Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


La iglesia de Novogrado (1923)
(“Костел в Новограде»”)
Originalmente publicado en Известия Одесского губисполкома
[Boletín del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (18 de febrero de 1923);
reimpreso en Красная нива 39 (1924);
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      Ayer me dirigí, con objeto de dar el parte, a casa del comisario militar, que vivía en el barrio abandonado por el clero católico. En la cocina me recibió pani Elisa, el alma de los jesuitas. Me dio un té de color de ámbar con bizcochos. Sus bizcochos olían como crucifijos, y dentro tenían un zumo embriagador y el perfumado enojo del Vaticano.
       Junto a la casa, en la iglesia, aullaban las campanas, desatadas por el loco campanero. Era una noche cuajada de estrellas de julio. Pani Elisa meneaba pensativa su cabello gris, sin dejar de amontonar pasteles delante de mí. Y me supieron bien las golosinas de los jesuitas.
       La vieja polaca me llamaba panie. En el umbral, de pie, había unos ancianos canosos, erguidos, aguzando el oído, y a la luz del crepúsculo se vio pasar por un sitio, como un reptil, el hábito de un monje. El padre había escapado, pero había dejado a su ayudante, pan Romualdo.
       Este Romualdo, un eunuco horrible, con cuerpo de gigante, nos llamaba compañeros. Paseando por el mapa su dedo amarillo, nos mostraba el terreno arrasado por los polacos. Presa de un bronco entusiasmo enumeraba los infortunios de su patria ¡Rápido olvido se trague el recuerdo de Romualdo, que nos traicionó villanamente después y fue fusilado!
       Todas las noches su estrecha sotana se deslizaba rápidamente en todas las puertas, barría con fanático celo todos los caminos, y Romualdo sonreía a todo el que quería beber vodka. Aquella noche la sombra del fraile seguía todos mis pasos. Este pan Romualdo hubiera sido obispo de no haber sido espía.
       Bebí ron con él. De las ruinas de la casa clerical se desprendía un hálito de cosas extrañas, nunca vistas, y sus cautivadores halagos paralizaban mi fuerza. ¡Oh, aquellos crucifijos chiquitines que recuerdan los talismanes de una cortesana, la vitela de la bulas papales y el raso de las cartas de mujer que amarillean en los corpiños de seda azul…!
       Te estoy viendo delante de mí, fraile traidor, con tu hábito lila, con tus manos gordezuelas, con tu alma felina, aduladora y despiadada; veo las llagas de tu Dios chorreando esperma, el veneno oloroso que embriaga a las vírgenes…
       Bebo ron mientras aguardo al comisario. Pero el comisario no vuelve. Romualdo se deja caer en un rincón y pronto se duerme. Duerme y tirita quedamente. Detrás de la ventana, en el jardín, bajo la negra pasión del cielo, se alarga una avenida. Sedientas rosas se mecen en la oscuridad. Verdosos relámpagos se encienden en las cúpulas. Un cadáver desnudo yace abandonado bajo el talud. Y la luz de la luna se vierte sobre las piernas muertas, esparrancadas.
       Yo, el intruso violento, tiendo en la iglesia un colchón piojoso abandonado por los siervos del Señor y pongo de cabecera los infolios donde está escrita la oración en honor del muy poderoso y radiante José Pilsudski, el coronel de los panies.
       Miserables hordas de mendigos inundan tus vetustas ciudades, ¡oh, Polonia! El cántico de la unión de todos los siervos resuena sobre ellas, y ¡ay de ti, república de Polonia!, ¡ay de ti, príncipe Radziwill!, ¡y de ti, príncipe Sapieha!; ¡ay de vosotros, los que estáis en contra nuestra!
       El comandante del estado mayor, Sch., está en el estado mayor, en el jardín, finalmente en la iglesia. La puerta de la iglesia está abierta. Entro y me hiere el brillo de dos plateadas calaveras en la tapa de un féretro roto.
       Aterrado, corro a meterme en cualquier sótano, bajo tierra. Una escalera de encina conduce al altar desde allí. Percibo numerosas luces zigzagueando allá arriba, bajo la elevada cúpula. Veo al comisario, al comandante de la sección especial y a cosacos con cirios en las manos. Contestan a mi apagado llamamiento y me sacan del sótano.
       Ya no me asustan las calaveras que adornan el catafalco de la iglesia. Juntos continuamos el registro del templo, que se lleva a cabo porque en el domicilio del cura se encontró todo un arsenal de material de guerra.
       Relucen en nuestras bocamangas los frenos bordados; cuchicheamos; chocan las espuelas, y giramos por el amplio y resonante edificio con los cirios de llamas abatidas en las manos. Los cuadros de la virgen, adornados de valiosas piedras, siguen nuestro camino con sus pupilas rojizas, como de ratones; la luz vacila entre nuestros dedos, y sobre las estatuas de san Pedro, de san Francisco, de san Vicente, sobre sus mejillas coloradas y sus barbas crespas, pintadas de carmín, tiemblan sombras cuadradas.
       Andamos buscando en torno nuestro. Bajo los dedos saltan botones de hueso, se abren cuadros de imágenes partidos en dos, quedan al descubierto subterráneos y huecos llenos de moho. Vieja y misteriosa es la iglesia. En sus paredes resplandecientes esconde pasos secretos y nichos y puertas que se abren sin ruido.
       ¡Oh, sacerdote estúpido, que cuelga los corpiños de sus cocineros en los clavos del Redentor! Detrás de la puerta de entrada encontramos un baúl con monedas de oro, un saco de cordobán con billetes de banco y estuches con anillos de esmeraldas de joyeros parisienses.
       Y en el cuarto del comisario contamos luego el dinero. Había columnas enteras, alfombras de piezas de oro. Y, por otra parte, las sacudidas del viento que soplaba sobre los cirios, la siniestra locura en los ojos de pani… Elisa, la risa atronadora de Romualdo y el aullar incesante de las campanas, desatadas por pan Robatski, el campanero loco.
       —¡Fuera de aquí —me dije—, lejos de los guiños de estas madonas engañadas por los soldados!…



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar