuvo fuera de casa Sergio advirtió su error. Se había puesto un pesado traje invernal, cuando habría debido ponerse, con aquel clima casi tropical, un traje de entretiempo. Además, había cargado con un abrigo también de invierno, cruzado, lo cual quiere decir que en el pecho y el vientre tenía no uno, sino dos abrigos. Por último, llevaba una camiseta de lana bajo la camisa, calcetines de lana en los pies y una bufanda de lana en torno al cuello. En una mano sujetaba el paraguas, en la otra los guantes. Tan pronto como dio los primeros pasos le pareció que estaba equipado como un caballero medieval. La culpa era de aquellas malditas nubes negras que se enredaban en el cielo, pensó; y también de su madre que, mientras se vestía, había acudido a recomendarle que, por favor, se abrigase bien. Pensó un momento en regresar y aligerarse de ropa, pero renunció en seguida; vivía en el último piso, el ascensor no funcionaba y subir las escaleras con toda aquella ropa encima sería un trabajo demasiado ingrato. Sin embargo, a medida que caminaba por las calles atestadas, el fastidio, el calor y el peso aumentaban y, junto con ellos, el mal humor. Por añadidura llovía finamente, no hasta el punto de justificar el uso del paraguas, pero lo bastante para empañar los adoquines con un sudor como de rocío donde los pies resbalaban. Esta lluvia reforzaba el bochorno; al llegar al final de la calle advirtió que estaba empapado en sudor.
       Había salido de paseo, pero comprendió que con toda aquella ropa encima el paseo no surtía su habitual efecto de distracción y descanso; al contrario, con el calor malsano que lo enredaba de pies a cabeza, sus ojos se clavaban rabiosos en los aspectos más mezquinos y feos de la ciudad. Como si los viera por primera vez, se le revelaban la vulgaridad de los escaparates, llenos de objetos que le parecían todos inservibles; la miseria mojada y umbrosa de las callejuelas sembradas de residuos y de recelosas sombras de gatos; la tosquedad de los vestidos de las mujeres; la pobreza de los de los hombres; el aspecto sudado, untuoso, deshecho de las caras que salían sin tregua de las sombras de la calle, se le echaban encima y desaparecían. La ciudad entera, que habitualmente adoraba, se le aparecía ahora como un enorme montón de inmundicias, en el que, tirados de cualquier manera, se corrompían y fermentaban hombres y cosas que en otro lugar y en otras condiciones habrían conservado su frescura y su integridad.
       Mientras tanto se hacía de noche rápidamente. Sin saber qué hacer, se detuvo ante el escaparate de un estanco, observando sin verlas las pipas y los mazos de cartas. Lo que en ese momento le molestaba más eran los calcetines de lana: trataba de mover los dedos dentro de los zapatos y los sentía pegajosos, como si fueran a derretírsele como velas. Después, alguien que salía de la tienda chocó con él; alzó los ojos y reconoció a Luciano, un amigo suyo de otra época.
       Nunca había querido a Luciano, un antiguo compañero de colegio; y en los últimos diez años lo había visto una o dos veces al año. Pero aunque no lo quería y aunque, más aún, no deseaba verlo, nunca había conseguido romper aquellas absurdas y raras relaciones. En realidad veía en Luciano la personificación de una parte de sí mismo a la que odiaba y de la que se habría deshecho de buena gana, de haber podido. De tipo eran muy parecidos: ambos bajos, morenos, de rasgos finos, cuidadosos en el vestir. Pero el rostro de Luciano llevaba las marcas de una disipación vulgar, mientras que el de Sergio tenía una expresión dulce y algo melancólica. Luciano era pálido, casi gris de cara, con una frente calva que se adentraba bajo escasos cabellos, con ojos apagados y turbios. Sergio tenía una cara lozana, pelo tupido y brillante, mirada viva. Ambos eran, como suele decirse, de buena familia. Pero mientras Sergio vivía con sus padres y trabajaba como abogado en el bufete de su padre, también abogado, Luciano se había ido de casa y vivía en habitaciones amuebladas, no trabajaba y pasaba su tiempo con amistades ocasionales: chicas de cabaret, jugadores profesionales, jóvenes ociosos. Este mundo le repugnaba a Sergio tanto, por lo menos, como la persona de su antiguo compañero de colegio. Pero debido a una especie de fascinación incomprensible, tanto el mundo de Luciano como el propio Luciano, aunque le repugnaban, lo atraían y él no sabía rechazar a su amigo las escasas veces que lo encontraba. En esas ocasiones estaban juntos una tarde, una noche, cenando y en otros lugares. Al día siguiente Sergio se sentía humillado por el recuerdo de la velada pasada con su despreciable amigo, y se juraba a sí mismo que no volvería a ocurrir.
       El primer movimiento de Sergio, al ver a Luciano, fue de rehuirlo. Pero el amigo ya lo había visto y venía a su encuentro. Se estrecharon la mano y siguieron juntos por la calle. Luciano había comprado cigarrillos y le ofreció a Sergio. Este habría querido negarse, pero aceptó.
       —¿Cómo estás? —preguntó Luciano, tras un instante.
       —Estoy bien —dijo, seco, Sergio.
       —¿Y en tu casa, todos bien?
       —Todos.
       —Y tú, ¿sigues trabajando como abogado?
       —Sí, sigo.
       El amigo parecía de mal humor; y Sergio sospechó que había advertido su primer impulso de huida. Quiso ser cortés y pensó en preguntarle a su vez por alguna persona querida. Pero como no conocía a la familia no se le ocurrió nada mejor que informarse sobre la amante de Luciano o, mejor dicho, sobre su última amante, con quien lo había visto hacía unos seis meses. Era, según creyó recordar, una mujer joven y nada fea, aunque, como todas las mujeres de Luciano, muy vulgar. Pero excepto esta confusa impresión de juventud, belleza y vulgaridad no logró acordarse de cómo era ni de quién era. El mismo nombre de Albina, hallado en el fondo de su memoria, le pareció dudoso. Sin embargo, preguntó:
       —¿Cómo está Albina?
       Luciano se detuvo para encender de nuevo el cigarrillo, que se le había apagado. A la luz de la llamita del encendedor Sergio vio que su pregunta había surtido un efecto evidente, aunque difícil de definir. La frialdad de Luciano era demasiado aparente para ser real.
       —Ah, Albina..., ¿te acuerdas, eh? —dijo con tono sarcástico—. Quizás te agrade saber que precisamente hoy nos hemos separado definitivamente.
       —¿Por qué iba a agradarme? —preguntó Sergio, asombrado.
       El otro prosiguió:
       —Albina es una... —y aquí dijo una palabrota que hizo estremecerse a Sergio, el cual no podía tolerar las palabras malsonantes, sobre todo cuando se referían a mujeres—, y yo estaba completamente harto... Por eso le dije que se quitara de en medio... ¿Te agrada, eh?
       —No me agrada —dijo Sergio, cohibido—, incluso lo siento...
       El otro se detuvo y lo contempló de arriba abajo con una ojeada sardónica:
       —¿Sabes que eres un fresco?... Lo sientes, ¿eh?... Dilo otra vez.
       —Pues sí, lo siento...
       —Y, encima, eres un descarado...
