Alberto Moravia
(Roma, Italia, 1907 - Roma, 1990)

Crimen en el club de tenis (1927)
(“Delitto al circolo del tennis”)
Originalmente publicado en la revista 900, Núm. 3 (septiembre de 1928), págs. 125-131;
La bella vita
(Milán: Giuseppe Carabba Editore, 1935, 277 págs.)


      Hacia mediados de invierno, la junta directiva de uno de los más conocidos clubs de tenis de nuestra ciudad decidió dar un gran baile de gala: La junta, compuesta por los señores Lucini, Mastrogiovanni, Costa, Ripandelli y Micheli, tras haber destinado una suma de dinero a comprar champaña, licores y pastelería, y a contratar a una buena orquesta, pasó a confeccionar la lista de invitados. Los miembros del club pertenecían en su mayoría a esa clase llamada comúnmente alta burguesía; por lo tanto, todos eran hijos de familias ricas y estimadas, y, ya que es preciso trabajar, ejercían todos, más o menos, una apariencia de profesión; de manera que no les resultó difícil reunir, entre parientes, amigos y conocidos, un número suficiente de nombres, muchos de ellos precedidos de títulos nobiliarios de segundo orden, pero decorativos, que contribuirían a dar un lustre aristocrático a la fiesta en los ecos de sociedad de los periódicos. Pero en el último momento, cuando ya sólo faltaba cursar las invitaciones, surgió, como de costumbre, una dificultad imprevista.
       —¿Es que no vamos a invitar a la princesa? —preguntó Ripandelli, un joven de unos treinta años, de una belleza algo meridional: pelo negro y brillante, ojos negros, rosto oval, moreno, de perfectos rasgos; era conocido por su semejanza con uno de los más célebres artistas del cine americano, lo sabía y se aprovechaba de ello para tener éxito con las mujeres.
       Mastrogiovanni, Lucini y Micheli aprobaron la idea de invitar a la «princesa»; sería una diversión más, dijeron, quizá la única diversión; y entre grandes estallidos de risa y manotazos en los hombros se acordaron de lo que había sucedido la última vez: la “princesa” borracha, los cabellos empapados de champaña, los zapatos que le habían escondido, y ella obligada a esperar la partida del último invitado para poder irse descalza, etc., etc.
       Solamente Costa, el pájaro de mal agüero, como lo llamaban, alto, desgarbado, con gruesas gafas de concha apoyadas sobre la larga nariz y con su barba siempre mal afeitada en las flacas mejillas, sólo Costa protestó:
       —No —dijo—, dejad a la “princesa” en su casa por esta vez... Ya tuve bastante con el último baile... Si queréis divertiros, id a hacerle una visita, pero aquí no...
       Sus camaradas se rebelaron, le dijeron claramente lo que pensaban de él, que era un aguafiestas, un estúpido y que, a fin de cuentas, el dueño del club no era él.
       Hacía dos horas que estaban reunidos en el cuartito de la dirección; el humo de los cigarrillos formaba una densa niebla; hacía un calor húmedo a causa del enjalbegado, todavía fresco, de las paredes; todos llevaban bajo sus chaquetas gruesos jerseys polícromos. Pero allá lejos, a través de los cristales de la ventana, se veía una única rama de abeto que sobresalía, inmóvil y melancólica, contra el fondo gris del cielo; no hacía falta moverse para ver que estaba lloviendo. Costa se levantó:
       —Ya sé —dijo con fuerza— que tenéis intención de hacer quién sabe qué porquerías con esa pobre mujer... Bueno, os lo digo de una vez por todas... Es una vileza y deberíais avergonzaros.
       —Costa, te creía más inteligente —afirmó Ripandelli sin moverse de su asiento.
       —Y yo a ti menos malvado —respondió Costa.
       Cogió su sombrero de la percha y salió sin despedirse. Tras cinco minutos de discusión, la directiva decidió por unanimidad invitar también a la “princesa”.

       El baile comenzó poco después de las diez de la noche. Había llovido todo el día, la noche era húmeda y neblinosa; desde el fondo del callejón suburbano, donde se alzaba el edificio del club, podía verse, allá a lo lejos, en medio de la oscura lontananza, entre dos sombrías hileras de plátanos, un resplandor, un confuso movimiento de luces y de vehículos: eran los invitados que llegaban. En el vestíbulo, un servidor contratado para ese día recogía sus abrigos; después, las mujeres con sus ligeros vestidos, los hombres de frac, pasaban charlando y riendo a la gran sala espléndidamente iluminada.
