Isaac Babel
(Odesa, Ucrania, Imperio Ruso, 1894 - Prisión Butyrka, Moscow, 1940)


Por un caballo (1924)
[“Afonka Bida”]

(“Афонька Бида”)
Originalmente publicado en Красная новь, 1 (enero-febrero de 1924), págs. 60-64;
Известия Одесского губисполкома
[Boletín del Comité Ejecutivo Provincial de Odessa] (1 de marzo de 1924);
Конармия [Caballería] [roja]
(Moscú-Leningrado: Editorial del Estado, 1926, 170 págs.)



      Combatíamos en Leschniuf. Alrededor, el muro de la caballería enemiga. La espiral de la nueva estrategia polaca reforzada se tendía con un ruido mensajero de desgracias. Cada día nos iban estrechando más. Por primera vez en toda aquella campaña sentimos con endemoniada intensidad en nuestro propio cuerpo el ataque por la espalda y el ataque de flanco, el golpe despiadado de la misma arma de que nosotros nos habíamos servido victoriosamente durante tanto tiempo.
       El frente fue mantenido en Leschniuf por la infantería. Por las trincheras, en ángulos oblicuos, caminaban paso a paso los campesinos de Volinia, rubios y descalzos. Ayer mismo habían sido arrebatados al arado para formar la reserva de infantes del ejército de caballería. Los campesinos iban al campo de buena gana. Se batían con la mayor abnegación. Su cólera espumajeante de labriego admiraba incluso a los soldados de Budienny. Su odio a los terratenientes polacos descansaba sobre una base invisible pero firme, de material perenne.
       En el segundo periodo de la guerra, cuando la gritería horrenda de los cosacos no podía obrar ya en la batalla sobre la fantasía del enemigo, y cuando se hicieron imposibles los ataques de la caballería contra el adversario soterrado, podía haber sido de gran utilidad aquella infantería creada en una noche. Pero nuestra pobreza era entonces muy grande. Se daba un arma para cada tres campesinos y cartuchos que no cabían en el arma, de manera que hubo que abandonar también el plan primitivo y mandar a su casa aquel ejército popular.
       Volvamos otra vez al combate de Leschniuf. La infantería se había enterrado a una distancia de tres kilómetros del lugar. Delante del frente caminaba de arriba abajo un joven encorvado, con lentes. A su lado se mecía un sable. Sus pasos eran irregulares, y su semblante, de disgusto, como si le apretasen las botas. Aquel capitán de infantes, elegido y amado por los campesinos, era un joven judío cegatón, con el rostro enfermizo y pensativo de un talmudista. En la batalla mostraba un valor prudente y una sangre fría semejante al arrojo de un fanático. Era hacia la hora tercia de un dilatado y caudaloso día de julio; en el aire llameaba la policroma telaraña del calor. Detrás de las colinas resplandecían los colores de fiesta de los uniformes y los arreos de los caballos, trenzados con cintas de colores. El joven dio la señal de ataque. Los campesinos, con sus sandalias de corteza, regresaron a sus puestos presurosamente y empuñaron las armas. Pero era una falsa alarma. En la carretera de Leschniuf aparecieron los abigarrados escuadrones de Maslak. Sus caballos, extenuados pero animosos todavía, trotaban lentamente. En astas doradas con borlas de terciopelo ondeaban magníficas banderas a través de calurosas columnas de polvo. Los jinetes cabalgaban majestuosamente, con una sangre fría retadora. La andrajosa infantería salió de sus trincheras y miró con la boca desmesuradamente abierta el esplendor elástico de aquel río que pasaba por delante lentamente.
       Al frente del regimiento, sobre un caballo de la estepa, cabalgaba el comandante de una brigada de la cuarta división. Maslak, un partidario inmejorable, mezcla de sangre ebria y de dulzura perezosa y grasa. Poco tiempo después traicionó al poder de los soviets. Su vientre descansaba, como un gato enorme, en el arzón de la silla, guarnecido de plata. Al ver la infantería se le encendió de alegría el rostro y pidió con una seña a su comandante de escuadrón, Afonka Bida, que se acercase. Nosotros llamábamos Majno al comandante de escuadrón por su parecido con el famoso padrecito Majno. Los dos, el comandante de la brigada y Afonka, cuchichearon entre ellos un minuto. Luego, Afonka se volvió al primer escuadrón, se dilató y ordenó a media voz: “¡Adelante!” Los cosacos se lanzaron al trote por compañías. Espolearon furiosamente sus caballos y volaron hacia las trincheras, desde las cuales la infantería contemplaba con regocijo aquel espectáculo.
       —¡Preparaos a combatir! —sonó la voz de Afonka cantando melancólicamente, como en una remota lejanía.