       —Pero, yo...
       —A ti Albina te gusta, y mucho... Y ahora estás encantado de que no siga conmigo —Luciano se calló un momento, saboreando, al parecer, la amargura contenida en estas palabras. Después añadió con desprecio—: ¡Bonito amigo que eres!... Pero todos los amigos son iguales... Todos tratan de ponerte los cuernos.
       Sergio estaba estupefacto. No recordaba haberse ocupado nunca de Albina las dos o tres veces que la había visto con Luciano; ni de haber advertido nunca que Albina se ocupase de él. Dijo, algo nerviosamente:
       —Pero te aseguro que yo...
       Su amigo lo interrumpió:
       —¿Qué te crees? ¿Que no te observé aquel día que fuimos a las carreras y después cenamos juntos? No estoy ciego... y, por otra parte, es muy humano.
       —Pero, realmente, ese día...
       —Más aún —dijo Luciano, deteniéndose ante un pequeño portal en una callejuela—, ésta es la casa de Albina... Tenía que subir a devolverle estos guantes... Pero es mejor que vayas tú..., ve tú..., dale los guantes —y le puso en la mano un par de guantes ajados—. Ve, dile que para mí se acabó... Naturalmente, la sucesión está libre... Trabájatela... Ella estará encantada... no desea otra cosa.
       —Pero, yo, chico...
       —¿Qué esperas?... Venga, sube..., sube.
       Luciano, groseramente, le dio un empujón que lo hizo entrar en el portal.
       —Sube... Estarás contento, ¿eh?... Te he ahorrado la molestia de buscar la dirección... E incluso te he traído... Pero no querrás que te la desnude, ¿no?
       —Pero, Luciano...
       El otro ya no le hacía caso.
       —De acuerdo, pues... Trátala bien, invítala a cenar, no seas roñoso... ¡Buena suerte!
       Con un gesto de la mano se despidió y desapareció.

       Al quedarse solo, Sergio se sintió más inundado de sudor que nunca. Al calor se añadía ahora la sensación desagradable de una situación falsa. Lo que le estaba ocurriendo era casi inverosímil; sin embargo, lo que le molestaba no era la inverosimilitud, sino la actitud de Luciano y la suya propia. La inverosimilitud se podía explicar de este modo: o Luciano, sin motivos, estaba celoso de él, o bien Albina se había servido de él para darle celos a su amante. Pero lo que le daba que pensar era, por una parte, el tranquilo desprecio de su amigo, como si fuese obvio que él pretendía suplantarlo en los favores de Albina; y, por otra parte, su repentina inclinación a aceptar este papel de traidor que le colgaban. Sergio tenía una idea digna, aunque formal, de sí mismo. Ahora la tentación que el equívoco de Luciano suscitaba en su alma lo hacía dudar de sí. “Está claro —pensó--, basta con que renuncie a subir a casa de Albina y me vaya a mi casa para que Luciano se convenza de que se ha equivocado.” Pero advirtió que, entre tanto, casi a regañadientes, se había adentrado uno o dos pasos en el corredor de la casa. Era una casa vieja y sucia, el corredor estaba a oscuras, un húmedo hedor llenaba el aire; y, sin embargo, inexplicablemente, esa decrepitud, esa suciedad, ese hedor, esa oscuridad lo atraían y lo turbaban. El corazón había empezado a latirle más de prisa y casi le faltaba la respiración. “Le entregaré los guantes y me iré”, pensó al final, dirigiéndose al fondo del corredor.
       Subió a la carrera, con el alma oprimida y al tiempo ansiosa, tres tramos de escalera, llamó, entre una incierta claridad, a una puertecita que parecía untada con betún. Vino a abrirle una mujer en delantal, huesuda y despeinada, con un niño en brazos y un soplillo en la mano. Al oír el nombre de Albina le indicó con el soplillo, sin decir palabra, una puerta al fondo de un pasillo. Sergio, con el sombrero en una mano y el paraguas en la otra, sintiéndose más cohibido que nunca, atravesó una pequeña antesala desnuda, fue hasta el final del pasillo y llamó a la puerta.
       Una voz de mujer le dijo que entrara. Empujó la puerta y se encontró en un cuartito estrecho que parecía una simple prolongación del pasillo. En fila, a un lado, había un armarito, un sofá tapizado con una gastada tela roja y una mesita con una silla; al otro lado apenas quedaba espacio para moverse. Al fondo, ante la ventana cerrada, un viejo tocador con velos ajados y cintajos sucios; y sentada ante el tocador, Albina. Sus caderas rotundas de mujer joven sobresalían del taburete donde estaba acurrucada; llevaba una combinación verdosa y acababa de peinarse, con la cabeza reclinada a un lado y el brazo desnudo levantado para cepillarse el pelo. Dijo con voz tranquila:
       —¿Eres tú, Luciano?
       Sergio pensaba: “Le doy los guantes y me voy”. Contestó, turbado:
       —No, soy yo, Sergio.
       Albina se volvió de golpe, con un movimiento casi convulso de toda su figura, poniendo los ojos en blanco y estirando el pecho moreno y lleno bajo los encajes de la combinación. Sergio se acercó.
       —Quizá usted no se acuerde de mí —empezó, tratando de adoptar un tono cortés y distante— y se asombrará de verme llegar aquí en lugar de Luciano... Lo siento, pero soy portador de una mala noticia... Luciano me ha encargado, hace un momento, de decirle que no vendrá y que no quiere volver a verla..., y de darle estos guantes.
       Se adelantó y dejó los guantes sobre el tocador.
       Esperaba que la mujer comentase de alguna manera la actitud de Luciano. Pero Albina calló, mirándolo con curiosidad. Él la miró a su vez y notó, casi con pena, que era una muchacha guapa y que le gustaba: la cabeza pequeña, de ojos redondos y negros, nariz aquilina y boca fina, tenía la gracia de una cabeza de pájaro; pero el cuello era fuerte, los hombros llenos y el pecho opulento, con una piel morena y cálida. Albina, con su combinación verde y gastada y sus axilas sin depilar, de un vello blando y negro, daba una sensación de gran descuido, si no de suciedad. Pero también esto, como advirtió, no le disgustaba. Confuso, casi a su pesar, añadió:
       —Si quiere, y si no tiene nada mejor que hacer, podemos cenar juntos.
       Se arrepintió en seguida de esta invitación y esperó que la mujer la rechazara. Albina dijo al fin, con lentitud:
       —Luciano es un mentiroso... Soy yo quien no quiere saber más de él... Pero usted no ha de cantar victoria aún... ¿Qué se cree, que no lo he entendido?
       De modo que también Albina, como Luciano, estaba convencida de que él le hacía la corte. Irritado, contestó:
       —Lo crea o no, sólo he venido a traerle los guantes.
       —Y para invitarme a cenar —acabó Albina, con tono alusivo—. Bueno, ¿adónde vamos?
       De modo que aceptaba. Sergio no pudo dejar de sentirse contento.
       —¿Dónde quiere ir?
       —Vayamos a “Paolone” —dijo la mujer—; se come bien.
       Recogió el cepillo y volvió a darse enérgicos golpes en el pelo.
       —¿Por qué no se sienta?... ¿Qué hace ahí, como un palo?