       Este salón, bastante amplio, tenía la altura del edificio: una galería con balaustrada de madera pintada de azul lo rodeaba por completo en el segundo piso. A la galería daban unos cuartitos destinados a vestuarios y depósitos de enseres deportivos; una enorme lámpara del mismo estilo y del mismo color que la balaustrada pendía del techo, y para la ocasión se habían colgado de ella guirnaldas de farolillos venecianos que iban hasta las cuatro esquinas del salón; el zócalo estaba barnizado asimismo de azul; y al fondo, bajo el rincón de la escalera que subía al piso superior, estaba empotrado el mostrador del bar, con sus coloreadas filas de botellas y su reluciente cafetera.
       La “princesa”, que no era princesa, sino, según se decía, sólo condesa (y se contaba incluso que en su época había hecho vida social y que se había visto alejada de ella por una fea historia de adulterio, de fuga y de ruina financiera), llegó poco después de las once. Ripandelli, que se sentaba entre un grupo de señoras frente a la puerta del vestíbulo, abierta de par en par, vio a la conocida figura, baja, más bien rechoncha, con los pies hacia fuera como los de las palmípedas, mientras tendía su capa al servidor, dándole la espalda levemente curvada.
       “Ya está”, pensó; y, con el corazón colmado de gozo, marchó a su encuentro a través de la multitud de bailarines y llegó a su lado apenas a tiempo de impedirle abofetear al servidor, con el cual, por algún fútil motivo, estaba discutiendo.
       —¡Bienvenida! ¡Bienvenida! ... —le gritó desde el umbral.
       —Ah, Ripandelli, líbreme de este animal —dijo la mujer, volviéndose. El rostro de la princesa no era muy bello: bajo una selva de cabellos encrespados, muy cortos, los ojos negros y redondos, circundados de arrugas, brillaban pasmados en medio de las ojeras; la nariz, larga y sensual, tenía las ventanillas llenas de pelos; la boca ancha, de labios pintados, estropeados por la edad, prodigaba continuamente sonrisas brillantes, fatuas y convencionales. La princesa vestía de una forma que resultaba vistosa y miserable al mismo tiempo: sobre su traje pasado de moda, de falda larga y corpiño tan ajustado que dos reflejos jugaban sobre las dos hinchazones largas y aplastadas del pecho, y quizá para esconder el escote demasiado bajo, había echado un chal negro con pájaros, flores y arabescos de todos los colores; se había ceñido la frente con una especie de franja de la que se escapaban por todas partes unos cabellos rebeldes. Así ataviada, cargada de joyas falsas, mirando ante sí con un impertinente de plata, hizo su entrada en el salón.
       Por fortuna, la confusión del baile impidió que fuera observada. Ripandelli la guió hasta un rincón.
       —Querida princesa —dijo, asumiendo en seguida un tono descarado—, ¿qué sería de nosotros si usted no hubiera venido?
       Los ilusos ojos de la mujer demostraban con claridad que se tomaba en serio cualquier estupidez que le dijeran; pero respondió, por coquetería:
       —Ustedes, los jóvenes, echan el anzuelo a todas las mujeres que pueden... Cuantas más piquen, mejor... , ¿no?
       —Bailemos, princesa —contestó Ripandelli, levantándose.
       Bailaron.
       —Baila usted como una pluma —dijo el joven, que sentía que aquel cuerpo pesaba enteramente sobre su brazo.
       —Todos me lo dicen —respondió la voz chillona.
       Aplastada contra la almidonada pechera de la camisa de Ripandelli, palpitante, la princesa parecía arrebatada en un éxtasis. Ripandelli se volvió más atrevido.
       —Bueno, princesa, ¿cuándo me invita a su casa?
       —Tengo un círculo muy reducido de amistades —respondió la desdichada, que vivía en completa soledad, según era notorio; precisamente el otro día se lo decía al duque de L., que me pedía el mismo favor... Un círculo muy reducido de gente selecta... Qué quiere usted, en estos tiempos uno nunca está bastante seguro...
