Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)
La muerte del bautista (1923)
[“Pan Apolek”]
(“Пан Аполек”)
Originalmente publicado en Известия Одесского губисполкома
[Izvestia del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (enero de 1923);
reimpreso en Красная новь [Noticias Rojas], 7 (diciembre de 1923);
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)
La vida encantadora y sabia de pan Apolek
me embriagó como un vino añejo. La suerte depositó a mis pies un evangelio que
había permanecido ignorado del mundo, entre desoladas ruinas en la devastada
ciudad de Novgorod-Volynsk. Rodeado de puros, radiantes y santos resplandores,
juré imitar el ejemplo de pan Apolek, y sacrifiqué al nuevo voto todas las dulzuras
soñadas por el odio, todo mi acerbo desprecio hacia los perros y los cerdos
entre los hombres, todo el fuego de una venganza silenciosa y embriagadora.
En la vivienda abandonada por el cura de
Novgorod pendía, en lo alto de la pared, un cuadro con la inscripción: La
muerte del Bautista. Inmediatamente reconocí en Juan a un hombre que yo había
visto ya una vez.
Lo recuerdo: entre la nítida blancura de
las paredes hilaba su serenidad una mañana de verano. Un haz de rayos de sol —remolino
de luminoso polvo— iluminaba la parte inferior del cuadro. De la azul cavidad
de la hornacina bajaba hacia mí la elevada figura de Juan. La negra vestimenta
envolvía triunfalmente su cuerpo fanático, horriblemente flaco. En los redondos
ojales de la vestidura brillaban gotas de sangre. La cabeza de Juan estaba
cortada oblicuamente por el cuello y yacía en un plato de barro que sostenía un
guerrero con dedos amarillos y grandes. Me pareció reconocer aquel semblante
muerto. Presentí un secreto. Aquellos rasgos eran los de pan Romualdo, el
acólito del cura fugitivo. De la boca abierta salía el cuerpo diminuto de una
serpiente de escamas tornasoladas y cuya cabeza, rosada y fina, se erguía viva
en el fondo oscuro de la vestimenta.
Me sorprendió el gran arte y la sombría
inspiración del pintor. Pero más me asombró al día siguiente la virgen de
sonrosadas mejillas colgada sobre la cama matrimonial de pani Elisa, el ama del
viejo cura. Los dos cuadros delataban el mismo pincel. El rostro carnoso de la
madre de Dios era el de pani Elisa. Entonces empecé a adivinar el misterio de
las imágenes de Novgorod. La solución de este enigma me llevó a la cocina de
pani Elisa, donde se reunían en las noches frías los conocidos de la vieja y
atareadísima polaca, entre ellos aquel pintor idiota. Pero, ¿era verdaderamente
idiota pan Apolek porque convirtiese en ángeles a los moradores de los pueblos
comarcanos y porque hiciese un santo de Yanek, el cojo?
Hacía treinta años que, un día sereno de
verano había llegado con Godofredo, el ciego. Los dos amigos —Apolek y
Godofredo— se acercaron al ventorro de Schmerel, a unos dos kilómetros de la
ciudad, en la carretera de Rofno. Apolek llevaba en una mano la caja de
pinturas y con la izquierda guiaba al ciego tocador de acordeón. El paso
melodioso de sus botas alemanas claveteadas resonaba confiado y tranquilo.
Apolek llevaba al cuello un pañuelo amarillo canario, y en el sombrero tirolés
del ciego se mecían tres plumas de color chocolate.
En el ventorro, los caminantes dejaron
sobre la repisa de la ventana la caja de pinturas y el acordeón. El pintor se
quitó el pañuelo, que era interminable, como la cinta de un prestidigitador; se
fue al patio, se quedó en cueros y roció su cuerpo enjuto, miserable, colorado,
con agua sucia. La mujer de la posada llevó a los huéspedes aguardiente de
pasas y una fuente de aromático guisado.
Cuando Godofredo se hubo saciado, puso el
acordeón en sus rodillas puntiagudas, echó la cabeza hacia atrás y movió sus
dedos flacuchos. En el ventorro judío, ennegrecido por el humo, resonaron
canciones de Heidelberg. Apolek acompañaba al ciego con su voz de hoja de lata.