       Sergio se sentó en el sofá, torpemente, estorbado por sus pesadas ropas. Ahora la aventura con Albina se confundía en su mente con la manía de librarse de las ropas. Pensaba que se desnudaría en aquella habitación, que no parecía muy caldeada, y le parecía que desnudarse iba a agradarle más que poseer a Albina. Desgraciadamente, aún faltaba mucho para ese momento tan deseado.
       —Así que usted —dijo Albina, sin mirarlo— está contento de que Luciano y yo nos hayamos separado.
       —Yo —balbució Sergio—, realmente...
       —Le ha parecido mentira —continuó Albina—. Ya me parece verlo... Tan pronto como Luciano le dijo que todo había acabado entre nosotros..., usted, alborozado, se ha precipitado aquí... Pensando que ésta era la ocasión..., ¿no es así?
       —Le juro que se equivoca —dijo Sergio con cierta energía.
       Pero ya no estaba tan seguro. ¿Era cierto que la mujer se equivocaba?
       —¿Qué se cree? ¿Que no me había dado cuenta?
       —¿De qué?
       —La última vez que nos hemos visto, con Luciano..., en aquel restaurante..., usted no dejó ni un solo momento de darme con el pie por debajo de la mesa... Casi me estropeó un zapato... Es un fresco, eso es lo que es...
       Sergio esta vez se quedó silencioso un buen rato. Por fin se trataba de un hecho concreto: él había pisado el pie de la mujer con intenciones galantes. Recordaba, es cierto, que había ido con Albina y Luciano a un restaurante; también recordaba que Luciano y Albina estaban sentados ante él, sobre un banco adosado a la pared. Pero tenía la absoluta seguridad de no haber pisado intencionadamente el pie de Albina. Quizá, sin querer, podía haber chocado con él bajo la mesa. Lo más probable era que, como ya había pensado, Albina hubiera inventado toda esa historia para darle celos a Luciano. Tranquilizado por este examen, dijo lentamente:
       —Oiga, creo que se equivoca... No puedo haber pensado en pisarle el pie... Es algo que nunca, en ningún caso, haría... Quizá me confunde con otro.
       —¡Qué rico! —dijo la mujer, mofándose de él—. No, no lo confundo... En estas cosas nunca me equivoco.
       “Es realmente vulgar”, pensó Sergio, ofendido. Pero comprendía que esta vulgaridad, tan entonada con el lugar y la persona, no le desagradaba. Trató de ser ligero, libertino:
       —Pues bien, admitamos, ya que se empeña, que le he pisado el pie... ¿Y qué?
       Albina dejó el cepillo; el pelo, ya alisado y cepillado, se extendía en abanico sobre su espalda; y se volvió hacia él:
       —Ven aquí.
       El tuteo turbó a Sergio. Se levantó y dio un paso. La mujer insistió:
       —Te he dicho que vengas aquí.
       Sergio dio otro paso.
       —Y ahora —dijo la mujer apaciblemente, como se habla a los perros— ¡échate!
       —¿Cómo?
       —¡Échate!
       Sergio dobló sus rodillas en las pesadas faldas de su abrigo y se encontró con la cara pegada a la de Albina, sentada. Ella levantó el brazo, fuerte y redondo, y pasándole una mano detrás de la nuca empezó:
       —No es que no me gustes... Más aún, me gustas...
       “¿Qué hago?”, pensaba Sergio. Pero acercó la cara a la de Albina, como para besarla. Ella lo rechazó de inmediato:
       —No..., no... Estate quieto... He dicho que me gustas, pero ésa no es bastante razón... ¡Qué listo!
       Se rió desvergonzadamente, enseñando los dientes pequeños y blancos, y le dio un golpe en el pecho, un golpe de campesina, fuerte y duro. Sergio perdió el equilibrio y cayó sentado al suelo.
       Furioso consigo mismo, se levantó. Comprendía que al admitir que había pisado el pie y al tratar de besar a Albina había dado definitivamente la razón a Luciano. Y encima sin resultados. Preguntó, irritado:
       —Pero bueno, ¿te gusto o no te gusto?
       Albina contestó:
       —No me has dejado acabar... Me gustas, sí, pero es inútil, no soy para ti... Yo soy de Luciano.
       Dijo estas últimas palabras con una fidelidad sectaria y obtusa, precisamente, pensó Sergio, como una mujer del hampa que no discute la actitud de su amante aunque éste la traicione o le pegue.
       —Pero Luciano —no pudo dejar de decir— no quiere saber nada de ti.
       —No importa: yo soy de Luciano... Y, además, tú eres amigo de Luciano y no deberías intentar birlarle la mujer... No es muy bonito lo que estás haciendo.
       Sacudió la cabeza con aire de desaprobación y se levantó del tocador. De pie, en chinelas, parecía demasiado ancha de caderas para su estatura. Fue a un perchero, cogió allí dos medias que estaban colgadas y las miró con aire de duda. Las medias que llevaba puestas estaban muy remendadas, con ciertas costuras visibles que parecían cicatrices. Dejó las medias en el perchero y fue hasta el armario. Sergio, aturdido, inundado de sudor, se le acercó y le ciñó la cintura con un brazo. Ella no le hizo caso y abrió el armario, sacando la única prenda que contenía: un mísero abriguito marrón.
       —Ayúdame a ponérmelo.
       Sergio cogió el abrigo y cuando Albina se metió entre sus brazos para ponerse las mangas la besó en el cuello. Sintió que la piel era grasienta y que los cabellos exhalaban un olor selvático. Ella hizo un gesto como para apartar a una mosca:
       —Uf, qué pelma eres.
       Se abrochó el abrigo, exageradamente ceñido, en el que las caderas y el pecho parecían estallar. Fue a un rincón, se quitó las chinelas y, brincando, se puso un par de zapatos descosidos. Dijo:
       —Vámonos.
       Sergio cogió el paraguas y el sombrero y la siguió con una aguda sensación de tedio e irritación. La mujer, huesuda y despeinada, con el niño en brazos, se asomó a la cocina.
       —Si viene el señor Luciano —dijo Albina—, dígale que me espere en el cuarto.
       Salieron y empezaron a bajar, uno al lado del otro, la escalera oscura y estrecha. Al bajar, sus caderas se tocaban, y Albina dijo con una risa que a Sergio le pareció ofensiva:
       —Te restriegas, ¿eh?
       “¡Qué el diablo te lleve”, pensó él. Pero su brazo, como movido por una voluntad independiente, se alzó y ciñó la cintura de Albina. Sin decir palabra, ella le dio en la oscuridad un fuerte golpe con la cadera que casi le hizo caer. Sergio comprendió y soltó la cintura.
       Fuera llovía y el calor había aumentado. Albina le dijo:
       —Abre el paraguas.
       Él obedeció y Albina le apretó el brazo, con un gesto casi cariñoso. Empezaron a caminar juntos.
       —¿Qué piensas de Luciano? —le preguntó ella de pronto.
       Sergio contestó, sin reflexionar:
       —Pienso que es un haragán y que acabará mal.
       Ella dijo, con voz juiciosa:
       —No es buen sistema el que estás siguiendo... Ya te lo he dicho... No será hablándome mal de Luciano como conseguirás que te quiera...
