Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


El sol de Italia (1924)
(“Солнце Италии”)
Originalmente publicado, como “Сидоров” [“Sidorov”]
en Красная новь, 3 ((abril-mayo de 1924), págs. 8-10;
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      Ayer volví a sentarme en casa de pani Elisa, bajo la corona de verdes ramos de abeto. Estuve sentado junto a la estufa caldeada y rumorosa y regresé a casa muy avanzada la noche. Abajo, en la hoz, brillaba como un cristal el Sbrutsch oscuro, de corriente mansa. Mi alma, llena de pensamientos dolorosos y embriagadores, sonreía inconscientemente a alguien, y la fantasía, esa mujer venturosa y ciega, conjuraba en la niebla de julio figuras remotas.
       La ciudad incendiada, con sus columnas partidas y sus escombros profundamente enterrados, parecía flotar en el aire, ingrávida e irreal como un sueño. La desnuda luz lunar caía sobre ella a raudales inagotables, y yo esperaba, impaciente, que apareciese entre las nubes un Romeo, un Romeo vestido de raso que cantase de amor mientras, entre bastidores, un maquinista aburrido abría la llave de la luz de la luna.
       Calles azules, semejantes a vías lácteas que manasen de numerosos pechos, pasaban a mi lado. Temía encontrar en casa a mi vecino Sidorof, que invariablemente dejaba caer sobre mí la pata peluda de su nostalgia. Por suerte, aquella lechosa noche de luna no habló Sidorof una palabra. Se hallaba sentado entre libros y escribía. Sobre la mesa oscilaba una vela torcida, la présaga luz de desventura de todos los cogitabundos. Me senté a un lado, me adormecí y los sueños, como jóvenes gatos, saltaron en torno mío. Muy tarde ya, me despertó un ordenanza que llamaba a Sidorof al estado mayor. Salieron juntos, y yo me dirigí precipitadamente a la mesa en que Sidorof había escrito y hojeé un libro. Era un libro para aprender italiano, con una reproducción del Foro romano y el plano de la ciudad de Roma. El plano estaba marcado con cruces en muchas partes. Mi adormilamiento desapareció. Me incliné sobre la hoja manuscrita y leí, con la sangre paralizada y las manos temblorosas, una carta extraña. Sidorof, el melancólico asesino, carmenaba los rosados vellones de mi fantasía y me arrastraba por los siniestros caminos de su locura metódica. La carta estaba abierta por la segunda página, pero no me atreví a buscar el principio:

    ...el pulmón está atravesado y mi mente un poco alterada, como dice Sergei, mi inteligencia ha volado. Pero, bromas aparte... pasemos a la orden del día, querida amiga Victoria...
     He hecho la campaña de tres meses de Majno, una serie agobiadora de canalladas, nada más... Sólo Volin sigue ahí. Volin se complace en el papel de apóstol y, poco a poco, va deslizándose desde el anarquismo a la doctrina de Lenin. Horrible. Y padrecito Majno le escucha, se acaricia el polvoriento pelambre de sus rizos y por sus dientes podridos se desliza rápidamente, como una serpiente, su sonrisa cazurra. Y no sé si en todo esto no se esconde un grano corrupto de anarquía y si no tendremos nosotros que limpiaros la excelente nariz a vosotros, autofabricados miembros del comité central, “made in Karkof”, vuestra autofabricada capital. Vuestros jóvenes no quieren acordarse ya de los pecados de su anarquista mocedad, y se ríen de nosotros desde la altura de su sabiduría política... ¡Qué se vayan al diablo.
     Luego caí en Moscú. ¿Cómo fui a caer en Moscú? La juventud le atropellaba a uno con requisas y otras medidas. Yo, adolescente como era, me metí en medio. Me azotaron a conciencia y con razón. La herida no era de importancia; pero en Moscú, ¡ah Victoria!, en Moscú la miseria me dejó mudo. Las hermanas del hospital me llevaban todos los días un poco de sémola. Con devoto semblante, llevaban la sémola en una fuente grande, y yo odiaba aquella sémola, aquella alimentación falta de plan y a Moscú que estaba sujeto a él. En la Dieta me encontré con un puñado de anarquistas. O eran holgazanes o viejos medio locos. Fui al Kremlin, y propuse un plan para un trabajo positivo. Me acariciaron la cabeza y me prometieron nombrarme suplente si me enmendaba. ¿Y qué vino después? Después vino el frente, la caballería y la vida de soldado, con su olor a sangre fresca y a cadáveres.
     ¡Sálveme, Victoria! La política me vuelve loco, el aburrimiento me enferma. No, no me ayudará usted, y yo reviento aquí sin plan alguno. Y ¿quién puede desear que reviente un compañero inorganizado? Usted no, Victoria, novia que jamás llegará a ser mi mujer. Para eso tiene usted también sentimentalismo..., ¡el diablo se lo lleve!
     Y ahora al asunto. Me aburro en el ejército. A causa de mi herida no puedo montar a caballo; luego no puedo combatir. Haga valer su influencia, Victoria. Que me envíen a Italia. Estoy aprendiendo ahora italiano y lo hablaré dentro de dos meses. Italia fermenta. Ya hay allí mucho preparado. Falta un par de tiros, y yo dispararé el primero... El rey es allí un buen hombre. Se hace popular y se deja retratar con socialistas domesticados para los periódicos familiares.
     En el comité central y en el comisariado del exterior no debe decir nada de los tiros ni del rey. De lo contrario, le acariciarán a usted también la cabeza y replicarán a todo: “romanticismo”. Diga usted sencillamente que estoy enfermo, que soy un amargado, que perezco de tedio y que suspiro por el sol de Italia y por los plátanos ¿He merecido esto o no? Tengo que curarme, y con esto basta. Si no quisieran, que me manden entonces a Odessa, a la Checa... Ésta sabe lo que quiere, y...
     ¡Que estúpida, qué injusta, qué neciamente escribo, amiga Victoria...!
     ¡Italia! Esta tierra se metió en mi corazón y allí sigue. La idea de ese país nunca visto me es grata como nombre de mujer, como su nombre, Victoria...

       Leí la carta y me volví a mi lecho revuelto y sucio. Pero no pude dormir. Al otro lado lloraba amargamente una judía embarazada, y el murmurar suspirante de su zancudo marido era la respuesta. Ambos pensaban en su propiedad perdida y su desventura irritaba al uno contra el otro.
       Al alba regresó Sidorof. La vela que ardía en la mesa se estaba extinguiendo. Sidorof sacó de la polaina otra vela, y lenta y pensativamente apretó con ella el cabo gastado de la anterior. Nuestro cuarto quedó a oscuras. Todo exhalaba allí nocturno y húmedo olor nauseabundo. Sólo la ventana, bañada por la luna, resplandecía como una liberación.
       Mi atormentado vecino escondió inmediatamente la carta. Volvió a sentarse, a replegarse sobre la mesa, inclinado sobre el plano de Roma. Ante su rostro oliváceo, inexpresivo, se abría el magnífico libro de lomo dorado. Allí estaban las ruinas del Capitolio y del Coliseo a la luz del ocaso. Entre las hojas grandes y satinadas del libro había un retrato de la familia real: una hoja arrancada de un almanaque en la que se veía al simpático y débil rey Víctor Manuel, con su mujer, de negra cabellera, el príncipe heredero Humberto y una nidada de princesas...
       Así fue la noche: llena de lejanos y graves rumores; en la húmeda oscuridad, un resplandor cuadrado y dentro de él el rostro cadavérico de Sidorof, una máscara muerta sobre el fulgor amarillo de una vela.



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