Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


La muerte de Dolguschof (1923)
(“Смерть Долгушова”)
Originalmente publicado en Известия Одесского губисполкома
[Izvestia del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (1 de mayo de 1923);
reimpreso en Огонек (Moscú) (9 de mayo de 1923)
y Леф [Lef], 4 (agosto-septiembre de 1923), págs. 66-68;
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      La nube de la batalla se iba acercando a la ciudad. Hacia el mediodía pasó galopando a nuestro lado, con su negro capote de fieltro, Korotschayef, el despreciado comandante de la cuarta división, que ahora luchaba solo, buscando la muerte. Al pasar me dijo:
       —Nuestras comunicaciones están rotas. Radsivilof y Brody están ardiendo.
       Y partió velozmente de allí con su capote flotando al viento, todo negro, con pupilas como carbones.
       En la planicie, lisa como una tabla, se agrupaban las brigadas. El sol rodaba entre una roja polvareda. En las zanjas mascaban algo los heridos, sentados. Las enfermeras, tendidas en la hierba, cantaban a media voz. Las patrullas de Afonka recorrieron el campo rebuscando en los uniformes de los cadáveres. Afonka se me adelantó dos pasos y dijo, sin volver la cabeza:
       —Esta vez no nos han pegado mal. Tan seguro como dos y dos son cuatro. Se dice que van a destituir al comandante. La gente ya no tiene confianza en él...
       Los polacos se han acercado al bosque, colocando ametralladoras en algunos puntos, a tres kilómetros de nosotros. Los proyectiles graneaban silbando. Su lamento se henchía insoportablemente. Los proyectiles caían en tierra y se metían en ella vibrantes de impaciencia. Witiagaichenko, el comandante del regimiento, que roncaba al sol, gritó en sueños y despertó. Montó a caballo y se puso a la cabeza del escuadrón. Su rostro estaba estrujado, lleno de rayas coloradas por la postura incómoda. Sus bolsillos iban llenos de ciruelas.
       —¡Hijos de perra! —refunfuñó irritado, escupiendo el pepitón—. ¡Maldito aburrimiento! Timoschka, iza la bandera.
       —¿Avanzamos? —preguntó Timoschka, sacando el asta del estribo y desplegando la bandera, en la que había pintada una estrella y escrito algo de la III Internacional.
       —Ya se verá —contestó Witiagaichenko, y de pronto gritó estentóreamente:
       —¡Muchachos, a montar! Reunid la gente... Los cornetas tocaron alarma. El escuadrón se formó en columna. De los fosos salió arrastrándose un herido que, poniéndose la mano delante de la cara, dijo a Witiagaichenko:
       —Taras Grigorievich, soy delegado...; parece como si tuviéramos que quedarnos aquí rezagados...
       —Arreglaos como podáis... —gruñó Witiagaichenko poniendo sus manos al caballo.
       —Tememos, Taras Grigorievich, que no nos las podamos arreglar de ningún modo —exclamó tras él el herido.
       —Dejadme en paz —dijo volviéndose Witiagaichenko—. No os voy a dejar atrás —y tiró de las riendas.
       Inmediatamente resonó la sollozante voz femenina de mi amigo Afonka Bida:
       —No galopes ahora, Taras Grigorievich; tenemos que recorrer cinco kilómetros. ¿Cómo vamos a pelear si los caballos están cansados? No tan de prisa, que tiempo te queda para morder la hierba.
       —¡Adelante! —ordenó Witiagaichenko sin levantar la vista.
       El regimiento montó a caballo.
       —Si es verdad lo que se dice del comandante de la división —murmuró Afonka—; si es verdad que le destituyen, ya podemos largarnos.
       Las lágrimas humedecieron sus ojos. Miré a Afonka lleno de asombro. Se volvió como una peonza, echó mano a su gorra y suspiró. Lanzó después un grito de combate y partió a rienda suelta.