       Irritado, Sergio contestó:
       —Pues pienso de él cosas mucho peores... No he dicho ni la mínima parte.
       —Y pretendes pasar por amigo suyo.
       —Pero yo no soy amigo de Luciano —dijo Sergio, con violencia—. ¿Quieres comprenderlo, sí o no?... Casi no lo conozco.
       —Será... Pero él dice que sois muy amigos.
       —Ibamos juntos al colegio, eso es todo... Yo no podría ser amigo de un tipo como Luciano.
       —¿Por qué?
       La ira encrespó de pronto las aletas de la nariz de Sergio:
       —Porque Luciano es una persona equívoca y yo no lo soy.
       —Será... —repitió ella con obstinación—; Luciano será, según dices, un tipo equívoco... Pero él confía en ti, y tú, en cambio, tratas de robarle a su mujer; ésos son los hechos...
       —¿Y eso que tiene que ver?... Cualquiera podría hacerte la corte.
       —Sí, pero tú es distinto... Tú y Luciano sois amigos.
       De modo que no había nada que hacer. Empapado en sudor, rabioso, Sergio calló. “Tendría que dejarla plantada”, pensó. Pero la presión del brazo de Albina, el roce de su redonda cadera bastaron para hacerle cambiar de idea. Entraron en una oscura plaza en demolición. Los anuncios luminosos de neón se reflejaban sobre montones de fango pisoteado; aquí y allá, unos faroles rojos avisaban de la presencia de profundos hoyos inundados.
       —Espérame aquí —dijo Albina—, voy un momento a la Lista de Correos.
       Entró en el edificio de correos y Sergio se quedó en el umbral. Todavía llovía, en la luz de las farolas se veía que la lluvia era intensa, aunque fina y como pulverizada. Había gente que entraba y salía de correos, entre ella mujeres modestas y vulgares, como Albina. “Es el momento justo para marcharse”, pensó él; y se dirigió lentamente a lo largo de la empalizada. Pero, a medio camino, recordó que tenía que echar una carta, y volvió sobre sus pasos. Mientras metía la carta en el buzón sintió que alguien le tocaba el brazo:
       —Vamos —dijo Albina.
       Daba vueltas entre sus manos a una carta: Luego, sin abrirla, se la guardó en el bolsillo. Sergio preguntó:
       —¿No la lees?
       —Es de mi marido... Ya tendré tiempo.
       —¿De tu marido?
       —Sí —contestó ella—, estoy casada... ¿No lo sabías?... El es artista en la compañía Goretti..., pobrecillo... Anda, anda, anda y siempre me escribe... Yo, durante una época, trabajé con él... Cantaba y él me acompañaba con la guitarra... Luego me harté..., había que ir a cada poblachón de provincias... Y preferí quedarme en Roma.
       Mientras tanto, habían salido de la plaza y caminaban por una larga calle fangosa, sin aceras, atestada por una doble fila de carritos de vendedores ambulantes.
       Albina no tenía prisa por ir a cenar. Examinó uno a uno todos los carritos, hasta el de los libros usados, hasta el de las cuchillas de afeitar. Era justamente, no pudo menos de pensar Sergio, la farandulera que sale al atardecer de su mísero cuarto amueblado y se divierte con el espectáculo de la calle. Pero ni siquiera la luz devoradora de las lámparas de acetileno conseguía destruir aquella belleza suya algo bestial; a lo sumo, acusaba la palidez de las mejillas y el amarillo cerco de cansancio en torno a los ojos negros. En una camisería, coronada por una larga tira de tela, húmeda de lluvia, con el letrero “al derrumbe de los precios” en grandes letras, entró decididamente, diciendo:
       —Entremos... Quiero comprar una corbata para Luciano.
       Sergio la siguió, despechado ante esta tenaz fidelidad. La tienda era pequeña y estaba muy desordenada; más que los precios, parecía que se había derrumbado sobre el mostrador toda la variada mercancía. El vendedor exhibió antes los ojos de Albina un montón de corbatas adocenadas, y Albina eligió cuidadosamente la más fea, preguntándole después a Sergio:
       —¿Verdad que es bonita?
       —Preciosa.
       —¿Es para el señor? —preguntó el vendedor—. Es justamente lo que necesita el señor.
       Albina hurgó torpemente en su bolso.
       —Te la pago yo —dijo Sergio, como empujado por un puntillo vengativo.
       Cuando estuvieron fuera, Albina le dijo a Sergio:
       —Gracias... Pero luego no vayas diciéndole a Luciano que la has pagado tú.
       —¿Por quién me has tomado?
       Reanudaron el examen de los escaparates. Albina se detuvo mucho tiempo ante una zapatería y después dijo:
       —Tras haberme estropeado unos zapatos a pisotones, tendrías que comprarme ahora un par nuevo.
       El tono era burlón, pero no del todo. Albina, gorrona, esperaba que le regalaran un par de zapatos. Sergio vaciló un momento; después decidió comprarle los zapatos a Albina. Una vez comprados los zapatos, le quedaría bastante dinero para la cena, pero no para el obligado regalo de después del amor. Pero pensó que Albina se contentaría con los zapatos. Albina lo miraba esperanzada. Él dijo lentamente:
       —¿Y cómo Luciano, que te quiere tanto, te deja salir con unos zapatos tan feos?
       —No quiero nada de Luciano.
       —Eres tú la que le paga los zapatos a él, ¿eh?
       Albina prefirió no contestar, y Sergio dedujo que, como siempre había sospechado, Luciano no tenía demasiados escrúpulos en aceptar dinero de sus amantes. Dijo, tras un instante:
       —Vamos, pues... Compremos esos zapatos.
       Albina debía de haber renunciado ya a los zapatos, porque tuvo un vivo y gozoso movimiento de sorpresa.
       —¿Hablas en serio?
       —Muy en serio.
       Entraron en la tienda. Albina estaba fuera de sí de gozo, se veía en el modo con que se pavoneaba meneando las caderas entre todos los espejos y las pilas de cajas. Se sentó y confió a un rubio y locuaz dependiente el pie, pequeño y bien hecho. Con sorpresa de Sergio, entre los muchos zapatos que el dependiente le iba ofreciendo acabó por elegir un par de zapatos deportivos, macizos y claros, con una gran suela de goma rústica, color limón.
       —Pero ¿no sería mejor un par de zapatos negros, de salón? —se aventuró a decir Sergio.
       Albina contestó:
       —Así, cuando hagamos piececitos debajo de la mesa, no se romperán.
       Era una broma en la que encontraba expresión su gratitud. Pero Sergio se ruborizó, también debido a que el dependiente lo miraba y sonreía.
       Una vez fuera de la tienda, Albina se lanzó sobre él y lo besó impetuosamente en la mejilla, diciendo:
       —¡Gracias! ¡Muchas gracias!
       Sergio dijo, descontento:
       —Me has besado en la mejilla, como se besa a un padre.
       —En la boca sólo beso a Luciano.
