Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)
Venganza (1923)
[“Prishchepa”]
(“Прищепа”)
Originalmente publicado en Известия Одесского губисполкома
[Boletín del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (17 de junio de 1923);
reimpreso en Леф [Lef], 4 (agosto-diciembre de 1923), pág. 72;
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)
Me abro paso hacia Leschniuf, donde se
encuentra el estado mayor de nuestra división. Mi acompañante es el joven
cosaco Prischchepa, vagabundo impenitente, comunista expulsado del que nacerá
un contrarrevolucionario, un adicto de la sífilis y un embustero simpático.
Lleva un capote grosella de paño ligero y un baschlyk de pluma que le cae hasta
la espalda. En el camino me habla de él. Jamás olvidaré su historia.
Hace un año Prischchepa desertó de los
blancos. Éstos, en venganza, tomaron a sus padres de rehenes y los asesinaron.
Los vecinos cargaron con todos los bienes paternos. Cuando los blancos fueron
expulsados de Kuban, Prischchepa volvió al pueblo natal.
Era una mañana, antes de la salida del sol.
El aire tenía la acidez cálida del sueño de los campesinos. Prischchepa cogió
un carro militar y recorrió el pueblo buscando gramófonos robados, cubas de
kvass y los pañuelos bordados por su madre. Pasaba por la calle con un capote
de paño negro y su sable curvo al cinto. El carro le seguía lentamente.
Prischchepa iba de un vecino a otro, y sus suelas dejaban una huella
sangrienta. En todas las isbas donde el cosaco encontró cosas de su madre o
pipas de su padre, dejó viejas asesinadas, perros colgados encima de los pozos,
iconos manchados con porquería. Los habitantes del pueblo fumaban sus pipas y
seguían con turbia mirada el camino de Prischchepa. Los jóvenes cosacos huían a
la estepa y contaban las víctimas. La suma iba creciendo; sin embargo, el
pueblo callaba. Cuando Prischchepa terminó, volvió a la vacía casa paterna;
allí colocó los muebles recuperados como los recordaba de su niñez, y mandó a
buscar vodka. Se encerró en la isba, bebió dos días y dos noches, cantó, lloró
y golpeó la mesa con el sable. La tercera noche el pueblo vio humo sobre la
isba de Prischchepa. Achicharrado, deshecho, sin poder mover apenas las
piernas, sacó la vaca del establo, le apuntó con el revólver al hocico y
disparó. La tierra humeaba bajo él; un anillo de fuego azul salía por la
chimenea y se desvanecía; en el establo se oía el bramido de los bueyes
abandonados. El incendio resplandecía como un domingo. Prischchepa desató el
caballo, saltó a la silla, se arrancó un mechón de pelos, los arrojó al fuego y
se alejó al galope.
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