       Maslak, quejándose y resoplando, cabalgaba al lado, regocijándose con el cuadro. Los cosacos emprendieron el ataque. La mísera infantería se retiró de allí, pero tardó bastante. Los látigos de los cosacos caían sobre sus ropas andrajosas. Los jinetes corrían por el campo, blandiendo el látigo con insólita maestría.
       —¿Por qué esta pose? —grité a Afonka.
       —Por gusto —me contestó removiéndose en su silla y sacando de la maleza a un muchacho que se había refugiado allí.
       —Por gusto —repitió, y dejó caer el látigo sobre el muchacho, casi sin sentido. La broma no terminó hasta que Maslak, rebosando grandeza, nos hizo una seña con su mano regordeta.
       —No nos miréis así —gritó Afonka a los infantes, irguiendo pretenciosamente su cuerpo desmedrado—. ¡Hala, los de infantería, a buscar pulgas!...
       Los cosacos se reían y formaron otra vez. No se veía a la redonda rastro de la infantería. Las trincheras quedaron vacías, y únicamente el judío encorvado seguía en el mismo sitio, mirando a través de sus lentes a los cosacos con insistencia y altanería.
       El bombardeo de Leschniuf seguía furiosamente desencadenado. Los polacos nos iban cercando poco a poco por todas partes. Ya podía distinguirse con el anteojo cada figura de sus tropas de exploración. Surgían en un punto y desaparecían inmediatamente, como tenteborrachos. Maslak apostó su escuadrón, distribuyéndolo a ambos lados del camino. El cielo se desplegaba sobre Leschniuf, fúlgido, indeciblemente vacío, como siempre en las horas de peligro. El judío, con la cabeza echada hacia atrás, silbó recia y estridentemente en un silbato de metal. Y la infantería, aquella rara y vapuleada infantería, volvió a sus posiciones.
       Las balas nos pasaban rozando. El estado mayor de la brigada cayó en la zona de fuego de una pieza de artillería. Nos precipitamos en el bosque e intentamos abrirnos paso a la derecha de la carretera. Incesantemente chascaban sobre nosotros las ramas atravesadas por las balas. Cuando volvimos a salir del bosque, ya no estaban los cosacos en su puesto. Por orden del comandante de la división habían retrocedido hacia Brody. Únicamente los campesinos disparaban algunos tiros desde sus trincheras, y Afonka, que se había quedado rezagado, cabalgaba detrás de su escuadrón.
       Iba al borde del camino, mirando alrededor y venteando en el aire. El fuego cedió un momento. El cosaco pensó aprovechar aquel descanso y avanzó al galope. En esto, una bala atraviesa el cuello del caballo. Avanza todavía cien pasos, y allí, delante de nosotros, se doblan sus patas delanteras y se desploma silenciosamente.
       Afonka sacó lentamente el pie oprimido en el estribo. Se inclinó y metió en la herida su dedo cobrizo. Levantóse después Bida y escudriñó el horizonte con una mirada anhelante y rara.
       —Adiós, Stefan —dijo con voz balbuceante, separándose del animal moribundo e inclinándose profundamente ante él—. ¿Cómo voy a volver sin ti a mi tranquila aldea cosaca? ¿Qué voy a hacer con tu silla bordada?... ¡Adiós, Stefan! —repetía más alto. Le faltaba el aliento, chillaba como un ratón preso y lloraba a gritos. Sus sollozos llegaban hasta nosotros, y vimos a Afonka, como a una mujer posesa en el templo, haciendo profundas reverencias al caballo—. Pero no me rindo a mi destino —exclamó, y apartó las manos de su rostro, pálido como la muerte—. Ahora seré cruel con los nobles. Hasta en los más íntimos suspiros de su corazón les heriré, hasta en sus suspiros y hasta en la sangre de sus vírgenes. Esto te prometo, Stefan, aquí delante de estos queridos hermanos de mi aldea cosaca...
       Afonka arrimó la cara a la herida y se calló. El caballo alzó los ojos brillantes, profundos, color lila; miró a su amo y oyó el sollozar convulsivo de Afonka. La vida se le apagaba suavemente; restregó en la tierra su belfo abatido y la sangre corría como dos cintas de rubí por el pecho, que parecía relleno de músculos blancos.
       Allí permanecía, inmóvil, Afonka. Maslak se acercó al caballo con el menudo paso de sus piernas gordas; le puso el revólver a la oreja. Y apretó.
       Afonka se estremeció y volvió a Maslak su rostro varioloso y horrendo.
       —Quítale la brida, Afonka —dijo Maslak con ternura, y vete con tu tropa.
       Desde el altozano vimos a Afonka, agobiado bajo el peso de la silla, con la cara mojada y roja como un pedazo de carne cortada, dirigiéndose con lentitud hacia su escuadrón, infinitamente solo, por el yermo polvoriento y abrasador de los campos.