       Con sus zapatos demasiado claros y demasiado gruesos, con el abrigo marrón atirantado por las opulentas caderas, con el paquete de los zapatos viejos bajo el brazo, Albina, llena de gozo, de orgullo y de miseria, resultaba casi conmovedora; y Sergio se consoló de su respuesta pensando que por lo menos había hecho una buena acción. Albina, después de la tienda de los zapatos nuevos, se dirigió directamente, allí al lado, a un chiribitil donde solaban en el acto los zapatos viejos. Durante mucho tiempo, entre montones de calzado deformado y velado por el polvo, con un tufo de cuero mojado y de pies, le explicó sus exigencias al zapatero. Después compró betún para los zapatos nuevos y salió.
       Siguieron caminando por el barrio oscuro y sórdido, de calle en calle, de calleja en calleja. De pronto Sergió miró a su alrededor y vio, a un lado, la puerta de cristales coloreados de una casa de tolerancia, al otro un urinario y un poco más allá la puerta de una trattoria. En el suelo, los consabidos adoquines fangosos y brillantes sembrados de tronchos y de gatos famélicos. Tres hombres salieron del burdel riendo y hablando en voz alta, y se dirigieron hacia el urinario. “¡Bonito sitio!”, estaba a punto de decir Sergio. Pero no tuvo tiempo, porque Albina anunció, deteniéndose ante la trattoria:
       —Es aquí.
       En efecto, en los cristales de la puerta se veía, escrito en letras cursivas color sangre de buey: “Da Paolone. Especialidades romanas. Vino dei Castelli”. Albina empujó la puerta y entró, seguida por un Sergio disgustado que cerraba el paraguas, en una atmósfera cálida y humosa. La trattoria consistía en una serie de cuartitos minúsculos. En la primera sala, mayor que las demás, había una mesa central con pirámides de naranjas y ramilletes de hinojos, y una gran nevera de madera tosca, coronada por un magistral par de cuernos. Era una trattoria sin pretensiones, como se deducía del grito frecuente de “Media ración”, que resonaba de una a otra sala. Sergio notó que los clientes se parecían todos, en cierto modo, a Albina y Luciano: las mujeres, jóvenes, muy pintadas y mal vestidas; los hombres, disipados, demacrados y compuestos con dudosa elegancia. Albina avanzaba lentamente de sala en sala, saludada con frecuencia por aquellos macilentos clientes; y parecía buscar algo o a alguien. Cuando llegó al fondo de la trattoria hizo una seña a Sergio, como diciendo: “Ya lo encontré.”
       Sergio se asomó a su vez y vio un cuartito mínimo, casi una celda, con sólo dos mesas. Una estaba libre, y ya Albina se sentaba allí; en la otra estaban Luciano y una mujer.
       “Ah, era por esto”, pensó. Luciano no pareció asombrarse, y dijo:
       —Hola, Sergio —con voz tranquila.
       Sergio fue hasta la mesa de Albina y le dijo en voz baja, inclinándose:
       —Vámonos..., está Luciano.
       —¡Qué descubrimiento! —contestó ella. Fingía examinar el menú, con la cabeza baja.
       —Vamos al restaurante “Splendid” —propuso Sergio, pensando que el lujo podría inducir a la mujer a seguirlo.
       Ella levantó la cabeza y lo contempló con fingido estupor:
       —¿Por qué?... Aquí se está muy bien.
       De manera que no quedaba otro remedio que sentarse. Sergio se quitó el sombrero y lo dejó, con el paraguas y el abrigo, sobre una silla. Las dos mesas estaban enfrente y ellos cuatro no podían dejar de mirarse. Albina y él se sentaban en un banco adosado a la pared, y en otro banco adosado a la pared frontera se sentaban Luciano y su compañera. De la puerta colgaba una cortina, lo cual aumentaba la sensación de encierro y de cercanía.
       Ahora Sergio se daba cuenta de que no era más que un peón en el juego de los celos de Albina; quién sabe cuánto tiempo hacía que había empezado dicho juego. Y, sin embargo, mirando a Albina, advirtió que esperaba convertirse en el tercero en discordia entre los dos litigantes, o sea, conseguir hacer suya a Albina fuese cual fuese el motivo. “Soy un imbécil”, pensó despechado. Tenía mucho más calor que nunca, aunque se había quitado el abrigo; la atmósfera de la trattoria, cargada de humo y de olores de cocina, era sofocante. De nuevo, en aquel calor, le agradó la idea de la aventura con Albina como un medio expedito y agradable para quitarse los calcetines de lana, arrancarse de encima las ropas y quedarse desnudo en el aire fresco de una sórdida habitación amueblada. Entre tanto, Albina había llamado al camarero y encargaba lo que a Sergio, siempre muy sobrio, le pareció una cena pantagruélica: entremeses, pasta asciutta, cordero al horno con patatas. El postre, añadió, lo decidiría después. Él no pudo menos que admirar este vigoroso apetito, que ni siquiera los celos conseguían aplacar.
       —¿Tiene hambre? —preguntó, volviendo al usted.
       Ella contestó agresivamente:
       —Sí, tengo hambre... Pero tutéame..., no seas tonto.
       Era realmente difícil sentarse unos frente a otros y no mirarse. Sergio, tras haber tratado en vano de no dirigir sus ojos a la pareja de enfrente, decidió que daba igual mirarlos francamente. Luciano se sentaba al sesgo y lo veía de perfil. Pero la mujer estaba de cara. Era una mujer de singular aspecto, que por un momento intrigó a Sergio. De cabellos negros, tenía un rostro perfilado y largo, de un color amarillo cobrizo. Los ojos los tenía grandes, inmóviles, negros, muy abiertos, pero sin mirada, brillantes e inexpresivos, como dos piedras. La nariz, larga y aquilina, pero ancha en las aletas, la boca de expresión desdeñosa, con las comisuras hacia abajo, le daban al rostro un aire viril. Parecía alta, con anchos hombros y un pecho abundante estrechamente fajado por la seda negra del traje escotado. Lo que más llamó su atención en aquella cara fue el color rojizo del cutis y la expresión salvaje e inmóvil. Junto a la mujer, Luciano parecía frágil y descolorido, y la propia Albina resultaba femeninamente menuda. Se estremeció en medio de estos pensamientos ante un codazo que Albina le daba en las costillas.
       —¿Sabes quién es ésa? —dijo ella con voz normal, de modo que Luciano la oyese—. Es una mexicana que canta en el Teatro Nuevo... ¿Te gusta?
       —No —respondió Sergio, bajando la voz.
       —¿Verdad que es fea?... Es una piel roja... Así, sentada, parece alta, pero cuando se levanta..., ya lo verás..., parece que anda medio enterrada... Le falta un trozo de pierna.
       —¿Por qué hablas tan alto?
       —Total, ésa no entiende —contestó Albina, encogiéndose de hombros—. Sólo entiende camarero... Se llama con un nombre de hombre... Consuelo.
       —No es un nombre de hombre... Es un nombre de mujer... Quiere decir Consolación.
       —Luciano se consuela con ella de que yo lo haya dejado —dijo Albina, con malignidad.
