Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)
Las abejas (1923)
[“Camino a Brody”]
(“Путь в Броды”)
Originalmente publicado en Известия Одесского губисполкома
[Izvestia del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (17 de junio de 1923);
reimpreso en Прожектор [Reflector], 21 (1923);
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)
Me dan lástima las abejas. Los ejércitos
enemigos las aniquilaron. En Volinia no queda una abeja.
Hemos destruido enjambres de un valor
incalculable. Los hemos ahumado con azufre y volado con pólvora. La humareda de
los restos despedía un olor horrible en la sagrada república de las abejas. Al
morir, su vuelo era lento y su zumbido apenas perceptible. Como no teníamos
pan, nos procurábamos miel con el sable. En Volinia no queda una abeja.
La crónica de los crímenes diarios me
atormenta incesantemente como una enfermedad del corazón. Ayer fue el primer
combate en Brody. Nos habíamos extraviado sobre la tierra azul, pero ni yo ni
mi amigo Afonka Bida lo presentíamos. Los caballos recibieron el pienso
temprano. La cebada estaba alta, el sol brillaba magníficamente y el alma, que
no había merecido aquel cielo radiante y vagaroso, estaba ávida de tormentos
prolongados. Por eso obligué a inclinarse ante mi dolor a los labios inmóviles
de Afonka.
—Las mujeres en los pueblos hablan de las
abejas y de su espíritu —contestó mi amigo el comandante del escuadrón—, Hablan
mucho sobre ello. Si los hombres han infligido o no un dolor a Cristo, sólo en el
curso del tiempo lo reconocen los hombres. “Pero ahí tenéis —dicen las
comadres en los pueblos— a Cristo padeciendo en la cruz. Todos los insectos
vuelan hacia él para atormentarle. Pero él los mira y se contrista. Sólo a los
mosquitos innumerables no los ve. Y la abeja vuela también alrededor de
Cristo...”
“—Pícale —dice el mosquito a la abeja—
pícale y nosotros cargamos con la culpa.”
“—No puedo —dice la abeja alejándose
de Cristo—. No puedo hacerlo porque es hijo de un carpintero”.
—Hay que tener en cuenta —concluye Afonka,
mi comandante de escuadrón—que también la abeja debe padecer. También nosotros
nos atormentamos por ella...
Afonka hizo con la mano ademán de arrojar
algo y empezó a entonar una canción. La canción del potro overo. Ocho cosacos
de Afonka comenzaron a cantar con él, y hasta Grischtschuk, que estaba
adormecido en el suelo, se echó el gorro a un lado.
El potro overo, llamado Dschigut,
pertenecía a un capitán de cosacos que se había emborrachado con vodka en la
fiesta de la degollación de Juan. Así cantaba Afonka con extensa voz y se iba
durmiendo poco a poco. Dschigut era un potro fiel, y el capitán de cosacos no
conocía límites a sus deseos en las fiestas. Los deseos de aquel día eran cinco
vasos grandes llenos. Después del cuarto montó en el potro el capitán y le guió
hacia el cielo. La subida fue larga, pero Dschigut era un potro fiel. Llegaron
al cielo, y allí se acordó el capitán de cosacos del quinto vaso. Pero el
último vaso había quedado en la tierra. Entonces el capitán de cosacos lloró
sus afanes estériles. Lloraba, y Dschigut miraba a su amo y meneaba las orejas.
Así cantaba Afonka mientras se iba
durmiendo. La canción se evapora como humo. Cabalgamos hacia la heroica puesta
del sol, cuyos férvidos raudales se derraman sobre los paños abigarrados de los
campos. La calma se hace púrpura. La tierra semeja el lomo de un gato cubierto
con la piel tornasolada de los agros. En una colina se agazapa la blanca aldea
de Klekoty. Detrás de ella nos espera la visión de Brody, la ciudad muerta y
demolida. Pero en Klekoty nos salió un tiro a la cara. En una colina vigilaban
dos soldados polacos. Sus caballos estaban atados a una estaca. Una batería
ligera enemiga se dirigió velozmente a la colina. En fila, a lo largo del
camino, estaban los proyectiles.
—¡Adelante! —dijo Afonka.
Y desaparecimos.
¡Oh Brody! Las momias de tus pasiones
holladas avientan hacia mí su veneno irresistible. Ya siento el frío de la
muerte en mis órbitas llenas de lágrimas yertas. Pero el galope violento me
lleva lejos de las piedras removidas de tus sinagogas.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar