Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


El embaucador (1923)
[“El comandante de caballería de reserva”, “Jefe de la Reserva para Contingencias”

(“Начальник конзапаса”)
Originalmente publicado, como “Дьяков” [“Empleados”], en Леф [Lef], 4
(agosto-diciembre de 1923), págs. 69-70;
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      Los gemidos llenan el pueblo. La caballería pisotea el grano. Y cambia los caballos. Deja los suyos derrengados y les quita a los campesinos sus caballos de labor. No hay juramentos que valgan. Sin caballos no hay ejército.
       Pero esto no es un consuelo para los campesinos. Porfiadamente se agolpan ante la residencia del estado mayor.
       Van arrastrando del ronzal caballos que se resisten y se desploman de débiles. Se ha despojado a los campesinos de su sostén y están llenos de amarga cólera. Saben que no podrán sostener mucho tiempo esa cólera, y sin embargo, se querellan desesperadamente a Dios, a las autoridades y a su amarga suerte.
       El comandante del estado mayor Sch., está con todo su uniforme en la escalera. Con los inflamados párpados caídos, escucha con visible atención las quejas de los campesinos. Sin embargo, su atención es una farsa. Sch., como todo jefe veterano y cansado, sabe eliminar completamente todo trabajo cerebral en los momentos libres de su vida. En esos pocos momentos de feliz inconciencia bovina se repone su gastada máquina.
       Y lo mismo pasaba entonces delante de los campesinos.
       Bajo el sedante acompañamiento de sus voces incoherentes y desesperadas percibe Sch., un ligero latido en el cerebro. Es la señal de que su pensamiento recobra la claridad y la energía. Cuando transcurre la pausa necesaria, se encuentra con la última lágrima de un campesino y entonces pone el semblante severo del cargo y entra en el despacho a trabajar.
       Pero en esta ocasión no consigue poner el semblante oficial. Dyakof, antiguo atleta de circo, ahora comandante de la remonta, galopa en su anglo-árabe ante la escalera: colorado el rostro, gris el mostacho, negro el capote y adornos de plata en el pantalón ancho y rojo.
       —Mi eclesiástica bendición a toda la venerable canalla —dijo haciendo que el caballo se parase y se encabritase en pleno galope. Al mismo tiempo rodaba bajo su estribo un rocín medio muerto, uno de los cambiados por los cosacos.
       —Mira, compañero comandante —gritó un campesino golpeándose el pantalón—; mira lo que nos colgáis. ¿Ves lo que recibirnos? Trabaja tú con eso...
       —Por este caballo —comenzó Dyakof cortando las palabras y dándoles importancia—, por este caballo puedes reclamar con pleno derecho, mi respetable amigo, quince mil rublos de la reserva de caballos. Si fuera un caballo más vivo recibirías de la reserva, querido amigo, veinte mil rublos. El que se haya caído el caballo no significa rinda. Si un caballo se cae y vuelve a levantarse, sigue siendo caballo. Si, por el contrario, no vuelve a levantarse, no es caballo ya. Pero a esta yegua sana la voy a levantar yo sin más ni más...
       El campesino alzaba los brazos:
       —¡Virgen María! ¿Cómo va a poder levantarse el pobre animal?... ¡Si está reventando la pobre bestia!
       —Estás ofendiendo al caballo, amigo —contestó Dyakof con íntima persuasión—. Tus palabras son blasfemias, amigo.
       Y Dyakof desmontó diestramente de la silla su atlético cuerpo. Estirando sus magníficas piernas, atadas con correas hasta las rodillas, se acercó orgulloso y ágil, como en un escenario, a la bestia moribunda.
       Desmesurados los ojos redondos y profundos, miraba lastimeramente a Dyakof y pareció lamer de la colorada mano de éste, alguna orden invisible... Al momento el caballo exánime sintió la confiada fuerza que emanaba de aquel Romeo cano, radiante y joven. El caballo venteó, sus patas se fueron doblando; sentía el cosquilleo impaciente e imperativo del látigo en el vientre y, por fin, se levantó cauta y lentamente. En esto, todos vimos la delgada mano de Dyakof acariciando la sucia crin del jamelgo y el látigo silbó sobre el flanco cubierto de sangre del caballo. Estremecido todo el cuerpo, se irguió la yegua sobre sus patas sin apartar de Dyakof sus ojos de perro, temerosos y amantes.
       —Como ves es un caballo —dijo Dyakof al campesino.
       Y añadió suavemente:
       —Y te has quejado, querido amigo...
       El comandante de la remonta arrojó las bridas al ordenanza. Subió cuatro escalones de un salto y teatralmente, flotando el capote, desapareció en la residencia del estado mayor.



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