       Sergio miró de nuevo a la pareja ante él y notó que casi no hablaban. La mexicana comía con circunspección y Luciano le dirigía brevemente la palabra, de vez en cuando, explicándose con gestos de la mano. Pero se trataba de cosas sencillas: “¿Quieres beber?... Te gusta... ¿Quieres pan?” El camarero trajo la pasta asciutta, y Albina, que pese a sus celos había dado buena cuenta de un plato de embutidos, enrolló en seguida una enorme madeja de spaghetti en el tenedor y se lo llevó a la boca, aunque sin apartar sus ojos de la mexicana. Esta se hacía servir vino por Luciano; después bebió, haciendo al compañero, por encima del vaso, un ademán de inteligencia sentimental, serio y casi ritual. Luciano, por su parte, le quitó el vaso de la mano y bebió también él, poniendo sus labios donde ella había puesto los suyos.
       —¡Mira qué idiota es! —barbotó Albina con furor, la boca llena de spaghetti.
       Sin embargo, no renunció a vaciar su plato y al final rebañó la salsa que había quedado con una gran miga de pan.
       —Después iremos a mi casa —dijo en voz alta, rechazando el plato vacío.
       Sergio se daba cuenta de que ella hablaba para que la oyesen, quizá ni siquiera sabía lo que decía. Pero no pudo dejar de contestar:
       —Pero tú antes no me querías.
       —Ahora he cambiado de idea —dijo Albina, en voz alta—. Y, además, siempre me has gustado..., más que Luciano.
       —Pero no grites tanto.
       —Tú no eres un palurdo como él... Eres un caballero, y eso se ve.
       Luciano cogió la mano de la mexicana, que se la abandonó de buen grado. Se llevó la mano a los labios, mirando de reojo a la mujer, y después se la mordió. La mexicana sonrió, mostrando sus dientes blancos y agudos de lobo. Luciano besó la mano donde la había mordido. Albina le dijo a Sergio, con repentino cariño:
       —Te he comprado una corbata... Ahora te la pongo.
       Sergio, ante esta improvisación, se quedó estupefacto:
       —Pero yo... —empezó.
       —Vamos, no seas bobo... No vas a avergonzarte ahora...
       Albina sacó de su bolso el envoltorio de la corbata y la desplegó con vengativa altivez. Sergio pensó que se veía castigado por haber disfrutado con la fealdad de la corbata que Albina quería regalarle a Luciano. Y ahora no sólo era él quien tenía que llevar, en lugar de Luciano, la horrible tira de seda, sino que además la había pagado. Albina, riéndose sin ganas, le subió el cuello, quitó la corbata vieja y le puso la nueva, haciendo un nudo muy lento.
       —Te sienta muy bien —dijo, echándose hacia atrás y admirándolo.
       Sergio apretó el nudo y dijo:
       —Dame por lo menos la vieja.
       Luciano pasó un brazo alrededor de la cintura de la mexicana, riendo y bromeando en voz baja. La mexicana se defendió suavemente, diciendo algo sentencioso con una voz cálida y ronca. Luciano, con un vivo movimiento, se echó sobre la mexicana y la besó largamente en el cuello. La mexicana se quedó quieta, con los ojos muy abiertos, mientras Luciano le chupaba el cuello bajo la oreja. Después, cuando Luciano se apartó, se sacudió y se acomodó los cabellos, como una gallina que acomoda sus plumas tras el asalto del gallo. Llegó el camarero con el cordero para Albina y con otro plato para la mesa de Luciano. Albina preguntó:
       —¿Eso es para el señor Luciano?
       —Sí.
       —Espera.
       Albina cogió el pimentero, un polluelo de barro cocido con la cabeza agujereada, le quitó la tapa y derramó rápidamente toda la pimienta en el plato de Luciano. El plato contenía un estofado de carne en salsa. El camarero se asustó:
       —¿Qué está haciendo?
       —No te preocupes..., asumo yo toda la responsabilidad.
       También Sergio se quedó perplejo. Albina empezó a comer el cordero, mirando a Luciano. Este no había visto el gesto del pimentero y, con circunspección, cortó un trozo de carne y se lo llevó a la boca. Albina sofocó una carcajada, dando un nuevo codazo en las costillas de Sergio:
       —Ya verás el escándalo que arma... ¡Es tan difícil para las comidas!
       Pero Luciano no armó ningún escándalo. Después del primer bocado, dejó con calma el tenedor y el cuchillo, bebió medio vaso de vino y encendió un cigarrillo. Albina dijo, con una nueva carcajada reprimida:
       —¡Quién sabe cuánto le quema!... Pero es tan orgulloso que se moriría antes que demostrarlo.
       Entró un joven rubio, con una chaqueta desgarrada y sin sombrero, con una maletita de fibra en la mano. Abrió la maleta y empezó a exponer, sin decir palabra, numerosas estatuillas de yeso coloreado en la mesa de Luciano. La mexicana, a decir verdad, no parecía muy deseosa de poseer una estatuilla; pero Luciano la obligó a aceptar un perro de lanas blanco y negro. Sergio sintió de pronto que la mano de Albina, bajo la mesa, buscaba la suya. Ella le cogió la mano y después dijo, en voz alta:
       —¡Uy! ¡Qué impacientes eres!... Espera, por lo menos, a que estemos en casa.
       Sergio quedó confundido e instintivamente trató de soltar su mano. Pero Albina la sujetaba fuertemente y le dijo:
       —Déjame, si no...
       Y mientras hablaba así se echó contra Sergio y, al tiempo que le sujetaba la mano, fingía debatirse. Sergio pensó que esta vez debía sacar algún provecho de la ficción y trató de ceñir con un brazo la cintura de Albina. Pero la mujer lo rechazó. Luciano preguntó en voz alta a la mexicana:
       —¿Fruta? ¿Tarta?
       —Tarta.
       —También yo quiero tarta —dijo Albina, con voz furiosa.
       Un momento después el camarero trajo la tarta para las dos mujeres, Luciano y Sergio, en cambio, tomaron fruta. La tarta era de crema; la mexicana comió una parte y luego apagó la colilla del cigarrillo en lo que quedaba. Albina devoró con la cabeza gacha toda la tarta, con el habitual ímpetu animal, y después, llevándose una mano al estómago, dijo con un suspiro de satisfacción:
       —¡Uf!... He comido demasiado... Me aprieta el traje.
       Se echaba hacia atrás en su silla y trataba de abrirse en el costado la cremallera de la falda. Pero la falda, demasiado apretada, no se lo permitía.
       —Anda —dijo—, bájame la cremallera.
       Sergio se inclinó, agarró el gancho del cierre y lo bajó. De inmediato el vientre redondo y joven de Albina se derramó fuera de la falda, con el ombligo visible en la transparencia de la gasa verde de la combinación. Luciano le preguntó a la mexicana:
       —¿Café?
       —Sí, café.
       Albina se sentaba ahora con medio vientre fuera de la falda; a un lado, por una abertura de la combinación, se veía la cadera desnuda, morena y cálida, con el pliegue graso de la ingle. Entraron dos músicos ambulantes, un hombre y una mjer. El hombre era un viejo pequeño y flaco, de cara larga. Un abrigo negro le llegaba hasta los pies y llevaba un grueso gorro de ciclista calado sobre las orejas. La mujer, de unos cincuenta años, era alta, opulenta, vestida de negro, con una cara triste y fría. Sacaron los instrumentos de las fundas y empezaron a tocar malamente una vieja canción. Albina dijo en voz alta:
       —Esa mexicana no debería cantar en el teatro... Tendría que ir por ahí como esos dos músicos..., con su platillo... ¡Si vieras cómo desafina!
