Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


La canción (1925)
(“Песня”)
Originalmente publicado, como “«Вечер” [“Noche”]
en Красная новь, 3 (abril de 1925), págs. 125-127;
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      Cuando nos alojamos en el pueblo de Budiatitschy me tocó una mala patrona, una pobre viuda. Algunas cerraduras rompí en su despensa, pero jamás encontré en ella cosa de comer.
       No me quedaba otro remedio que emplear la astucia, y un día, al llegar a casa al atardecer, vi que la mujer empujaba la puertecita del hogar, caliente todavía. En la choza olía a schtschi. ¿Quién sabe? ¡Quizá hubiera allí hasta carne!... Yo olí la carne en aquella sopa y puse el revólver encima de la mesa. Pero la vieja no se dejó intimidar. Apretó convulsivamente los puños sucios, su semblante se ensombreció y me miró asustada y con un odio extraño. Sin embargo, nada hubiera podido salvarla, la hubiera reducido con el revólver si no se presenta a molestarme Saschka Konayef, llamado Saschka Cristo.
       Entró en la choza con un acordeón debajo del brazo. Sus preciosísimos pies oscilaban en las botas gastadas.
       —¿Tocamos una canción? —dijo mirándome con sus ojos adormilados como tras de unos azules carámbanos.
       —Tocamos una canción —dijo Saschka, se sentó en el banco y empezó a tocar la introducción. Una entrada ensoñadora que sonaba como llegada de una remota lejanía.
       El cosaco se interrumpió y miró atónito y aburrido ante sí, con sus ojos azules. Apartó la vista de nosotros y empezó una canción de Kuban, porque sabía que con ella podía alegrarme.
       —Estrellas de los campos —cantó—, Estrellas de los campos sobre mi casa paterna y la mano melancólica de mi madre...
       Me gusta esa canción. Me transportaba a un supremo entusiasmo espiritual. Saschka lo sabía porque la habíamos oído juntos por primera vez en las bocas del Don, en la aldea cosaca de Kagalniskaya.
       Un hombre que pescaba en aguas vedadas nos enseñó esa canción. En aquellas aguas vedadas desovan los peces y moran aves innúmeras. Los peces se multiplican en la desembocadura del Don de una manera indescriptible; se les puede pescar con artesas, con las mismas manos. Si se mete un remo verticalmente en el agua, se queda quieto porque los peces lo sujetan y lo empujan en direcciones contrarias. Nosotros mismos lo hemos visto y no olvidaremos jamás las aguas vedadas de Kagalniskaya. Todas las autoridades prohibieron con mucha razón la pesca en esas aguas; pero en el año diecinueve se desencadenó en la boca del Don una guerra cruel y el cazador Yakof, que ante nuestros ojos ejercía su industria ilícita, le regaló un acordeón al cantante de nuestro escuadrón, a Saschka Cristo, para que cerrase los ojos. Él mismo le enseñó a Saschka sus canciones, entre ellas viejas melodías conmovedoras. Nosotros le perdonamos todo al astuto cazador porque necesitábamos sus canciones. Entonces nadie podía prever aún el fin de la guerra, y sólo Saschka nos hacía llevadero el camino peligroso con tonadas y lágrimas. Una huella sangrienta marcaba nuestro camino y sobre nuestras huellas se mecían las canciones. Así fue en la campaña del verde Kuban, así en el Ural y en las montañas caucásicas, así hasta el día de hoy. Necesitamos la canción. El fin de la guerra no se prevé y Saschka Cristo, el cantante del escuadrón, no está todavía maduro para la muerte...
       Aquella noche, la del engaño de la sopa, me dulcificó Saschka con su voz apagada y trémula:
       —Estrellas de los campos sobre mi casa paterna y la mano melancólica de mi madre.
       Estaba echado en un rincón en un lecho podrido escuchando a Saschka. La nostalgia removía debajo de mí el heno enmohecido. A través de la lluvia candente de mi nostalgia apenas veía a la vieja que sujetaba con la mano su mejilla lacia. Hundida su cabeza arañada, permanecía junto a la pared, sin moverse ni aún después de haber dejado Saschka de tocar. Éste dejó el acordeón a un lado, rio y bostezó como tras de un largo sueño; luego, viendo lo descuidado que la choza estaba, barrió el estiércol del banco y llevó un cubo de agua.
       —Ya ves, querido mío —le dijo la mujer restregándose la espalda contra la puerta y señalándome—, tu superior ha entrado antes, me ha chillado, ha dado patadas, ha roto todas las cerraduras de la choza y ha sacado el arma delante de mí... Es un pecado delante de Dios venirme con un arma a mí, a una mujer...
       Y volvió a restregarse la espalda contra la puerta y tiró algunas pieles sobre el hijo, que, tapado con pingajos, roncaba en la cama grande debajo del icono. El hijo era un muchacho mudo, con la cabeza grandota blanca y unos pies gigantescos como los de un campesino ya formado. La madre le limpió la nariz puerca y volvió a la mesa.
       —Querida mía —dijo Saschka después poniéndole la mano en el hombro—. ¿Tiene usted deseo? Puedo servirla...
       Pero ella hizo como si no hubiese oído sus palabras.
       —No he visto sopa alguna —dijo sosteniendo con la mano su mejilla—. Hace ya mucho tiempo que no queda nada de mi sopa. Siempre me amenaza la gente con las armas. Y una vez viene un buen hombre con quien yo podía darme un buen gusto y... ¡ay! estoy tan extenuada, que ya no encuentro placer en el pecado...
       Así se lamentaba, arrastrando una voz tristona. Luego murmuró algo y empujó al chico mudo hacia la pared. Saschka se acostó con ella en los harapos de aquel lecho. Y yo intenté dormirme. Y me forjé sueños para dormirme con hermosos pensamientos.



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