Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)
Mi primer ganso (1923)
(“Мой первый гусь”)
Originalmente publicado en Известия Одесского губисполкома
[Izvestia del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (4 de mayo de 1923);
reimpreso en Леф [Lef], 1 (1924);
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)
Savitski, el comandante de la sexta
división se levantó al verme, y me quedé asombrado de la belleza de su figura
corpulenta. Se levantó con la púrpura de su pantalón de montar, ladeada la
gorra color grosella, con sus condecoraciones cosidas al pecho, y pareció que
partía en dos la choza, como un estandarte el cielo. De él emanaba un aroma de
ricos perfumes y el olor insípido y frío del jabón. Sus piernas largas
semejaban doncellas embutidas hasta los hombros en brillantes botas de charol.
Me sonrió, golpeó con el látigo en la mesa
y rápidamente cogió la orden que acababa de dictar el comandante del estado
mayor. Era la orden a Iván Tschesnokof de avanzar con el regimiento a su mando
en la dirección de Tschugunof-Dobryvodka y aniquilar al enemigo caso de que
opusiera resistencia...
“...hago precisamente responsable de
ese aniquilamiento —escribió el comandante de la división, ensuciando para ello
todo el pliego— a ese Tshesnokof, bajo amenaza del más severo castigo, que
ejecutaría en el acto; lo cual, compañero Tschesnokof, apenas dudará usted,
pues no es el primer mes que trabaja usted conmigo en el frente...”
El comandante de la división puso su
enmarañada firma debajo de la orden, se la arrojó al ordenanza y volvió hacia
mí sus ojos grises, en los cuales chispeaba la alegría.
—Habla —gritó, y chasqueó el látigo en el
aire.
Luego me leyó un papel, en cuya virtud
quedaba yo adscrito al estado mayor de la división.
—Vale como orden —dijo el comandante de la
división—. Excepto mujeres, puede contarse con todos los placeres. ¿Sabes leer
y escribir?
—Sé leer y escribir —contesté yo,
envidiándole al comandante el hierro y el fuego de su juventud—. Soy estudiante
de derecho de la Universidad de Petrogrado.
—Entonces perteneces a los señores de
Kinderbalsan —exclamó sonriente—. Y con unos anteojos en la nariz... ¡Valiente
mozo! Gente como tú nos mandan sin consultarnos, pero aquí no queremos a la
gente de anteojos. ¿Quieres quedarte con nosotros?
—Con mucho gusto —contesté, y me fui con el
sargento a buscar alojamiento en el pueblo. El sargento llevó mi maleta al
hombro. La calle del pueblo se presentaba ante nosotros redonda y amarilla como
una calabaza. El sol, moribundo, dejó sus resplandores rosas en el cielo.
Llegamos a una choza con adornadas vigas. El sargento se detuvo y de repente me
dijo, con una sonrisa culpable:
—Aquí tenemos una verdadera calamidad con
la gente de gafas. Nuestros hombres no la dejan en paz. Llega uno con la más
alta distinción y se le irrita hasta sacarle de sus casillas. Si usted
consiguiese deshonrar a una dama, a una verdadera dama, habría usted ganado a
los soldados...
Quedó todavía un momento parado con mi
maleta al hombro, se me acercó, retrocedió luego violentamente y se precipitó
en el primer patio, donde había unos cosacos sentados sobre el heno,
afeitándose unos a otros.
—Soldados —dijo el sargento dejando en el
suelo mi maleta—: ahí hay un hombre a quien por orden del compañero Savitski
tenéis que admitir en vuestro cuartel; pero sin hacer tonterías, porque es un
hombre que durante sus estudios ha sufrido por nosotros.
El sargento enrojeció y se marchó sin
volverse. Yo llevé la mano a la gorra y saludé a los cosacos. Un jovencillo de
rubio pelo liso, peinado hacia abajo, y de hermosísimo rostro de riazano cogió
mi maleta y la tiró fuera de la puerta. Luego me volvió el trasero y con una
destreza extraordinaria empezó a soltar ruidos desvergonzados.
—¡Tiro cero-cero! —le dijo riendo un cosaco
más viejo—. ¡Fuego rápido!
