Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


Fróim Grach
(“Фроим Грач”)
[En 1933, Gorky recomendó este relato para su publicación
en Год XVI [Año XVI], pero no se publicó.];
publicado en Воздушные [Nueva York], 3 (1963), págs. 29-34;
Favoritos [Избранное]
Comentarios de E. Krasnoshchekova y un prefacio de L. Poliak
(contiene relatos adicionales que no están en la edición de 1957,
incluyendo Ди Грассо [“Fróim Grach”])
(Moscú: Editorial de Ficción, 1966, 494 págs.);
(Москва: Издательство художественной литературы, 1966. 494 с.)



      El año diecinueve los hombres de Benia Kril atacaron por la retaguardia a las tropas voluntarias pasaron a cuchillo a los oficiales y se apoderaron de parte del convoy. Como recompensa exigieron al Soviet de Odesa tres días de “insurrección pacífica”; a] no obtener permiso sacaron las telas de todas las tiendas de la avenida Alexándrovski. Después trasladaron sus actividades a la Sociedad de créditos mutuos. Cedían el paso a los clientes y después entraban ellos; dirigiéndose a los empleados les rogaban cargar en un automóvil parado en la calle las sacas con dinero y joyas. Sólo al mes comenzaron a fusilarlos. Algunos comentaban que con las capturas y detenciones tuvo que ver Arón Peskin, dueño de un taller. No se supo qué se hacía en aquel taller. En el piso de Peskin encontraron un torno, una máquina larga con un eje de plomo retorcido; en el suelo había serrín y cartón para encuadernaciones.
       Una mañana de primavera llamó al taller Misha Yáblochko, amigo de Peskin.
       —Arón —dijo el visitante a Peskin—, en la calle hace un día estupendo. En mí tienes a un tipo capaz de coger media botella y fiambre e irse a respirar aire a Arkadia… Quizá te haga gracia un tipo así, pero de cuando en cuando me gusta borrar del cerebro todas esas ideas…
       Peskin se vistió y se fue en coche con Misha Yáblochko a Arkadia. Pasearon hasta la tarde. Ya oscurecido Misha Yáblochko entró en la habitación en la que madame Péskina bañaba en una artesa a su hija de catorce años.
       —Un saludo —dijo Misha descubriéndose—, pasamos un día formidable. El aire era algo jamás visto; sólo que para hablar con su marido hay que gastar flema… Es un pelma.
       —¡Si lo sabré yo! —pronunció madame Péskina, agarrando a su hija por los pelos y zarandeándola—. ¿Dónde está ese aventurero?
       —Descansa en el jardín.
       Misha volvió a levantar el sombrero, se despidió y se marchó en el coche. Como el marido no entraba, madame Péskina fue a buscarlo al jardín. Allí estaba sentado, con el jipijapa calado, apoyado en la mesa y enseñando los dientes.
       —Aventurero —le dijo madame Péskina—, ¿aún te atreves a reírte?… Cuando tu hija no quiere lavar se la cabeza, me entran ataques… Anda, vete a hablar con tu hija…
       Peskin callaba y seguía enseñando los dientes:
       —Necio —comenzó madame Péskina, miró a si marido por debajo del gorro y giró. Los vecinos acudieron al grito—. No está vivo —les dijo madame Péskina—. Está muerto.
       Se equivocó. Peskin tenía el pecho atravesad por dos balas y fracturado el cráneo, pero aún vivía Lo llevaron al hospital judío. El propio doctor Zilberberg operó al herido, pero Peskin no tuvo suerte —se murió durante la operación—. Esa misma noche la Cheká detuvo a un hombre apodado el Georgiano y su amigo Kolia Lápidus. Uno de ellos hizo de cochero de Misha Yáblochko, el otro esperaba al carruaje que iba a Arkadia, hacia el mar, en la bifurcación que lleva a la estepa. Los fusilaron después de un interroga torio que duró poco. Misha Yáblochko fue el único que escapó a la redada. Su pista se perdió, pero día después en casa de Fróim Grach se presentó una vieja vendedora de pipas. En una mano llevaba una cesta con la mercancía. Una de sus cejas crecía como un espeso matojo color antracita y la otra, apenas visible, se arqueaba sobre el párpado. Fróim Grach estaba sentado, con las piernas esparrancadas, junto a la cuadra, y jugaba con su nieto Arkadi. El niño tres años atrás se había desprendido del vigoroso vientre de su hija Baska. El abuelo dio a Arkadi un dedo; éste quedó colgado y se columpió como en una barra.
       —Eres un tontín… —dijo Fróim al nieto, observándolo con su único ojo.
       Una vieja de poblada ceja y calzando zapatos de hombre amarrados con cuerdas, se acercó a ellos.
       —Fróim —dijo la vieja—, te digo que esos hombres no tienen humanidad. No tienen palabra. Nos están espachurrando por los sótanos como a perros en un pozo. No nos dejan hablar antes de morir… Hay que matarlos a dentelladas a esos hombres y arrancarles el corazón.
       —Callas, Fróim —agregó Misha Yáblochko—, los muchachos esperan a que dejes de callar.
       Misha se levantó, cambió de mano la cesta y se fue arqueando la ceja negra. Tres niñas con trenzas tropezaron con él en la plaza Alexéyevski, cerca de la iglesia. Paseaban cogidas de la cintura.