       Sergio preguntó, al azar:
       —¿Canta en español?
       —Claro... Ya te he dicho que sólo sabe español.
       Los dos músicos acabaron la canción y Luciano hizo un ademán llamándolos. Se acercaron a la mesa; el viejo se quitó el gorro; Luciano habló con ellos y después habló con la mexicana. Esta rehusaba pero al final aceptó. Los dos músicos, de pie junto a la mesa de Luciano, cogieron sus instrumentos e iniciaron una célebre canción española. La mexicana, que seguía sentada y clavaba en el vacío sus ojos negros y muy abiertos, esperó un momento, inmóvil, y después comenzó a cantar. Tenía una voz ronca, cálida, rica de inflexiones melancólicas, despreciativas y sensuales al mismo tiempo. En las notas altas la voz alcanzaba un acento salvaje y más profundo, de una tristeza que las bruscas caídas del estribillo parecían hacer polémica y rabiosa. Sergio se quedó asombrado, después admirado y al final, a su pesar, conmovido. Quizás era a causa de una velada tan desastrosa, pensó, o quizás una disposición momentánea de su alma, distraída hacía demasiado tiempo en hábitos mezquinos y poco afectuosos. La mexicana, mientras cantaba, no quitaba ojo a los músicos y de vez en cuando les hacía gestos con la mano, aprobándoles o invitándolos a alzar el tono. A la puerta se habían asomado algunos clientes y escuchaban en silencio. Luciano no parecía advertir la belleza del canto y fumaba con aire cohibido y escéptico al tiempo: no cabía duda de que había querido hacer cantar a la mexicana para darle celos a Albina. La mexicana acabó de cantar y se quedó inmóvil, con los ojos en el vacío, las manos unidas en el regazo. De inmediato, los espectadores del umbral aplaudieron calurosamente. También Luciano aplaudió, aunque con condescendencia, sin quitarse el cigarrillo de la boca. Sergio batió palmas con fervor. Albina, con ademán de golfillo, se metió dos dedos en la boca y silbó.
       El silbido, prolongado y agudo, fue seguido por un silencio. La mexicana miró a Albina como si la viera por primera vez, después se levantó y vino hacia la mesa de Sergio. Este no pudo dejar de reconocer que Albina tenía razón: de pie, la mexicana era baja, más aún, bajísima, aunque ancha de hombros y de pecho exuberante. La mexicana se plantó ante Albina y vomitó un torrente de palabras incomprensibles en español. Aunque hablaba con vehemencia, sus ojos y su rostro se mantenían inmóviles. Albina gritó:
       —No entiendo nada y no me importa nada... En el teatro se silba, ¿no? Tengo derecho a silbar cuando me parezca.
       La mexicana agarró el vaso lleno de Sergio y arrojó el vino a la cara de Albina.
       Siguió una escena confusa. Albina, con el rostro y el cuello chorreando vino, se había puesto de pie y trataba de lanzarse contra la mexicana. Pero se lo impedía Sergio, que la retenía por un brazo, y también la falda abierta que se le caía.
       —¡Piel roja! —gritaba—. ¡Dejadme!... ¡Quiero sacarle los ojos a esa piel roja!
       Luciano estaba sentado, inmóvil, fumando con aire de ostentosa y escéptica indiferencia. La mexicana había regresado lentamente a su mesa y miraba, silenciosa y quieta, a Albina, de píe. Algunos clientes habían entrado en el cuartito, otros se asomaban al umbral, todos preguntaban qué había ocurrido. Por fin Luciano llamó al camarero, pagó y, haciendo un gesto a la mexicana, salió con ella del cuarto.
       Los camareros y los músicos se fueron. Albina se sentó, jadeante, y empezó a secarse el vino con la servilleta. Parte del vino había caído sobre su vientre, y la combinación, pegada a él, revelaba su redondez colmada y adolescente. Sergio dijo:
       —Ya te dije que era mejor que no nos quedáramos aquí.
       Con gran asombro vio que el furor de Albina había cedido. Ella preguntó:
       —¿Te gusto?
       —Sí —dijo Sergio, turbándose.
       —¿Quieres hacer el amor conmigo?
       —Claro.
       —Pues no pienses sino en eso y no te ocupes de lo demás.
       Ahora Sergio estaba seguro de que Albina, aunque sólo fuera para vengarse de Luciano, se entregaría a él esa noche. El cuartito estaba vacío y no podían verlos desde la sala contigua. Ciñó con un brazo la cintura de Albina y la atrajo hacia sí, como para besarla. Esta vez ella se dejó besar y al final, como si repentinamente se hubieran inflamado sus sentidos, le devolvió el beso con efusión. Apestaba a vino, pero no de una forma repugnante, sino ingenua y desarmada. Se separaron y Albina dijo, subiéndose la cremallera de la falda:
       —Entonces, ¿nos vamos?
       Sergio pagó y salieron. Ahora ya no llovía y los adoquines negros de las calles relucían a la luz de las farolas, en medio de una atmósfera exhausta y vacía. Pero hacía calor, más que antes; y de nuevo Sergio pensó con alivio en el momento en que se desnudaría en el cuarto de Albina. Esta caminaba lejos de él, como a su aire, con las manos en los bolsillos del abrigo, el rostro inclinado y pensativo. Los zapatos nuevos, de suela gruesa, la hacían parecer baja y fornida. Sergio dijo:
       —¿Quieres que tomemos antes un café?
       Ella acudió a su lado y le pasó un brazo en torno a la cintura, con un gesto forzado:
       —No, vamos a casa... Pero, después, ¿te quedarás toda la noche conmigo?
       Tenía una voz triste, como de llanto. Sergio pasó a su vez el brazo en torno a la cintura de ella y contestó:
       —Desde luego.
       —Dormiremos juntos y mañana por la mañana —concluyó ella en tono suplicante— podrás irte cuando te parezca... Incluso puedes quedarte hasta mediodía.
       De calle en calle, de calleja en calleja, siempre enlazados, llegaron a la casa de Albina y empezaron a subir la escalera. En el primer rellano Sergio la besó en el cuello. Albina no dijo nada.
       Llegaron a la puertecita negra del piso. Albina abrió con llave y lo precedió por el pasillo. Sergio la siguió, estorbado como de costumbre por el abrigo y el sombrero. Albina abrió la puerta y dijo:
       —¡Toma!... ¿Qué haces aquí?
       Su voz era alegre. Sergio se asomó y vio primero a la mexicana, sentada con aire de mal humor en el sofá; y después a Luciano, sentado ante el tocador, con la cara hacia la puerta. Luciano tenía una actitud convencional y de mal gusto, una sonrisa escéptica y petulante en los labios, el cigarrillo entre dos dedos. A Sergio le pareció incluso recordar una escena parecida de no sabía qué película. Pensó, fastidiado: “¡ya está!” y entró en el cuarto.
       Albina se dirigió directamente hacia Luciano y se puso a su lado, con una mano en su hombro, como desafiando a Sergio y a la mexicana. Luciano, igual que un mal actor cinematográfico, aspiró largamente el cigarrillo, lanzó una nube de humo y después dijo, con afectada lentitud:
       —¡Muy bien! ¡Lo que se dice muy bien!... De modo que yo tenía razón, ¿eh?... No veías llegar la hora... ¡Un buen amigo, sí!