       “Bruja asquerosa”, pensó Ripandelli.
       —Pero —continuó en voz alta— no quiero que me invite con todos los demás... Usted debe recibirme en su intimidad... Por ejemplo, en su boudoir... o, más bien..., o, más bien, en su dormitorio.
       La frase era fuerte, pero la mujer la aceptó sin protestar.
       —Y si lo invito —preguntó con voz tierna y algo jadeante a causa de la emoción de la danza—, ¿me promete portarse bien?
       —Muy bien.
       —Entonces, esta noche le permitiré que me acompañe a casa... Usted tiene coche, ¿no?
       El baile había terminado, y ya que la multitud iba pasando lentamente al buffet, Ripandelli señaló hacia una salita privada, en el segundo piso, donde les esperaba una botella de champaña.
       —Por aquí —dijo, indicándole la escalera—, así podremos hablar con más intimidad.
       —Ah, es usted un pillo —dijo la mujer, subiendo a prisa la escalera y amenazándolo con el impertinente—, ha pensado en todo...
       La salita privada era un cuartito repleto de armarios blancos, en los que solían dejarse las raquetas y las pelotas. En el medio, sobre una mesa, había una botella de champaña metida en su cubo. El joven cerró la puerta, invitó a la princesa a sentarse y le sirvió inmediatamente de beber.
       —¡A la salud de la más bella de las princesas! —brindó, de pie—. ¡De la mujer en que pienso día y noche!
       —A su salud —contestó ella, desorientada y excitada. Había dejado caer el chal y mostraba los hombros y el pecho: su flaca espalda parecía la de una mujer todavía joven, pero, por delante, el escote del vestido se bajaba, a cada movimiento, ya a un lado, ya a otro, y la decoloración de la carne amarillenta y arrugada revelaba los estragos de la edad. Ripandelli, con la cabeza apoyada en la mano, clavaba en ella dos ojos falsamente apasionados.
       —¿Me amas, princesa? —le preguntó de pronto, con voz inspirada.
       —¿Y tú? —contestó ella con extraordinaria seguridad. Luego, como vencida por una tentación demasiado fuerte, extendió un brazo y dejó una mano sobre la nuca del joven—. ¿Y tú? —repitió.
       Ripandelli echó una ojeada a la puerta cerrada; el baile ya debía haber comenzado de nuevo, se oía su cadencioso estruendo.
       —Yo —contestó con lentitud—, yo, querida, me consumo por ti, estoy enloquecido, ya no razono...
       Se oyó un repiqueteo; luego la puerta se abrió e irrumpieron en el cuarto Lucini, Micheli, Mastrogiovanni y un cuarto que se llamaba Jancovich. Este cuarto imprevisto era el miembro más viejo del club: tendría unos cincuenta años y cabello cano; era desgarbado, con un rostro delgado y largo, melancólico, una nariz fina y dos arrugas profundas e irónicas que surcaban su cara desde los ojos hasta el cuello. Industrial, ganaba mucho dinero; la mayor parte de su jornada la pasaba en el club de tenis jugando a las cartas; en el club, incluso los muchachos, lo llamaban por su nombre de pila, Beniamino. Ahora, apenas Jancovich vio a Ripandelli y a la princesa, lanzó un grito de dolor y levantó los brazos hacia el techo, tal y como habían convenido.
       —¿Cómo, mi hijo aquí? ¡Y con una mujer! ¡Y precisamente con la mujer que amo!
       Ripandelli se volvió hacia la princesa:
       —¡Es mi padre! ... ¡Estamos perdidos!
       —¡Sal de aquí! —continuaba mientras tanto Jancovich, con su voz desabrida—. ¡Sal de aquí, hijo desnaturalizado!
       —Padre mío —respondió orgullosamente Ripandelli—, no obedeceré más que a una sola voz, la de la pasión.
       —Y tú, amor mío —añadió Jancovich, volviéndose con expresión triste y digna hacia la princesa—, no te dejes engatusar por ese granuja de mi hijo. Ven a mí, apoya tu bella cabecita sobre el pecho de tu Beniamino, que jamás ha dejado de amarte.