Parecía como si se hubiera llevado el órgano de Santa Indegilda a Schmerel y
como si unas musas de pañuelos chillones y botas alemanas claveteadas se
hubieran congregado en torno del órgano.
Los dos huéspedes cantaron hasta la puesta
del sol; dejaron luego el acordeón y la caja de pinturas en un saco de lienzo,
y pan Apolek entregó con una profunda reverencia una hoja de papel a Braina, la
mujer del cantinero.
—Respetable pani Braina —dijo—, reciba
usted de un artista caminante, bautizado con el nombre cristiano de Apolinar,
este retrato como testimonio de nuestro íntimo respeto y como gratitud por su
espléndida hospitalidad. Si Jesús nuestro Señor prolonga mis días y vigoriza mi
arte, volveré para pintar el retrato al óleo. En su cabello quedarán bien unas
perlas, y colocaré en su pecho una esmeralda.
En una hoja de papel había dibujado con
lápiz rojo el rostro sonriente de pani Braina, encuadrada en rizos rubios.
—¡Borrachos! —exclamó Schmerel al ver el
retrato de su mujer, y cogiendo un palo salió en persecución de ellos. Pero en
el camino recordó de pronto el rosado cuerpo de Apolek chorreando agua al sol
en un corral y el apagado son del acordeón. El tabernero quedó confuso, tiró el
palo y se volvió.
A la mañana siguiente presentaba pan Apolek
al cura de Novgorod su diploma de la Academia de Bellas Artes de Munich y doce cuadros sobre temas de la Sagrada Escritura. Eran óleos sobre delgadas tablas de cedro. El padre pudo ver sobre la mesa el rojo encendido de las
vestiduras, el brillo esmeralda de los campos y los pórticos policromos de
Palestina.
Los santos de pan Apolek, aquel montón de
ancianos alegres, sencillos, de barba gris y mejillas rosadas, aparecían
cubiertos de seda en noche impenetrable.
El mismo día recibió pan Apolek el encargo
de pintar la nueva iglesia. Y mientras bebía una copa de benedictino, dijo el
padre al artista:
—Santa María, bienvenido pan Apolinar. ¿De
qué país maravilloso le ha venido esta alegre ofrenda?
Apolek trabajaba presurosamente, y un mes
después se había llenado la iglesia con el balido de los rebaños, el áureo
polvo del ocaso y la ubres pajizas de las vacas. Búfalos de vellosa piel
arrastraban su tiro, perros de hocico colorado corrían delante de los rebaños,
y, entre elevadas palmeras, se mecían en sus cunas rollizos niños. Andrajos
pardos, hábitos franciscanos, cercaban las cunas. Calvas relucientes y arrugas
sangrientas como heridas adornaban el cortejo de los profetas. En medio de ellos
resplandecía la cara de zorro viejo y risueño de León VIII. También estaba allí
el cura de Novgorod, teniendo en una mano el rosario de talla china con que
oraba y bendiciendo con la otra al recién nacido Jesús.
Durante cinco meses, solitario en su andamio,
anduvo Apolek por las paredes de la cúpula y el ámbito del coro.
—Tiene usted verdadera pasión por los
rostros conocidos, dichoso pan Apolek —le dijo un día el cura al reconocerse a
sí mismo en uno de los profetas y a pan Romualdo en la cortada cabeza del
Bautista. El viejo padre sonrió a Apolek y mandó servir un vaso de coñac al
artista que trabajaba debajo de la cúpula.
No tardó Apolek en concluir la Santa Cena y la Lapidación de María Magdalena. Un domingo descubrió los muros pintados.
Conspicuos ciudadanos aceptaron la invitación del sacerdote y reconocieron en
el apóstol Pablo a Yanek, el sectario cojo, y en María Magdalena a Elka, la
muchacha judía hija de padres desconocidos y madre de muchos expósitos. Los
conspicuos ciudadanos mandaron revocar los blasfemos frescos y el viejo padre
acumulaba amenazas sobre el impío. Pero Apolek no revocó las paredes pintadas.