       Sergio sintió que se ruborizaba. No tanto por haber sido cogido en falta como por encontrarse en situación de inferioridad ante un hombre al que despreciaba. Pensó que, sin embargo, no hay mal que por bien no venga: ésta era la oportunidad para romper con su amigo. Dijo, esforzándose por adoptar un tono resentido:
       —Ante todo, no soy amigo tuyo.
       —¿Y después? —dijo Luciano, teatralmente.
       —Y después —prosiguió Sergio—, Albina no es tu mujer... Es libre de ir con quien le parezca... Me dijo que viniera, y he venido.
       —¿Es cierto eso? —preguntó Luciano, dirigiéndose a la mujer.
       Realmente todo se desarrollaba como en la escena de una película. Albina replicó con vehemencia:
       —¡No es cierto! ¡Mentiroso!... Ha insistido tanto... yo no quería... Ha subido a la fuerza.
       Había cogido la mano de Luciano y se la besaba frenéticamente, en la palma y el dorso.
       —Encima, mentiroso —dijo Luciano, riendo sin ganas.
       —¡Oh, vete al infierno! —gritó Sergio, con sinceridad.
       La mexicana se levantó del sofá, se acercó a Sergio y poniéndole una mano en el hombro dijo algo que Sergio no entendió y que interpretó como: “déjalo... es mejor que te vayas”. Él la rechazó y añadió con cólera:
       —Queda entendido que de ahora en adelante todo ha acabado entre nosotros... Y te prohibo, si me encuentras, que me saludes o me hables...
       —Vamos —dijo la mexicana, tratando de atraerlo hacia la puerta.
       Luciano, con repentina blandura, contestó:
       —No te enfades... No hay nada de malo en ello... Seguiremos siendo amigos... Después de todo es humano, Albina te gustaba... Pero ahora puedes irte con Consuelo... La he hablado de ti y te tiene simpatía... Consuelo, iros vosotros allá..., juntos..., hacer el amor —e hizo un gesto expresivo con la mano.
       Pero la mexicana se encogió de hombros y le contestó con una frase despreciativa y cortante, como dándole a entender que no aceptaba consejos de él y que hacía lo que le apetecía. Luciano se echó a reír y Albina, ya segura de sí, soltó su mano, fue hacia detrás del tocador y empezó a quitarse el abrigo. La mexicana consiguió arrastrar a Sergio por un brazo fuera de la habitación y cerró la puerta.
       Ella dijo una frase en español, como de despedida, y le tendió la mano; Sergio la estrechó maquinalmente. La mexicana le dio la espalda y fue hacia una puerta en el centro del pasillo. De manera que vivía en la misma casa de Albina. De repente Sergio sintió que se le encendían el rostro y las orejas y lo acometió de nuevo la manía de desnudarse que le había perseguido toda la noche. Corrió hacia la mexicana, que entraba en su cuarto, y sacando del bolsillo un paquete de cigarrillos le ofreció uno. La mexicana cogió un cigarrillo y, sin decir palabra, lo hizo entrar en su habitación, cerrando luego la puerta.
       Era una habitación cuadrada, pequeña y muy baja, amueblada con los mismos gastados y pobres muebles que la de Albina. La única diferencia consistía en que en lugar del sofá había una verdadera cama de matrimonio, con colcha blanca y negros rizos de hierro. La ventana, baja y larga, parecía abrirse sobre una cornisa y a través de los cristales se veía el reflejo vibrante de un anuncio de neón. Este reflejo listaba de rojo y violeta la pared de enfrente y el cielo raso. La mexicana iba y venía por el cuarto, hablando ahora sin interrupción en un tono ronco y razonable, como haciendo un sermón maternal. Parecía que decía con su voz ronca, apresurada y sentenciosa: “Eres un chico estúpido y aturdido... No te habías dado cuenta de que Albina sólo piensa en Luciano... Pero ahora quédate aquí conmigo... Me ocuparé de consolarte.” Se sintió reconfortado por aquella voz, aunque no entendía ni una palabra, y se acordó de cómo había cantado y experimentó el deseo de volver a oír ese canto. Entre tanto, la mexicana había desaparecido detrás de un biombo que parecía ocultar el lavabo.
       Empezó a desnudarse con infinito alivio. Se quitó el abrigo y después se quitó los zapatos y los calcetines. De sus pies, rojos y congestionados, subió hasta su cerebro una infinita frescura y durante un instante, moviendo los dedos, se los miró complacido. Después se quitó el traje, la camisa, la camiseta, y sintió que también su cuerpo, igual que sus pies, respiraba mejor. Cuando estuvo desnudo cruzó las piernas, encendió un cigarrillo y por primera vez en todo el día le pareció encontrarse a gusto.
       Pero no tenía ganas de hacer el amor. Habría querido saber español para decirle a la mexicana que deseaba oírla cantar. Miró hacia el rincón del lavabo y vio que las ropas de la mujer se amontonaban de cualquier manera sobre el biombo. Después, ella salió.
       Enteramente desnuda se revelaba aún más su aspecto rechoncho y exótico. Viéndola dirigirse hacia él, a través de los rombos rojos y negros del pavimento, le pareció que venía a su encuentro la estatua de una divinidad azteca que había visto tiempo atrás en un museo. Como aquella estatua, la mexicana tenía piernas cortas y gruesas, pero tan cortas y tan gruesas que hacían pensar que llevaba los pies pegados a las rodillas. Sobre estas piernas, su busto demasiado largo estaba erguido de manera innatural. Tenía nalgas chatas y barriga gruesa y sobresaliente con un ombligo hundido en la carne. Las tetas eran oblongas, parecidas a dos calabazas a las que les faltaran las puntas, y estaban rígidas y sólidas, una a un lado y la otra al otro. Sobre el largo cuello, en torno al cual se retorcía una trenza negra y fina, el rostro era inmóvil, sin expresión; y los pies se apoyaban con toda la planta en el suelo, igual que los de las divinidades de su país. Pasó ante la ventana y el neón puso un reflejo en su rostro y su pecho, rojo y violeta, enteramente igual a un bárbaro tatuaje. Llevaba en la mano una toalla y se la tendió señalando hacia el biombo, como para invitarlo a lavarse. Sergio rechazó la toalla y dijo:
       —No, amor no..., cantar, cantar —abriendo la boca y poniéndose la mano en el pecho.
       Ella lo entendió en seguida y sonrió con complacencia profesional. Tiró la toalla en la cama, se inclinó hacia Sergio y cogiéndole la barbilla en la palma, como se hace con los niños, le dijo algo con voz viva y acariciadora, en tono de lisonjero elogio, y después le dio un cachete en la mejilla. Sergio le sonrió, agradecido. Ella se sentó en la cama, a cierta distancia de Sergio, y cogió con la suya la mano que él apoyaba en la colcha. Tenía una mano grande, áspera y fresca. Le apretó la mano, cruzó las cortas piernas, miró un momento ante sí con ojos negros y brillantes y después, hinchando el pecho como con repentina inspiración, empezó a cantar.


(1948)



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