       Mordiéndose los labios hasta hacerse sangre para no reírse, Ripandelli se enfrentó con su supuesto padre:
       —¿Granuja, yo? ¿Yo?
       Luego siguió una hermosa escena de confusión y enojo. Jancovich, por un lado; Ripandelli, por otro, sujetados a duras penas por los amigos, fingían hacer toda clase de esfuerzos para alcanzarse y llegar a las manos; en medio del tumulto, entre risas mal disimuladas, se alzaban cien gritos: “Separadlos, separadlos, que si no se matan”; acurrucada en un rincón, aterrada, la princesa juntaba las manos. Por fin fue posible calmar a aquellos endemoniados.
       —No hay remedio —dijo entonces Lucini, adelantándose—. Padre e hijo, enamorados de la misma mujer; tiene que elegir la princesa.
       Se conjuró a la princesa para que diera su opinión. Indecisa, halagada, preocupada, salió del rincón con su paso bamboleante, un pie aquí y el otro allá:
       —No puedo elegir —dijo, por último, tras haber observado atentamente a los dos contendientes—... porque... Porque me gustáis los dos.
       Aplausos y risotadas.
       —¿Y yo, princesa, te gusto? —preguntó de improviso Lucini, cogiéndola por la cintura.
       Esta fue la señal de una especie de orgía: padre e hijo se reconciliaron, se abrazaron; se obligó a la princesa a que se sentara en medio de ellos y se le sirvió abundantemente de beber. En pocos minutos estuvo completamente borracha: se reía, batía palmas, sus abultados cabellos le formaban una cabeza enorme.
       Los hombres le hacían preguntas insidiosas:
       —Alguien me ha informado —dijo Micheli, en cierto momento— de que no eres princesa, de que no eres nada y de que eres hija del salchichero de la esquina. ¿Es cierto?
       La mujer se indignó:
       —Ese sí que es un lengua larga; el hijo del salchichero será él... Han de saber que, antes de la guerra, un príncipe de la sangre me envió un maravilloso ramillete de orquídeas y una nota... En la nota ponía: “A mi Adelina, su Gogó.”
       Grandes estallidos de risas acogieron estas palabras. A los cinco hombres, que en la intimidad se hacían llamar por sus amantes Niní, Lulú, amorcito y cerdito mío, aquel nombrecito de Gogó, aquel diminutivo cariñoso de Adelina les parecieron el colmo de la ridiculez y de la estupidez; se sujetaban los costados, les dolían de tanto reír. “Ah, Gogó, malo Gogó”, repetían. Embriagada, lisonjeadísima, la princesa prodigaba sonrisas, miradas y golpecitos con el impertinente.
       —Princesa, qué divertida eres —le gritaba en su cara Lucini; y ella, como si le dirigiera un cumplido, se reía.
       —Ah, princesa, princesa mía —cantaba sentimentalmente Ripandelli. Pero de pronto su rostro se endureció: alargó su mano y agarró con crueldad el pecho de la mujer. Ella se desasió, muy roja, pero súbitamente rió y le lanzó tal mirada al joven que éste soltó su presa.
       —¡Ah, que pecho tan flojo! —les gritó a los demás—. Parece como si se apretara un trapo... ¿Y si la desvistiéramos?
       El programa de festejos estaba casi agotado y la propuesta obtuvo un gran éxito.
       —Princesa —dijo Lucini—, nos han dicho que tienes un cuerpo bellísimo... Anda, sé generosa, enséñanoslo... Después, moriremos contentos.
       —Venga, princesa —dijo Jancovich, con su voz seria y gimoteante, poniéndole sin más miramientos las manos encima e intentando bajar sobre los brazos los tirantes del vestido—, tu hermoso cuerpecito no debe de quedar oculto..., tu hermoso cuerpecito blanco y rosado, lleno de hoyuelos como el de una niña de seis años.
       —Descarados —dijo la princesa, riendo. Pero tras mucha insistencia consintió en bajarse el vestido hasta la mitad del pecho: sus ojos brillaban, la satisfacción hacía temblar las comisuras de su boca.
       —¿Verdad que estoy muy bien hecha? —le preguntó a Ripandelli.
