Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


Una noche (1925)
(“Вечер”)
Originalmente publicado, como “Галин” [“Galin”] en Красная новь, 3
(abril de 1925), págs. 127-128;
reimpreso en Шквал, 15 (1925);
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      ¡Oh estatuto del Partido Comunista Ruso! Con la levadura de la literatura rusa te has abierto camino. Has convertido a tres corazones solos, apasionados, como las figuras de Jesús de Riazan, para la colaboración en el periódico El Jinete Rojo. Los convertiste para que día por día escribiesen una hoja temeraria llena de valor y de gracia chabacana.
       Galin, con la catarata en el ojo; Slinkin, el tísico, y Sytchof, el de la hernia, enfebrecen en el polvo infecundo de tierra adentro y llevan la violencia y el fuego de su hoja por las filas de los honrados cosacos, de la chusma de los caminos que se llaman intérpretes polacos y de las muchachas que, para descansar de Moscú, nos envían en el tren de la “sección política”.
       Entrada la noche está siempre terminado el periódico, ese botafuego que se coloca debajo del ejército. En el cielo se apaga la linterna bizca del sol de provincia; las luces de la imprenta llamean y arden indomables como la pasión de la máquina. Más tarde, hacia media noche, sale Galin del vagón para temblar bajo el mordisco de su amor irrefrenable por Irina, la lavandera del tren.
       —La última vez dice Galin, —el estrecho de hombros, el pálido y medio ciego Galin—, la última vez hablamos sobre el fusilamiento de Nicolás el Sangriento, a quien el proletariado de Iekaterinemburgo ajustició. Hoy queremos hablar sobre los otros tiranos que tuvieron muerte de perros. Pedro III fue estrangulado por Orlof, el amante de su mujer; Pablo fue dilacerado por sus cortesanos y por su propio hijo. Nicolás Palkin se envenenó; su hijo cayó el 1 de marzo; su nieto murió de borrachera. Todo esto debe usted saberlo, Irina.
       Mientras el ojo vacío de Galin, lleno de adoración, descansa sobre la lavandera, escudriña infatigablemente las tumbas de los zares caídos. La figura gibosa de Galin se alza a la luz de la luna, que vaga por allá arriba descaradamente. Las máquinas de la imprenta escandalizan en la cercanía, y la estación de radio brilla en pura luz. Irina se recuesta en el hombro del cocinero Vassili, oye el cuchicheo del amor de siempre y las estrellas se arrastran sobre ellos por el alma negra del cielo. La lavandera soñolienta bosteza, persigna sus labios abotagados y mira a Galin con desmesurados ojos, como una muchacha que suspira por las molestias de la concepción mira a su profesor consagrado a la ciencia.
       Y al lado de Irina se desgarran en un bostezo los morros de Vassili, que, como todos los cocineros, desprecia a la humanidad. Los cocineros tienen mucho que hacer con la carne de los animales muertos y con el apetito de los vivos, y por eso buscan en la política cosas que no les importan. Así era también Vassili, el de los morros hinchados, el vencedor de Irina. Se levantó el pantalón hasta la tetilla y preguntó a Galin por la lista civil de distintos reyes, por la dote de las hijas del zar, y dijo después bostezando:
       —Es de noche, Irischa. Mañana será otro día. Ven, vamos a coger pulgas... Cerraron la puerta de la cocina y dejaron a Galin solo, con la luna, que vagaba por allá arriba descaradamente.
       Y en el muelle de la estación, frente a la luna, con los anteojos en la nariz, úlceras en el cuello y los pies heridos, me senté ante el estanque dormido. Mi turbio cerebro de poeta estaba dirigiendo precisamente la lucha de clases, cuando Galin se llegó a mí con ojos enfermos de cataratas que brillaban apagadamente.
       —Galin —dije yo atormentado de tristeza y de soledad—, estoy enfermo. Mi fin parece próximo; me fatiga seguir sirviendo en nuestra caballería.
       —Es usted un mozalbete —me contestó Galin, y el reloj en su muñeca flaca señalaba la una—. Nuestra suerte es soportaros a vosotros, mozalbetes; todo el partido lleva blusas manchadas de sangre y porquería; estamos sacando para vosotros la pulpa de la cáscara; no se tardará mucho en que veáis la pulpa limpia, y entonces os sacaréis el dedo de la nariz y cantaréis la nueva vida en prosa no oída. Pero por ahora, mozalbetes, tenéis que estar tranquilos y no gimotear en nuestras manos.
       Se me acercó, me ajustó la venda suelta de la herida punzante y dejó caer la cabeza sobre su pecho de gallina. La noche nos consolaba en nuestro dolor. Un aire suave soplaba en torno nuestro como la falda de la madre, y abajo brillaban las hierbas frescas y húmedas.
       Las máquinas que retumbaban en la imprenta del tren empezaron a chillar, mas poco a poco enmudecieron. La aurora dibujó una cinta en la linde de la tierra. Chillando, se abrió la puerta de la cocina. Cuatro pies con gruesos talones se extendían fuera, al fresco, y vimos las regocijantes pantorrillas de Irina y los dedos gordos de Vassili, con sus uñas torcidas y negras.
       —Vassilok —murmuraba ella—, ¿quiere usted marcharse de mi cama, charlatán?
       Pero Vassili se limitó a menear el talón y se acercó todavía más a ella.
       —La caballería —continuó Galin—, la caballería es una obra de magia social, llevada a cabo por el comité central de nuestro partido. La revolución ha colocado en el primer rango al cosaco voluntario, penetrado de tantos prejuicios, pero el comité central está alerta y barrerá con escoba de hierro esos prejuicios.
       Y Galin habló conmigo de la educación política del primer ejército de caballería. Habló mucho tiempo, sordamente y explícitamente. El párpado se movía sobre el ojo ciego y de la palma destrozada de su mano chorreaba la sangre.



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