       —Señoritas —les dijo Misha Yáblochko—, no les doy té con pan ácimo.
       Les echó con el vaso pipas en los bolsillos y desapareció detrás de la iglesia.
       Fróim Grach se quedó solo en su patio. Permaneció inmóvil mirando al espacio con su único ojo. Las mulas rescatadas a las tropas coloniales rumiaban heno en la cuadra, las yeguas cebadas pastaban con los potros en la huerta. Los cocheros jugaban a la sombra de un castaño a las cartas y bebían vino en unas escudillas. Tórridas ráfagas de viento se estrellaban contra las paredes enjalbegadas, el sol se derramaba en su letargo azul sobre el patio. Fróim se levantó y salió a la calle. Atravesó la Prójorovskaya que exhalaba al cielo el mísero humo desvanecido de sus cocinas, la plaza del rastro con gente enrollada en visillos y cortinas que vendían unos a los otros. Llegó a la calle Ekateríninskaya, torció ante el monumento a la emperatriz y entró en el edificio de la Cheká.
       —Soy Fróim —dijo al gerente—, debo ver al patrón.
       Entonces era jefe de la Cheká Vladislav Simen, llegado de Moscú. Al enterarse de la llegada d Fróim, llamó al juez de instrucción Borovoi par preguntarle sobre el visitante.
       —Se trata de un tipo fenomenal —respondió Borovoi—, Odesa entera desfilará ante usted.
       El gerente introdujo en el despacho al viejo, tapado con una capa de lona, enorme como un edificio, pelirrojo, con un ojo tapado y un carrillo desfigurado.
       —Patrón —dijo el visitante—, ¿sabes a quién andas cazando? Andas cazando a águilas. ¿Con quién t quedarás, patrón, con la basura?…
       Simen hizo un movimiento y entreabrió e cajón de la mesa.
       —Vengo vacío —dijo entonces Fróim—, no llevo nada en las manos ni en los choclos ni dejé a nadie la puerta… Suelta a mis muchachos, patrón; dime t precio.
       Sentaron al viejo en una butaca y le trajeron coñac. Borovoi salió de la habitación y reunió en su despacho a los jueces de instrucción y comisario llegados de Moscú.
       —Os voy a enseñar a un muchacho —les dijo— que es toda una epopeya; no hay cosa igual…
       Y Borovoi les dijo que Fróim Grach, no Benia Krik, era el legítimo cabecilla de los cuarenta mil ladrones de Odesa. Se movía en la sombra, pero todo se tramaba según los planes del viejo: el asalto a las fábricas y a la tesorería de Odesa, el ataque a los voluntarios y a las tropas aliadas. Borovoi esperó la salida del viejo para hablar con él. Fróim no aparecía. El juez se cansó y fue en su busca. Dio una vuelta al edificio y pasó al patio interior. Allí yacía Fróim Grach, tendido bajo una lona, arrimado a la pared cubierta de hiedra. Dos soldados fumaban sobre su cadáver.
       —Parecía un oso —dijo el superior al ver a Borovoi—, ¡qué fuerza tenía!… Si no lo matamos, tendríamos viejo para rato. Llevaba dentro diez balas y seguía avanzando…
       El soldado se encendió, sus ojos brillaban, la gorra se le ladeó.
       —Hablas por los codos —le atajó otro escolta—, se murió y asunto concluido. Son todos iguales…
       —¡Qué va! —exclamó el superior—, unos ruegan y gritan y otros no dicen ni pío… ¿Cómo pueden ser todos iguales?
       —Para mí todos son iguales —repitió con terquedad el soldado más joven—, todos son parecidos, no los distingo…
       Borovoi se agachó y destapó la lona. En la cara del viejo perduraba un gesto de movimiento.
       El juez de instrucción regresó a su habitación. Era una sala circular forrada de raso. Allí se celebraba una reunión para tratar de las nuevas reglas de redacción de documentos. Simen hablaba del desorden con que había chocado, de las sentencias mal formuladas, de las actas carentes de sentido. Insistía en que los jueces de instrucción debían formar grupos de estudio dirigidos por jurisconsultos y de redactar las actas según los formularios y modelos aprobados por la Dirección General de Moscú.
       Borovoi, sentado en su rincón, escuchaba. Estaba solo, lejos de los demás. Después de la reunión, Simen se le acercó y le cogió del brazo.
       —Ya sé que te enfadaste conmigo —dijo—, pero es que somos la autoridad, Sasha, somos la autoridad oficial, tenlo presente…
       —No me enfado —dijo Borovoi, y torció la cabeza—, usted no es de Odesa y no lo sabe: con ese viejo hay toda una historia…
       Se sentaron juntos: el presidente con veintitrés cumplidos y el subordinado. Simen mantenía la mano de Borovoi en su mano y la apretaba.
       —Respóndeme como chekista —dijo tras un silencio—, respóndeme como revolucionario: ¿para qué queremos un hombre así en la sociedad futura?
       —No lo sé —Borovoi no se movía y miraba de frente—, probablemente no lo necesitemos.
       Con un esfuerzo apartó de la memoria los recuerdos. Después se animó y habló a los chekistas llegados de Moscú de Fróim Grach, de su astucia y tenacidad, de su desprecio hacia el prójimo, de todas esas asombrosas historias que pertenecen al pasado.



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