El joven terminó con su pobre arte y se
alejó. Entonces, arrastrándome por el suelo, recogí todos mis manuscritos y los
trajes viejos y rotos que se habían salido de la maleta. La recogí y la llevé
al otro lado del patio. En la choza humeaba sobre unos ladrillos un caldero,
donde se cocía carne de cerdo. Humeaba como humea a lo lejos en el pueblo la
casa paterna, y el hambre se mezclaba en mí a una infinita soledad. Tapé con
heno mi maleta rota, hice de ella una cabecera y me tumbé en tierra para leer
en Pravda el discurso de Lenin en el segundo Congreso Comunista. El sol caía
sobre mí, atravesando el festón de las colinas. Los cosacos saltaban por encima
de mis piernas; el jovencillo se burlaba incesantemente de mí y las líneas
queridas venían hacía mí por un camino de espinas sin alcanzarme. Tiré el
periódico y me dirigí a la patrona, que devanaba hilo en la escalera.
—Patrona —dije—, quiero comer algo.
La vieja dirigió hacía mí el blanco apagado
de sus ojos medio ciegos y volvió a bajarlos inmediatamente.
—Compañero —dijo después de un corto
silencio—, por todas estas cosas preferiría colgarme.
—¡Maldita! —murmuré yo malhumorado y pegué
a la vieja con el puño en el pecho—. No voy a perder mucho tiempo con
vosotros...
Me volví y vi un sable extraño allí cerca.
Un admirable ganso se bamboleaba por el patio, arreglándose despreocupadamente
el plumaje. Le eché mano y lo aplasté contra la tierra. La cabeza del ganso
crujía bajo mi bota, crujía y sangraba. El blanco pescuezo yacía estirado en el
estiércol y las alas se alzaban sobre el cuerpo del ave muerta.
—¡Maldita! —dije atravesando al ganso con
el sable—. Patrona, ásemelo.
La vieja, cuyos ojos medio ciegos brillaban
detrás de sus gafas, levantó el ave, le envolvió en su delantal y se deslizó en
la cocina.
—Compañero —dijo después de un silencio—
quisiera colgarme y cerró la puerta tras de sí.
Entretanto, los cosacos se habían sentado
en el patio alrededor de su caldero. Estaban inmóviles, erguidos como
sacrificadores, sin mirar al ganso.
—El mozo encaja aquí —dijo uno de ellos, me
hizo una señal y sacó del caldero una cuchara de caldo. Los cosacos cenaron con
la atiesada dignidad de campesinos que se estiman mutuamente. Limpié el sable
con arena y me marché a la puerta. Extenuado y rendido, me volví. La luna
colgaba ya del patio como un pendiente barato.
—Hermano —dijo de pronto Surovkof, el
cosaco más viejo—, siéntate con nosotros y come hasta que esté arreglado tu
ganso.
Sacó de la polaina su cuchara de reserva y
me la dio. Tomamos el caldo que habían cocido ellos mismos y comimos la carne
de cerdo.
—Y ¿qué dicen los periódicos? —preguntó el
jovencillo del rubio pelo liso haciéndome sitio.
—En el periódico escribe Lenin —dije
sacando Pravda—. Lenin escribe que en Rusia hay una gran escasez de todo.
Y en alta voz, como un tardo de oído,
entusiasmado, leí a los cosacos el discurso de Lenin.
La noche me envolvió en la vivificante
humedad de su niebla; la noche puso sus manos maternales en mi frente
abrasadora. Leí alegre y espié el pensamiento misterioso y retorcido de los cosacos
con el pensamiento luminoso de Lenin.
—La verdad salta a la vista —dijo Surovkof
cuando terminé la lectura—, pero no llega uno a verla. Sin embargo, él la coge
de golpe como las gallinas el grano.
Esto dijo de Lenin, Surovkof, el jefe del
escuadrón del estado mayor, y nos fuimos al pajar a dormir. Allí dormimos de
seis en seis, entrelazando las piernas para calentarnos bajo aquel techo
agujereado que dejaba pasar las estrellas. Yo veía mujeres en el sueño. Sin
embargo, mi corazón, rojo de muerte, suspiraba y sangraba.
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