       Le encontré luego, ya anochecido, durmiendo en el carro donde iba toda su hacienda: sable, ropa y monedas taladradas. La cabeza del comandante del escuadrón, cubierta de cuajarones de sangre, descansaba en la silla de montar, con la boca torcida, muerta, como clavado en la cruz. A su lado estaban los arreos del caballo muerto, el pertrecho fantástico y emperifollado del corcel de un cosaco: correas finas trenzadas en la cola con piedras de colores y riendas con incrustaciones de plata.
       A lo largo del lechoso camino del cielo corren las estrellas claras y en la fresca profundidad de la noche arden pueblos lejanos. Orlof, el suplente del comandante del escuadrón, y Bisenko, el de los bigotes largos, iban también sentados en el carro de Afonka y comentaban su desgracia.
       —Había traído el caballo de casa —decía Bisenko, el de los bigotes largos—. ¿Dónde se vuelve a encontrar un caballo así?
       —El caballo es un amigo —contestó Orlof.
       —El caballo es como un padre —suspiró Bisenko. Nos salva la vida incontables veces. Bida se muere sin su caballo...
       A la mañana siguiente había desaparecido Afonka. En Brody se desarrollaron unos combates que terminaron en seguida. Las derrotas turnaban con efímeras victorias. Se nombró un nuevo comandante de división. Afonka seguía ausente. Sólo un rumoreo amenazador en los pueblos —el eco de su paso vindicatorio, malvado y rapaz— nos mostraba el camino de Afonka, sembrado de cadáveres.
       —Quiere conquistar un caballo —decían de él en el escuadrón. Y en las infinitas noches de nuestro éxodo oí algunas historias de aquel botín sordo y cruel.
       Soldados de otros cuerpos, alejados una docena de kilómetros de nuestra posición, dispararon sobre Afonka. Éste, emboscado, acechaba el paso de los rezagados de la caballería polaca o recorría los bosques buscando los caballos escondidos de los campesinos. Incendiaba los pueblos y mataba a los ancianos, oíamos aquel furioso combate de uno solo, aquellos golpes audaces y piratas de un lobo contra un rebaño.
       Pasó otra semana. La amarga injusticia del día iba alejando de nuestros sentidos los relatos de la sombría temeridad de Afonka, y empezamos a olvidar a Majno. Luego llegó hasta nosotros el rumor de que unos campesinos galizianos le habían matado en los bosques, en cualquier parte. Y el día de nuestra entrada en Beresteschko, Yemelian Budiak, del primer escuadrón, se presentó al comandante de división para pedirle la silla de Afonka, con la enjalma amarilla de paño. Yemelian quería presentarse en la próxima parada con una silla nueva. Pero ocurrió otra cosa.
       Entramos en Beresteschko el 6 de agosto. Al frente de nuestra división se agitaba el beschmet asiático y la casaca roja del nuevo comandante de la división. Lievka, el palurdo desenfrenado, le seguía en una yegua de raza. Por las calles heridas y miserables voló una marcha guerrera como una amenaza de ritmo lento. Viejos callejones —un pintoresco bosque de balaustradas carcomidas y bamboleantes— surcan el lugar. Su corazón, corroído por el tiempo, nos arroja su triste olor a moho, Los contrabandistas y los encubridores se esconden en sus chozas espaciosas y oscuras. Sólo pan Liudomirski, el campanero, nos recibe en la iglesia con su levita verde.
       Vadeamos el río y nos abismamos en la profundidad de aquel lugar de pequeños burgueses. Nos acercábamos precisamente a la casa del cura polaco, cuando en una revuelta aparece Afonka jinete en un caballo grande y gris.
       —Mis respetos —dijo con chillona voz, metiéndose entre los soldados y ocupando su puesto en las filas.
       Maslak miraba fijamente la incolora lejanía delante de él y refunfuñó sin volverse:
       —¿De dónde es el caballo?
       —Mío —contestó Afonka liando rápidamente un cigarrillo y humedeciéndolo con un ágil movimiento de la lengua.
       Los cosacos se fueron llegando a él en fila y saludándole. En lugar del ojo izquierdo brillaba en su rostro, que parecía ennegrecido con carbón, una hinchazón grotesca, colorada y horrible.
       A la mañana siguiente dio Afonka rienda suelta a su cólera. Abrió en la iglesia el sarcófago de son Valentín y quiso tocar el órgano. Llevaba una levita cortada de un tapiz azul con un lirio bordado a la espalda, y el mechón le caía al descuido sobre el ojo vacío.
       Después de comer ensilló el caballo y disparó contra las ventanas destrozadas del castillo del conde Radsiborski. Los cosacos le rodeaban en semicírculo. Levantaron la cola al caballo, examinaron sus patas y le contaron los dientes.
       —Este caballo vale un capital —dijo Orlof, el suplente del comandante del escuadrón.
       —Es un caballo irreprochable —confirmó Bisenko, el de los bigotes largos.



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