Así se desató una guerra inaudita entre la
poderosa Iglesia católica y el irreverente embadurnador de Dios. Esta lucha
duró treinta años y fue implacable como la pasión de los jesuitas. Poco hubiera
faltado para hacer de aquel piadoso vagabundo el fundador de una nueva secta de
herejes. Y la verdad: de todos los enemigos de la funesta y escandalosa
historia de la Iglesia romana hubiera sido el más ingenioso y el más
extraordinario el que recorría el mundo, en una borrachera beatífica, con dos
ratones blancos en el pecho y un puñado de pinceles finísimos en el bolsillo.
—Quince monedas de oro por La Madre de Dios, veinticinco monedas de oro por La Sagrada Familia y cincuenta monedas de oro por la Santa Cena, representando en ella a todos los parientes del cliente. El
enemigo de éste puede figurar como Judas Iscariote: para ello se satisfará un
aumento de diez monedas de oro —así anunciaba Apolek en los pueblos vecinos,
una vez que lo expulsaron de la iglesia profanada.
No le faltaban encargos. Y un año después,
al llegar aquella incomprensible delegación del obispo de Schitomir, llamada
por el desesperado cura de Novgorod, encontró en las cabañas más pobres y más
pestíferas aquellos asombrosos retratos de familia, impíos, ingenuos y animados
como las flores de un jardín tropical. Se veía el cabello gris de José partido
en raya, un Jesús cosmetizado, la María del lugar, varias veces madre, con las rodillas esparrancadas... Todos esos cuadros sagrados estaban en un rincón
rojo, adornado con coronas y flores de papel.
—Os ha elevado a la santidad en vida—
contestaba el vicario de Dubno y Novokonstantinof a la multitud que defendía a
Apolek—. Os ha circundado con los imponderables atributos de la santidad, a
vosotros, misteriosos destiladores de aguardiente; a vosotros, usureros sin
compasión, a los que falseáis el peso a los que comerciáis con la inocencia de
vuestras hijas, tres veces caídos en el pecado de la desobediencia.
—¿En qué conoce —replicó al vicario Witold,
el tullido, un visionario y guarda del cementerio— el Señor, clemente y
todopoderoso, la verdad, y quién puede decir algo de ella al pueblo que habita
en las tinieblas? ¿No contienen los cuadros de pan Apolek, que halagan nuestro
orgullo, más verdad que vuestras palabras llenas de reproche y de cólera
altanera?
La multitud alborotada obligó al vicario a
escapar. La sublevación de los espíritus amenazaba la seguridad de los
servidores de la Iglesia en los pueblos. El artista que debía remplazar a
Apolek no se decidió a borrar las figuras de Elka ni del cojo Yanek. Por eso
pueden verse todavía hoy esos retratos en el altar lateral de la iglesia de
Novgorod: Yanek, un renegado cojo y horrible, de apóstol Pablo, y ella, la
cortesana de Magdala, en confusa danza, extenuada y loca, con las mejillas
hundidas.
La lucha contra el clero duró treinta años.
Después las hordas de cosacos desalojaron al viejo monje de su nido de piedra,
y Apolek —¡oh, mudanzas del destino!— se quedó en la cocina de pani Elisa. Y
allí saboreé yo, huésped de un momento, el vino de su plática.
¿De qué me habló? Me habló de los
románticos tiempos de los nobles, del horror del fanatismo de las mujeres, del
artista Luca della Robbia y de la familia del carpintero de Bethlem.
—Tengo algo que decir al escritor —murmuró
a mi oído Apolek misteriosamente antes de la cena.
—Bueno, Apolek —le contesté—, ya le
escucho...
Pero pan Robatski, el conserje, gruñón y
serio, huesoso y orejudo, se sienta muy cerca de nosotros, envolviéndose
ceñudamente en el sudario de un silencio hostil.
—Tenía que decir al señor... —murmura
Apolek y me lleva a un lado— que Jesús, el hijo de María, estaba casado con
Deborah, una muchacha de Jerusalén, de familia humilde.
—Ese hombre gritó desesperado pan Robatski—,
ese hombre no morirá en su lecho. ¡Le va a matar la gente!
—Después de la cena— me susurró al oído
Apolek en voz baja, apagada—. Después de la cena, cuando pan escritor esté
animado.