       Pero el joven torció la boca y los demás gritaron que no bastaba, que querían ver más; Luicini dio un tirón al escote. Entonces, ya fuera porque se avergonzara de exhibir un cuerpo demasiado maduro, ya fuera porque entre los vapores del vino la iluminó un vislumbre de conciencia y se vio en aquel cuartito blanco, entre aquellos hombres embrutecidos, roja, desgreñada, con el pecho semidesnudo, de pronto se resistió y se debatió:
       —Déjenme, les digo, déjenme —les intimó, soltándose.
       Pero el juego había excitado a los cinco hombres; dos la sujetaron por los brazos y los otros tres le bajaron el vestido hasta la cintura, dejando al descubierto un torso amarillento, lleno de arrugas, con un pecho colgante y moreno.
       —¡Dios mío, qué fea es! —exclamó Micheli—, ¡y la cantidad de cosas que lleva encimal... ¡Qué arropada va! ... Debe de tener por lo menos cuatro pares de bragas.
       Los otros se reían, contentos ante el espectáculo de aquella desnudez escuálida y furiosa, y trataban de liberar las caderas del envoltorio de las ropas. No era fácil, la princesa se debatía con violencia; su rostro, congestionado bajo las mechas de los cabellos, inspiraba compasión, tan claramente expresaba el terror, la desesperación y la vergüenza. Pero esta resistencia, en vez de apiadar a Ripandelli, lo irritaba igual que los estremecimientos de un animal herido que no se decidiera a morir.
       —¡Bruja asquerosa! Te quieres estar quieta, ¿sí o no? —le gritó de repente; y, para reforzar sus palabras, cogió una copa de la mesa y arrojo el vino helado sobre el rostro y el pecho de la desdichada.
       Una especie de grito lamentable y amargo, y una frenética rebelión siguieron a esta brusca aspersión. Y la princesa se lanzó hacia la puerta, librándose sin saber muy bien cómo de las manos de sus atormentadores, desnuda hasta la cintura, con los brazos levantados sobre la cabeza flameante de cabellos, arrastrando de las caderas hacia abajo una masa de ropas revueltas.
       Por un instante el estupor impidió actuar a los cinco hombres. Pero Ripandelli gritó:
       —¡Cogedla, que va a aparecer en el salón de baile!
       Y los cinco se precipitaron sobre la mujer, cuya fuga había sido retrasada por la puerta, previsoramente cerrada con llave. Micheli la agarró de un brazo, Mastrogiovanni de la cintura, Ripandelli por los cabellos. La arrastraron de nuevo hasta la mesa; su resistencia los había embrutecido y experimentaban un cruel deseo de golpearla, de molestarla, de atormentarla.
       —¡Esta vez te queremos desnuda! —le gritó en la cara Ripandelli—. ¡Desnuda te queremos!
       Ella abría de par en par unos ojos aterrorizados, se debatía; luego, de pronto, comenzó a gritar.
       Primero fue un grito ronco, luego otro semejante a un sollozo y, por último, inesperado, un tercero agudísimo, lacerante:
       —¡Ayyyyy!
       Espantados, Micheli y Mastrogiovanni la soltaron. Quizá sólo en ese momento Ripandelli tuvo por primera vez la sensación de la gravedad de la situación en la que tanto él como sus compañeros se habían metido. Fue como si una mano enorme le oprimiera el corazón, así, con los cinco dedos, como se aprieta una esponja. Le acometió un furor terrible, un odio sanguinario hacia la mujer, que se había acercado a la puerta y la golpeaba con los puños mientras gritaba; y al mismo tiempo sintió una oscura impresión del carácter irreparable de aquel hecho, y esa angustia que hace pensar: ya no hay remedio, ha ocurrido lo peor, lo mejor es abandonarse por la pendiente... Un instante de vacilación; luego, con una mano que no le parecía suya, hasta tal punto era independiente de su voluntad, aferró sobre la mesa la botella vacía y la descargó con fuerza sobre la nuca de la mujer una sola vez.
