Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


Budienny ordena (1923)
[“El Comandante de la Segunda Brigada”]

(“Комбриг два”)
Originalmente publicado en Леф [Lef], 4 (agosto-diciembre de 1923), págs. 70-72;
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      Junto a un árbol se encontraba Budienny, de pantalón encarnado con franjas de plata. Acababan de matar al comandante de la segunda brigada. Para sucederle se había nombrado a Kolessnikof.
       Una hora antes Kolessnikof mandaba un regimiento; hacía una semana había mandado un escuadrón.
       El nuevo jefe de brigada recibió orden de presentarse a Budienny. El comandante le esperaba junto al árbol. Kolessnikof llegó con su comisario, Grischin.
       —La canalla nos pone en un aprieto —dijo el comandante del ejército con su fascinadora sonrisa—. Vencemos o perecemos. No hay otra solución. ¿Entendido?
       —Entendido —contestó Kolessnikof, con ojos saltones.
       —Si inicias la retirada, te mato —dijo el comandante del ejército; sonrió y miró al comandante de la sección especial.
       —A la orden! —dijo el comandante de la sección especial.
       Deja rodar la suerte —exclamó animosamente un cosaco que estaba a un lado.
       Budienny se volvió impetuosamente y saludó al nuevo jefe de brigada. Puso sus cinco dedos colorados, vigorosos, abiertos, en la visera, enrojeció y se alejó a lo largo de los linderos labrados. Sus jinetes le esperaban a unos cien pasos. Iba con la cabeza inclinada, atormentado y lentamente, con sus piernas largas y tuertas. El sol poniente le bañaba en el insólito fuego rojo de la muerte próxima.
       En la tierra destrozada, en medio de los campos excavados, mondos, amarillos, vimos la espalda estrecha de Kolessnikof, sus brazos caídos y la cabeza abatida con su gorra gris.
       Un ordenanza le llevó un caballo.
       Saltó a la silla y, sin volverse, se dirigió hacia su brigada. Los escuadrones le esperaban en la gran carretera de Brody.
       El viento nos trajo un hurra apagado y fragmentario.
       Alcé el anteojo y vi al jefe de brigada cabalgando en nubes de polvo azul.
       —Kolessnikof manda la brigada —comunicó el atalaya que estaba sentado en un árbol encima de nosotros.
       —Bien —contestó Budienny.
       En ese momento aulló el primer tiro polaco sobre nuestras cabezas.
       —Marchan al trote —comunicó el atalaya.
       —Bien —contestó Budienny, encendió un cigarrillo y cerró los ojos. Resonó un hurra apenas perceptible.
       El bombardeo aumentaba; se encendían las granadas; los proyectiles terminaban su trayectoria con sordos truenos.
       —La brigada ataca al enemigo —comunicó con voz cantarina el atalaya. Los hurras enmudecieron. El bombardeo cesó. En el bosque reventó una granada extraviada. Y oímos el combate ingente y mudo.
       —¡Bravo mozo! —dijo el comandante del ejército—. Tiene honor dentro. Creo que nos saca de un apuro.
       Budienny pidió un caballo y marchó al teatro de la lucha. El estado mayor le siguió.
       Una hora después del aniquilamiento de los polacos, aquella misma noche, encontré a Kolessnikof. Iba al frente de su brigada —solo—, en un overo de rara belleza, y dormía. Tenía el brazo derecho vendado. Diez pasos detrás, un cosaco llevaba la bandera desplegada. La cabeza del escuadrón cantaba indolentemente canciones indecentes. La brigada, polvorienta e interminable, recorría el camino como carretas de campesinos que van al mercado. Detrás de ella jadeaba la banda militar.
       Aquella noche la actitud de Kolessnikol me hizo recordar la indiferencia señorial de los kanes tártaros, y reconocí la escuela del famoso Kniga, del tenaz Paulichenko y del encantador Savitski.



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