Aquello me agradaba. Intrigado por la
comenzada narración de pan Apolek, paseé por la cocina de arriba abajo,
esperando la hora prometida. Detrás de la ventana se alza la noche como una
columna negra. En la ventana se pasma el jardín animado, oscuro. Lechoso y
lúcido, a la luz de la luna, corre el camino de la iglesia. La carretera queda
en una luz opaca; de los árboles penden como joyas señoriales brillantes
frutos. El aroma de los lirios es puro y penetrante como alcohol. La
respiración densa, intranquila, de la estufa, aspira la frescura de ese veneno
y amortigua el resinoso bochorno del abeto que hay en la cocina.
Apolek, con pañuelo rosa al cuello y un
gastado pantalón, también rosa, está acurrucado en su rincón como un animal
manso y decrépito. Su mesa está llena de engrudo y colores. El viejo trabaja
con movimientos ligeros y limpios. De un rincón sale un quedo tamborileo
rítmico. Son los dedos temblones del viejo Godofredo. El ciego está inmóvil,
sentado al resplandor amarillento y untuoso de la lámpara. Con la calva gacha
escucha la música monótona de su ceguera y el murmullo de su eterno amigo
Apolek.
—Y lo que le cuentan al señor, los popes y
los evangelistas Marcos y Mateo, no es verdad... Pero puede decírsele la verdad
al escritor, a quien yo le haría con mucho gusto un retrato de san Francisco
con paisaje verde y el cielo al fondo. Ése sí que era un santo todo sencillez:
san Francisco. Y si el señor escritor tiene una novia en Rusia... Las mujeres
tienen predilección por san Francisco, aunque no todas las mujeres, panie.
Así empezó, en un ángulo donde olía a
abetos, la historia del matrimonio de Jesús con Deborah. Ésta tenía un novio —según
palabras de Apolek. Su novio era un joven israelita que traficaba en marfil.
Pero la noche nupcial de Deborah terminó con disgustos y lágrimas. Ella se
sintió sobrecogida de temor al ver al hombre acercarse a su lecho. Angustiosos
sollozos la ahogaban. Arrojó todo lo que había gustado en la comida de bodas.
La ignominia cayó sobre Deborah, sobre su padre, sobre su madre y sobre toda su
casta. El novio la abandonó sarcásticamente e invitó a los convidados a
retirarse con él. Y cuando Jesús vio el indecible deseo de la mujer, ávida de
un hombre y no obstante temerosa de él, se puso la vestidura del esposo y se
unió lleno de compasión a Deborah, que yacía humillada. Entonces salió ella
triunfalmente a donde estaban los convidados, miró de reojo disimuladamente,
como una mujer que está orgullosa de haber agradado. Jesús estaba a un lado. Un
sudor de muerte cubría su cuerpo y el aguijón del dolor atravesaba su corazón.
Sin ser notado, salió de la sala en fiesta y se dirigió al desierto, al este de
Judea, donde le esperaba Juan. Y Deborah trajo al mundo su primogénito...
—¿Dónde está? —exclamé yo riendo y
aterrado.
—Los popes le han tenido escondido —contestó
solemnemente Apolek y se llevó a su nariz de borracho el índice descarnado y
yerto.
—Pan artista —exclamó de pronto Robatski
saliendo de la oscuridad y moviendo sus ojos grises— ¿qué dice usted a esto? ¡Esto
es una insensatez!
—Sí, sí —dijo Apolek agachándose y cogiendo
a Godofredo—; así es, así es, panie...
Arrastró al ciego a la salida, pero acortó
el paso en el umbral y me hizo una seña con el dedo.
—Un san Francisco —murmuró guiñando los
ojos— con un pájaro en el brazo, con una paloma o un jilguero...; lo que quiera
pan escritor.
Y desapareció con el ciego, su eterno
amigo...
—¡Que insensatez! —le gritó Robatski, el
conserje—. Este hombre no morirá en su lecho...
Pan Robatski abrió la boca y bostezó como
un gato. Yo me despedí y me fui a dormir a casa de mi judío andrajoso.
Sobre la ciudad vacilaba la luna sin
patria. Me fui con ella, y en mí renacieron pensamientos en germen y canciones
medio olvidadas.
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