       Ella se desplomó en el suelo, cerca del umbral, de un modo que no dejaba lugar a dudas sobre la eficacia del golpe: sobre el costado derecho, con la frente contra la puerta cerrada, en medio del amplio montón de sus ropas. De pie, con la botella aún en la mano, Ripandelli concentraba toda su atención sobre la espalda de la mujer. A la altura de la axila había un lunar del tamaño de una lenteja; este detalle, y quizá también el hecho de que la tupida cabellera no permitía ver la cara, le hicieron imaginar por un segundo que había golpeado a otra persona y por una razón muy distinta: por ejemplo, a una espléndida muchacha de cuerpo perfecto, demasiado amada y en vano, sobre cuyos miembros exánimes se habría arrojado llorando, arrepentido, amargamente arrepentido, y a la que quizá fuera posible volver a la vida. Pero luego la espalda tuvo un extraño estremecimiento y se dio vuelta bruscamente sobre un costado, mostrando el pecho, un seno hacia un lado y el otro en el lugar opuesto, y un rostro horrible. El pelo tapaba lo ojos (“por suerte”, pensó), pero la boca, entreabierta de una manera especialmente inexpresiva, le recordó demasiado bien a ciertos animales muertos que había visto de niño. “Está muerta”, pensó tranquilamente, asustado al mismo tiempo de su propia tranquilidad. Entonces se volvió y dejó la botella sobre la mesa.
       Los otros cuatro, sentados al fondo junto a la ventana, lo miraban sin comprender. La mesa, que estaba en medio de la habitación, les impedía distinguir el cuerpo de la princesa; sólo habían visto el golpe. Después, con una especie de cauta curiosidad, Lucini se levantó e, inclinándose, miró hacia la puerta. La cosa estaba allá, atravesada en el umbral. Sus compañeros lo vieron palidecer:
       —Esta vez la hemos hecho buena —dijo en voz baja, con tono asustado, sin mirarlos.
       Micheli, que estaba sentado en el rincón más alejado, se levantó. Era estudiante de medicina y esta prerrogativa le daba una especie de sensación de responsabilidad.
       —Quizá sólo esté desmayada —dijo con voz clara—. Hay que reanimarla... Esperad.
       Cogió un vaso medio lleno de la mesa, se inclinó sobre el cuerpo de la mujer; los demás se agruparon alrededor. Lo vieron pasarle un brazo bajo el dorso, levantarla, sacudirla, verter un poco de vino entre sus labios. Pero la cabeza se bamboleaba, los brazos pendían sin vida de los hombros. Entonces Micheli volvió a colocar a la mujer en el suelo y aplicó la oreja a su pecho. Se incorporó un instante después.
       —Creo que está muerta —dijo, todavía congestionado por el esfuerzo realizado. Hubo un silencio.
       —Vamos, tapadla —gritó de pronto Lucini, que no sabía apartar los ojos del cadáver.
       —Tápala tú.
       Un nuevo silencio. Desde el bajo, el estrépito de la orquesta llegaba distintamente; ahora era más contenido, debía de ser un tango. Los cinco se miraban. Ripandelli era el único de todos que se había sentado y, encorvado, con la cabeza entre las manos, miraba ante sí: veía que los pantalones negros de sus amigos formaban un círculo a su alrededor, pero no estaban bastante juntos, y entre uno y otro, allá junto a la puerta barnizada de blanco, era imposible no ver la masa del cuerpo tendido.
       —Pero es una cosa de locos —comenzó Mastrogiovanni, como para protestar contra una idea absurda, dirigiéndose a Ripandelli—. ¡Con la botella!... ¿Se puede saber que te pasó en ese momento?
       —Yo no tengo nada que ver —dijo alguien con voz temblorosa.
       Ripandelli, inmóvil, reconoció a Lucini.
       —Todos sois testigos de que yo estaba sentado junto a la ventana.
       Fue Jancovich, el más viejo de todos, con su rostro melancólico y su voz desabrida, quien le contestó:
       —Sí, sí —dijo—, ahora poneos a discutir... quién fue y quién no fue... Luego, en medio de la interesante discusión, entra alguien e iremos todos a acabar de discutir en otro lugar...
       —Total, iremos de todos modos —dijo Ripandelli sombríamente.
       Jancovich hizo un ademán violento y cómico:
       —Este está loco..., como él quiere ir a la cárcel, pretende que vayamos también los demás.
       Por un instante una risa arrugó profundamente su delgado rostro.
       —Más bien escuchad lo que voy a deciros...
       —¿...?
       —Ya veréis... La princesa vivía sola, ¿verdad? Por lo tanto, nadie advertirá su desaparición antes de una semana... Ahora vamos a bailar y a comportarnos como si no hubiera ocurrido nada... Cuando acabe el baile, la cargamos en mi automóvil y la llevamos a algún otro sitio, fuera de la ciudad..., o bien... podemos tirarla al río... Así creerán que se ha matado... Vivía sola..., en un momento de desconsuelo... Son cosas que pasan... En cualquier caso, si nos preguntan debemos decir que en determinado momento salió del salón y que luego no la volvimos a ver... ¿De acuerdo?
       Los otros palidecieron, asustados: la mujer estaba muerta, lo sabían, pero la idea de haber cometido un crimen, de haberla matado, y de estar, por lo tanto, en estado de culpa no había rozado todavía sus conciencias. La complicidad que creían tener con Ripandelli era la de una diversión, no la de un asesinato. Esta propuesta de tirar el cadáver al río los enfrentó bruscamente con la realidad. Lucini, Micheli y Mastrogiovanni protestaron, afirmaron que ellos no tenían nada que ver, que no querían saber nada, que Ripandelli se las arreglara como pudiera.
       —Está bien —contestó entonces Jancovich, que había sopesado mentalmente las posibilidades jurídicas del crimen—; eso quiere decir que volveremos a vernos ante el tribunal... Ripandelli será condenado por homicidio, pero a nosotros no nos quita nadie unos ataos por complicidad...
       Consternado silencio. Lucini, que era el más joven de todos, estaba blanco, tenía los ojos llenos de lágrimas. De repente agitó su puño en el aire.
       —Ya sabía que iba a terminar así, ya lo sabía... ¡Ojalá no hubiera venido!
       Pero Jancovich tenía razón, era evidente. Y además había que decidirse: alguien podía entrar de un momento a otro. El parecer del mayor de todos fue aprobado; y de pronto, como queriendo ahogar sus pensamientos por medio de la acción, los cinco hombres se dedicaron con diligencia a borrar las huellas del crimen. Encerraron la botella y los vasos en un armarito; arrastraron, no sin dificultad, el cadáver hasta un rincón y lo cubrieron con una toalla; había un espejito colgado de la pared y cada uno de ellos acudió a examinarse para ver si estaba presentable. Luego, uno tras otro, salieron de la estancia, apagaron la luz, cerraron la puerta y Jancovich guardó la llave.
       En ese momento el baile alcanzaba su máximo esplendor. El salón estaba atestado, numerosos grupos de personas se sentaban a lo largo de las paredes; otros estaban encaramados en los alféizares de las ventanas; en el centro, la multitud de los bailarines se agitaba en todos los sentidos; miles de serpentinas volaban desde todas partes; multicolores pelotitas de algodón se lanzaban en abundancia; desde los rincones subían, estridentes, los agudos silbidos de los matasuegras y los estridentes sonidos de las flautas de cartón; globos de todos los tonos oscilaban entre los filamentos de papel pendientes de la lámpara; de vez en cuando uno estallaba con seca sonoridad, las parejas se los disputaban, tratando de arrebatárselos, y se agolpaban en torno a las que habían conservado intactos los suyos. Risas, voces, sonidos, colores, formas y azules nubes de humo de tabaco, todo esto, a los ojos estáticos de los cinco hombres, curvados allá arriba, en la galería, sobre la caverna luminosa, se confundía en una niebla dorada de inalcanzables Mil y Una Noches, les hacía el efecto de un paraíso de inconsciencia y de ligereza, perdido, perdido para siempre. Por muchos esfuerzos que hacían, el pensamiento tiraba de ellos hacia atrás, los volvía a lanzar al cuartito lleno de armarios, con la mesa repleta de copas, las sillas desordenadas, la ventana cerrada, y allá, en un rincón, aquel cuerpo. Pero al fin se recobraron, bajaron a la sala.
       —No os olvidéis —dijo por última vez Jancovich—: animación, bailad, divertíos como si no hubiera pasado nada.
       Luego, Mastrogiovanni delante y los demás siguiéndolo, entraron los cinco entre la multitud y se confundieron con ella, sin distinguirse ya de los demás bailarines que, vestidos de negro como ellos, a paso de danza, abrazados a sus damas, desfilaban lentamente ante el tablado de la orquesta.


(1927)


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