       Grischtschuk, con el pesado carro, y yo nos quedamos solos y anduvimos vagando hasta la noche entre casas ardiendo. El estado mayor de la división había desaparecido. Otros destacamentos no quisieron acogernos. Los polacos ocuparon Brody, pero fueron desalojados de allí por un contraataque. Nos aproximamos al cementerio de la ciudad. Detrás de las tumbas surgió una patrulla polaca que quiso avanzar hacia nosotros con los fusiles en alto. Grischtschuk volvió grupas, lanzando su carro a toda marcha. El viento aullaba.
       —¡Grischtschuk! —exclamé yo en el viento ululante.
       —¡Un juego de niños! —contestó él tristemente.
       Estamos perdidos —dije yo con el entusiasmo de la muerte—; estamos perdidos, padrecito.
       —¿Para qué los afanes de las mujeres? dijo él más tristemente aún—. ¿Para qué el noviazgo, para qué la boda, para qué se alegran los parientes?
       En el crepúsculo de la tarde se encendió una franja rosa y volvió a extinguirse. La Vía Láctea apareció entre las estrellas.
       —Es cosa de risa —dijo Grischtschuk amargamente, indicándome con el látigo un hombre que estaba sentado en el camino—. Es cosa de risa. ¿Por qué se afanan las mujeres?
       El hombre que estaba sentado en el camino era Dolguschof, el telefonista. Con las piernas tendidas, nos miraba estupefacto.
       —Me muero —nos dijo Dolguschof cuando nos acercamos—. ¿Comprendéis?
       —Comprendemos —contestó Grischtschuk parando el caballo.
       —Tenéis que gastar un tiro para mí —dijo Dolguschof seriamente.
       Estaba recostado contra un árbol. Sus botas temblaban. Sin separar los ojos de mí, levantó con cuidado su camisa. Tenía el vientre abierto; los intestinos le salían hasta las rodillas, y se podía ver el latido del corazón.
       Dolguschof añadió:
       —Si vienen los polacos se van a reír de mí. Ahí están mis papeles...; escribid a mi madre cuándo y cómo...
       —No —contesté yo broncamente, metiendo espuelas al caballo.
       Dolguschof abrió sus manos, mirando incrédulo las azules palmas.
       —¿Te marchas? —murmuró desplomándose—. Márchate, inmundo.
       El sudor me corría por el cuerpo. Las ametralladoras martilleaban cada vez más fuerte, con una tenacidad histérica.
       Envuelto en los rayos del crepúsculo, galopaba Afonka Bida hacia nosotros.
       —Ya les tiroteamos —gritó alborozado—. ¿Qué pasa aquí?
       Le señalé a Dolguschof con el dedo y partí. Estuvieron hablando los dos un breve rato. No oí una palabra. Dolguschof alargó a mi amigo su libro de pagas. Afonka se lo guardó en la polaina y disparó un tiro en la boca a Dolguschof.
       —Afonka —le dije con una sonrisa lastimera acercándome al cosaco—, yo no tuve valor.
       —¡Marcha! —exclamó completamente pálido—. ¡Te mato! Vosotros los de las gafas tenéis compasión de nosotros como el gato del ratón...
       Y apretó el gatillo...
       Continué al paso sin volverme, sintiendo en la espalda frío y muerte.
       —Deja eso —oí detrás de mí a Grischtschuk—. No hagas tonterías —y cogió a Afonka por el brazo.
       —¡Canalla! —gritó Afonka—. No se librará de mi mano...
       Grischtschuk me alcanzó en la encrucijada. Afonka había desaparecido.
       —Ahí tienes, Grischtschuk —le dije—; hoy he perdido a Afonka, mi mejor amigo.
       Grischtschuk sacó del morral una manzana rugosa.
       —Come —dijo—; come, hazme ese favor.
       Y yo acepté la limosna de Grischtschuk y comí su manzana lleno de dolor y recogimiento.



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